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Ocurrencias

El proceso creativo es inefable (adj. Que no se puede explicar con palabras, inenarrable). Por tanto, todo lo que viene a continuación, sobra.
Cuadrado blanco sobre fondo blanco de Malevich.
Ocurrencias

El proceso creativo tiene dos partes: la concepción y la realización. En la primera, pretendemos comernos el mundo. En la segunda, somos devorados por la obra.
Pintura negra de Goya.
Ocurrencias

El proceso creativo se suele producir en un estado alterado de conciencia. De ahí su inefabilidad. El estado alterado de conciencia se suele alcanzar sin recurrir a ningún tipo de sustancia.
Anunciación de Fra Angélico.
Ocurrencias

En algún momento de profunda alteración psíquica, uno puede llegar a creer que tiene poderes o, lo que es peor, poder.
Performance de Joseph Beuys.
Ocurrencias

A veces, más que en los momentos de exaltación maniaca, el estado alterado de conciencia se alcanza en las fases más monótonas y mecánicas del proceso: rotulando, por ejemplo.
Little Sparta de Hamilton Finlay.
Ocurrencias

El proceso creativo es una patología.
El proceso creativo es una terapia.
Bodegón de Miró.
Ocurrencias

Una cosa que no he entendido nunca: Que el proceso creativo sea relajante para los aficionados.
Pintura del aduanero Rousseau.
Ocurrencias

Ya lo he dicho otras veces: Creí entender el fundamento psíquico del proceso creativo leyendo a Anton Ehrenzweig, y nunca he visto citado a este autor en ninguna parte. (Para ser sincero, en Google tiene 10.900 entradas.)
Escultura de Henry Moore.
Ocurrencias

El proceso creativo, bien entendido, empieza en la disciplina y acaba en la libertad.
Pintura de De Kooning.
Ocurrencias

San Juan de la Cruz lo definió de un plumazo: “Mil vuelos pasé de un vuelo”.
Pintura de Zhu Da.
Ocurrencias

Machado fue un poco más farragoso: “Al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”.
Grabado de Tápies.
Ocurrencias

Todo fluye. Incluso las vomitonas.
Pintura de Pollock.
Ocurrencias

Existe un Wille zur Malerei o instinto de pintar, heredado de nuestros más remotos antepasados y, por otra parte, existe la extendida sospecha de que la pintura ha muerto. “Ahí te quiero ver”, me digo todas las mañanas ante el lienzo.
Pintura de Altamira.
Ocurrencias

Decía Antonio Saura que la pintura es la actividad que requiere tomar más decisiones por segundo. ¿No será demasiado llamarlas “decisiones”?
Pintura de Saura.
Ocurrencias

En mi caso, el proceso creativo se produce a trompicones, con breves descargas de creatividad tan intensas que me tengo apartar del trabajo como alma que lleva el diablo, para poder volver a la carga.
Fotograma de "Band a part" de Godard.
Ocurrencias

Soy partidario de la pintura gestual. Por eso titulé un texto sobre el proceso creativo: “Casi nada lo del ojo y lo llevaba en la mano”.
Sibila de Velázquez.
Ocurrencias

¿También es instintiva mi tendencia conceptual?
Intervención de Duchamp.
Ocurrencias

Algunas veces desearías que el proceso creativo te convirtiera en Zhu Da; otras, en Vermeer o Picasso… Pero, al final, te tienes que conformar con ser tú mismo.
Pintura de Vermeer.
Ocurrencias

Hablando sobre el proceso creativo, nos puede pasar lo que pasa habitualmente con la educación sexual: que puede ser muy erudita y tratar pormenorizadamente todo lo referente a glándulas, cuerpos cavernosos, intríngulis anatómicos, embarazos y enfermedades… y olvidarse de contar el gustirrinín que da.
Retrato de Dora Maar pintado por Picasso.
Ocurrencias

Por cierto, en el proceso creativo también es falso que los hijos vengan con un pan bajo el trazo.
Fotografía del taller de Bacon.
Zaragoza, Capital Europea de la Cultura

Sigo con el mismo tema de más abajo.
Los argumentos para la candidatura a Capital Europea de la Cultura son: Goya, Buñuel, Fernando el Católico, Zaragoza Latina y Mudéjar.
Goya y Buñuel porque no pueden faltar; Fernando el Católico, porque se cumplen 500 años de su muerte; Zaragoza Latina porque "es la capital telúrica de la Hispanidad", con un par; y el mudéjar, porque es Patrimonio de la Humanidad.
Como pueden ver, todo bastante traído por los pelos de fuera de Zaragoza porque aquí no hay nada.
Ante la insistencia de Fernando Rivarés de que propusiéramos alguna cosa concreta, reivindiqué esa nada argumentando que lo que une Zaragoza con Fuendetodos, Calanda, el mudéjar y lo telúrico (Fernando el Católico lo dejo aparte por imposible) es el desierto que nos rodea, la nada que, hasta donde tengo comprobado, es lo que más impresiona a quienes nos visitan. También argumenté la actualidad del tema pues soy de la opinión de que conforme la Ciudad le gana terreno al desierto, la actividad ciudadana se desertiza en justa correspondencia.
La propuesta fue bien recibida por los asistentes que ya imaginaban la bonita simetría de una capital cultural del desierto tras una expo del agua. Otra cosa será lo que opinen los políticos.
Zaragoza, Capital Europea de la Cultura

En la reunión que cito aquí debajo, alguien planteó que si se quiere cambiar la política cultural de la Ciudad, tienen que rodar cabezas. Apoyé la moción pero di una alternativa menos cruenta: como nuestro grupo se ocupaba de la "educación para la cultura", propuse que los gestores culturales sean los primeros en educarse antes de ocuparse de nosotros, que asistan a cursos en el extranjero o, por lo menos, se enteren de lo que hacen los gestores de otras ciudades.
Ya les hablé de la impresión que me produjo el museo Kolumba de Colonia. Y no por la calidad de sus obras, si no por el talento con el que estaban expuestas, por el inteligente trabajo de los gestores del Museo. No pude dejar de acordarme de que en la Expo, la pintura aragonesa se expuso con los cuadros colgados perpendiculares a la pared y a cinco metros de altura. Nunca había soñado yo con llegar tan alto.
La foto es del museo Kolumba.
Zaragoza, Capital Europea de la Cultura

Esta mañana he participado en una de las reuniones que se están celebrando para redactar el Plan Estratégico de Cultura de Zaragoza, de cara a su candidatura para capital cultural europea en 2016.
No he podido saber por qué, si se bajan los presupuestos destinados a cultura, si los trabajadores culturales nos concentramos para denunciarlo, si el público en general considera que "a esos vagos, ni un euro", refiriéndose a nosotros, y si Pilar Navarrete como portavoz de la Administración dice que ese público en general tiene más razón que un santo, que somos vagos y flojos... digo, que no sé por qué quieren que Zaragoza sea capital cultural.
Me recuerda el chiste que ya he contado tants veces de los boy-scouts.
Pregunta el jefe:
- A ver, Pepito, ¿Qué buena acción has hecho hoy?
- Ayudar a cruzar la calle a un ciego.
- Muy bien. ¿Y tú, Juanito?
- Ayudar a cruzar la calle al ciego.
- ¿A otro ciego?
- No, no, al mismo ciego.
- Ah... ¿Y tú, Carlitos?
- Yo, también.
- Pero, ¿por qué le habéis ayudado todos?
- Porque no se dejaba.
(Continuará)
Nosferatu y la Verónica

No me digan que no tiene gracia la controversia suscitada por un obispo sobre si lo que celebramos mañana es la noche de los muertos o de los no-muertos. Con tal excusa, les propino un texto que escribí cuando, siguiendo el razonamiento de Chesterton (vean la siguiente entrada), yo tenía temperamento artístico. Les evito la primera parte en la que trataba de justificar mis extravagancias.
Nosferatu, el vampiro de la noche, obligado a destruir las formas de vida que le posibilitan la supervivencia (si se me permite la expresión tratándose de un no-muerto); condenado a una existencia entre tinieblas, pues quedar expuesto a la luz diurna le supone la destrucción total o, dicho de otro modo, el descanso al que sorprendentemente se niega, aunque asegure que hay cosas peores que esa muerte que con tanto celo evita; el triste vampiro, es incapaz de reflejar su imagen en un espejo (aunque Murnau pareciera ignorarlo).
Es dudoso que su imagen sólo se le revele a él y resulte invisible a los mortales (no es eso lo que sugiere Polanski), lo que a su vez nos hace dudar de que su repulsivo y entrañable aspecto le sea conocido. Igualmente ignoramos si, en tal caso, alienta el deseo de conocerlo, de conocerse, lo que pudiera ser bastante más probable. De la imposibilidad de satisfacer tal deseo nacería en él el mismo tipo de horror a las superficies especulares que siente el pintor ante el lienzo en blanco, tratando al embadurnarlo de plasmar la imagen que aparentemente le reproduzca y simultáneamente oculte la superficie delatora de su auténtica condición.
En contraposición a este triste Nosferatu, Príncipe (que no espíritu) de las Tinieblas, se alza la inesperada figura de la Verónica, retratista amateur y enragée capaz de captar su verdad en el lienzo mediante la espontaneidad de una acción afectivamente comprometida con la realidad. Características estas, por otra parte, determinantes en el éxito de su empresa, cuestión que se subraya para aprovechamiento de quienes optan por un hipotético arte comprometido elaborado sobre tácticas e ideologías.
La rotunda imagen de este mito se ve perturbada por la ambigüedad que le otorga su posición de “portadora del lienzo” (véase el Greco) situándose al otro lado del mismo en una ubicación extrapictórica que le permite una sorprendente retirada por el foro. Con lo que nos hallamos de nuevo enfrentados a la tela.
Nos queda la posibilidad de experimentarla como paño de la Verónica o, lo que es lo mismo, como tregua. Tal carácter descarta cualquier esperanza de que podamos alcanzar soluciones de ningún tipo mediante la práctica pictórica pero nuestro necesario empecinamiento evitará que, a pesar de todo, nos apartemos de ella. Enfrentado al lienzo como a un espejo, el pintor interroga las ciegas superficies tratando de obtener, más que simples repuestas, la envidiable capacidad de Alicia para atravesarlo.
Hijo Predilecto de Zaragoza

Este es el texto de agradecimiento que leeré esta tarde en el acto correspondiente.
Autoridades todas, vecinos de Zaragoza, foranos, compañeros de los medios de comunicación en el ejercicio de vuestras funciones… Queridos hermanos: Felicidades.
Señoras y señores:
Las efusivas palabras de don José Manuel Alonso me han recordado el día en el que Plácido Serrano me presentó a Chumy Chumez, explicándole todo lo que hacía y hago. “Pues, si hace tantas cosas, es que le pagan todas mal”, sentenció el sabio.
Hace unos meses, rechacé recoger la medalla de defensor de Zaragoza porque estaba muy enfadado con este Consistorio; porque desde pequeño tengo fobia a los cuadros de honor y porque me considero indigno de semejante título, ya que como defensor, soy una ruina.
Señoras y señores: Todo lo que he defendido de Zaragoza ha caído arrasado bajo la piqueta, la sierra mecánica o la desidia. Salvo el Mercado Central, que yo recuerde.
Como diría Quevedo, ruina seré, mas ruina descarada, que aún se atreve a plantearles un reto: ¿Por qué no colocan una placa conmemorativa en la casa natal de sus hijos predilectos? Comprendan que me atrevo a planteárselo por la sencilla razón de que mi casa natal cayó hace tiempo bajo la piqueta.
Confieso que he llamado a esta ciudad de todo menos bonita. Hasta llegué a perpetrar un libro titulado Zaragoza y editado en Valencia, para demostrar que tengo más razón que un santo. Después, me propusieron hacer lo mismo con otras ciudades y me negué en redondo porque, señoras y señores, madre no hay más que una.
Que, pese a todo, Zaragoza me considere hijo predilecto suyo, me emociona hasta el extremo de no poder ni pensar en la posibilidad de que, con semejantes antecedentes, la predilección que siente la Ciudad por mí sea la misma que siente cualquier madre por el hijo tonto.
Acepto, además, el título, con la tranquilidad de conciencia que me da el saber que este democrático Ayuntamiento, por no caer en el feo vicio del nepotismo, jamás encargará una marca de la Ciudad o cualquier otra promoción a ninguno de sus hijos, ya seamos predilectos o de los otros.
Señoras y señores: Imitando tan cosmopolita proceder, acabaré con una cita del cantautor madrileño Rosendo Mercado, repitiéndola una y otra vez, aun a riesgo de afrontar los rigores de la SGAE:
Que tengo tantas cosas que decir
Y tú, como si no fuera contigo,
La historia se repite y aún así
prometo estarte agradecido,
prometo estarte agradecido…
Muchas gracias
Manila

