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Manila

Manila

Recupero el texto que escribí para presentar el libro de relatos de Santiago Gascón. El libro está editado por Xordica.

MANILA

 

Nunca perdonaré a Santiago Gascón la faena que me ha hecho.

Cuando me propuso presentar esta breve colección de cuentos en el Oásis, acepté con la alegría de cualquier humorista cabezudo al que le brindan la oportunidad de actuar en el mismo escenario que la Pilara. Me puse más contento que unas pascuas.

Pero, al llegar a la página 11 de su libro, más o menos, empecé a sospechar que no me había llamado por ser un humorista cabezón. ¿Por qué coño me llamaría, entonces?

 

Resulta que este libro no es ninguna broma. Por decirlo de alguna manera: “Manila” es lo más romántico que he leído en los últimos años. Me recuerda a Poe. Las mismas historias apasionadas y apasionantes, el amor, el horror y el frío dedo de la muerte escribiendo en nuestra espalda su texto febril… La emoción en estado puro.

Es cierto que no encontrarán aquí ni un Maelström, ni un pozo, ni un péndulo, ni una cripta con salida de emergencia. Los nombres del horror son otros: Cuba y Baler en el 98, cualquier pueblo de España en plena Guerra Civil, Palestina ahora, la cifra AU-3821-M marcada a fuego en la muñeca, la pensión no contributiva, Burgos, Franco, Pinochet, Jánovas, la cuenta ahorro-vivienda, la sexta planta de la Casa Grande…

Pero, se nombran, también, las patrias de la felicidad: la infancia recordada y el cuerpo deseado. Y el lenguaje deslumbrante y secreto de los mantones de Manila. Y el lenguaje, a secas. O mejor dicho: el lenguaje tan cálido y jugoso como el sudor de los amantes tropicales.

 

Al comienzo de uno de sus relatos, Gascón cita El Libro de los Muertos: “Dioses del vasto cielo, contempladme todos. He llegado al final de mi viaje. Aquí me tenéis ante vosotros”.

Permítanme que yo cite al conde Drácula: “Hay cosas peores que la muerte”.

Recuerden el extraño caso del señor Valdemar, suspendido entre la vida y la muerte como alguno de los protagonistas de este libro: el paciente amnésico de la sexta planta, el condenado a muerte obligado a cavar tumbas, la beata arrepentida o la familia aragonesa que recorre incesantemente el país de irás y no volverás…

Hay muertes peores que la muerte. La de Berenice que cuenta Poe, tan parecida a la de Sole, la novia del amnésico; o la de tita Silvina, la Iyalocha de Shangó, sea lo que sea tanto lo uno como lo otro; o la de Lamberto, el pobre violinista jubilado… Y la de Cano, muerto de sida en una sola línea.

 

Santiago Gascón nos presenta a sus criaturas ya vencidas, recordando los momentos de felicidad que hay en una vida, según el sabio chino: Tres minutos escasos. Apostillaba Cioran que incluso los sabios chinos pecan de optimistas y exagerados. Gascón se pasa: alguno de sus protagonistas contabiliza hasta diez días continuados de éxtasis con una segunda oportunidad, por si fuera poco. Otros han de conformarse con encontrar la gloria en el postrer instante de su vida. Hay cosas peores que la muerte.

 

Y, siguiendo a Poe, la obsesión, por supuesto, siempre la obsesión. Como en sus cuentos, algunos personajes de Gascón también se obsesionan con los muertos y las muertas. Pero, siendo el autor de Mallén, precisamente, la obsesión por las vivas no se centra en las tísicas de la Casa de Usher sino en las negronas caribeñas y en las moceticas de su pueblo. El efecto es el mismo: Caserones incendiados, rayos asesinos, apertura de tumbas y víctimas arrebatadas por la muerte o la locura al cielo o al infierno. P’al caso, de Tauste.

 

Los protagonistas rememoran, desde la derrota, el trabajoso camino que han tenido que recorrer para alcanzarla. Incluso el indiano, que aparece en el relato cuando sólo es un niño, carga con el fatal desvarío de sus mayores. Los caminos erróneos son tan numerosos, por lo menos, como el número de cuentos: el esperpéntico rodeo del murciano para llegar desde Totana a Mallén, el viaje de vuelta de Moisés por el río Hudson, el de Eliseo Barrabés por medio mundo al encuentro de la bala que le está destinada…

 

Hay otra lectura de estos relatos, referencias cinéfilas y cinéfobas, miradas sesgadas o irónicas que le añaden fundamento y encanto: Shanghai Lily, como su propio nombre indica, viaja en el expreso Barcelona-La Coruña hasta que un representante burgalés se la lleva al muermo; los hijos del último de Filipinas no reconocen las aventuras de su padre en “aquel melodrama sin brillos” que proyectan en el cine de su pueblo; Eliseo Barrabés y Benito Aladrén compran el mismo mantón de Manila con noventa páginas de diferencia; el violinista jubilado aplica la implacable lógica capitalista en perjuicio propio; Ayayayayyyyyy, cantaba irremediablemente el charro charraneado o charrasqueado, no recuerdo…

 

En la misma línea, podemos hacer estas otras lecturas literales:

“Mis papás fueron guiados por el Altísimo para hacer este prodigio, a ver si ahora es usté capaz de mejorarlo con sus manos”; dice una puta cubana.

