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G/ El sueño de Pepito

G/ El sueño de Pepito

 

Mi tío Álvaro, que también es mi padrino, me regaló un día un cuento antiguo e ilustrado, con ese título tan repelente. Pero resultó que lo que tenía Pepito no era un sueño sino una pesadilla. El niño Pepito, a causa de una fiebre muy alta, soñaba que era un anciano que, no sé por qué, conseguía que la muerte respetara a los seres humanos. Miles de ancianos decrépitos recorrían las calles rezando el rosario y buscando al causante de su extremada longevidad. Me horrorizaba lo que podían hacerle si resulta que era inmortal… Había también un caritativo señor que cuidaba al anciano niño y sacaba sus orinales de la habitación. No sé si era el mismísimo diablo, no recuerdo… El anciano niño, arrepentido de su buena acción, llamaba a la muerte que aparecía en su trono, rodeada de esqueletos, flotando sobre los tejados al otro lado de la ventana…

Como verán, recuerdo mucho mejor las ilustraciones que el texto.

Es uno de los libros que más han influido en mi vida inconsciente. En cuanto me ponía malo y me subía la fiebre, lo que sucedía muy a menudo, me convertía en el Pepito del cuento y tenía las mismas pesadillas o peores. Era como si todo lo que nos enseñaban en el colegio sobre el infierno se juntara con todo lo que había leído sobre la enfermedad y la muerte en el dichoso cuento, para agravar mi estado de salud, física y mental.

Para superar el terror, me dediqué al estudio de la anatomía del esqueleto.

 

La imagen del libro me la ha proporcionado Vicente Almazán.

 

H/ Relatos de fantasmas

H/ Relatos de fantasmas

No contento con el sueño del puñetero Pepito, me leí las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, los Cuentos de Edgar Allan Poe, el Drácula de Bram Stoker y otras muchas historias de fantasmas y similares.

Drácula lo leí también con fiebre y fue una experiencia inolvidable.

Después descubrí a Nosferatu, pero esa es otra historia. De cine.

Mis pesadillas eran prodigiosas. Una de las más repetidas era la de que entraba en un iglesia barroca que, de pronto, se convertía en un museo lleno de salas repletas de Cristos yacentes, Vírgenes embutidas en fanales, momias engalanadas y recostadas en sus urnas y otros tantos horrores de la imaginería religiosa. Siempre me perdía en aquel laberinto y nunca conseguía encontrar la salida. Me despertaba aterrorizado.

De mayor me enteré de que había tardado 40 horas en nacer y de que lo había hecho asfixiado. En plan freudianico, deduje que mis pesadillas eran un reelaborado recuerdo de mi nacimiento, influenciado por mis visitas a la iglesia de San Cayetano en Semana Santa, y me quedé tan pancho. En realidad, creo que aún lo pienso. Y pienso que quizás tendría que añadir a esta lista algún título freudiano.

Pero, volvamos a mis pesadillas: Un día, en el semanal de El País, vi un reportaje sobre el convento de las Descalzas Reales de Madrid y reconocí asombrado el escenario de mis sueños.

Pregunté a mis padres si había estado alguna vez allí, pero ni ellos lo conocían. Así que me fui a verlo y me encontré con que estaba cerrado por obras. Tuve que esperar dos años.

Por fin conseguí entrar y, de mala gana, me uní a la visita guiada pues no había otra alternativa. La guía, por la forma de expresarse, debía ser legionaria de Cristo Rey. Un señor me comunicó vehementemente lo indignado que estaba con sus comentarios. Para todo tenía pero, en aquel momento, yo iba a lo que iba.

El convento, tal como me esperaba, era el escenario de mis pesadillas. Lo recorrí sobrecogido, descubriendo los Cristos yacentes, los fanales con santa, los Niños de Pasión, los trampantojos, los recovecos, los relicarios…Al entrar en una sala, descubrí sobre un altar, una alpargata-cilicio que no había visto nunca. Mientras la contemplaba fascinado a la par que aprensivo, oí decir a la guía:

    Y aquí tienen ustedes este Niño Jesús, de Alonso Cano…

Me volví como un rayo y vi al Niño Jesús, sentado en un sillón, con la cabeza apoyada en la mano, dormidico como un tronco, que era mi vivo retrato a los tres o cuatro años.