Recupero el texto que escribí para presentar el libro de relatos de Santiago Gascón. El libro está editado por Xordica.
MANILA
Nunca perdonaré a Santiago Gascón la faena que me ha hecho.
Cuando me propuso presentar esta breve colección de cuentos en el Oásis, acepté con la alegría de cualquier humorista cabezudo al que le brindan la oportunidad de actuar en el mismo escenario que la Pilara. Me puse más contento que unas pascuas.
Pero, al llegar a la página 11 de su libro, más o menos, empecé a sospechar que no me había llamado por ser un humorista cabezón. ¿Por qué coño me llamaría, entonces?
Resulta que este libro no es ninguna broma. Por decirlo de alguna manera: “Manila” es lo más romántico que he leído en los últimos años. Me recuerda a Poe. Las mismas historias apasionadas y apasionantes, el amor, el horror y el frío dedo de la muerte escribiendo en nuestra espalda su texto febril… La emoción en estado puro.
Es cierto que no encontrarán aquí ni un Maelström, ni un pozo, ni un péndulo, ni una cripta con salida de emergencia. Los nombres del horror son otros: Cuba y Baler en el 98, cualquier pueblo de España en plena Guerra Civil, Palestina ahora, la cifra AU-3821-M marcada a fuego en la muñeca, la pensión no contributiva, Burgos, Franco, Pinochet, Jánovas, la cuenta ahorro-vivienda, la sexta planta de la Casa Grande…
Pero, se nombran, también, las patrias de la felicidad: la infancia recordada y el cuerpo deseado. Y el lenguaje deslumbrante y secreto de los mantones de Manila. Y el lenguaje, a secas. O mejor dicho: el lenguaje tan cálido y jugoso como el sudor de los amantes tropicales.
Al comienzo de uno de sus relatos, Gascón cita El Libro de los Muertos: “Dioses del vasto cielo, contempladme todos. He llegado al final de mi viaje. Aquí me tenéis ante vosotros”.
Permítanme que yo cite al conde Drácula: “Hay cosas peores que la muerte”.
Recuerden el extraño caso del señor Valdemar, suspendido entre la vida y la muerte como alguno de los protagonistas de este libro: el paciente amnésico de la sexta planta, el condenado a muerte obligado a cavar tumbas, la beata arrepentida o la familia aragonesa que recorre incesantemente el país de irás y no volverás…
Hay muertes peores que la muerte. La de Berenice que cuenta Poe, tan parecida a la de Sole, la novia del amnésico; o la de tita Silvina, la Iyalocha de Shangó, sea lo que sea tanto lo uno como lo otro; o la de Lamberto, el pobre violinista jubilado… Y la de Cano, muerto de sida en una sola línea.
Santiago Gascón nos presenta a sus criaturas ya vencidas, recordando los momentos de felicidad que hay en una vida, según el sabio chino: Tres minutos escasos. Apostillaba Cioran que incluso los sabios chinos pecan de optimistas y exagerados. Gascón se pasa: alguno de sus protagonistas contabiliza hasta diez días continuados de éxtasis con una segunda oportunidad, por si fuera poco. Otros han de conformarse con encontrar la gloria en el postrer instante de su vida. Hay cosas peores que la muerte.
Y, siguiendo a Poe, la obsesión, por supuesto, siempre la obsesión. Como en sus cuentos, algunos personajes de Gascón también se obsesionan con los muertos y las muertas. Pero, siendo el autor de Mallén, precisamente, la obsesión por las vivas no se centra en las tísicas de la Casa de Usher sino en las negronas caribeñas y en las moceticas de su pueblo. El efecto es el mismo: Caserones incendiados, rayos asesinos, apertura de tumbas y víctimas arrebatadas por la muerte o la locura al cielo o al infierno. P’al caso, de Tauste.
Los protagonistas rememoran, desde la derrota, el trabajoso camino que han tenido que recorrer para alcanzarla. Incluso el indiano, que aparece en el relato cuando sólo es un niño, carga con el fatal desvarío de sus mayores. Los caminos erróneos son tan numerosos, por lo menos, como el número de cuentos: el esperpéntico rodeo del murciano para llegar desde Totana a Mallén, el viaje de vuelta de Moisés por el río Hudson, el de Eliseo Barrabés por medio mundo al encuentro de la bala que le está destinada…
Hay otra lectura de estos relatos, referencias cinéfilas y cinéfobas, miradas sesgadas o irónicas que le añaden fundamento y encanto: Shanghai Lily, como su propio nombre indica, viaja en el expreso Barcelona-La Coruña hasta que un representante burgalés se la lleva al muermo; los hijos del último de Filipinas no reconocen las aventuras de su padre en “aquel melodrama sin brillos” que proyectan en el cine de su pueblo; Eliseo Barrabés y Benito Aladrén compran el mismo mantón de Manila con noventa páginas de diferencia; el violinista jubilado aplica la implacable lógica capitalista en perjuicio propio; Ayayayayyyyyy, cantaba irremediablemente el charro charraneado o charrasqueado, no recuerdo…
En la misma línea, podemos hacer estas otras lecturas literales:
“Mis papás fueron guiados por el Altísimo para hacer este prodigio, a ver si ahora es usté capaz de mejorarlo con sus manos”; dice una puta cubana.
“Yo estuve ante la reina y es sólo una mujer menuda que habla peor que nosotros”; dice un excombatiente.
“¿A quién se le ocurre ser violinista? ¡Mira que obtener una beca en julio del treinta y seis!”; dice una nuera.
“Échelo de su vida, mi santa, que si algo sobra en la tierra son negros…”; dice una santera.
“¿Ya sabes tú lo lejos que han puesto Cuba y lo que puede marear un barco?”; dice Victorino, el ciego.
“¿Sólo sabes charrar o tienes un par de pistolas pa que nos desgrasiemos?’, dice el niño Gascón.
“Tú naciste un domingo y, desde las ventanas, pudimos ver cómo el Zaragoza le metía cuatro goles al Langreo”, dice su padre…
Bajo las densas capas de belleza y pasión de estos relatos, se escucha el latido delator del corazón somarda de Gascón. Que no le cabe en el pecho. Como a la novia del amnésico, por cierto.
La lechera de Muñoz Molina

En el último "Babelia", Muñoz Molina publica un artículo sobre la lechera de Vermeer. Empieza diciendo que destaca sobre los cientos y cientos de obras expuestas en el Metropolitan. (Aunque la buena señora suele residir en el Rickmuseum de Amsterdam, donde tiene que competir con la señora que lee una carta junto a la ventana, que tampoco es moco de pavo y que también es de Vermeer.)
Ahí Muñoz Molina demuestra tener muy buen ojo.
El resto del artículo podría dejarse exactamente igual que está escrito si la lechera, en lugar de una pintura, fuera una fotografía.
Al final del artículo (que no tengo ahora delante) el autor apunta la posibilidad de que Vermeer hubiera conocido el microscopio y que de ahí, de haber podido ver las cosas tan de cerca, le viniera su pasión por el detalle. No entiendo lo que quiere decir pero es igual.
Resulta que, ahora mismo, en la entrada provisional al Rickmuseum, cuelga un gigantesco plotter con una descomunal reproducción de la cara de la lechera. Ante la posibilidad de ver la pintura tan de cerca, lo primero que se comprende, como ya señaló Magritte, es que eso no es una lechera. En segundo lugar, los pintores, que somos un poco zafios y sin muchos recursos léxicos, sólo podemos explicar lo que vemos diciendo que "se nos caen los cojones al suelo". ¿A qué viene esa ordinariez? A que creemos encontrarnos ante lo inefable (inefabla, en aragonés). Pero quizás un escritor con los recurso de Muñoz Molina pudiera hacer una descripción pormenorizada o aproximada de la cara de la lechera vista tan de cerca. Así estaría hablando de pintura.
Todo lo demás es literatura.
Kolumba

Kolumba es un museo diocesano de vanguardia, una contradicción en sus términos. Kolumba es el museo del arzobispado de Colonia. Levantado sobre las ruinas de un antiguo convento, el edificio es obra (magnífica) de Peter Zumthor.
En el interior, el edificio establece un fluido diálogo con el yacimiento arqueológico del antiguo convento y, más arriba, en las salas del museo, las obras antiguas siguen dialogando con las contemporáneas.
Al parecer, se expone una brevísima selección de los fondos del museo que va rotando periódicamente. El montaje es magnífico y te deja con la boca abierta en un santiamén.
Una vez recuperado, adviertes que el montaje no sólo es bellísimo sino pertinente: El montaje hace decir a las obras lo que quizás nunca habrían sospechado sus autores. Algo parecido pasa con la lectura que hace San Clemente de los fragmentos de Heráclito: que ves como, arrimando el ascua a su sardina, se lleva el gato al agua del mismo río, dos veces y las que haga falta. Si la Iglesia lo hizo con los clásicos, e incluso con todas las festividades paganas, solsticios incluidos, no va a dejar de hacerlo con el arte contemporáneo por muy difícil que pueda parecer en principio.
Para que entiendan un poco mejor de qué va la cosa, les pondré algún ejemplo:
Frente a dos custodias de oro, el inmenso cuadro granate de Phil Sims se transustancia en la Sangre de Cristo inevitablemente; junto a un apostolado gótico con sus policromías y sus dorados, el perchero con gabardina y sombrero sobre enorme fondo de oro de Kounellis es la viva imagen de la presencia o la ausencia de Jesucristo; el misticismo de Chillida en sus homenajes a San Juan de la Cruz parece sobrepasar a la sencilla talla románica que los contempla...
Así, sala tras sala, pasamos del Dolor a la Trascendencia, de la Pasión a la Resurrección, de la Vida a la Muerte y de la Muerte a la Vida, saltando los siglos de seis en seis o de siete en siete, con una intensidad a la que no estamos acostumbrados. El vértigo que produce el vaivén conceptual al que se nos somete, es mucho más intenso que el llamado mal de Stendhal.
Ante tanto poderío intelectual, ante tan sutiles como arriesgadas estrategias, el visitante zaragozano no puede por menos que recordar los patéticos intentos de nuestro Cabildo Metropolitano por cubrir con Pintura alguna cúpula del Pilar.
Ahora bien, tratándose de Nuestra Santa Madre Iglesia, no se sabe qué da más miedo: si el provincianismo de los unos, el cosmopolitismo de los otros o las dos cosas juntas.
La fotografía es de Frank Peter Lohoff.
Antón Castro