“Yo estuve ante la reina y es sólo una mujer menuda que habla peor que nosotros”; dice un excombatiente.

“¿A quién se le ocurre ser violinista? ¡Mira que obtener una beca en julio del treinta y seis!”; dice una nuera.

“Échelo de su vida, mi santa, que si algo sobra en la tierra son negros…”; dice una santera.

“¿Ya sabes tú lo lejos que han puesto Cuba y lo que puede marear un barco?”; dice Victorino, el ciego.

“¿Sólo sabes charrar o tienes un par de pistolas pa que nos desgrasiemos?’, dice el niño Gascón.

 “Tú naciste un domingo y, desde las ventanas, pudimos ver cómo el Zaragoza le metía cuatro goles al Langreo”, dice su padre…

Bajo las densas capas de belleza y pasión de estos relatos, se escucha el latido delator del corazón somarda de Gascón. Que no le cabe en el pecho. Como a la novia del amnésico, por cierto.

 

La lechera de Muñoz Molina

La lechera de Muñoz Molina

En el último "Babelia", Muñoz Molina publica un artículo sobre la lechera de Vermeer. Empieza diciendo que destaca sobre los cientos y cientos de obras expuestas en el Metropolitan. (Aunque la buena señora suele residir en el Rickmuseum de Amsterdam, donde tiene que competir con la señora que lee una carta junto a la ventana, que tampoco es moco de pavo y que también es de Vermeer.) 

Ahí Muñoz Molina demuestra tener muy buen ojo.

El resto del artículo podría dejarse exactamente igual que está escrito si la lechera, en lugar de una pintura, fuera una fotografía.

Al final del artículo (que no tengo ahora delante)  el autor apunta la posibilidad de que Vermeer hubiera conocido el microscopio y que de ahí, de haber podido ver las cosas tan de cerca, le viniera su pasión por el detalle. No entiendo lo que quiere decir pero es igual.

Resulta que, ahora mismo, en la entrada provisional al Rickmuseum, cuelga un gigantesco plotter con una descomunal reproducción de la cara de la lechera. Ante la posibilidad de ver la pintura tan de cerca, lo primero que se comprende, como ya señaló Magritte, es que eso no es una lechera. En segundo lugar, los pintores, que somos un poco zafios y sin muchos recursos léxicos, sólo podemos explicar lo que vemos diciendo que "se nos caen los cojones al suelo". ¿A qué viene esa ordinariez? A que creemos encontrarnos ante lo inefable (inefabla, en aragonés). Pero quizás un escritor con los recurso de Muñoz Molina pudiera hacer una descripción pormenorizada o aproximada de la cara de la lechera vista tan de cerca. Así estaría hablando de pintura.

Todo lo demás es literatura.

 

Kolumba

Kolumba

 

Kolumba es un museo diocesano de vanguardia, una contradicción en sus términos. Kolumba es el museo del arzobispado de Colonia. Levantado sobre las ruinas de un antiguo convento, el edificio es obra (magnífica) de Peter Zumthor.

En el interior, el edificio establece un fluido diálogo con el yacimiento arqueológico del antiguo convento y, más arriba, en las salas del museo, las obras antiguas siguen dialogando con las contemporáneas.

Al parecer, se expone una brevísima selección de los fondos del museo que va rotando periódicamente. El montaje es magnífico y te deja con la boca abierta en un santiamén.

Una vez recuperado, adviertes que el montaje no sólo es bellísimo sino pertinente: El montaje hace decir a las obras lo que quizás nunca habrían sospechado sus autores. Algo parecido pasa con la lectura que hace San Clemente de los fragmentos de Heráclito: que ves como, arrimando el ascua a su sardina, se lleva el gato al agua del mismo río, dos veces y las que haga falta. Si la Iglesia lo hizo con los clásicos, e incluso con todas las festividades paganas, solsticios incluidos, no va a dejar de hacerlo con el arte contemporáneo por muy difícil que pueda parecer en principio.

Para que entiendan un poco mejor de qué va la cosa, les pondré algún ejemplo:

Frente a dos custodias de oro, el inmenso cuadro granate de Phil Sims se transustancia en la Sangre de Cristo inevitablemente; junto a un apostolado gótico con sus policromías y sus dorados, el perchero con gabardina y sombrero sobre enorme fondo de oro de Kounellis es la viva imagen de la presencia o la ausencia de Jesucristo; el misticismo de Chillida en sus homenajes a San Juan de la Cruz parece sobrepasar a la sencilla talla románica que los contempla...

Así, sala tras sala, pasamos del Dolor a la Trascendencia, de la Pasión a la Resurrección, de la Vida a la Muerte y de la Muerte a la Vida, saltando los siglos de seis en seis o de siete en siete, con una intensidad a la que no estamos acostumbrados. El vértigo que produce el vaivén conceptual al que se nos somete, es mucho más intenso que el llamado mal de Stendhal.

Ante tanto poderío intelectual, ante tan sutiles como arriesgadas estrategias, el visitante zaragozano no puede por menos que recordar los patéticos intentos de nuestro Cabildo Metropolitano por cubrir con Pintura alguna cúpula del Pilar.

Ahora bien, tratándose de Nuestra Santa Madre Iglesia, no se sabe qué da más miedo: si el provincianismo de los unos, el cosmopolitismo de los otros o las dos cosas juntas.