Entonces, como Chuang Tzu, no supe si yo era un señor que había soñado que se perdía por las Descalzas Reales, o soy un sueño que tiene el niño dormidico en el convento.

 

La imagen corresponde a la escalera principal de las Descalzas Reales.

I/ El fantasma de Canterville. Oscar Wilde

I/ El fantasma de Canterville. Oscar Wilde

Era uno de mis cuentos favoritos. En principio, porque empezaba con buenas dosis de humor: Una familia americana compra un castillo escocés con fantasma y todo. El fantasma intenta hacerles la vida imposible para que se vayan pero sucede todo lo contrario. Los niños de la familia le gastan toda clase de bromas pesadas, el fantasma acaba aterrorizado... Me partía de risa. Aquel libro me resarcía de todo el miedo que había pasado con los fantasmas, vampiros, demonios y maristas.

Pero, de pronto, como llevo repitiendo desde que he comenzado a hablar, la historia cambiaba de tono por culpa del inevitable amor y se convertía en una historia romántica en el más amplio sentido de la palabra. Esta vez, la historia de amor me pareció mucho más atractiva que otras, quizás porque el enamorado era el fantasma y la chica entraba en la dimensión desconocida y terrorífica del reino de los muertos, con tapices que hablaban y lúgubres pasadizos secretos. Muchos años después leí en otro libro que citaré después, que las imágenes más poderosas del arte son las que aúnan los tres momentos fundamentales de la vida: nacimiento, amor y muerte.

Algo de eso debía de pasar en aquel cuento para que le perdonara ese cambio tan inesperado del humor al amor.

No se lo van a creer, pero tengo una innata tendencia a la melancolía que he intentado curarme con los años. Por cierto: ¿Qué libro me previno contra la melancolía?

 

Creo que esta portada que he encontrado en la red, era la misma que tenía yo.

J/ Cinco comedias de Jardiel Poncela

J/ Cinco comedias de Jardiel Poncela

Recuerdo que era un libro de la editorial Aguilar, en papel Biblia y tapa verde de cuero. Allí leí “Eloísa está debajo de un almendro”, después de haber leído las aventuras de Sherlock Holmes o “Cuatro corazones con freno y marcha atrás” después de haber leído las fantasías científicas de Jules Verne o “Angelina o el honor de un brigadier”, después de haber leído unos cuantos dramones decimonónicos. Descubrí lo que es la parodia, el pastiche y la posibilidad de reírse a carcajadas de las cosas más serias. Y yo era un niño muy serio, aunque me tronchase de risa leyendo aquello. De hecho, mis juegos podían basarse en las novelas de aventuras, en las del Oeste, en las de detectives, en las de fantasmas… pero nunca jamás se me ocurría representar una comedia, aunque tengo una foto pintado de payaso que puede llevar a engaño.

En aquel libro, venían, además, los esquemas de trabajo que se hacía el autor (o que decía que se hacía) para montar sus comedias. Creo que también me descubrieron cierto método de trabajo que he aplicado consciente o inconscientemente.

 

K/ Las novelas de Jeeves. P. G. Wodehouse

K/ Las novelas de Jeeves. P. G. Wodehouse

Para los que no conozcan estos relatos, el esquema se repite en todos ellos: Un lechuguino inglés se mete en unos líos espantosos (espantosos para un pijo londinense de los años veinte) de los que sólo sabe salir con la ayuda de su mayordomo Jeeves. Las soluciones de Jeeves eran siempre inesperadas y paradójicas, lo que me parecía el colmo del ingenio literario.

Los relatos de Jeeves eran puro humor inglés e influyeron muchísimo más que Casañal en mi sentido del humor aragonés.

 

L/ El candor del padre Brown. G. K. Chesterton

L/ El candor del padre Brown. G. K. Chesterton

Tanto Chesterton como el padre Brown eran unos maestros de la paradoja como demuestra el hecho de que el autor llamase candoroso a su personaje. Si la paradoja me fascina, no me fascina menos el escepticismo, sobre todo, practicado por un cura de pueblo. Para que luego me llamen sectario y anticlerical. En los cuentos del padre Brown siempre había tenebrosos a la par que presuntos misterios (con los que Iker Jiménez podría haber llenado una o dos temporadas), que asustaban a todos excepto al señor cura, que, como quien no quiere la cosa, acababa encontrando una explicación lógica para todos ellos.