Ayer, Antón Castro cumplió cincuenta años. Aprovecho la circunstancia para colgar el texto que leí en la presentación de su libro El álbum del solitario, hace ya unos años.
Los amigos comunes me criticaron mucho por ejercer ese aragonesismo que consiste en alabar una cosa criticando otra. Sin embargo, Antón no me retiró su amistad.
El álbum del solitario
– Hay amores que matan. El que me tiene Antón es uno de ellos. En menos de una semana, me ha hecho hablar en público ante auditorios imposibles: En Antena Aragón, ante un grupo de niñatos que me recordó los peores momentos de mis años de profesor y ahora, aquí, ante Vds., que tienen muchos más méritos y sabiduría que yo para presentar a este monstruo. Encima, en este caso, pretende que, como el libro, hable de fútbol. Lo que más le va a durar.
– Éste es un libro tremendo, que escarba en los recuerdos más lacerantes de cualquiera que haya sido joven. A mí, particularmente, me ha hecho sentir francamente incómodo. Leyendo los recuerdos de este púber, miedoso y embustero, recordé la terrible pregunta que se hace un personaje en Historia de dos ciudades: “¿Cómo va a gustarme este tipo si se parece tanto a mí?”
– Y es un libro que reivindica que el miedo y la inseguridad son consustanciales de esa edad y no fruto del nacionalcatolicismo como las gentes de mi generación hemos llegado a creer. Obviando, por otra parte, tantas lecturas anteriores.
También resulta sorprendente que ese espíritu infantil, que uno tiende a creer perdido tras su propia infancia, se mantenga intacto incluso en la era de la televisión.
– Este libro hace bueno el aforismo de Elias Canetti: “El pasado crece en todas direcciones cuando se describe”. El libro de Antón no es que crezca, es que se desparrama. En cuatro líneas te encuentras quince personajes fascinantes de los que nos quedamos con las ganas de saber algo más. Es una forma de contar de inequívoca raiz popular. Ejemplo: “Deseaban saber si era cierto que moceaba en Barrañán o en Loureda con una tal Nieves, bellísima, pelo negro y largo hasta el culo, esbelta, el sueño de cualquier joven” (Aquí hay también influencias de los anuncios de contactos) “el sueño final de Matías Bermús, el hijo del panadero de Santa Mariña que se murió en la mili de no se sabe qué poco después de recibir de ella una carta donde le decía que no insistiese, malpocado, que mujeres así las había a barullo y que quería a otro hombre. Me gustaba pensar que a mi hermano, tal vez.” Y remata genialmente: “Me dieron de comer dos veces: patatas fritas con tortilla francesa y pan empapado en vino por la tarde. Mis primos Breixiño y Agustín merendaron lo mismo.”
– El libro es como un álbum de 17 instántaneas y un epílogo imprescindible. Cada una de las instantáneas recoge un repertorio completo de excusas para el miedo: el padre, los compañeros, los muertos, las tabernas, los locos, los suicidas, los fantasmas, las chicas, la feroz melancolía... A mí, lo que más miedo me ha dado ha sido el fantasma de una niña de primera comunión, al atardecer, en la cueva de un acantilado bajo un merendero.
– En la página 62 aparece el verdadero álbum del solitario. Una colección de 4 fotografías hechas por el mítico Manuel Seara de Castro al protagonista, Antonio Fabeiro. Otro homenaje de Antón a la fotografía. Y van...
– Cada vez me gusta más como escribe Antón. He de decir que mi educación literaria es autodidacta, basada en intuiciones.
Ejemplos: Después de los clásicos juveniles, me formé como lector con Baroja.
Otro: El crítico, no recuerdo quien era, que hablando de una obra tan fantasiosa como Alfanhuí, se quedaba con la precisa descripción que hacía Sánchez Ferlosio del arreglo de una puerta. Algo parecido decía Dalí, pero esa es otra historia.
Otro: El personaje de Conrad que comienza su novela Victoria diciendo: “Los hechos, son los hechos, señores, lo único que importa”.
En definitiva, que siempre he sido proclive a la austera estética del menos es más.
– Dónde hace diez años escribía Antón: “Resulta casi imposible verlo en una angosta calleja de Úbeda jugueteando sobre la polvareda con una bola roja que, según él, contenía los océanos remotos, las noches agitadas de los jabalíes errantes e incluso esa serranía que se erguía ahí mismo ante sus ojos”, ahora dice: “Ni siquiera tuve ánimos para jugar a la pelota en el campo de hierba que habíamos recuperado en la falda del Pedregal, entre la huerta del médico Amenedo y la escuela de las chicas”.
– Otro ejemplo: El principio de la novela, que es prodigioso.
– Si la escritura de Antón cambia, la forma de hablar de sus personajes permanece en esa especie de alucinación que parece poseerlos. Parecen salidos de una película de Werner Herzog. Nadie habla como ellos, lo cual nos mantiene en inestable equilibrio entre el vértigo y la carcajada. Es como si el tono sentencioso y desmesurado estuviese continuamente fuera de lugar. Dice, por ejemplo, un niño de trece años, rematando un capítulo: “Esa mujer no es sólo una putanga, sino que tanbién es una criminal. Nunca volveré a su casa”. Otros cuentan: “El suyo fue el entierro más increíble, con más curas y mujeres casadas llorando, que ha habido nunca por aquí”. O: “Qué partidos, Cándido. Mi padre, que era albéitar y ganadero, se sentaba en el ribazo, fumaba cuarterón con placer y observaba. Por las noches, subía a mi habitación y venía a curarme la piel magullada, las sangrantes heridas. Aún recuerdo que me hacía gritar de dolor con sus ungüentos. “Hijo, estuviste en Melilla entre piojos y hambrientos, siempre estragado, y ahora padeces por puro gusto. Maldito sea el fútbol.” Cuando el tono ampuloso se corresponde con la ocasión, casi es peor. Un tal Vicente Castro resucita a un muerto al grito de: “Levántate, Servando, que yo te lo mando”.
– Sé que las comparaciones son odiosas pero no me queda más remedio que comparar: Este es un libro entre Mack Twain y Kafka como voy a demostrar en tres puntos:
A/ Las aventuras de Fabeiro tienen como telón de fondo el mar así como las de Huck Finn tienen el río; pero si el río era un refugio para Huck, el mar es similar al de los 400 golpes para Fabeiro: Un muro, como dice Aute.
B/ En el primer capítulo, Castro, como Huck Finn y Kafka, nos habla de las complejas relaciones con el padre. (En el segundo, eso sí, nos habla de fútbol.)
– Otro paréntesis: Sé que Antón estaba dolido por una crítica en la que se dudaba de que este libro fuera una novela, como si eso tuviera alguna importancia. De todas formas, quiero recordar el aviso con el que, ya en 1884, empezaba Mark Twain su libro. “Aviso: Las personas que intenten encontrar un motivo en esta narración serán procesadas; las personas que intenten encontrarle una moraleja serán desterradas; las que intenten descubrirle una trama serán fusiladas.” Antón podría avisarnos con la misma contundencia si no fuera por el último capítulo que paso a glosar.
C/ Es lógico que el libro de un gallego esté teñido de nostalgia, de morriña. Mucho más si ha sido escrito desde la distancia y mucho más si se ha escrito desde un sitio como Aragón. Y si se abandonó al mismo tiempo territorio y adolescencia. Pero es que, además, dicen que no hay peor nostalgia que la que se siente por lo que nunca has tenido. Y Fabeiro, como todos, por miedo, se ha perdido muchas cosas. En el último capítulo, creo que rememora ese cuento kafkiano que no recuerdo bien. Alguién llega a una ciudad. En la puerta de la muralla, un guardián le impide el paso. Él espera toda su vida para poder entrar. Ya agonizante pregunta: “¿Cómo es que no ha venido nadie más en tantos años?”, y el guardián le responde: “Por que esta entrada te estaba reservada a tí”.
En el último capítulo se da una vuelta de tuerca a la crueldad de la nostalgia. Osea, que no es cierto que la peor nostalgia sea la que se siente de lo que no se ha tenido. La peor nostalgia es la que se siente por lo que no has tenido sabiendo, ahora, que podía haber sido tuyo. Fabeiro encuentra a su guardián a tres mil metros de altura para que por un instante pueda tocar el cielo con los dedos, un segundo antes de darse cuenta de que ya es demasiado tarde.
Por cierto, creo que ya es demasiado tarde. Muchas gracias.
Como no tengo la caricatura que le hice cuando publicamos los Retratos Imaginarios, ilustro este texto con otra de Lee Miller, la fotógrafa que tanto le gusta.
Sé manejarme en las distancias cortas

Recupero este texto que escribí en 1990 para el libro Pintores en Aragón. El collage es de 1973.
Eran las dos y cuarto y estaba hambriento. En el buzón había una abultada carta con membrete de la DGA; rasgué el sobre y busqué la firma: ”Hipólito”. Supe que tendría problemas.
Decía más o menos: ”¿A que no me cuenta usted su vida artístico-aragonesa en un par de folios mecanografiados a doble espacio?”. Solté un juramento. Recordé la sentencia de Ronaldo, el franchute: ”El arte deviene “charlatán” cuando deja de ser erótico”. ¿La encuesta como bromuro? La cosa se ponía fea. No entendía nada y tenía que comer.
Para bien o para mal, tengo un perro al que hay que bajar a la calle tres veces al día para que se alivie. Paseándonos, empecé a darle vueltas al asunto. Tenía su lado positivo, era un reto que ponía a prueba mi capacidad de síntesis.
Yo partía de salida con una buena ventaja: soy escueto de nacimiento. No sé si por parte de Aragón o por parte de Pintura, pero lo soy. Es más, nací axfisiado y los años no me han hecho cambiar.
Quizás no fuera suficiente. Temí que me pasara lo que a Jonathan Swift. Al hombre no le gustaba ponerse pesado en las cartas y, habiendo enviado una excesivamente extensa, se disculpó argumentando falta de tiempo. Lo cuenta Italo Calvino en su Seis propuestas para el próximo milenio. Cuenta, también, que Borges, en El jardín de los senderos que se bifurcan, escribe al mismo tiempo “un cuento de espionaje, que incluye un cuento lógico-matemático, que incluye a su vez la descripción de una interminable novela china, todo concentrado en una docena de páginas”. Demasiadas páginas. El mismo Borges recopilaba cuentos breves mucho más breves. Como los del famoso filósofo taoísta Chuang Tzu, a quién Merton consideraba el Groucho Marx de la China milenaria. De ser así, Lao Zi, a quién Cioran considera más difícil de imitar que a Júpiter, sería su hermano Harpo.
Keaton es único.
Me estaba perdiendo por los cerros de Úbeda cuando la brevedad en esta tierra es una tradición. “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, dijo Gracián. Hemos tenido que esperar al siglo XX para que Gila profundizase en el tema: “Lo bu, si bre, dos veces bu”, lo cual tiene más mérito dado que Gila no es aragonés. Sí lo era Juan Pablo Bonet que, mira por dónde, inventó un lenguaje para sordomudos.
Pasaban los días. En mi mesa se apilaban libros, catálogos, folletos, enciclopedias, recortes de prensa, fotografías, carnés, mapas, planos, esquemas, apuntes y borradores. Algo no encajaba en todo esto. A folio por década, me salían cuatro folios.
Salí a dar una vuelta. Subiendo por la calle del Parque, los versos del viejo Kobayashi zumbaron con sarcasmo en mis oídos.
“Caracol...
poco a poco... subiendo al monte Fuji...”
Empecé a ver claras un par de soluciones: el haiku o el aforismo. O algo por el estilo. Seguí a buen paso, con la cabeza en ebullición, realmente excitado. A la altura de Correos me abordó una vieja amiga. Farfullé una excusa y me alejé intentando no perder el hilo.
¡Por fin! Tenía la respuesta. Sabía que nunca llevo un lápiz, pero lo busqué inutilmente en todos los bolsillos. Tendría que confiar en mi deplorable memoria. (Soy demasiado optimista pero los años me ayudan a soportarlo con estoicismo.)
Tuve suerte. Al llegar a casa pude escribirlo de un tirón. Sólo titubeé al distribuir las comas y pasarlo a máquina. Escribo con dos dedos.
A la mañana siguiente bajé a entregarlo. Decía: ”No me puedo quejar. Vamos, es que ni puedo ni quiero”.
No les gustó. “Inténtalo otra vez, muchacho”, me dijeron.
Oxígeno

El 24 de febrero de 1823, Rehbein susurró al oído de uno de los presentes, ante un Goethe convaleciente:
"Una mejor respiración también suele conllevar una mejor inspiración".
Goethe le escuchó y confirmó jovialmente sus palabras.
125 años más tarde, nací asfixiado.
Sin embargo, leí, no hace muchos años, que en ciertas regiones de África, el niño que nacía asfixiado y sobrevivía, estaba destinado a ser el brujo de la tribu.
Payasos y Pintura

En el último número de Babelia, aparece un artículo en el que se anuncia que Jorge Galindo expondrá 400 cuadros en el Musac de León. El autor justifica el número de obras en que es un pintor compulsivo que no puede parar. Después nos enteramos de que, de las 400 obras, 300 son dibujos y 50 más no las ha pintado él sino un jubilado del que no cita ni el nombre. Yo creo que la paradoja de ser un pintor compulsivo que encarga a otro la ejecución de sus cuadros es lo que le ha abierto las puertas de un museo de arte contemporáneo.
Las 50 pinturas que no ha pintado él son retratos de un payaso. El pintor siente la necesidad de justificarse por pintar (?) payasos y lo hace argumentando que, presuntamente, lo último que pintó Picasso fue su autorretrato como payaso y que murió sin desmaquillar.
Si yo encontrara un argumento tan pertinente, igual me justificaba por hacer todos los días el payaso en el Heraldo de Aragón. Y en este blog.
Cuerpo y Pintura

En el mismo número de Babelia, Calvo Serraller glosa la pintura arrebatada y se muestra escéptico sobre su futuro. Dice que no nos tomaríamos en serio una "replicación cibernética de la furia". Sin embargo, las obras digitales de Broto, por ejemplo, no son cosa de risa.
Calvo Serraller acaba dubitativamente: "En cierta manera, pienso que, en definitiva, el fin de la pintura es o coincide con el fin del cuerpo". Entiendo lo que quiere decir pero, tomándolo al pie de la letra y a la vista de esta fotografía de Gisele Bündchen, creo queda pintura para rato.
Parecidos razonables

En la estupenda exposición que hay estos días en el Paraninfo de Zaragoza, se puede jugar a los parecidos razonables: Sunyer es el Cézanne español; Anglada Camarasa, el Van Dongen español; Iturrino, el Matisse español; Solana, el Ensor español; Sorolla, el Velázquez valenciano...
Matisse en el Thyssen

El sábado vi tres exposiciones de pintura, tres: Matisse en el Thyssen, Sorolla en el Prado y Richter en Telefonica.
La exposición de Matisse podría resumirse así: ¡Huyhuyhuy, ayayay, nemequitepa! En la época que han seleccionado, el pintor había olvidado el fauvismo y no había descubierto las tijeras. Lo que sí usaba mucho era el aguarrás.
En esa época, resulta mucho más "fiera" Sorolla que Matisse. A Matisse da la sensación de que se le apoderan los problemas que se plantea, mientras que Sorolla no tiene tiempo de plantearse problemas porque se le va la luz.
Eso sí, como escultor, Matisse sigue siendo una fiera.
Sorolla en el Prado

Mientras Matisse se decolora con la madurez, a Sorolla le suben los colores con la edad. El problema es que no consigue independizarlos de la luz y se queda sin ser moderno. Vaya por Dios. (Y por las maragaterías y las valencianadas).
Gerard Richter en Telefonica

Viendo las fotos pintadas de Richter, uno se pregunta retóricamente si no estará más influenciado por Sorolla que por Matisse.
Los libros que más me han influido