 

 

La fotografía es de Frank Peter Lohoff.

 

 

Antón Castro

Antón Castro

Ayer, Antón Castro cumplió cincuenta años. Aprovecho la circunstancia para colgar el texto que leí en la presentación de su libro El álbum del solitario, hace ya unos años.

Los amigos comunes me criticaron mucho por ejercer ese aragonesismo que consiste en alabar una cosa criticando otra. Sin embargo, Antón no me retiró su amistad.

 

El álbum del solitario

 

– Hay amores que matan. El que me tiene Antón es uno de ellos. En menos de una semana, me ha hecho hablar en público ante auditorios imposibles: En Antena Aragón, ante un grupo de niñatos que me recordó los peores momentos de mis años de profesor y ahora, aquí, ante Vds., que tienen muchos más méritos y sabiduría que yo para presentar a este monstruo. Encima, en este caso, pretende que, como el libro, hable de fútbol. Lo que más le va a durar.

 

– Éste es un libro tremendo, que escarba en los recuerdos más lacerantes de cualquiera que haya sido joven. A mí, particularmente, me ha hecho sentir francamente incómodo. Leyendo los recuerdos de este púber, miedoso y embustero, recordé la terrible pregunta que se hace un personaje en Historia de dos ciudades: “¿Cómo va a gustarme este tipo si se parece tanto a mí?”

 

– Y es un libro que reivindica que el miedo y la inseguridad son consustanciales de esa edad y no fruto del nacionalcatolicismo como las gentes de mi generación hemos llegado a creer. Obviando, por otra parte, tantas lecturas anteriores.

También resulta sorprendente que ese espíritu infantil, que uno tiende a creer perdido tras su propia infancia, se mantenga intacto incluso en la era de la televisión.

 

– Este libro hace bueno el aforismo de Elias Canetti: “El pasado crece en todas direcciones cuando se describe”. El libro de Antón no es que crezca, es que se desparrama. En cuatro líneas te encuentras quince personajes fascinantes de los que nos quedamos con las ganas de saber algo más. Es una forma de contar de inequívoca raiz popular. Ejemplo: “Deseaban saber si era cierto que moceaba en Barrañán o en Loureda con una tal Nieves, bellísima, pelo negro y largo hasta el culo, esbelta, el sueño de cualquier joven” (Aquí hay también influencias de los anuncios de contactos) “el sueño final de Matías Bermús, el hijo del panadero de Santa Mariña que se murió en la mili de no se sabe qué poco después de recibir de ella una carta donde le decía que no insistiese, malpocado, que mujeres así las había a barullo y que quería a otro hombre. Me gustaba pensar que a mi hermano, tal vez.” Y remata genialmente: “Me dieron de comer dos veces: patatas fritas con tortilla francesa y pan empapado en vino por la tarde. Mis primos Breixiño y Agustín merendaron lo mismo.”

 

– El libro es como un álbum de 17 instántaneas y un epílogo imprescindible. Cada una de las instantáneas recoge un repertorio completo de excusas para el miedo: el padre, los compañeros, los muertos, las tabernas, los locos, los suicidas, los fantasmas, las chicas, la feroz melancolía... A mí, lo que más miedo me ha dado ha sido el fantasma de una niña de primera comunión, al atardecer, en la cueva de un acantilado bajo un merendero.

 

– En la página 62 aparece el verdadero álbum del solitario. Una colección de 4 fotografías hechas por el mítico Manuel Seara de Castro al protagonista, Antonio Fabeiro. Otro homenaje de Antón a la fotografía. Y van...

 

– Cada vez me gusta más como escribe Antón. He de decir que mi educación literaria es autodidacta, basada en intuiciones.

Ejemplos: Después de los clásicos juveniles, me formé como lector con Baroja.

Otro: El crítico, no recuerdo quien era, que hablando de una obra tan fantasiosa como Alfanhuí, se quedaba con la precisa descripción que hacía Sánchez Ferlosio del arreglo de una puerta. Algo parecido decía Dalí, pero esa es otra historia.

Otro: El personaje de Conrad que comienza su novela Victoria diciendo: “Los hechos, son los hechos, señores, lo único que importa”.

En definitiva, que siempre he sido proclive a la austera estética del menos es más.

 

– Dónde hace diez años escribía Antón: “Resulta casi imposible verlo en una angosta calleja de Úbeda jugueteando sobre la polvareda con una bola roja que, según él, contenía los océanos remotos, las noches agitadas de los jabalíes errantes e incluso esa serranía que se erguía ahí mismo ante sus ojos”, ahora dice: “Ni siquiera tuve ánimos para jugar a la pelota en el campo de hierba que habíamos recuperado en la falda del Pedregal, entre la huerta del médico Amenedo y la escuela de las chicas”.

 

– Otro ejemplo: El principio de la novela, que es prodigioso.

