La intención

Hoy, en la clase de Tai Chi, hemos tenido un profesor chino. Nos ha indicado lo importante que es, para la respiración, un punto que hay tres dedos por debajo del ombligo. Una compañera ha preguntado:
- Entonces, al respirar, ¿tenemos que meter el estómago?
- No, no, no estómago.
- ¿Tenemos que tensar los músculos?
- No, no músculos. Es una intención.
Aprovecho para meter una imagen de Zhu Da, uno de mis pintores favoritos.
Una señora sola
- ¡Ay, señor, señor...!
Exposición Peyrotau&Sediles
Pueden verla en esta direción:
http://multimedia.obrasocialcajamadrid.es/metus_peyrotau_sediles/
Mauricio Aznar

Vuelvo a intentar dar respuesta a la pregunta sobre el emplazamiento de la cabeza de Mauricio Aznar. A ver si esta vez hay suerte.
Mauricio Aznar

Ayer descubrí esta estupenda cabeza de Mauricio Aznar.
No conseguí descubrir quién es el escultor (me falla mucho la vista), pero estoy seguro de que no es el mismo que ha hecho un busto de Basilio Paraíso para la Cámara de Comercio.
¿Saben dónde está la cabeza de Mauricio?
Mauricio Aznar
Me ha vuelto a pasar. He intentado borrar una entrada defectuosa y no he podido. Ahí abajo la tienen a la pobre, que no se entiende nada.
Después de escribir esto, la cosa se ha complicado y ha aparecido otra entrada que yo creía que había conseguido borrar. Ahora, para que se entienda algo, intentaré guardar esta entrada con su rectificación y escribiré una nueva que me faltaba por hacer.
¡Suerte!
Mauricio Aznar

Aquí, naturalmente.
Mauricio Aznar

Aquí, naturalmente
Una señora, saliendo de la niebla
- ¡Tan pronto hay nubes como hace sol!
Nosferatu y la Verónica

No me digan que no tiene gracia la controversia suscitada por un obispo sobre si lo que celebramos mañana es la noche de los muertos o de los no-muertos. Con tal excusa, les propino un texto que escribí cuando, siguiendo el razonamiento de Chesterton (vean la siguiente entrada), yo tenía temperamento artístico. Les evito la primera parte en la que trataba de justificar mis extravagancias.
Nosferatu, el vampiro de la noche, obligado a destruir las formas de vida que le posibilitan la supervivencia (si se me permite la expresión tratándose de un no-muerto); condenado a una existencia entre tinieblas, pues quedar expuesto a la luz diurna le supone la destrucción total o, dicho de otro modo, el descanso al que sorprendentemente se niega, aunque asegure que hay cosas peores que esa muerte que con tanto celo evita; el triste vampiro, es incapaz de reflejar su imagen en un espejo (aunque Murnau pareciera ignorarlo).
Es dudoso que su imagen sólo se le revele a él y resulte invisible a los mortales (no es eso lo que sugiere Polanski), lo que a su vez nos hace dudar de que su repulsivo y entrañable aspecto le sea conocido. Igualmente ignoramos si, en tal caso, alienta el deseo de conocerlo, de conocerse, lo que pudiera ser bastante más probable. De la imposibilidad de satisfacer tal deseo nacería en él el mismo tipo de horror a las superficies especulares que siente el pintor ante el lienzo en blanco, tratando al embadurnarlo de plasmar la imagen que aparentemente le reproduzca y simultáneamente oculte la superficie delatora de su auténtica condición.
En contraposición a este triste Nosferatu, Príncipe (que no espíritu) de las Tinieblas, se alza la inesperada figura de la Verónica, retratista amateur y enragée capaz de captar su verdad en el lienzo mediante la espontaneidad de una acción afectivamente comprometida con la realidad. Características estas, por otra parte, determinantes en el éxito de su empresa, cuestión que se subraya para aprovechamiento de quienes optan por un hipotético arte comprometido elaborado sobre tácticas e ideologías.
La rotunda imagen de este mito se ve perturbada por la ambigüedad que le otorga su posición de “portadora del lienzo” (véase el Greco) situándose al otro lado del mismo en una ubicación extrapictórica que le permite una sorprendente retirada por el foro. Con lo que nos hallamos de nuevo enfrentados a la tela.
Nos queda la posibilidad de experimentarla como paño de la Verónica o, lo que es lo mismo, como tregua. Tal carácter descarta cualquier esperanza de que podamos alcanzar soluciones de ningún tipo mediante la práctica pictórica pero nuestro necesario empecinamiento evitará que, a pesar de todo, nos apartemos de ella. Enfrentado al lienzo como a un espejo, el pintor interroga las ciegas superficies tratando de obtener, más que simples repuestas, la envidiable capacidad de Alicia para atravesarlo.