Como ya anuncié en su día, di una charla sobre este tema en la Biblioteca de Aragón. La cuelgo aquí a petición de mis sufridos espectadores. Ya digo un poco más abajo que no tengo ninguno de los libros de los que hablo y, por tanto, he tenido que ilustrarlos como he podido. Ustedes perdonen.
Cinco reflexiones y 27 libros.
1ª reflexión: Poco me han debido de enseñar los libros si he aceptado dar una charla como esta.
2ª reflexión: Hablar de los libros que han influido en mi vida es como desnudarme. Más vale que sea un desnudo retrospectivo, de cuando estaba de mejor ver. Al fin y al cabo, los libros que más inciden en la vida son los que se leen de joven.
3ª reflexión: Hay libros que han sido muy importantes en nuestra vida y de los que no tenemos memoria. ¿Dónde aprendí el estoicismo de los espartanos? En los libros de texto, supongo. Pero, ¿y el estoicismo de los sioux?
4ª reflexión: Por azares de la vida, en este momento no poseo ninguno de los libros de los que voy a hablar. Espero que sirva para que mis recuerdos no se contaminen.
5ª reflexión: Junto a cada título de la siguiente lista, narraré una anécdota que confirme la influencia que ha tenido el libro sobre mi vida. El que avisa no es traidor.
A/ Los libros de texto. Editorial Luis Vives.
Mis libros de texto eran los libros de texto del nacional-catolicismo y, contando con que yo era un niño y, encima, crédulo, supongo que influyeron en mi vida mucho más de lo deseable. No diré más.
Pasemos a cosas serias.
No se merecen ni ilustración.
B/ Los tres mosqueteros. Alexandre Dumas

Tampoco voy a ponerles en antecedentes de semejante clásico. Me limitaré a señalar algunas de las cosas que me enseñó:
- a/ Se puede ser amigo de alguien tras haber reñido con él. Esto me costó entenderlo. Yo no reñía nunca con nadie porque pensaba que sería para toda la vida.
- b/ Los cardenales pueden ser malos.
- c/ Las mujeres, peores.
- d/ Y mejores.
- e/ Las cosas pueden no ser lo que parecen.
- f/ Los fanáticos pueden ser tan corruptibles como cualquier otro. Sólo se necesita un poco más de tiempo.
- g/ Los famosos y flamantes mosqueteros eran unos simples “mandaos”. (Muy decepcionante, claro, pero, ¿a quién le interesaba ser el rey?)
- h/ Una consigna: “Todos para uno y uno para todos”.
Cuando yo era niño, la solidaridad era una cosa muy importante. Sobre todo si había que hacer frente a la banda del Pololo, que pululaba entre el Boterón y el Reformatorio, o a los hermanos maristas que pululaban por la clase y el recreo. Quizás hago mal en equipararlos. La banda del Pololo nunca pegaba con la saña de los maristas.
En 1956, influenciado, pese a todo, por mis profesores, yo soñaba con salvar a Hungría del comunismo, capitaneando una compañía de mosqueteros.
Años más tarde leí a Marx (tampoco mucho) y en seguida reconocí su consigna: “Mosqueteros del mundo, uníos”.
C/ Las aventuras de Guillermo. Richmal Crompton

Guillermo fue el maestro. Había que vivir como Guillermo. Dentro de lo posible, porque en mi casa no había canalera por la que deslizarse hasta la calle y vivía en un quinto piso interior, en pleno casco antiguo. Para parecerme a Guillermo, además, tenía que despeinarme y desabrocharme los zapatos después de salir de casa. Buena es mi madre…
Creo que, entre Savater y los escritores que me han precedido en estas charlas, ya se habrá dicho todo sobre Guillermo. O casi.
Mi padre me dejó un libro de Guillermo a los diez años y a los pocos días se lo devolví aburrido.
Insistió cuando yo ya tenía doce años. Esta vez me volví loco y leí un volumen tras otro sin levantar cabeza. Pero en seguida me di cuenta de que, por más que corriera, nunca llegaría a ser como Guillermo en sus eternos once años: había perdido una oportunidad de oro por no leerlo a la primera. Es algo que no me perdoné en la vida.
De todas formas, he seguido llegando tarde a todo.
Mi mejor amigo se llamaba José Luis Grilló y leía a Guillermo al mismo tiempo que yo. No decíamos nada pero estoy seguro de que los dos pensábamos lo mismo. Aunque, en el fondo, yo sospechara que Guillermo era él. ¡Señor, qué sufrimientos!
Se murió antes de que pudiéramos hablarlo con la suficiente distancia.
En aquel curso, los Hubertitos del colegio preparaban una función de teatro sobre los mártires cristianos. Nuestra banda de los proscritos se dedicaba a espiar los ensayos y a provocarles con abucheos y pitidos desde el fondo oscuro de la sala, para salir después corriendo por miedo a que nos pillara el director de la obra, el hermano Bruno, e intentara enrolarnos en las misiones.
El día del estreno, durante el recreo, fui con Grilló al foso del teatro, donde guardaban el vestuario, y destrozamos todo lo que pudimos con verdadero frenesí. Parecía que nos hubiéramos vuelto locos, pero era simplemente que no teníamos casi tiempo.
Cuando se levantó el telón, el alumnado empezó a reírse de los pobres actores, de las túnicas que habían quedado como minifaldas andrajosas, de sus cascos abollados que no les entraban en la cabeza, de las espadas que sacaban amenazadores para quedarse con la empuñadura en la mano… Los maristas tuvieron que parar la representación varias veces para acallar el escándalo y, al final, suspenderla definitivamente para alivio de los pobres mártires.
Mientras tanto, Grilló había desaparecido. Volvió cuando el Hermano Director anunciaba que iban a proyectar directamente la película sobre las misiones con la que se completaba el acto. Pasó el tiempo, los alumnos, enardecidos, empezamos a patear mientras coreábamos “que empiece ya que el público se va” y al final el hermano Director, ciego de ira, nos envió a clase bajo amenaza de excomunión general si oía una sola palabra. Grilló me dijo al oído, aguantándose la risa: “He subido a la cabina y he dejado la película que no hay quien la desenrede”.
Estaba claro quién era Guillermo. Yo, a pesar de mi aspecto cetrino, tenía que conformarme con ser Pelirrojo.
D/ El libro de la selva. Ruyard Kipling

Después de descubrir con Guillermo mis limitaciones para el liderazgo, entré en los boy scouts y de golpe y porrazo me nombraron guía de mi patrulla. La única forma posible de afrontar la situación era convertirme en el scout perfecto, el mejor, el más preparado, lo que quizás justificaría la insostenible situación en la que me encontraba frente a mis amigos.
Una de las cosas que tenía que hacer un buen scout era leerse “El libro de la selva”. Hay libros que influyen en la vida y hay vidas que influyen en las lecturas. Seguramente, todas.
Así que me lo leí. Ya conocen el argumento del libro, que no se parece en nada a las películas que sobre él se han hecho: Vida de un niño criado por lobos en plena selva tropical y educado por un oso y una pantera en lugar de por el Foca y el Gotzilla, como yo. Su enemigo, en vez del Demonio, era un tigre de Bengala. Vivir en plena Naturaleza no tenía más que ventajas.
El libro era buenísimo, aunque al final, por amor, Mowgli intentara civilizarse. Yo no podía con aquello. No tenía nada contra el amor, pues a los 5 años ya estaba enamorado de una niña de párvulos y de una señorita de preu, pero me parecía una pérdida de tiempo y una tontada el hacerse mayor y civilizado. Ahí empecé a detectar en mí cierto complejo de Peter Pan, aunque entonces ignorara que era un complejo y que se llamaba así. En fin, más tarde descubriría que hasta los lobos esteparios acaban bailando charlestón.
A pesar de todo, el libro me descubrió la posibilidad de poder ser protagonista sin tener que entrar en competición con mi mejor amigo. Me parecía mucho más cómodo disputar el liderazgo a toda una manada de lobos que a Grilló. El libro me confirmó en mi vocación de “campasolo”, vocación que todavía cultivo.
Cambió, también, mi relación con los animales, a los que empecé a considerar como de la familia y con los que he llegado a tener relaciones bastante sorprendentes. Les pongo un ejemplo: En una de mis largas caminatas por los montes de Cuarte, vi venir hacia mí una especie de diablillo volador. Al principio pensé que había pillado una insolación, pero el diablillo aterrizó en una mata cercana y pude comprobar que sólo era un escarabajo longicorne. Me aproximé con mucho cuidado, extendí un dedo y se lo pasé por el lomo. El escarabajo empezó a ronronear como un gato. Se lo juro.
El cuadro es de mi exposición en la Lonja de Zaragoza.
E/ Las aventuras de Huckleberry Finn. Mark Twain

Cuando me preguntan en esas encuestas tan de moda, que quién es mi héroe de ficción favorito, siempre nombro a Huckleberry Finn.
La primera vez que leí el libro lo pasé fatal. Me fascinaba el viaje en balsa por el río Mississippi, huyendo aguas abajo junto a su amigo Jim, me parecía el mejor libro que había leído en toda mi vida, pero me faltó pillarle la ironía que tenía todo aquello. Quizás porque yo era muy joven; quizás, según leí mucho más tarde, por culpa del traductor. El caso es que me parecía un libro bueno pero acongojante, no sólo por el riesgo continuo de recibir un balazo, sino también por el dilema moral que se le planteaba a Huck: ayudar a su amigo Jim era pecado mortal porque su amigo era un esclavo negro huyendo de sus amos. Y me agobiaba más porque me parecía que yo habría hecho lo mismo, aunque se fuese a hacer puñetas mi alma inmortal; aunque me dieran miedo los dos estafadores que no dejaban solos ni a sol ni a sombra a los protagonistas, aquellos estafadores que eran como el viejo que se subió a los hombros de Simbad en uno de sus viajes y que me daba más miedo que nada, cuando oía el cuento por la radio. Arriesgaría mi alma inmortal aunque me dieran miedo aquellas señoritas como arañas dibujadas por una joven romántica que daba pena; aunque me dieran miedo los muertos que bajaban por el río o los que velaban en casas desconocidas y a los que desenterraban en medio de la tormenta para recuperar el tesoro que escondían; aunque me dieran miedo los fanfarrones del Viejo Sur; aunque me diera miedo el mismo Jim con su disfraz de apestado…
En fin: que igual no era capaz de hacer lo mismo que Huck, fíjense lo que les digo. Era demasiado arriesgado. Una cosa es parecerse a Guillermo Brown y otra, a Huckleberry Finn.
Eso sí, había un aspecto del libro que me hacía feliz: Tom Sawyer, que sale al final y es el verdadero líder de su pandilla, queda como un auténtico tontolaba.
Ese libro me hizo mayor.
Algo más tarde, a los 16 años, practicaba remo en el Club Náutico.
Un día planeamos dejar las yolas y los outrigers y subirnos a una balsa para bajar navegando por el Ebro. Conseguimos ocho neumáticos de tractor en alguna parte y Enrique Royo, que era ebanista, preparó unos largos y gruesos listones para sujetarlos.
El sábado siguiente llegamos hasta cerca del castillo de Miranda, no recuerdo si andando o en algún otro medio de transporte. Acampamos en una vieja cantera y dormimos al raso. Por la mañana, nos dividimos en dos equipos: unos fueron a la gasolinera de Juslibol a inflar los neumáticos y otros nos quedamos cortando cañas para hacer la cubierta de la balsa.
Por motivos logísticos, decidimos hacer dos. Atamos los neumáticos a los largueros, echamos encima una capa de cañas y, sobre ésta, unas lonas. Apilamos las mochilas en el centro, nos colocamos en los laterales armados de palas de kayak y pértigas y comenzamos el descenso.
Al principio, por inercia o porque éramos tan jóvenes, remábamos con fuerza, picándonos de una balsa a la otra. Más tarde, nos dejamos arrastrar por la corriente. Teníamos muchas horas por delante y el recorrido no era demasiado largo. Después de comer, nos amodorramos al sol sobre las balsas. Unos macarrillas salieron de su modorra en la orilla derecha al vernos pasar y empezaron a insultarnos. Desde el centro del río fue una tentación irresistible responderles con un “maricón de playa” que les hizo pasar de las palabras a los hechos. En seguida nos dimos cuenta de que ellos disponían de todas las piedras del mundo y nosotros sólo de las que caían en la balsa. Volvimos a remar con fuerza.
Más adelante seguimos con nuestra siesta y la corriente nos empujó a un laberinto de ramajes del que procuramos salir con el menor número de arañazos. En un tramo de poca profundidad, las aguas se aceleraron y temimos que se rajaran los neumáticos.
Sobre las seis de la tarde llegamos a la altura de la vieja Pasarela. Maniobramos para unir las dos balsas y hacer una entrada más espectacular. El numeroso público que paseaba por la ribera empezó a aplaudirnos. Nosotros respondimos saludando con la falsa modestia de los héroes de las películas.
Cuando años más tarde volví a leer la novela de Mark Twain, en la edición del Barco de Papel, me pareció incluso mejor de lo que recordaba. Allí estaba de nuevo todo aquel horror, pero matizado por la más fina ironía. Bendita sea.
F/ La novela policíaca

Hubo otro libro que también me hizo mayor.
Yo leía sobre todo en verano. Unos veranos me centraba en las novelas de aventuras y otros, en las novelas policíacas. De éstas, leí las de Ellery Queen, Rex Stout y, sobre todo, las de Agatha Crhistie.
Un día cogí una novela sin tapas, con las hojas roídas y amarillentas que se titulaba “El collar de jade”. No parecía muy prometedor. Pero me pasó lo mismo que con Huckleberry Finn: Tras leer aquel libro, Ágata Crhistie me pareció una maravillosa autora de literatura infantil. Aquel zarrio de novela era como un puñetazo de los que dejaban grogui al protagonista.
Algún tiempo después, mientras leía a la generación del 98, que parecía ser lo más moderno que se podía leer entonces, yo añoraba encontrar algo tan potente como lo que había leído en aquella novela.
No me alargo más: según he sabido más tarde, su título original es “Farewell, my lovely”, y está escrita por el mismísimo Raymond Chandler.
El título de la película, por si quieren situarla, era “Adiós, muñeca”.
Vuelvo a preguntarme: ¿Cómo tenía tanto olfato para la buena literatura si luego no he podido con Marcel Proust?
G/ El sueño de Pepito