 

– Si la escritura de Antón cambia, la forma de hablar de sus personajes permanece en esa especie de alucinación que parece poseerlos. Parecen salidos de una película de Werner Herzog. Nadie habla como ellos, lo cual nos mantiene en inestable equilibrio entre el vértigo y la carcajada. Es como si el tono sentencioso y desmesurado estuviese continuamente fuera de lugar. Dice, por ejemplo, un niño de trece años, rematando un capítulo: “Esa mujer no es sólo una putanga, sino que tanbién es una criminal. Nunca volveré a su casa”. Otros cuentan: “El suyo fue el entierro más increíble, con más curas y mujeres casadas llorando, que ha habido nunca por aquí”. O: “Qué partidos, Cándido. Mi padre, que era albéitar y ganadero, se sentaba en el ribazo, fumaba cuarterón con placer y observaba. Por las noches, subía a mi habitación y venía a curarme la piel magullada, las sangrantes heridas. Aún recuerdo que me hacía gritar de dolor con sus ungüentos. “Hijo, estuviste en Melilla entre piojos y hambrientos, siempre estragado, y ahora padeces por puro gusto. Maldito sea el fútbol.” Cuando el tono ampuloso se corresponde con la ocasión, casi es peor. Un tal Vicente Castro resucita a un muerto al grito de: “Levántate, Servando, que yo te lo mando”.

 

– Sé que las comparaciones son odiosas pero no me queda más remedio que comparar: Este es un libro entre Mack Twain y Kafka como voy a demostrar en tres puntos:

A/ Las aventuras de Fabeiro tienen como telón de fondo el mar así como las de Huck Finn tienen el río; pero si el río era un refugio para Huck, el mar es similar al de los 400 golpes para Fabeiro: Un muro, como dice Aute.

 

B/ En el primer capítulo, Castro, como Huck Finn y Kafka, nos habla de las complejas relaciones con el padre. (En el segundo, eso sí, nos habla de fútbol.)

 

– Otro paréntesis: Sé que Antón estaba dolido por una crítica en la que se dudaba de que este libro fuera una novela, como si eso tuviera alguna importancia. De todas formas, quiero recordar el aviso con el que, ya en 1884, empezaba Mark Twain su libro. “Aviso: Las personas que intenten encontrar un motivo en esta narración serán procesadas; las personas que intenten encontrarle una moraleja serán desterradas; las que intenten descubrirle una trama serán fusiladas.” Antón podría avisarnos con la misma contundencia si no fuera por el último capítulo que paso a glosar.

 

C/ Es lógico que el libro de un gallego esté teñido de nostalgia, de morriña. Mucho más si ha sido escrito desde la distancia y mucho más si se ha escrito desde un sitio como Aragón. Y si se abandonó al mismo tiempo territorio y adolescencia. Pero es que, además, dicen que no hay peor nostalgia que la que se siente por lo que nunca has tenido. Y Fabeiro, como todos, por miedo, se ha perdido muchas cosas. En el último capítulo, creo que rememora ese cuento kafkiano que no recuerdo bien. Alguién llega a una ciudad. En la puerta de la muralla, un guardián le impide el paso. Él espera toda su vida para poder entrar. Ya agonizante pregunta: “¿Cómo es que no ha venido nadie más en tantos años?”, y el guardián le responde: “Por que esta entrada te estaba reservada a tí”.

En el último capítulo se da una vuelta de tuerca a la crueldad de la nostalgia. Osea, que no es cierto que la peor nostalgia sea la que se siente de lo que no se ha tenido. La peor nostalgia es la que se siente por lo que no has tenido sabiendo, ahora, que podía haber sido tuyo. Fabeiro encuentra a su guardián a tres mil metros de altura para que por un instante pueda tocar el cielo con los dedos, un segundo antes de darse cuenta de que ya es demasiado tarde.

 

Por cierto, creo que ya es demasiado tarde. Muchas gracias.

 

Como no tengo la caricatura que le hice cuando publicamos los Retratos Imaginarios, ilustro este texto con otra de Lee Miller, la fotógrafa que tanto le gusta.

 

 

Sé manejarme en las distancias cortas

Sé manejarme en las distancias cortas

Recupero este texto que escribí en 1990 para el libro Pintores en Aragón. El collage es de 1973.

 

 

Eran las dos y cuarto y estaba hambriento. En el buzón había una abultada carta con membrete de la DGA; rasgué el sobre y busqué la firma: ”Hipólito”. Supe que tendría problemas.

Decía más o menos: ”¿A que no me cuenta usted su vida artístico-aragonesa en un par de folios mecanografiados a doble espacio?”. Solté un juramento. Recordé la sentencia de Ronaldo, el franchute: ”El arte deviene “charlatán” cuando deja de ser erótico”. ¿La encuesta como bromuro? La cosa se ponía fea. No entendía nada y tenía que comer.

Para bien o para mal, tengo un perro al que hay que bajar a la calle tres veces al día para que se alivie. Paseándonos, empecé a darle vueltas al asunto. Tenía su lado positivo, era un reto que ponía a prueba mi capacidad de síntesis.

Yo partía de salida con una buena ventaja: soy escueto de nacimiento. No sé si por parte de Aragón o por parte de Pintura, pero lo soy. Es más, nací axfisiado y los años no me han hecho cambiar.