Tanto el mayordomo Jeeves como el padre Brown eran unos auténticos somardas. Repito: creo que el humor aragonés lo aprendí de los escritores ingleses.

 

M/ Buster Keaton contra toda infección sentimental. ¿Editado por José Luis Guarner?

M/ Buster Keaton contra toda infección sentimental. ¿Editado por José Luis Guarner?

Este libro recopilaba una serie de textos sobre Búster Keaton, escritos por personajes tan famosos como Buñuel, Lorca y Alberti. Lo compré porque ya conocía a Keaton, pero descubrí que, además de ser un genial cómico del cine mudo, había sido un icono de la modernidad. Lo que me faltaba para alimentar mi mitomanía.

Keaton es el mejor, con diferencia, pero lamentablemente no estamos aquí para hablar de cine. Sólo diré que conseguí hacerme con todas sus películas, que me he pasado horas y horas de mi vida viéndolas y que todavía disfruto y aprendo con ellas.

En el poema de Alberti que aparece en el libro, Buster Keaton busca a su novia por el bosque y va gritando: “¡Georgina, Georgina, ¿qué eres: una dulce niña o una verdadera vaca?!”

Mi hija se llama Georgina por culpa de este poema. Ahora no me habla pero es por otros motivos.

 

Me ha hecho gracia ilustrar este libro con una escena sentimental que pinté hace tiempo.

N/ Tarás Bulba. Gógol

N/ Tarás Bulba. Gógol

 

La novela me resultó rasposa de leer porque yo ya estaba en edad de matar al padre y la historia, creo recordar, trataba precisamente de conflictos paterno-filiales a nivel cosaco. Con el agravante de que los hijos iban de modernos, pero resultaba mucho más simpático el anticuado de su padre.

Cito aquí esta novela porque, en alguna de sus página, uno de los hijos, enamorado hasta las cachas, rememora los pechos de su amada. Y sea porque está muy bien contado o porque lo leí en el momento oportuno, el caso es que ahí mismo comprendí que los curas nos habían estado mintiendo y que soñar con los pechos de la amada era algo bonito y natural y no la guarrada que decían los muy asquerosos.

Lo cual, evidentemente, me cambió o alivió la vida mucho más que la sorna de los humoristas ingleses.

 

 

Ñ/ Dafnis y Cloe. Longo

Ñ/ Dafnis y Cloe. Longo

Es una novelita que trata de los amores de un pastorcillo y una pastorcilla tan ingenuos como yo. Casi tontos. Puede que fuera el primer libro que leí a escondidas, no porque mis padres me lo prohibieran expresamente, sino por si acaso.

Para mí era un libro erótico, para otros seguramente será un clásico. Depende de la edad.

Aprendí bastante sobre amor y sexo, en el plano teórico, aunque tardé muchos años en poder aplicar sus enseñanzas. Una vez más, pensaba yo, porque no vivía en plena naturaleza, como los pastorcillos o como Mowgli. Creo que mi espíritu ecológico viene de ahí. De ahí y del desprecio heredado de mi padre a lo que él denominaba cincomarceros: los que salen al campo y no saben recoger la basura que esparcen.

Por otra parte, creo que ya me estaba haciendo mayor cuando leí este libro, porque la parte de los piratas no me interesó demasiado.

 

No tengo la portada que era mucho más ñoña que esto.

 

O/ Las mil y una noches

O/ Las mil y una noches

Puede que fuera el segundo libro que leí a escondidas. En este caso, porque mi padre lo tenía en un armario cerrado con llave junto a las memorias de Casanova y a una novelita sicalíptica. Tampoco lo leí entero: iba buscando los fragmentos por los que mi padre lo había escondido.

Descubrí el erotismo del exotismo y aún sigo seducido por el mito del harén oriental. Quizás por ser pintor. De hecho, ha sido un tema recurrente en pintores a los que considero mis maestros. Y pintores tan opuestos como Ingres y Delacroix o Picasso y Matisse, por nombrar sólo a los mejores.

 

El cuadro es de Ingres.