Mi tío Álvaro, que también es mi padrino, me regaló un día un cuento antiguo e ilustrado, con ese título tan repelente. Pero resultó que lo que tenía Pepito no era un sueño sino una pesadilla. El niño Pepito, a causa de una fiebre muy alta, soñaba que era un anciano que, no sé por qué, conseguía que la muerte respetara a los seres humanos. Miles de ancianos decrépitos recorrían las calles rezando el rosario y buscando al causante de su extremada longevidad. Me horrorizaba lo que podían hacerle si resulta que era inmortal… Había también un caritativo señor que cuidaba al anciano niño y sacaba sus orinales de la habitación. No sé si era el mismísimo diablo, no recuerdo… El anciano niño, arrepentido de su buena acción, llamaba a la muerte que aparecía en su trono, rodeada de esqueletos, flotando sobre los tejados al otro lado de la ventana…
Como verán, recuerdo mucho mejor las ilustraciones que el texto.
Es uno de los libros que más han influido en mi vida inconsciente. En cuanto me ponía malo y me subía la fiebre, lo que sucedía muy a menudo, me convertía en el Pepito del cuento y tenía las mismas pesadillas o peores. Era como si todo lo que nos enseñaban en el colegio sobre el infierno se juntara con todo lo que había leído sobre la enfermedad y la muerte en el dichoso cuento, para agravar mi estado de salud, física y mental.
Para superar el terror, me dediqué al estudio de la anatomía del esqueleto.
La imagen del libro me la ha proporcionado Vicente Almazán.
H/ Relatos de fantasmas

No contento con el sueño del puñetero Pepito, me leí las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, los Cuentos de Edgar Allan Poe, el Drácula de Bram Stoker y otras muchas historias de fantasmas y similares.
Drácula lo leí también con fiebre y fue una experiencia inolvidable.
Después descubrí a Nosferatu, pero esa es otra historia. De cine.
Mis pesadillas eran prodigiosas. Una de las más repetidas era la de que entraba en un iglesia barroca que, de pronto, se convertía en un museo lleno de salas repletas de Cristos yacentes, Vírgenes embutidas en fanales, momias engalanadas y recostadas en sus urnas y otros tantos horrores de la imaginería religiosa. Siempre me perdía en aquel laberinto y nunca conseguía encontrar la salida. Me despertaba aterrorizado.
De mayor me enteré de que había tardado 40 horas en nacer y de que lo había hecho asfixiado. En plan freudianico, deduje que mis pesadillas eran un reelaborado recuerdo de mi nacimiento, influenciado por mis visitas a la iglesia de San Cayetano en Semana Santa, y me quedé tan pancho. En realidad, creo que aún lo pienso. Y pienso que quizás tendría que añadir a esta lista algún título freudiano.
Pero, volvamos a mis pesadillas: Un día, en el semanal de El País, vi un reportaje sobre el convento de las Descalzas Reales de Madrid y reconocí asombrado el escenario de mis sueños.
Pregunté a mis padres si había estado alguna vez allí, pero ni ellos lo conocían. Así que me fui a verlo y me encontré con que estaba cerrado por obras. Tuve que esperar dos años.
Por fin conseguí entrar y, de mala gana, me uní a la visita guiada pues no había otra alternativa. La guía, por la forma de expresarse, debía ser legionaria de Cristo Rey. Un señor me comunicó vehementemente lo indignado que estaba con sus comentarios. Para todo tenía pero, en aquel momento, yo iba a lo que iba.
El convento, tal como me esperaba, era el escenario de mis pesadillas. Lo recorrí sobrecogido, descubriendo los Cristos yacentes, los fanales con santa, los Niños de Pasión, los trampantojos, los recovecos, los relicarios…Al entrar en una sala, descubrí sobre un altar, una alpargata-cilicio que no había visto nunca. Mientras la contemplaba fascinado a la par que aprensivo, oí decir a la guía:
– Y aquí tienen ustedes este Niño Jesús, de Alonso Cano…
Me volví como un rayo y vi al Niño Jesús, sentado en un sillón, con la cabeza apoyada en la mano, dormidico como un tronco, que era mi vivo retrato a los tres o cuatro años.
Entonces, como Chuang Tzu, no supe si yo era un señor que había soñado que se perdía por las Descalzas Reales, o soy un sueño que tiene el niño dormidico en el convento.
La imagen corresponde a la escalera principal de las Descalzas Reales.
I/ El fantasma de Canterville. Oscar Wilde

Era uno de mis cuentos favoritos. En principio, porque empezaba con buenas dosis de humor: Una familia americana compra un castillo escocés con fantasma y todo. El fantasma intenta hacerles la vida imposible para que se vayan pero sucede todo lo contrario. Los niños de la familia le gastan toda clase de bromas pesadas, el fantasma acaba aterrorizado... Me partía de risa. Aquel libro me resarcía de todo el miedo que había pasado con los fantasmas, vampiros, demonios y maristas.
Pero, de pronto, como llevo repitiendo desde que he comenzado a hablar, la historia cambiaba de tono por culpa del inevitable amor y se convertía en una historia romántica en el más amplio sentido de la palabra. Esta vez, la historia de amor me pareció mucho más atractiva que otras, quizás porque el enamorado era el fantasma y la chica entraba en la dimensión desconocida y terrorífica del reino de los muertos, con tapices que hablaban y lúgubres pasadizos secretos. Muchos años después leí en otro libro que citaré después, que las imágenes más poderosas del arte son las que aúnan los tres momentos fundamentales de la vida: nacimiento, amor y muerte.
Algo de eso debía de pasar en aquel cuento para que le perdonara ese cambio tan inesperado del humor al amor.
No se lo van a creer, pero tengo una innata tendencia a la melancolía que he intentado curarme con los años. Por cierto: ¿Qué libro me previno contra la melancolía?
Creo que esta portada que he encontrado en la red, era la misma que tenía yo.
J/ Cinco comedias de Jardiel Poncela

Recuerdo que era un libro de la editorial Aguilar, en papel Biblia y tapa verde de cuero. Allí leí “Eloísa está debajo de un almendro”, después de haber leído las aventuras de Sherlock Holmes o “Cuatro corazones con freno y marcha atrás” después de haber leído las fantasías científicas de Jules Verne o “Angelina o el honor de un brigadier”, después de haber leído unos cuantos dramones decimonónicos. Descubrí lo que es la parodia, el pastiche y la posibilidad de reírse a carcajadas de las cosas más serias. Y yo era un niño muy serio, aunque me tronchase de risa leyendo aquello. De hecho, mis juegos podían basarse en las novelas de aventuras, en las del Oeste, en las de detectives, en las de fantasmas… pero nunca jamás se me ocurría representar una comedia, aunque tengo una foto pintado de payaso que puede llevar a engaño.
En aquel libro, venían, además, los esquemas de trabajo que se hacía el autor (o que decía que se hacía) para montar sus comedias. Creo que también me descubrieron cierto método de trabajo que he aplicado consciente o inconscientemente.
K/ Las novelas de Jeeves. P. G. Wodehouse

Para los que no conozcan estos relatos, el esquema se repite en todos ellos: Un lechuguino inglés se mete en unos líos espantosos (espantosos para un pijo londinense de los años veinte) de los que sólo sabe salir con la ayuda de su mayordomo Jeeves. Las soluciones de Jeeves eran siempre inesperadas y paradójicas, lo que me parecía el colmo del ingenio literario.
Los relatos de Jeeves eran puro humor inglés e influyeron muchísimo más que Casañal en mi sentido del humor aragonés.
L/ El candor del padre Brown. G. K. Chesterton

Tanto Chesterton como el padre Brown eran unos maestros de la paradoja como demuestra el hecho de que el autor llamase candoroso a su personaje. Si la paradoja me fascina, no me fascina menos el escepticismo, sobre todo, practicado por un cura de pueblo. Para que luego me llamen sectario y anticlerical. En los cuentos del padre Brown siempre había tenebrosos a la par que presuntos misterios (con los que Iker Jiménez podría haber llenado una o dos temporadas), que asustaban a todos excepto al señor cura, que, como quien no quiere la cosa, acababa encontrando una explicación lógica para todos ellos.
Tanto el mayordomo Jeeves como el padre Brown eran unos auténticos somardas. Repito: creo que el humor aragonés lo aprendí de los escritores ingleses.
M/ Buster Keaton contra toda infección sentimental. ¿Editado por José Luis Guarner?

Este libro recopilaba una serie de textos sobre Búster Keaton, escritos por personajes tan famosos como Buñuel, Lorca y Alberti. Lo compré porque ya conocía a Keaton, pero descubrí que, además de ser un genial cómico del cine mudo, había sido un icono de la modernidad. Lo que me faltaba para alimentar mi mitomanía.
Keaton es el mejor, con diferencia, pero lamentablemente no estamos aquí para hablar de cine. Sólo diré que conseguí hacerme con todas sus películas, que me he pasado horas y horas de mi vida viéndolas y que todavía disfruto y aprendo con ellas.
En el poema de Alberti que aparece en el libro, Buster Keaton busca a su novia por el bosque y va gritando: “¡Georgina, Georgina, ¿qué eres: una dulce niña o una verdadera vaca?!”
Mi hija se llama Georgina por culpa de este poema. Ahora no me habla pero es por otros motivos.
Me ha hecho gracia ilustrar este libro con una escena sentimental que pinté hace tiempo.
N/ Tarás Bulba. Gógol

La novela me resultó rasposa de leer porque yo ya estaba en edad de matar al padre y la historia, creo recordar, trataba precisamente de conflictos paterno-filiales a nivel cosaco. Con el agravante de que los hijos iban de modernos, pero resultaba mucho más simpático el anticuado de su padre.
Cito aquí esta novela porque, en alguna de sus página, uno de los hijos, enamorado hasta las cachas, rememora los pechos de su amada. Y sea porque está muy bien contado o porque lo leí en el momento oportuno, el caso es que ahí mismo comprendí que los curas nos habían estado mintiendo y que soñar con los pechos de la amada era algo bonito y natural y no la guarrada que decían los muy asquerosos.
Lo cual, evidentemente, me cambió o alivió la vida mucho más que la sorna de los humoristas ingleses.
Ñ/ Dafnis y Cloe. Longo

Es una novelita que trata de los amores de un pastorcillo y una pastorcilla tan ingenuos como yo. Casi tontos. Puede que fuera el primer libro que leí a escondidas, no porque mis padres me lo prohibieran expresamente, sino por si acaso.
Para mí era un libro erótico, para otros seguramente será un clásico. Depende de la edad.
Aprendí bastante sobre amor y sexo, en el plano teórico, aunque tardé muchos años en poder aplicar sus enseñanzas. Una vez más, pensaba yo, porque no vivía en plena naturaleza, como los pastorcillos o como Mowgli. Creo que mi espíritu ecológico viene de ahí. De ahí y del desprecio heredado de mi padre a lo que él denominaba cincomarceros: los que salen al campo y no saben recoger la basura que esparcen.
Por otra parte, creo que ya me estaba haciendo mayor cuando leí este libro, porque la parte de los piratas no me interesó demasiado.
No tengo la portada que era mucho más ñoña que esto.
O/ Las mil y una noches

Puede que fuera el segundo libro que leí a escondidas. En este caso, porque mi padre lo tenía en un armario cerrado con llave junto a las memorias de Casanova y a una novelita sicalíptica. Tampoco lo leí entero: iba buscando los fragmentos por los que mi padre lo había escondido.
Descubrí el erotismo del exotismo y aún sigo seducido por el mito del harén oriental. Quizás por ser pintor. De hecho, ha sido un tema recurrente en pintores a los que considero mis maestros. Y pintores tan opuestos como Ingres y Delacroix o Picasso y Matisse, por nombrar sólo a los mejores.
El cuadro es de Ingres.
P/ Sonata de estío. Valle-Inclán