Quizás no fuera suficiente. Temí que me pasara lo que a Jonathan Swift. Al hombre no le gustaba ponerse pesado en las cartas y, habiendo enviado una excesivamente extensa, se disculpó argumentando falta de tiempo. Lo cuenta Italo Calvino en su Seis propuestas para el próximo milenio. Cuenta, también, que Borges, en El jardín de los senderos que se bifurcan, escribe al mismo tiempo “un cuento de espionaje, que incluye un cuento lógico-matemático, que incluye a su vez la descripción de una interminable novela china, todo concentrado en una docena de páginas”. Demasiadas páginas. El mismo Borges recopilaba cuentos breves mucho más breves. Como los del famoso filósofo taoísta Chuang Tzu, a quién Merton consideraba el Groucho Marx de la China milenaria. De ser así, Lao Zi, a quién Cioran considera más difícil de imitar que a Júpiter, sería su hermano Harpo.

Keaton es único.

 

Me estaba perdiendo por los cerros de Úbeda cuando la brevedad en esta tierra es una tradición. “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, dijo Gracián. Hemos tenido que esperar al siglo XX para que Gila profundizase en el tema: “Lo bu, si bre, dos veces bu”, lo cual tiene más mérito dado que Gila no es aragonés. Sí lo era Juan Pablo Bonet que, mira por dónde, inventó un lenguaje para sordomudos.

Pasaban los días. En mi mesa se apilaban libros, catálogos, folletos, enciclopedias, recortes de prensa, fotografías, carnés, mapas, planos, esquemas, apuntes y borradores. Algo no encajaba en todo esto. A folio por década, me salían cuatro folios.

Salí a dar una vuelta. Subiendo por la calle del Parque, los versos del viejo Kobayashi zumbaron con sarcasmo en mis oídos.

“Caracol...

poco a poco... subiendo al monte Fuji...”

Empecé a ver claras un par de soluciones: el haiku o el aforismo. O algo por el estilo. Seguí a buen paso, con la cabeza en ebullición, realmente excitado. A la altura de Correos me abordó una vieja amiga. Farfullé una excusa y me alejé intentando no perder el hilo.

¡Por fin! Tenía la respuesta. Sabía que nunca llevo un lápiz, pero lo busqué inutilmente en todos los bolsillos. Tendría que confiar en mi deplorable memoria. (Soy demasiado optimista pero los años me ayudan a soportarlo con estoicismo.)

Tuve suerte. Al llegar a casa pude escribirlo de un tirón. Sólo titubeé al distribuir las comas y pasarlo a máquina. Escribo con dos dedos.

A la mañana siguiente bajé a entregarlo. Decía: ”No me puedo quejar. Vamos, es que ni puedo ni quiero”.

No les gustó. “Inténtalo otra vez, muchacho”, me dijeron.

 

 

Oxígeno

Oxígeno

El 24 de febrero de 1823, Rehbein susurró al oído de uno de los presentes, ante un Goethe convaleciente:

"Una mejor respiración también suele conllevar una mejor inspiración".

Goethe le escuchó y confirmó jovialmente sus palabras.

 

125 años más tarde, nací asfixiado.

Sin embargo, leí, no hace muchos años, que en ciertas regiones de África, el niño que nacía asfixiado y sobrevivía, estaba destinado a ser el brujo de la tribu.

 

Payasos y Pintura

Payasos y Pintura

En el último número de Babelia, aparece un artículo en el que se anuncia que Jorge Galindo expondrá 400 cuadros en el Musac de León. El autor justifica el número de obras en que es un pintor compulsivo que no puede parar. Después nos enteramos de que, de las 400 obras, 300 son dibujos y 50 más no las ha pintado él sino un jubilado del que no cita ni el nombre. Yo creo que la paradoja de ser un pintor compulsivo que encarga a otro la ejecución de sus cuadros es lo que le ha abierto las puertas de un museo de arte contemporáneo.

Las 50 pinturas que no ha pintado él son retratos de un payaso. El pintor siente la necesidad de justificarse por pintar (?) payasos y lo hace argumentando que, presuntamente, lo último que pintó Picasso fue su autorretrato como payaso y que murió sin desmaquillar.

Si yo encontrara un argumento tan pertinente, igual me justificaba por hacer todos los días el payaso en el Heraldo de Aragón. Y en este blog.

 

Cuerpo y Pintura

Cuerpo y Pintura

En el mismo número de Babelia, Calvo Serraller glosa la pintura arrebatada y se muestra escéptico sobre su futuro. Dice que no nos tomaríamos en serio una "replicación cibernética de la furia". Sin embargo, las obras digitales de Broto, por ejemplo, no son cosa de risa.

Calvo Serraller acaba dubitativamente: "En cierta manera, pienso que, en definitiva, el fin de la pintura es o coincide con el fin del cuerpo". Entiendo lo que quiere decir pero, tomándolo al pie de la letra y a la vista de esta fotografía de Gisele Bündchen, creo queda pintura para rato.

 

Parecidos razonables

Parecidos razonables

En la estupenda exposición que hay estos días en el Paraninfo de Zaragoza, se puede jugar a los parecidos razonables: Sunyer es el Cézanne español; Anglada Camarasa, el Van Dongen español; Iturrino, el Matisse español; Solana, el Ensor español; Sorolla, el Velázquez valenciano... 

 

Matisse en el Thyssen

Matisse en el Thyssen

El sábado vi tres exposiciones de pintura, tres: Matisse en el Thyssen, Sorolla en el Prado y Richter en Telefonica.

La exposición de Matisse podría resumirse así: ¡Huyhuyhuy, ayayay, nemequitepa! En la época que han seleccionado, el pintor había olvidado el fauvismo y no había descubierto las tijeras. Lo que sí usaba mucho era el aguarrás.