 

P/ Sonata de estío. Valle-Inclán

P/ Sonata de estío. Valle-Inclán

De los escritores del 98, Unamuno me amargó la vida con “El sentimiento trágico de la vida”, Baroja me divirtió muchísimo con las aventuras de sus héroes y sus categóricas opiniones y Valle-Inclán me sedujo con su peculiar lenguaje y el irónico dandismo del marqués de Bradomín, feo, católico y sentimental, como era yo, aunque me faltara el cinismo suficiente y me sobrara timidez a raudales para recorrer el camino del libertino con semejante equipaje. De todas sus aventuras, la que más me gustó fue la de México. Sus amoríos con la Niña Chole me descubrieron, tras el erotismo pagano de Dafnis y Cloe o el exótico de las mil y una noches, los refinamientos del erotismo decadente. Con dieciséis años y sin estrenar. Lo que puede un libro.

Añado una anécdota erótica, con el aroma de aquellos tiempos, para alimentar su morbo:

El colegio de los maristas era sólo para chicos. Mi grupo de boy-scouts, como su propio nombre indica, también. Así que mi relación con ellas era prácticamente nula. Me daban miedo.

Aquella Noche Vieja, los scouts de mi patrulla, que es como llamábamos a la pandilla, decidimos pasarla bebiendo y charrando en la torre de los padres de Pedro Fondevila. Allí estábamos tan campantes, hablando de literatura y de mujeres con una copa en la mano como unos hombretones, cuando entró el torrero con un amigo suyo para ver qué hacíamos. Se alegró muchísimo de que estuviéramos solos porque sus hijas y las hijas del guardia civil que vivía enfrente, estaban solas en la casa de al lado. Así que decidieron organizarnos un guateque y pasar a buscarlas. Estábamos todos excitadísimos pero Fondevila nos advirtió de que no nos hiciéramos ilusiones. Efectivamente: pasaron las mozas, muy feícas las pobres, escoltadas por toda su parentela. Los mayores se pusieron en corro alrededor de la habitación y empezaron a azuzarnos para que saliéramos a bailar entre risotadas y chascarrillos. Naturalmente, sus pobres hijas aún tenían menos ganas de bailar que nosotros.

Qué ratico más malo pasamos. No sé ni como fuimos capaces de superar el trauma de aquella primera vez.

 

Q/ El anticristo. Friedrich Nietzsche

Q/ El anticristo. Friedrich Nietzsche

Después de sufrir las enseñanzas de los maristas, tuve el inmenso placer de encontrar en este libro lo que yo habría querido expresar si a la rabia hubiera unido la erudición que me faltaba.

Aprendí que no se critica el cristianismo oponiendo chistes fáciles a los chistes siniestros de Ratzinger, Rouco y compañía, como está de moda, sino yendo hasta el fondo del asunto sin compasión. Y el fondo del asunto no son las elucubraciones teológicas más o menos ocurrentes sino la doctrina moral de la culpa y el castigo. No entendí todo lo que decía Nietzsche y estoy seguro de que algunas cosas las entendí al revés pero, qué más da: No me voy a culpabilizar también por eso.

Lo que pasaba con Nietzsche es que se ponía tan tremendo, que acababas dándole la razón como a los locos. Bastaba con mirarse al espejo para comprender lo lejos que estaba uno de Nietzsche, aunque me ya había dejado bigote, y del superhombre.

 

No sé si recuerdan pero, el Cabildo Metropolitano, de la maneta de Heraldo de Aragón, nos convocó a principios de los ochenta a un grupo de pintores para decorar algunos espacios del Pilar. En aquella época, yo estaba leyendo a Nietzsche y debería haber renunciado al encargo. Pero me pudo la vanidad y la expectativa de ganar dinero y acepté, decidido a poner una vela a Dios y otra al Diablo, sin especificar quién era el uno y quién el otro.

El programa iconográfico del Pilar se basa en las letanías a la Virgen. Nos ofrecieron una lista para elegir y me decidí por la que dice “María, causa de nuestra alegría”, para sorpresa de quienes por mi trayectoria solidaria pensaban que me iba mejor lo de “María, Reina de los pobres”. Pero es que, como ya he dicho, entonces estaba leyendo a Nietzsche y bueno está lo bueno, pero no tanto.