De los escritores del 98, Unamuno me amargó la vida con “El sentimiento trágico de la vida”, Baroja me divirtió muchísimo con las aventuras de sus héroes y sus categóricas opiniones y Valle-Inclán me sedujo con su peculiar lenguaje y el irónico dandismo del marqués de Bradomín, feo, católico y sentimental, como era yo, aunque me faltara el cinismo suficiente y me sobrara timidez a raudales para recorrer el camino del libertino con semejante equipaje. De todas sus aventuras, la que más me gustó fue la de México. Sus amoríos con la Niña Chole me descubrieron, tras el erotismo pagano de Dafnis y Cloe o el exótico de las mil y una noches, los refinamientos del erotismo decadente. Con dieciséis años y sin estrenar. Lo que puede un libro.
Añado una anécdota erótica, con el aroma de aquellos tiempos, para alimentar su morbo:
El colegio de los maristas era sólo para chicos. Mi grupo de boy-scouts, como su propio nombre indica, también. Así que mi relación con ellas era prácticamente nula. Me daban miedo.
Aquella Noche Vieja, los scouts de mi patrulla, que es como llamábamos a la pandilla, decidimos pasarla bebiendo y charrando en la torre de los padres de Pedro Fondevila. Allí estábamos tan campantes, hablando de literatura y de mujeres con una copa en la mano como unos hombretones, cuando entró el torrero con un amigo suyo para ver qué hacíamos. Se alegró muchísimo de que estuviéramos solos porque sus hijas y las hijas del guardia civil que vivía enfrente, estaban solas en la casa de al lado. Así que decidieron organizarnos un guateque y pasar a buscarlas. Estábamos todos excitadísimos pero Fondevila nos advirtió de que no nos hiciéramos ilusiones. Efectivamente: pasaron las mozas, muy feícas las pobres, escoltadas por toda su parentela. Los mayores se pusieron en corro alrededor de la habitación y empezaron a azuzarnos para que saliéramos a bailar entre risotadas y chascarrillos. Naturalmente, sus pobres hijas aún tenían menos ganas de bailar que nosotros.
Qué ratico más malo pasamos. No sé ni como fuimos capaces de superar el trauma de aquella primera vez.
Q/ El anticristo. Friedrich Nietzsche

Después de sufrir las enseñanzas de los maristas, tuve el inmenso placer de encontrar en este libro lo que yo habría querido expresar si a la rabia hubiera unido la erudición que me faltaba.
Aprendí que no se critica el cristianismo oponiendo chistes fáciles a los chistes siniestros de Ratzinger, Rouco y compañía, como está de moda, sino yendo hasta el fondo del asunto sin compasión. Y el fondo del asunto no son las elucubraciones teológicas más o menos ocurrentes sino la doctrina moral de la culpa y el castigo. No entendí todo lo que decía Nietzsche y estoy seguro de que algunas cosas las entendí al revés pero, qué más da: No me voy a culpabilizar también por eso.
Lo que pasaba con Nietzsche es que se ponía tan tremendo, que acababas dándole la razón como a los locos. Bastaba con mirarse al espejo para comprender lo lejos que estaba uno de Nietzsche, aunque me ya había dejado bigote, y del superhombre.
No sé si recuerdan pero, el Cabildo Metropolitano, de la maneta de Heraldo de Aragón, nos convocó a principios de los ochenta a un grupo de pintores para decorar algunos espacios del Pilar. En aquella época, yo estaba leyendo a Nietzsche y debería haber renunciado al encargo. Pero me pudo la vanidad y la expectativa de ganar dinero y acepté, decidido a poner una vela a Dios y otra al Diablo, sin especificar quién era el uno y quién el otro.
El programa iconográfico del Pilar se basa en las letanías a la Virgen. Nos ofrecieron una lista para elegir y me decidí por la que dice “María, causa de nuestra alegría”, para sorpresa de quienes por mi trayectoria solidaria pensaban que me iba mejor lo de “María, Reina de los pobres”. Pero es que, como ya he dicho, entonces estaba leyendo a Nietzsche y bueno está lo bueno, pero no tanto.
Del Zaratrusta tomé las ideas para elaborar las imágenes que ilustraban la contagiosa alegría mariana. Creo que llegué a elaborar un texto teórico que respaldaba todo aquel repertorio traído por los pelos: La Virgen bailaba por encima de nuestras cabezas utilizando el sol como pandero, una paloma reposaba sobre la cabeza de un león, dos muchachas comían manzanas recién cogidas del manzano, unos gloriosos cuerpos desnudos se alzaban de la tierra bailando la jota, los cuatro elementos posaban en el horizonte mientras una barca desplegaba sus velas al viento… Todo ello con un tratamiento lo suficientemente estilizado como para evitar el riesgo de caer en la horterada más atroz. Los canónigos aprobaron mis bocetos por unanimidad sin que, hasta el día de hoy, gracias a Dios, haya llegado a pintarse nada.
R/ El camino de Chuang Tzu. Thomas Merton

En un libro de Lawrence Durrell, titulado “Una sonrisa en el ojo de la mente”, dice el autor que si alguna vez tuviera necesidad de creer en algo, creería en el taoísmo, una religión atea.
Oí decir a Sánchez Dragó que el libro que más le había influido en su vida era el Dao de king (antes Tao te king) de Lao Tzu (antes Lao Tsé), la Biblia taoísta. Poco se nota.
Yo, modestamente, me quedo con Chuang Tzu (antes Chuang Tsé), que además de taoísta es humorista. Merton le llama el Groucho Marx del taoísmo pero yo creo que está más cerca del humor de Buster Keaton.
Tras la furia de los demonios cristianos y la furia de los demonios anticristianos, qué bienestar produce la calma chicha de los filósofos chinos.
Y eso que leyendo a Chuang Tzu comprobé que mi vida estaba completamente equivocada. Y no por el cuento de que soñó que era una mariposa y al despertarse no sabía si era un hombre que había soñado que era una mariposa o una mariposa que estaba soñando que era un hombre, como me pasó a mí en las Descalzas Reales, no. Cuenta Chuang Tzu, que un día, el emperador salió de caza con todo su séquito. Al llegar a un río, vieron una manada de monos durmiendo la siesta en la otra orilla. El emperador disparó contra uno de ellos y falló. El animal empezó a burlarse dando gritos y cabriolas como el mono titiritero. Todo el pelotillero séquito del emperador disparó a la vez contra él y cayó acribillado.
Tras leer esto, sigo haciendo el mono cada mañana en el Heraldo de Aragón.
Me queda la esperanza de poder seguir las enseñanzas de Chuang Tzu en el último momento. Cuentan que mientras agonizaba, los discípulos decidieron preparar la tumba “para que no se lo comiesen los cuervos”.
- ¿Por qué esa discriminación entre cuervos y gusanos?, preguntó Chuang Tzu.
S/ Ratoncito y gatonazo. Autor e ilustrador desconocidos

De muy pequeño, me regalaron este libro. La trama era lo de menos: Unos gatos intentan rodar una película y Ratón Cito les desbarata todo el tinglado, como Grilló y yo hicimos más tarde en el colegio. Lo que me gustaba del libro era el tinglado que montaban, más teatral que cinematográfico, por cierto.
Los gatos, por ejemplo, rodaban la escena de un trovador rondando a una damisela. En la magnífica ilustración, se veía la fachada de la torre tras la que se alzaba una escalera de mano en la que estaba subida la gatita para asomarse a la ventana. El trovador cantaba junto a una charca que en realidad era un barreño oculto entre unos juncos recortados en madera. En la charca se reflejaba la luna que en realidad era otro recortable suspendido en el aire con una caña de pescar.
Me moría por hacer algo así. Pero, después de darle muchas vueltas, pues ya era un auténtico negado para el bricollage, me di cuenta de que, aunque hiciera exactamente lo mismo, nunca tendría la magia que tenía en el dibujo. Y en consecuencia, en dibujante me quedé.
Ahora bien: ¿cómo sabía yo que aquel dibujo era bueno? Pude recuperarlo de mayor y les aseguro que lo era.
¿Cómo pude hacer esa especie de análisis semiótico, siendo tan pequeño; cómo fui consciente, como diría Eco, del residuo extra-semiótico no codificable de aquella ilustración si de mayor me costó tanto esfuerzo entender “La estructura ausente”?
Como no tengo ninguna ilustración de aquel cuento, reproduzco la imagen que ilustraba la cubierta de "La estructura ausente" de Eco.
T/ Historia de la Pintura Española. Augusto Mayer

Es un libro que nunca he leído pero que ya hojeaba antes de tener uso de razón.
Naturalmente, lo que me influyó de ese libro fueron las ilustraciones, que eran malísimas. A mí sólo me interesaban las de blanco y negro; las de color me parecían directamente vomitivas. Las de blanco y negro, en cambio, tenían unos manchurrones negros por exceso de tinta que destruían las presuntas sutilezas del claroscuro y les daban a todos los cuadros un aspecto siniestro muy emocionante.
Aunque se trataba de una historia de la pintura española que iba desde el Románico hasta Goya, el libro se centraba mayormente en la pintura barroca, con sus horripilantes temas y sus iluminaciones tenebristas, acentuadas, además, por la deficiente impresión, como ya he dicho.
Pero para mí, aquello era el arte. Allí estaban los grandes maestros: Velázquez, Goya, el Greco, Zurbarán … Lo cierto es que poco más había visto, a no ser algún que otro Murillo en las cajas de bombones y en las estampitas religiosas, o las ilustraciones del sueño de Pepito que tanto recordaban a Valdés Leal…
En mi casa había también un libro sobre Picasso pero casi como ejemplo de lo que no había que hacer. Aunque yo le encontraba cierto encanto morboso que no me atrevía a confesar.
Pero arte, lo que se dice arte, ya digo, el del libro de Mayer. Cuando a los 16 años visité el Museo del Prado por primera vez, casi me decepcionó que los originales no fueran tan tremendos como yo los conocía. Empecé Bellas Artes con la misma idea sobre la pintura, pero todos mis profesores se empeñaron en que me lo replanteara diciéndome que la pintura era color y todas esas cosas.
Hace cuatro o cinco años, empecé a replanteármelo, tal como me sugirieron mis maestros.
He intentado simular el aspecto que tenían aquellas ilustraciones por medios digitales.
U/ Los signos en rotación y otros ensayos. Octavio Paz

Yo daba clases de pintura a Vicente Pascual Rodrigo y, un buen día, me regaló este libro. Mi alumno era mucho más inteligente que su profesor. La primera vez que lo leí, como me ha pasado tantas veces, no entendí casi nada. Apenas sabía quienes eran Mallarmé, Rimbaud, Sade, Duchamp, Buñuel… Aún sabía menos de Octavio Paz. Intenté informarme un poco y volver a leerlo con más conocimientos. Leí el golpe de dados de Mallarmé, la temporada en el infierno de Rimbaud, la Justine del Marqués de Sade, las entrevistas con Duchamp de Pierre Cabannes… Vi todas las películas que pude de Buñuel (ahora ya las he visto todas) y vi y leí lo que aquellos libros me llevaron a ver y leer en una especie de cadena que, afortunadamente, no tiene fin. Volver a leer el libro me ayudó a entender lo que no había entendido en los libros que leí para comprenderlo. Los signos en rotación, como diría Paz…
Fue uno de los libros con los que empecé a interesarme mucho más por el ensayo que por la novela. Y más, todavía, por los libros inclasificables que tan de moda se han puesto últimamente.
Ese libro me descubrió, además, las complejas relaciones que podía haber entre tradición y modernidad. Por aquel entonces, los artistas jóvenes, resumíamos la modernidad en cargar contra todo lo anterior sin saber qué era.
En fin, quizás puedan hacerse idea de lo que me influyó este libro, si visitaron mi exposición de la Lonja, en 2007.
V/ Conversaciones con Marcel Duchamp. Pierre Cabannes

Yo creía que Buñuel encarnaba la modernidad hasta que leí estas conversaciones. Ya lo he contado en otro sitio. Creo que los que recibimos una educación católica en España, como Buñuel y yo, salvando las distancias, tenemos bastante difícil el acceso a ser absolutamente modernos, como reclamaba Rimbaud.
De aquellas conversaciones me interesó el personaje mucho más que el artista. Era un hombre tranquilo que siempre había hecho lo que le había dado la gana. Había intentado evitar los compromisos y reducir al mínimo sus necesidades. No recordaba como había sobrevivido durante años sin trabajar. Parecía un buen ejemplo a seguir, pero tendría que haberlo leído antes: Acababa de nacer mi segundo hijo y estaba a punto de firmar mi primera hipoteca.
Leyendo aquellas conversaciones quedaba claro que Duchamp no tenía nada que ver con las interpretaciones metafísicas que daban algunos a su obra. Por otro lado, el muy ladino tampoco explicaba nada y se limitaba a confirmar su interés por los juegos de palabras y por el juego del ajedrez. Años más tarde, tuve que leer a Juan Antonio Jiménez para comprender que lo que había hecho Duchamp como artista no era si no una colección de chistes más o menos verdes aunque muy sofisticados. Sin embargo, su influencia en la historia del arte es similar a la influencia en la historia de la literatura de ese otro humorista llamado Cervantes. Por cierto: debería haber incluido el Quijote en esta lista.
El sábado, 18 de abril de este año, hace dos semanas, apareció en Babelia un artículo de Vila-Matas hablando sobre las conversaciones de Cabannes con Duchamp. Búsquenlo, se lo recomiendo.
W/ El Criticón. Baltasar Gracián
Lo leí con mucho esfuerzo pero encandilado. Los pesimistas suelen ser más divertidos que los optimistas. También me encandilaron Kafka, Beckett y Cioran, por citar algunos pesimistas divertidos y de renombre.
En esta novela filosófica, Andrenio, el hombre natural o salvaje, es guiado por Critilo, el hombre con educación o civilizado que le advierte de las trampas del mundo y de sus habitantes, en una maraña de alegorías y metáforas que no dan tregua. Andrenio y Critilo son las dos caras de una misma persona. Como el doctor Jeckyll y míster Hyde. Desde siempre he sido proclive a la esquizofrenia, por partida doble: por artista y por aragonés.
Por otro lado, las imágenes del Criticón son tan plásticas, que me pareció que los grabados de Goya las podrían ilustrar perfectamente. También me recordaron a la historia del arte de Mayer que antes he comentado. Me sentía en mi salsa en medio de aquel barroquismo desaforado.
Pero, por llevarme la contraria a mí mismo, cosa en la que he perdido media vida, pensé que, a finales del siglo XX, el libro de un conceptista debería ilustrarse mediante procedimientos conceptuales. Y me decidí a hacerlo.
Yo daba clases en la Escuela de Artes y estaba a punto de volverme loco. Llevaba 18 años y empezaba a hacer cosas tan raras como ir a clase y no llegar nunca. Decidí coger un año sabático para salvarme y, pedí una licencia por estudios para hacer el doctorado en Bellas Artes. Primero intenté doctorarme en la Universidad de Zaragoza pero me pusieron toda clase de pegas académicas: No tenían convenios firmados con la Universidad de Barcelona, donde me había licenciado. “Si fuera la de Cáceres…”, me sugirieron. También les pareció insólita mi pretensión de hacer pasar como tesis doctoral la realización de las ilustraciones para El Criticón. A mí no me parecía tan disparatado. Argumenté que nadie lo había hecho antes y que mi trabajo práctico podía ir acompañado de un estudio teórico. Estaba tan animado que incluso había empezado a trabajar en apuntes y bocetos.
Y justo en aquel momento, después de cuatro siglos sin que lo hiciera nadie, apareció una edición del Criticón ilustrada por Antonio Saura.
Quizás algún día retome el proyecto.
X/ Pierre Menard, autor del Quijote. Jorge Luis Borges