En esa época, resulta mucho más "fiera" Sorolla que Matisse. A Matisse da la sensación de que se le apoderan los problemas que se plantea,  mientras que Sorolla no tiene tiempo de plantearse problemas porque se le va la luz.

Eso sí, como escultor, Matisse sigue siendo una fiera.

 

 

Sorolla en el Prado

Sorolla en el Prado

Mientras Matisse se decolora con la madurez, a Sorolla le suben los colores con la edad. El problema es que no consigue independizarlos de la luz y se queda sin ser moderno. Vaya por Dios. (Y por las maragaterías y las valencianadas). 

 

Gerard Richter en Telefonica

Gerard Richter en Telefonica

Viendo las fotos pintadas de Richter, uno se pregunta retóricamente si no estará más influenciado por Sorolla que por Matisse.

 

Los libros que más me han influido

Los libros que más me han influido

Como ya anuncié en su día, di una charla sobre este tema en la Biblioteca de Aragón. La cuelgo aquí a petición de mis sufridos espectadores. Ya digo un poco más abajo que no tengo ninguno de los libros de los que hablo y, por tanto, he tenido que ilustrarlos como he podido. Ustedes perdonen.

 

Cinco reflexiones y 27 libros.

1ª reflexión: Poco me han debido de enseñar los libros si he aceptado dar una charla como esta.

 

2ª reflexión: Hablar de los libros que han influido en mi vida es como desnudarme. Más vale que sea un desnudo retrospectivo, de cuando estaba de mejor ver. Al fin y al cabo, los libros que más inciden en la vida son los que se leen de joven.

 

3ª reflexión: Hay libros que han sido muy importantes en nuestra vida y de los que no tenemos memoria. ¿Dónde aprendí el estoicismo de los espartanos? En los libros de texto, supongo. Pero, ¿y el estoicismo de los sioux?

 

4ª reflexión: Por azares de la vida, en este momento no poseo ninguno de los libros de los que voy a hablar. Espero que sirva para que mis recuerdos no se contaminen.

 

5ª reflexión: Junto a cada título de la siguiente lista, narraré una anécdota que confirme la influencia que ha tenido el libro sobre mi vida. El que avisa no es traidor.

 

A/ Los libros de texto. Editorial Luis Vives.

Mis libros de texto eran los libros de texto del nacional-catolicismo y, contando con que yo era un niño y, encima, crédulo, supongo que influyeron en mi vida mucho más de lo deseable. No diré más.

Pasemos a cosas serias.

 

No se merecen ni ilustración.

 

 

B/ Los tres mosqueteros. Alexandre Dumas

B/ Los tres mosqueteros. Alexandre Dumas

Tampoco voy a ponerles en antecedentes de semejante clásico. Me limitaré a señalar algunas de las cosas que me enseñó:

-     a/ Se puede ser amigo de alguien tras haber reñido con él. Esto me costó entenderlo. Yo no reñía nunca con nadie porque pensaba que sería para toda la vida.

-     b/ Los cardenales pueden ser malos.

-     c/ Las mujeres, peores.

-     d/ Y mejores.

-     e/ Las cosas pueden no ser lo que parecen.

-     f/ Los fanáticos pueden ser tan corruptibles como cualquier otro. Sólo se necesita un poco más de tiempo.

-     g/ Los famosos y flamantes mosqueteros eran unos simples “mandaos”. (Muy decepcionante, claro, pero, ¿a quién le interesaba ser el rey?)

-     h/ Una consigna: “Todos para uno y uno para todos”.

Cuando yo era niño, la solidaridad era una cosa muy importante. Sobre todo si había que hacer frente a la banda del Pololo, que pululaba entre el Boterón y el Reformatorio, o a los hermanos maristas que pululaban por la clase y el recreo. Quizás hago mal en equipararlos. La banda del Pololo nunca pegaba con la saña de los maristas.

En 1956, influenciado, pese a todo, por mis profesores, yo soñaba con salvar a Hungría del comunismo, capitaneando una compañía de mosqueteros.

Años más tarde leí a Marx (tampoco mucho) y en seguida reconocí su consigna: “Mosqueteros del mundo, uníos”.

 

C/ Las aventuras de Guillermo. Richmal Crompton

C/ Las aventuras de Guillermo. Richmal Crompton

Guillermo fue el maestro. Había que vivir como Guillermo. Dentro de lo posible, porque en mi casa no había canalera por la que deslizarse hasta la calle y vivía en un quinto piso interior, en pleno casco antiguo. Para parecerme a Guillermo, además, tenía que despeinarme y desabrocharme los zapatos después de salir de casa. Buena es mi madre…

Creo que, entre Savater y los escritores que me han precedido en estas charlas, ya se habrá dicho todo sobre Guillermo. O casi.

 

Mi padre me dejó un libro de Guillermo a los diez años y a los pocos días se lo devolví aburrido.

Insistió cuando yo ya tenía doce años. Esta vez me volví loco y leí un volumen tras otro sin levantar cabeza. Pero en seguida me di cuenta de que, por más que corriera, nunca llegaría a ser como Guillermo en sus eternos once años: había perdido una oportunidad de oro por no leerlo a la primera. Es algo que no me perdoné en la vida.

De todas formas, he seguido llegando tarde a todo.