Del Zaratrusta tomé las ideas para elaborar las imágenes que ilustraban la contagiosa alegría mariana. Creo que llegué a elaborar un texto teórico que respaldaba todo aquel repertorio traído por los pelos: La Virgen bailaba por encima de nuestras cabezas utilizando el sol como pandero, una paloma reposaba sobre la cabeza de un león, dos muchachas comían manzanas recién cogidas del manzano, unos gloriosos cuerpos desnudos se alzaban de la tierra bailando la jota, los cuatro elementos posaban en el horizonte mientras una barca desplegaba sus velas al viento… Todo ello con un tratamiento lo suficientemente estilizado como para evitar el riesgo de caer en la horterada más atroz. Los canónigos aprobaron mis bocetos por unanimidad sin que, hasta el día de hoy, gracias a Dios, haya llegado a pintarse nada.

 

R/ El camino de Chuang Tzu. Thomas Merton

R/ El camino de Chuang Tzu. Thomas Merton

En un libro de Lawrence Durrell, titulado “Una sonrisa en el ojo de la mente”, dice el autor que si alguna vez tuviera necesidad de creer en algo, creería en el taoísmo, una religión atea.

Oí decir a Sánchez Dragó que el libro que más le había influido en su vida era el Dao de king (antes Tao te king) de Lao Tzu (antes Lao Tsé), la Biblia taoísta. Poco se nota.

Yo, modestamente, me quedo con Chuang Tzu (antes Chuang Tsé), que además de taoísta es humorista. Merton le llama el Groucho Marx del taoísmo pero yo creo que está más cerca del humor de Buster Keaton.

Tras la furia de los demonios cristianos y la furia de los demonios anticristianos, qué bienestar produce la calma chicha de los filósofos chinos.

Y eso que leyendo a Chuang Tzu comprobé que mi vida estaba completamente equivocada. Y no por el cuento de que soñó que era una mariposa y al despertarse no sabía si era un hombre que había soñado que era una mariposa o una mariposa que estaba soñando que era un hombre, como me pasó a mí en las Descalzas Reales, no. Cuenta Chuang Tzu, que un día, el emperador salió de caza con todo su séquito. Al llegar a un río, vieron una manada de monos durmiendo la siesta en la otra orilla. El emperador disparó contra uno de ellos y falló. El animal empezó a burlarse dando gritos y cabriolas como el mono titiritero. Todo el pelotillero séquito del emperador disparó a la vez contra él y cayó acribillado.

Tras leer esto, sigo haciendo el mono cada mañana en el Heraldo de Aragón.

Me queda la esperanza de poder seguir las enseñanzas de Chuang Tzu en el último momento. Cuentan que mientras agonizaba, los discípulos decidieron preparar la tumba “para que no se lo comiesen los cuervos”.

-     ¿Por qué esa discriminación entre cuervos y gusanos?, preguntó Chuang Tzu.

 

S/ Ratoncito y gatonazo. Autor e ilustrador desconocidos

S/ Ratoncito y gatonazo. Autor e ilustrador desconocidos

 

De muy pequeño, me regalaron este libro. La trama era lo de menos: Unos gatos intentan rodar una película y Ratón Cito les desbarata todo el tinglado, como Grilló y yo hicimos más tarde en el colegio. Lo que me gustaba del libro era el tinglado que montaban, más teatral que cinematográfico, por cierto.

Los gatos, por ejemplo, rodaban la escena de un trovador rondando a una damisela. En la magnífica ilustración, se veía la fachada de la torre tras la que se alzaba una escalera de mano en la que estaba subida la gatita para asomarse a la ventana. El trovador cantaba junto a una charca que en realidad era un barreño oculto entre unos juncos recortados en madera. En la charca se reflejaba la luna que en realidad era otro recortable suspendido en el aire con una caña de pescar.

Me moría por hacer algo así. Pero, después de darle muchas vueltas, pues ya era un auténtico negado para el bricollage, me di cuenta de que, aunque hiciera exactamente lo mismo, nunca tendría la magia que tenía en el dibujo. Y en consecuencia, en dibujante me quedé.

Ahora bien: ¿cómo sabía yo que aquel dibujo era bueno? Pude recuperarlo de mayor y les aseguro que lo era.

¿Cómo pude hacer esa especie de análisis semiótico, siendo tan pequeño; cómo fui consciente, como diría Eco, del residuo extra-semiótico no codificable de aquella ilustración si de mayor me costó tanto esfuerzo entender “La estructura ausente”?

 

Como no tengo ninguna ilustración de aquel cuento, reproduzco la imagen que ilustraba la cubierta de "La estructura ausente" de Eco.