Con Borges me pasó lo mismo que con tantos otros. Me costó empezar pero luego no he parado de leerlo y releerlo, una y otra vez como un poseso. Incluso he tenido el honor de que me consideren su epígono.
De todos sus cuentos, cito el de “Pierre Menard, autor del Quijote” porque es el que mejor recuerdo. La trama es sencillísima, aunque el contenido no lo sea. Pierre Menard decide escribir el Quijote en pleno siglo XX. Por supuesto, sin copiarlo, partiendo de cero. El narrador dice que es tarea compleja pero no imposible. De hecho, a lo largo de toda su vida, Menard consigue terminar tres capítulos completos y algún que otro fragmento. El narrador analiza las similitudes y las diferencias que se establecen entre el texto original de Cervantes y el mismo texto escrito cuatro siglos más tarde por Menard.
Para José Carlos Mainer, de lo que habla el relato es de la traducción. No seré yo quien contradiga al sabio, pero prefiero pensar que el relato se refiere al pastiche, un género menospreciado que me fascina por el punto gamberro que puede tener. De hecho, todos mis libritos de Xordica me los planteo en ese registro.
Por entonces, mi amigo Ángel Peropadre dirigía las obras de restauración de la Aljafería y me había propuesto pintar una serie de grandes cuadros que actuasen como los tapices originales que se colgaban en el Salón del Trono, al que pretendía devolver todo el colorido que en su día tuvo. Todo lo contrario de lo que hicieron Pemán y Franco, por cierto. Como dice Larroy: “Un problema, dos soluciones”.
Tras mi fracaso con el Criticón, centré mi tesis doctoral en el arduo problema que me planteaba Peropadre: Cómo pintar en edificios histórico-artísticos y, más concretamente, en el Salón del Trono del Palacio de la Aljafería.
Empecé con los filósofos posmodernos, que me parecía lo más adecuado al tema, pero di más vueltas que un pirulo sin llegar a ninguna parte que me interesara. Es lo que pasa con los filósofos, que sirven para pensar pero no dan soluciones concretas así los mates. Aquellas lecturas, eso sí, me sirvieron para hacer de abogado del diablo y argumentar que, puesto que la pintura ha muerto, el lugar idóneo para pintar sólo puede ser un edificio histórico-artístico en restauración. Cómo hacerlo, es otra historia.
Recordé la de Pierre Menard e intenté buscar correspondencias entre sus problemas con el Quijote y el trabajo al que me enfrentaba yo para pintar la Invención de la Santa Cruz, tema que había elegido por su idoneidad con el espacio creado por los Reyes Católicos y porque es un tema desarrollado en la colección de tapices de La Seo de Zaragoza.
La redacción de la tesis sirvió para organizarme la cabeza aunque no llegara a concretarse más que en una serie de bocetos que no sé lo que podrían haber dado de sí. A Peropadre lo habían echado de la Aljafería por diferencias de criterio con el presidente de las Cortes y el proyecto ya no tenía sentido.
Y/ El orden oculto del arte. Antón Ehrenzweig

Este libro lo encontré en la biblioteca de la Escuela de Artes de Zaragoza. Tenía en la cubierta una ilustración de Vassarely, aquel pintor “op” que se hizo tan famoso, y lo cogí creyendo que trataría de la composición pictórica y me podría servir para preparar algunos ejercicios para mis clases. El autor, profesor de arte y psiquiatra, explica, nada más empezar, que allí se puede encontrar de todo. Efectivamente: encontré ejercicios para mis alumnos pero no del tipo formal que yo esperaba; encontré un ensayo sobre la relación entre arte y esquizofrenia en el que se hace uno de los estudios más rigurosos que conozco sobre el proceso de pintar; encontré una descripción de los niveles oceánicos del subconsciente donde hablaba, como he dicho antes, de la capacidad del arte para reflejar en una sola imagen los tres momentos fundamentales de la vida. Y encontré otro ensayo en el que se estudia el mito de la Diosa Madre y el Hijo autoinmolado que me dejó turulato. Primero, por enterarme de la cantidad de dioses y héroes de todas las culturas, hijos todos de la Diosa Madre, que han sido crucificados, desmembrados, quemados, desollados, que han sido enterrados, que han visitado los infiernos y que, a los tres días, han resucitado. El autor afirmaba que lo que realmente cuentan estos mitos son los procesos más profundos de la creatividad humana. Y acaba demostrando que las distintas variantes del mito precisan las diferencias entre creatividad artística y científica.
No parece ninguna tontería, ¿verdad? Pues, como ya he repetido muchas veces, nunca he visto citado al doctor Ehrenzweig en ninguna parte. En Google sólo tiene 10.400 entradas.
Quizás yo haya contribuido a que sea tan poco conocido en nuestro entorno: es el único libro que he robado de una biblioteca.
Lo leí en castellano pero no he encontrado otra portada.
Z/ Paquico Goya. José Luis Cano.

Perdonen que me cite pero este libro ha influido mucho en mi vida.
Con motivo de celebrarse no sé qué conmemoración goyesca, Mariano Gistain y Roberto Miranda me propusieron hacer un libro sobre Goya niño. Me entusiasmó la idea y empecé a tomar apuntes inmediatamente. Cuando ya tenía un esquema de lo que podía ser, les llamé para contrastarlo con su trabajo, del que se habían olvidado completamente para ocuparse en otros proyectos. Eran demasiado rápidos para mí.
Así que decidí liarme la manta a la cabeza, hacerme el libro yo solo y conseguir que me lo publicara Xordica. Y lo hizo, con la colaboración de la DPZ. “Paquico Goya” fue mi primer libro y pretendía ser todo lo contrario de lo que era aquella serie de tebeos de nuestra infancia que se llamaba “Cuando los grandes héroes eran niños”. Fue un éxito: había niños que se lo sabían de memoria y otros que se quedaban con la boca abierta cuando me los presentaban sus santas madres.
Animado por todo ello, perpetré un segundo título: “La Santa Infancia de Luis Buñuel”. La DPZ ya no quiso saber nada y nos dirigimos a Ibercaja. Allí nos informaron de que ese año, por alguna otra conmemoración que no recuerdo, tocaba hacer el Conde de Aranda. Lo hice y no les gustó, quizás porque en sus treinta y dos páginas, Pedrito recibía nueve bofetas de su maestro jesuita. Para evitar las sospechas de que en aquella casa hubiera censura, me encargaron una biografía completa del Conde. La biografía de un político para niños…
En fin. Me armé de valor y la hice, se publicó y le envié un ejemplar dedicado a Manuel Pizarro, presidente de Ibercaja en aquel momento, con mi ofrecimiento para hacer toda una serie de biografías sobre personajes aragoneses, si le interesaba. Me contestó diciendo que el libro le había gustado mucho.
Poco después, coincidimos casualmente en un funeral, me saludó muy amablemente y me comunicó que había tenido una idea: Hacer una serie de biografías de personajes aragoneses.
Le contesté que me parecía una idea estupenda. He vivido de ella durante los últimos años.
Zaragoza rebelde

Este es uno de mis textos para el libro "Zaragoza rebelde".
Santa Cruz, plaza del arte.
Con semejante slogan, alguien tuvo la idea de convertir la Plaza de Santa Cruz en un Montparnasse zaragozano, a principios de los años setenta. La idea era muy hortera pero decidimos aprovecharla. Podía ser un buen lugar para organizar happenings y performances.
El primer día organizamos la fiesta del papel. Hicimos una amplia convocatoria dirigida a los niños y el domingo por la mañana apareció Joaquín Jimeno en un camión cargado con papeles de todo tipo. No recuerdo dónde lo había conseguido. Descargamos en la plaza y empezamos a improvisar. Teníamos pinturas, tijeras, pegamentos, grapadoras… y niños, muchos niños que se desembarazaron de la compañía de sus padres y entraron en un incontrolable frenesí creador o destructor, no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que un niño se hizo, con mi ayuda, un vestido que recordaba mucho a la bata de médico de Groucho Marx. Loco de contento fue a enseñárselo a su madre: “¡Mamá, mamá!” La buena señora le soltó una bofetada de las de padre y muy señor mío. Por mamarracho.
Los siguientes domingos, las actividades ya fueron dirigidas a los adultos. También había muchos. Cada uno hacía lo que le daba la gana. Algunos incluso empezaron a llevar cuadros para vender. Recuerdo que un día repartí octavillas con un fragmento de Julio Cortázar: “Qué maravillosa ocupación ir andando por el bulevar Arago contando los árboles, y cada cinco castaños detenerse un momento sobre un solo pie y esperar que alguien mire, y entonces soltar un grito seco y breve, girar como una peonza, con los brazos bien abiertos, idéntico al ave cakuy que se duele en los árboles del norte argentino”. Muchos, por miedo o porque eran apolíticos, se negaban a cogerlas.
Untitled I

Texto para el catálogo de la exposición de Enrique Larroy en el Museo de Teruel. En el catálogo escribimos diez personas sobre distintos aspectos de la pintura. A mí me tocó hablar de los títulos. Va en dos partes.
Untitled
Una imagen vale más que mil palabras, pero el público agradece el subrayado de esa imagen con alguna que otra palabra.
Son esas palabras que se reúnen bajo el título de “título” y que nos permiten hablar de pintura o de historia de la pintura o de tantas otras cosas con fluidez y sin liarnos más de la cuenta. Como las propias imágenes, esas pocas palabras valen más que mil palabras. Decimos La Maja desnuda y no hace falta que expliquemos: “Ese cuadro apaisado que pintó Goya en el que aparece una señora desnuda y tumbada en un sofá verde con las manos debajo de la cabeza y los pechos debajo de las axilas”. Por no entrar en si el cuadro es relamido o rococó.
Los títulos valen más de mil palabras pero los hay que valen diez mil o más. Por ejemplo, El rapto de las Sabinas. Anda que no nos ahorramos palabras ni nada diciendo El rapto de las Sabinas, tanto si el cuadro es de David como si es de Picasso.
Gracias, pues, a los títulos, nos evitamos practicar el bonito arte de describir un cuadro mediante recursos literarios. Eso que, como ya saben ustedes, se llama ekphrasis. Y es una pena, porque esa hermosa disciplina, que practicó con indudable éxito Julio Cortázar, es algo muy curioso y entretenido.
Si yo fuera un teórico, como Alberto Valdivia Baselli, diría que “la interacción semiótica estética… no es un espacio de taxonomías divorciadas, sino de inclusiones simbólicas que desarrollan un discurso velado, analizado por la pragmática lingüística y los análisis del discurso, que pocos decodifican con facilidad” para añadir a continuación que “los sistemas semióticos lingüístico (poético) y visual (plástico) podrían ser entidades que se descodifican entre sí y, de esa manera, permitirían al emisor o receptor hipotético plantear una codificación o descodificación si no feliz, aproximada o creativa”.
Pero ni soy un teórico, ni esto es una tesis, ni estamos hablando de la ekphrasis, pese a que algunos títulos son a la ekphrasis lo que los haikus a la poesía. Es más, algunos títulos parecen haikus: En un cuadro grande una hoja de hierba no da para mucho. El título es de Larroy. Y el cuadro, también.
Los títulos habituales pueden ser todo un hallazgo o una auténtica obviedad: La maja vestida o El grito o Blue Orange Red, por poner tres ejemplo, no sé si de una cosa o de la otra.
El título, dice Arturo Ripstein, “es un pequeño problema que puede redondear una obra”. Exacto. “El título cierra la obra”, añade. Cierto: Es raro que una pintura empiece por el título. A no ser que diga uno: “Me voy a pintar un retrato” porque, entonces, ya sabemos como se titulará. Igual que si te encargan: “Pínteme usted La Eneida”, que todo puede ser…
Los títulos, a lo largo de la historia, han sido tan obvios como los propios cuadros para cualquiera que domine la iconografía. En tal caso, no hace falta ningún título para saber que lo que tienes delante es un San Antón o una Purísima Concepción.
Quizás lo de titular cuadros se complicó con la aparición de la fotografía. Como todo. A partir de entonces, ni las obras ni los títulos podían ser tan obvios como antes. Es cierto que en el Renacimiento surgió una minoritaria tendencia a poner títulos que ocultasen el tema de la obra para entretenimiento de los eruditos: La tempestad de Giorgione, por ejemplo.
Pero, tras el invento de la fotografía, uno ya no podía pintar una anciana, una mujer y una niña sin endilgarles el título de Las tres edades. Les llegó a pasar hasta a los fotógrafos.
Ahí tenemos, también, la deriva de Duchamp, por poner otro ejemplo que nos complicó la vida. Empezó con su Fontaine, un título sencillo aunque indecoroso, para, tras un largo silencio, acabar titulando Etant donnés: 1-la chute d'eau, 2- le gaz d'éclairage.
A propósito de Duchamp, Beuys tituló un cuadro Das schweigen von Marcel Duchamp wird überbewertet (El silencio de Marcel Duchamp ha sido sobrevalorado). En el cuadro ponía lo mismo pero pintado con chocolate. Como cuadro es bueno; como título, obvio.
Sin embargo, huir de la obviedad puede producir títulos repelentes y/o detestables: ¡Y aún dicen que el pescado es caro!, un sorolla con una olla.
Lo normal es que un buen título dé juego semiótico: Ceci n’est pas une pipe. El famoso título también está rotulado en el cuadro bajo la representación pictórica de una pipa. Por la sofisticación a la obviedad o viceversa. Como los teóricos siempre tienen mucho más que decir sobre pinturas y títulos que los propios autores, Foucault tuvo que escribir todo un libro para criticar a Magritte por explicarlo en tres palabras.
Escarmentados por casos como este, muchos pintores deciden no titular sus cuadros. Así, Sin título (Untitled), es el título que más se repite. Incluso Larroy, tan titulador, lo emplea alguna vez. Eso, sí: el Untitled nos devuelve irremisible y afortunadamente a la práctica de la ekphrasis.
Untitled II