 

Mi mejor amigo se llamaba José Luis Grilló y leía a Guillermo al mismo tiempo que yo. No decíamos nada pero estoy seguro de que los dos pensábamos lo mismo. Aunque, en el fondo, yo sospechara que Guillermo era él. ¡Señor, qué sufrimientos!

Se murió antes de que pudiéramos hablarlo con la suficiente distancia.

En aquel curso, los Hubertitos del colegio preparaban una función de teatro sobre los mártires cristianos. Nuestra banda de los proscritos se dedicaba a espiar los ensayos y a provocarles con abucheos y pitidos desde el fondo oscuro de la sala, para salir después corriendo por miedo a que nos pillara el director de la obra, el hermano Bruno, e intentara enrolarnos en las misiones.

El día del estreno, durante el recreo, fui con Grilló al foso del teatro, donde guardaban el vestuario, y destrozamos todo lo que pudimos con verdadero frenesí. Parecía que nos hubiéramos vuelto locos, pero era simplemente que no teníamos casi tiempo.

Cuando se levantó el telón, el alumnado empezó a reírse de los pobres actores, de las túnicas que habían quedado como minifaldas andrajosas, de sus cascos abollados que no les entraban en la cabeza, de las espadas que sacaban amenazadores para quedarse con la empuñadura en la mano… Los maristas tuvieron que parar la representación varias veces para acallar el escándalo y, al final, suspenderla definitivamente para alivio de los pobres mártires.

Mientras tanto, Grilló había desaparecido. Volvió cuando el Hermano Director anunciaba que iban a proyectar directamente la película sobre las misiones con la que se completaba el acto. Pasó el tiempo, los alumnos, enardecidos, empezamos a patear mientras coreábamos “que empiece ya que el público se va” y al final el hermano Director, ciego de ira, nos envió a clase bajo amenaza de excomunión general si oía una sola palabra. Grilló me dijo al oído, aguantándose la risa: “He subido a la cabina y he dejado la película que no hay quien la desenrede”.

Estaba claro quién era Guillermo. Yo, a pesar de mi aspecto cetrino, tenía que conformarme con ser Pelirrojo.

 

D/ El libro de la selva. Ruyard Kipling

D/ El libro de la selva. Ruyard Kipling

Después de descubrir con Guillermo mis limitaciones para el liderazgo, entré en los boy scouts y de golpe y porrazo me nombraron guía de mi patrulla. La única forma posible de afrontar la situación era convertirme en el scout perfecto, el mejor, el más preparado, lo que quizás justificaría la insostenible situación en la que me encontraba frente a mis amigos.

Una de las cosas que tenía que hacer un buen scout era leerse “El libro de la selva”. Hay libros que influyen en la vida y hay vidas que influyen en las lecturas. Seguramente, todas.

Así que me lo leí. Ya conocen el argumento del libro, que no se parece en nada a las películas que sobre él se han hecho: Vida de un niño criado por lobos en plena selva tropical y educado por un oso y una pantera en lugar de por el Foca y el Gotzilla, como yo. Su enemigo, en vez del Demonio, era un tigre de Bengala. Vivir en plena Naturaleza no tenía más que ventajas.

El libro era buenísimo, aunque al final, por amor, Mowgli intentara civilizarse. Yo no podía con aquello. No tenía nada contra el amor, pues a los 5 años ya estaba enamorado de una niña de párvulos y de una señorita de preu, pero me parecía una pérdida de tiempo y una tontada el hacerse mayor y civilizado. Ahí empecé a detectar en mí cierto complejo de Peter Pan, aunque entonces ignorara que era un complejo y que se llamaba así. En fin, más tarde descubriría que hasta los lobos esteparios acaban bailando charlestón.

A pesar de todo, el libro me descubrió la posibilidad de poder ser protagonista sin tener que entrar en competición con mi mejor amigo. Me parecía mucho más cómodo disputar el liderazgo a toda una manada de lobos que a Grilló. El libro me confirmó en mi vocación de “campasolo”, vocación que todavía cultivo.

Cambió, también, mi relación con los animales, a los que empecé a considerar como de la familia y con los que he llegado a tener relaciones bastante sorprendentes. Les pongo un ejemplo: En una de mis largas caminatas por los montes de Cuarte, vi venir hacia mí una especie de diablillo volador. Al principio pensé que había pillado una insolación, pero el diablillo aterrizó en una mata cercana y pude comprobar que sólo era un escarabajo longicorne. Me aproximé con mucho cuidado, extendí un dedo y se lo pasé por el lomo. El escarabajo empezó a ronronear como un gato. Se lo juro.

 

El cuadro es de mi exposición en la Lonja de Zaragoza.

 

 

 

E/ Las aventuras de Huckleberry Finn. Mark Twain

E/ Las aventuras de Huckleberry Finn. Mark Twain

Cuando me preguntan en esas encuestas tan de moda, que quién es mi héroe de ficción favorito, siempre nombro a Huckleberry Finn.