 

T/ Historia de la Pintura Española. Augusto Mayer

T/ Historia de la Pintura Española. Augusto Mayer

Es un libro que nunca he leído pero que ya hojeaba antes de tener uso de razón.

Naturalmente, lo que me influyó de ese libro fueron las ilustraciones, que eran malísimas. A mí sólo me interesaban las de blanco y negro; las de color me parecían directamente vomitivas. Las de blanco y negro, en cambio, tenían unos manchurrones negros por exceso de tinta que destruían las presuntas sutilezas del claroscuro y les daban a todos los cuadros un aspecto siniestro muy emocionante.

Aunque se trataba de una historia de la pintura española que iba desde el Románico hasta Goya, el libro se centraba mayormente en la pintura barroca, con sus horripilantes temas y sus iluminaciones tenebristas, acentuadas, además, por la deficiente impresión, como ya he dicho.

Pero para mí, aquello era el arte. Allí estaban los grandes maestros: Velázquez, Goya, el Greco, Zurbarán … Lo cierto es que poco más había visto, a no ser algún que otro Murillo en las cajas de bombones y en las estampitas religiosas, o las ilustraciones del sueño de Pepito que tanto recordaban a Valdés Leal…

En mi casa había también un libro sobre Picasso pero casi como ejemplo de lo que no había que hacer. Aunque yo le encontraba cierto encanto morboso que no me atrevía a confesar.

Pero arte, lo que se dice arte, ya digo, el del libro de Mayer. Cuando a los 16 años visité el Museo del Prado por primera vez, casi me decepcionó que los originales no fueran tan tremendos como yo los conocía. Empecé Bellas Artes con la misma idea sobre la pintura, pero todos mis profesores se empeñaron en que me lo replanteara diciéndome que la pintura era color y todas esas cosas.

Hace cuatro o cinco años, empecé a replanteármelo, tal como me sugirieron mis maestros.

 

He intentado simular el aspecto que tenían aquellas ilustraciones por medios digitales.

U/ Los signos en rotación y otros ensayos. Octavio Paz

U/ Los signos en rotación y otros ensayos. Octavio Paz

Yo daba clases de pintura a Vicente Pascual Rodrigo y, un buen día, me regaló este libro. Mi alumno era mucho más inteligente que su profesor. La primera vez que lo leí, como me ha pasado tantas veces, no entendí casi nada. Apenas sabía quienes eran Mallarmé, Rimbaud, Sade, Duchamp, Buñuel… Aún sabía menos de Octavio Paz. Intenté informarme un poco y volver a leerlo con más conocimientos. Leí el golpe de dados de Mallarmé, la temporada en el infierno de Rimbaud, la Justine del Marqués de Sade, las entrevistas con Duchamp de Pierre Cabannes… Vi todas las películas que pude de Buñuel (ahora ya las he visto todas) y vi y leí lo que aquellos libros me llevaron a ver y leer en una especie de cadena que, afortunadamente, no tiene fin. Volver a leer el libro me ayudó a entender lo que no había entendido en los libros que leí para comprenderlo. Los signos en rotación, como diría Paz…

Fue uno de los libros con los que empecé a interesarme mucho más por el ensayo que por la novela. Y más, todavía, por los libros inclasificables que tan de moda se han puesto últimamente.

Ese libro me descubrió, además, las complejas relaciones que podía haber entre tradición y modernidad. Por aquel entonces, los artistas jóvenes, resumíamos la modernidad en cargar contra todo lo anterior sin saber qué era.

En fin, quizás puedan hacerse idea de lo que me influyó este libro, si visitaron mi exposición de la Lonja, en 2007.

 

V/ Conversaciones con Marcel Duchamp. Pierre Cabannes

V/ Conversaciones con Marcel Duchamp. Pierre Cabannes

Yo creía que Buñuel encarnaba la modernidad hasta que leí estas conversaciones. Ya lo he contado en otro sitio. Creo que los que recibimos una educación católica en España, como Buñuel y yo, salvando las distancias, tenemos bastante difícil el acceso a ser absolutamente modernos, como reclamaba Rimbaud.

De aquellas conversaciones me interesó el personaje mucho más que el artista. Era un hombre tranquilo que siempre había hecho lo que le había dado la gana. Había intentado evitar los compromisos y reducir al mínimo sus necesidades. No recordaba como había sobrevivido durante años sin trabajar. Parecía un buen ejemplo a seguir, pero tendría que haberlo leído antes: Acababa de nacer mi segundo hijo y estaba a punto de firmar mi primera hipoteca.

Leyendo aquellas conversaciones quedaba claro que Duchamp no tenía nada que ver con las interpretaciones metafísicas que daban algunos a su obra. Por otro lado, el muy ladino tampoco explicaba nada y se limitaba a confirmar su interés por los juegos de palabras y por el juego del ajedrez. Años más tarde, tuve que leer a Juan Antonio Jiménez para comprender que lo que había hecho Duchamp como artista no era si no una colección de chistes más o menos verdes aunque muy sofisticados. Sin embargo, su influencia en la historia del arte es similar a la influencia en la historia de la literatura de ese otro humorista llamado Cervantes. Por cierto: debería haber incluido el Quijote en esta lista.

El sábado, 18 de abril de este año, hace dos semanas, apareció en Babelia un artículo de Vila-Matas hablando sobre las conversaciones de Cabannes con Duchamp. Búsquenlo, se lo recomiendo.

 

W/ El Criticón. Baltasar Gracián

W/ El Criticón. Baltasar Gracián

Lo leí con mucho esfuerzo pero encandilado. Los pesimistas suelen ser más divertidos que los optimistas. También me encandilaron Kafka, Beckett y Cioran, por citar algunos pesimistas divertidos y de renombre.

En esta novela filosófica, Andrenio, el hombre natural o salvaje, es guiado por Critilo, el hombre con educación o civilizado que le advierte de las trampas del mundo y de sus habitantes, en una maraña de alegorías y metáforas que no dan tregua. Andrenio y Critilo son las dos caras de una misma persona. Como el doctor Jeckyll y míster Hyde. Desde siempre he sido proclive a la esquizofrenia, por partida doble: por artista y por aragonés.

Por otro lado, las imágenes del Criticón son tan plásticas, que me pareció que los grabados de Goya las podrían ilustrar perfectamente. También me recordaron a la historia del arte de Mayer que antes he comentado. Me sentía en mi salsa en medio de aquel barroquismo desaforado.

Pero, por llevarme la contraria a mí mismo, cosa en la que he perdido media vida, pensé que, a finales del siglo XX, el libro de un conceptista debería ilustrarse mediante procedimientos conceptuales. Y me decidí a hacerlo.

 

Yo daba clases en la Escuela de Artes y estaba a punto de volverme loco. Llevaba 18 años y empezaba a hacer cosas tan raras como ir a clase y no llegar nunca. Decidí coger un año sabático para salvarme y, pedí una licencia por estudios para hacer el doctorado en Bellas Artes. Primero intenté doctorarme en la Universidad de Zaragoza pero me pusieron toda clase de pegas académicas: No tenían convenios firmados con la Universidad de Barcelona, donde me había licenciado. “Si fuera la de Cáceres…”, me sugirieron. También les pareció insólita mi pretensión de hacer pasar como tesis doctoral la realización de las ilustraciones para El Criticón. A mí no me parecía tan disparatado. Argumenté que nadie lo había hecho antes y que mi trabajo práctico podía ir acompañado de un estudio teórico. Estaba tan animado que incluso había empezado a trabajar en apuntes y bocetos.

Y justo en aquel momento, después de cuatro siglos sin que lo hiciera nadie, apareció una edición del Criticón ilustrada por Antonio Saura.

Quizás algún día retome el proyecto.

 

X/ Pierre Menard, autor del Quijote. Jorge Luis Borges

X/ Pierre Menard, autor del Quijote. Jorge Luis Borges

Con Borges me pasó lo mismo que con tantos otros. Me costó empezar pero luego no he parado de leerlo y releerlo, una y otra vez como un poseso. Incluso he tenido el honor de que me consideren su epígono.

De todos sus cuentos, cito el de “Pierre Menard, autor del Quijote” porque es el que mejor recuerdo. La trama es sencillísima, aunque el contenido no lo sea. Pierre Menard decide escribir el Quijote en pleno siglo XX. Por supuesto, sin copiarlo, partiendo de cero. El narrador dice que es tarea compleja pero no imposible. De hecho, a lo largo de toda su vida, Menard consigue terminar tres capítulos completos y algún que otro fragmento. El narrador analiza las similitudes y las diferencias que se establecen entre el texto original de Cervantes y el mismo texto escrito cuatro siglos más tarde por Menard.