La primera vez que leí el libro lo pasé fatal. Me fascinaba el viaje en balsa por el río Mississippi, huyendo aguas abajo junto a su amigo Jim, me parecía el mejor libro que había leído en toda mi vida, pero me faltó pillarle la ironía que tenía todo aquello. Quizás porque yo era muy joven; quizás, según leí mucho más tarde, por culpa del traductor. El caso es que me parecía un libro bueno pero acongojante, no sólo por el riesgo continuo de recibir un balazo, sino también por el dilema moral que se le planteaba a Huck: ayudar a su amigo Jim era pecado mortal porque su amigo era un esclavo negro huyendo de sus amos. Y me agobiaba más porque me parecía que yo habría hecho lo mismo, aunque se fuese a hacer puñetas mi alma inmortal; aunque me dieran miedo los dos estafadores que no dejaban solos ni a sol ni a sombra a los protagonistas, aquellos estafadores que eran como el viejo que se subió a los hombros de Simbad en uno de sus viajes y que me daba más miedo que nada, cuando oía el cuento por la radio. Arriesgaría mi alma inmortal aunque me dieran miedo aquellas señoritas como arañas dibujadas por una joven romántica que daba pena; aunque me dieran miedo los muertos que bajaban por el río o los que velaban en casas desconocidas y a los que desenterraban en medio de la tormenta para recuperar el tesoro que escondían; aunque me dieran miedo los fanfarrones del Viejo Sur; aunque me diera miedo el mismo Jim con su disfraz de apestado…

En fin: que igual no era capaz de hacer lo mismo que Huck, fíjense lo que les digo. Era demasiado arriesgado. Una cosa es parecerse a Guillermo Brown y otra, a Huckleberry Finn.

Eso sí, había un aspecto del libro que me hacía feliz: Tom Sawyer, que sale al final y es el verdadero líder de su pandilla, queda como un auténtico tontolaba.

Ese libro me hizo mayor.

 

Algo más tarde, a los 16 años, practicaba remo en el Club Náutico.

Un día planeamos dejar las yolas y los outrigers y subirnos a una balsa para bajar navegando por el Ebro. Conseguimos ocho neumáticos de tractor en alguna parte y Enrique Royo, que era ebanista, preparó unos largos y gruesos listones para sujetarlos.

El sábado siguiente llegamos hasta cerca del castillo de Miranda, no recuerdo si andando o en algún otro medio de transporte. Acampamos en una vieja cantera y dormimos al raso. Por la mañana, nos dividimos en dos equipos: unos fueron a la gasolinera de Juslibol a inflar los neumáticos y otros nos quedamos cortando cañas para hacer la cubierta de la balsa.

Por motivos logísticos, decidimos hacer dos. Atamos los neumáticos a los largueros, echamos encima una capa de cañas y, sobre ésta, unas lonas. Apilamos las mochilas en el centro, nos colocamos en los laterales armados de palas de kayak y pértigas y comenzamos el descenso.

Al principio, por inercia o porque éramos tan jóvenes, remábamos con fuerza, picándonos de una balsa a la otra. Más tarde, nos dejamos arrastrar por la corriente. Teníamos muchas horas por delante y el recorrido no era demasiado largo. Después de comer, nos amodorramos al sol sobre las balsas. Unos macarrillas salieron de su modorra en la orilla derecha al vernos pasar y empezaron a insultarnos. Desde el centro del río fue una tentación irresistible responderles con un “maricón de playa” que les hizo pasar de las palabras a los hechos. En seguida nos dimos cuenta de que ellos disponían de todas las piedras del mundo y nosotros sólo de las que caían en la balsa. Volvimos a remar con fuerza.

Más adelante seguimos con nuestra siesta y la corriente nos empujó a un laberinto de ramajes del que procuramos salir con el menor número de arañazos. En un tramo de poca profundidad, las aguas se aceleraron y temimos que se rajaran los neumáticos.

Sobre las seis de la tarde llegamos a la altura de la vieja Pasarela. Maniobramos para unir las dos balsas y hacer una entrada más espectacular. El numeroso público que paseaba por la ribera empezó a aplaudirnos. Nosotros respondimos saludando con la falsa modestia de los héroes de las películas.

 

Cuando años más tarde volví a leer la novela de Mark Twain, en la edición del Barco de Papel, me pareció incluso mejor de lo que recordaba. Allí estaba de nuevo todo aquel horror, pero matizado por la más fina ironía. Bendita sea.

 

 

F/ La novela policíaca

F/ La novela policíaca

Hubo otro libro que también me hizo mayor.

Yo leía sobre todo en verano. Unos veranos me centraba en las novelas de aventuras y otros, en las novelas policíacas. De éstas, leí las de Ellery Queen, Rex Stout y, sobre todo, las de Agatha Crhistie.

Un día cogí una novela sin tapas, con las hojas roídas y amarillentas que se titulaba “El collar de jade”. No parecía muy prometedor. Pero me pasó lo mismo que con Huckleberry Finn: Tras leer aquel libro, Ágata Crhistie me pareció una maravillosa autora de literatura infantil. Aquel zarrio de novela era como un puñetazo de los que dejaban grogui al protagonista.

Algún tiempo después, mientras leía a la generación del 98, que parecía ser lo más moderno que se podía leer entonces, yo añoraba encontrar algo tan potente como lo que había leído en aquella novela.

No me alargo más: según he sabido más tarde, su título original es “Farewell, my lovely”, y está escrita por el mismísimo Raymond Chandler.

El título de la película, por si quieren situarla, era “Adiós, muñeca”.

Vuelvo a preguntarme: ¿Cómo tenía tanto olfato para la buena literatura si luego no he podido con Marcel Proust?