Para José Carlos Mainer, de lo que habla el relato es de la traducción. No seré yo quien contradiga al sabio, pero prefiero pensar que el relato se refiere al pastiche, un género menospreciado que me fascina por el punto gamberro que puede tener. De hecho, todos mis libritos de Xordica me los planteo en ese registro.

 

Por entonces, mi amigo Ángel Peropadre dirigía las obras de restauración de la Aljafería y me había propuesto pintar una serie de grandes cuadros que actuasen como los tapices originales que se colgaban en el Salón del Trono, al que pretendía devolver todo el colorido que en su día tuvo. Todo lo contrario de lo que hicieron Pemán y Franco, por cierto. Como dice Larroy: “Un problema, dos soluciones”.

Tras mi fracaso con el Criticón, centré mi tesis doctoral en el arduo problema que me planteaba Peropadre: Cómo pintar en edificios histórico-artísticos y, más concretamente, en el Salón del Trono del Palacio de la Aljafería.

 Empecé con los filósofos posmodernos, que me parecía lo más adecuado al tema, pero di más vueltas que un pirulo sin llegar a ninguna parte que me interesara. Es lo que pasa con los filósofos, que sirven para pensar pero no dan soluciones concretas así los mates. Aquellas lecturas, eso sí, me sirvieron para hacer de abogado del diablo y argumentar que, puesto que la pintura ha muerto, el lugar idóneo para pintar sólo puede ser un edificio histórico-artístico en restauración. Cómo hacerlo, es otra historia.

Recordé la de Pierre Menard e intenté buscar correspondencias entre sus problemas con el Quijote y el trabajo al que me enfrentaba yo para pintar la Invención de la Santa Cruz, tema que había elegido por su idoneidad con el espacio creado por los Reyes Católicos y porque es un tema desarrollado en la colección de tapices de La Seo de Zaragoza.

La redacción de la tesis sirvió para organizarme la cabeza aunque no llegara a concretarse más que en una serie de bocetos que no sé lo que podrían haber dado de sí. A Peropadre lo habían echado de la Aljafería por diferencias de criterio con el presidente de las Cortes y el proyecto ya no tenía sentido.

 

Y/ El orden oculto del arte. Antón Ehrenzweig

Y/ El orden oculto del arte. Antón Ehrenzweig

Este libro lo encontré en la biblioteca de la Escuela de Artes de Zaragoza. Tenía en la cubierta una ilustración de Vassarely, aquel pintor “op” que se hizo tan famoso, y lo cogí creyendo que trataría de la composición pictórica y me podría servir para preparar algunos ejercicios para mis clases. El autor, profesor de arte y psiquiatra, explica, nada más empezar, que allí se puede encontrar de todo. Efectivamente: encontré ejercicios para mis alumnos pero no del tipo formal que yo esperaba; encontré un ensayo sobre la relación entre arte y esquizofrenia en el que se hace uno de los estudios más rigurosos que conozco sobre el proceso de pintar; encontré una descripción de los niveles oceánicos del subconsciente donde hablaba, como he dicho antes, de la capacidad del arte para reflejar en una sola imagen los tres momentos fundamentales de la vida. Y encontré otro ensayo en el que se estudia el mito de la Diosa Madre y el Hijo autoinmolado que me dejó turulato. Primero, por enterarme de la cantidad de dioses y héroes de todas las culturas, hijos todos de la Diosa Madre, que han sido crucificados, desmembrados, quemados, desollados, que han sido enterrados, que han visitado los infiernos y que, a los tres días, han resucitado. El autor afirmaba que lo que realmente cuentan estos mitos son los procesos más profundos de la creatividad humana. Y acaba demostrando que las distintas variantes del mito precisan las diferencias entre creatividad artística y científica.

No parece ninguna tontería, ¿verdad? Pues, como ya he repetido muchas veces, nunca he visto citado al doctor Ehrenzweig en ninguna parte. En Google sólo tiene 10.400 entradas.

Quizás yo haya contribuido a que sea tan poco conocido en nuestro entorno: es el único libro que he robado de una biblioteca.

 

Lo leí en castellano pero no he encontrado otra portada.