Recuerdo una exposición en el Reina Sofía en la que se confrontaban Dadá y Constructivismo. Lo más curioso era que las obras expuestas, partiendo de conceptos enfrentados, alcanzaban aspectos idénticos.
Por ese terreno de juego se mueve la obra de Larroy, heredero de los dos equipos y consciente de las contradicciones y paradojas que, en su época, los dadaístas y los constructivistas no podían ver.
Así, pues, la mañana que Larroy se levanta más constructivista que dadaísta puede titular Señales de color o Banderas blancas; el día que se levanta más dadaísta que constructivista, en cambio, los títulos pueden ser Tomavistas o La mirada presumida y el día que no se levanta ni dadaísta ni constructivista sino todo lo contrario, titula Male Beach.
O Sin título.
Un problema dos soluciones, como dice en otro título, aunque puede ser más drástico: What problem? No problem.
En cualquier caso, los títulos de Larroy nunca son obvios. Si titula una obra Azul horizontal, lo más probable es que el azul sea vertical, si es que hay algún azul. Quizás por eso, últimamente publica en sus catálogos una serie de textos que pretenden explicar la relación entre sus títulos y sus obras:
“Vuelo sin motor, 2002
Óleo/tela
89 x 162 cm.
Si un ciervo es así, estaremos con él. Era el otro posible título”.
Un problema, dos soluciones; ya saben. Un año antes, era más explícito:
“Étnico, 2001
Óleo/tela
200 x 200 cm.
A menudo parece que lo étnico es primitivo y que lo primitivo es ingenuamente auténtico. La pintura ni es auténtica ni es ingenua, aunque sí que tiene algo de primitiva”.
Larroy explica: “Estos breves comentarios son total invención, lo que no quiere decir que sean falsos, pero sí susceptibles de cambios”.
En fin, que sería absurdo que yo comentase los comentarios. Entre otras cosas, porque puede resultar pretencioso intentar explicar lo que ya ha explicado el autor. Yo no soy Foucault. En todo caso, dada mi condición de ilustrador, estaría a mi alcance ilustrar los comentarios a los títulos de sus cuadros para seguir cerrando círculos, pero, ¿a fin de qué?
Insistentemente mareados es otro título de Larroy.
Vamos a dejarlo aquí.
ocurrencio

Supongo que esto ya se ha dicho muchas veces, pero no me resisto a las reiteradas provocaciones de los comentaristas de procesiones en las televisiones públicas:
Es tal la pasión por la vida que tiene la Iglesia que para adorar a un resucitado, lo representan siempre muerto.
Si quieren, matizo lo de "siempre" con un "casi".
ocurrencio

Acabo de leer "Indignación", la novela de Philip Roth y veo en la tele un fragmento de Ben-Hur. Las dos obras tratan de las desventuras de un joven judío condicionado por los avatares político-históricos que le toca vivir. Los dos viven enfrentados a las autoridades (romanas o académicas), los dos viven indignados, etc. Acaba peor el protagonista de "Indignación".
Este cuerpo es humano

A petición de Rosa Tabernero, reproduzco mis palabras en la presentación de “Este cuerpo es humano”, pese a que la misma Rosa reconoció que lo mejor fueron los silencios.
Señoras y señores:
Me uno a los agradecimientos de Carlos y sólo me queda decir que el libro está excelentemente editado, que los textos de Carlos están muy bien pero que yo estoy fatal.
A la desviación de tabique nasal que sufro desde niño, se unen las afecciones en la pituitaria para no dejarme respirar, lo que me produce una irritación en la faringe que me llega hasta la epiglotis. Después está lo de las cervicales: Tantos años de trabajo sobre el tablero, soportando el excesivo peso de esta cabeza, hace que me duela el músculo trapecio desde el occipital hasta las escápulas.
Peor es la presión que ejerce la quinta vértebra lumbar sobre el sacro, aprisionando el nervio ciático, lo que duele un huevo. A nivel coxofemoral, claro.
No quiero aburrirles con mis problemas de próstata, mis desarreglos gastrointestinales y el meteorismo.
Pero sí quiero comunicarles que sufro una cierta degeneración neuronal que me impide establecer las sinapsis adecuadas en el momento oportuno. Ustedes perdonen y muchas gracias.
Me gustaría añadir que, al finalizar mis palabras, Julia Antígona exclamó: ¡Olé ese cuerpo!
La fotografía "Este escaparate es humano" es de Vicente Almazán.
Carne con patatas

Escribí este texto hace unos años. A un profesor de BB. AA. de Barcelona le pareció poco respetuoso y bastante gamberro.
Caixa-Forum, en la avenida del Marqués de Comillas de Barcelona. Dos exposiciones: "RODIN y la revolución de la escultura. De Camille Claudel a Giacometti" y "GIUSEPPE PENONE (Retrospectiva). El hombre frente a la naturaleza".
Nada más entrar en el vestíbulo de la entidad por la impresionante puerta giratoria, nos recibe, a modo de portero, el mismísimo Profeta de Gargallo. En el repulido ambiente barcelonés, parece gritar como un voceras que acabara de reconocer a un paisano: ¡¿Ande vas?!
Las dos exposiciones que comentamos se encuentran frente a frente. Vayamos por orden, empecemos por Rodin. Al entrar en su sala, un extenso rótulo nos advierte de los problemas que tuvo en su época por innovador y revolucionario. No me extraña. Sus contemporáneos debían preguntarse estupefactos: ¿Escultura? ¿o es culturismo? En las figuras de Rodin, el músculo está al servicio del agobio. Sus figuras sufren y gozan con todo el cuerpo de forma animalesca. ¿Es fuerza o esfuerzo? El Pensador sueña un nuevo récord. No creo que pasara un control anti-doping.
Rodin, siendo buenísimo, abrió de par en par las puertas del Infierno. Como un titán. La maqueta grande de su Puerta del Infierno es una auténtica locura. Contagiosa, además. El número de sus epígonos es tan inconmensurable como la eternidad del fuego eterno. Los músculos se hipertrofian, las caras se desencajan, los cuerpos se descoyuntan intentando seguir al maestro.
Las figuras de Rodin llegan a fragmentarse( la magnífica Meditación sin brazo) anunciando la modernidad. Bourdelle, caricaturizando al maestro, casi la alcanza. Esta idea de la caricatura como origen de la modernidad no es ninguna broma.
Los excesos de musculación y expresividad se dan de morros, como no podía ser menos, con el rigor cubista: los cuerpos, ahora, pretenden imponerse por su propio volumen, sin aspavientos. Pero, reducidos a escueto volumen, caen por su propio peso en la geometría.
Giacometti, prescinde de los aspavientos y del volumen y, tras pensárselo dos veces, en 1959 retoma el movimiento del hombre que camina de Rodin. Sólo que, a estas alturas de la película, el andarín está ya exhausto, en los huesos.
Diez años más tarde, las cosas no han mejorado mucho. Giuseppe Penone, pretendiendo rescatar un árbol de la viga que lo contiene, consigue dejarlo en la puritita raspa. Y es una presencia contundente: del hombre apenas queda rastro.
Penone, como tantos artistas conceptuales, se tiró al monte. Ya lo he recordado otras veces: “Pa’l monte, idea”.
Con los años, como tantos artistas conceptuales, vuelve a la civilización con el nabo entre las piernas. Todos empezaron trabajando con las vitales fuerzas naturales y han acabado haciendo “naturalezas muertas”.
Veamos algún ejemplo. Penone, de joven, cuelga una jaula-trampa de un árbol y espera que el crecimiento del mismo la inutilice. Años más tarde, forra una sala con millones de hojas muertas de laurel enjauladas en tela metálica. Una monitora se esfuerza por convencer a un grupo de estudiantes de que es un espacio muy agradable. No sé; he de reconocer que no tengo olfato.
Penone, de joven, fotografía ligeros soplos de polvo deshaciéndose en la penumbra del bosque. Años más tarde, los soplos se solidifican en arcilla, con glotis y todo, y ocupan la sala completa de un museo.
En sus últimas obras, la corteza de los árboles está repujada en cuero; las raíces, talladas en mármol y las ramas, vaciadas en bronce. La representación de la naturaleza en Penone es tan incolora o monocroma como la escultura del siglo XIX. Paredes enteras forradas de espinas de acacia y ni una sola gota de sangre de los operarios.
En un rincón, sin embargo, destacan los puntos verdes de los grillos que van creciendo en un montón de patatas. Sólo las que son de bronce permanecen inalterables. Es lo que pasa por contar las mentiras del arte con patatas de verdad.
La vida es breve; el arte, largo, pero qué quieres que te diga…
Tanta tendencia a la extenuación, tanto en el arte de la naturaleza como en la naturaleza del arte, puede explicar la deriva de los artistas hacia la realidad virtual.
Si el arte es la mentira por antonomasia (como ya demostró Oscar Wilde, aunque se tienda a olvidarlo), de echarla, echarla gorda.
El no tan extraño caso de Benjamin Button

No he visto la película pero la sipnosis me resultaba conocida. Tampoco había leído el libro. Pensé en los "Cuatro corazones con freno y marcha atrás" de Jardiel Poncela. Tenía que ser algo más familiar.
Al final he caído. Es lo que aprendimos los pintores de mi generación: comenzar en la Academia y acabar en la infancia.
VIAJES
Hace unos años, Heraldo de Aragón nos encargó a Ismael Grasa y a mí, la realización de unos reportajes sobre los sitios de veraneo de los aragoneses. Aunque Ismael se ocupaba de los textos, yo también escribí unos breves comentarios sobre mis dibujos. Los dibujos no sé dónde están. Los textos son los siguientes.
Los he ilustrado con imágenes robadas.
LO QUE UNE LA HUMEDAD

¿Qué dibujar?, que diría Lenin. Paisajes, no. Odio reducir la sublime experiencia de la Naturaleza (Kant) a pintura de género. Por otra parte, se nos supone más observadores del paisanaje en vacaciones que del paisaje vacacional, lo que me aboca al castizo género (la ilustración parece ser proclive a ellos) del costumbrismo.
Haré, pues, una colección de estampas, acompañadas de algún comentario, que reflejen los modos y maneras que se gastan los veraneantes en cada sitio que visitemos.
En este viaje, de momento, descarto todos los apuntes en los que no aparece el agua (la cultura balnearia me ha calado) y me quedan los siguientes:
1– Por la mañana, un paciente en albornoz bebe su quinto vaso de agua templada y diurética junto a la fuente, los cuartos de baño y un inmenso extintor.
2– Después de un placentero y relajante masaje subacuático, entro en lo que tomo por una sauna cuando en realidad es un espacio para hacer inhalaciones. Me siento en las gradas de madera junto a un grupo de desconocidos y desconocidas en bañador. Me acuerdo de los papiones sagrados del Nilo, hago amistades, descubro mi solubilidad y me mareo.
3– Los jardines del balneario están llenos de paseantes que beben en todas las fuentes que encuentran a su paso. La que inauguró el arzobispo de Bucarest es de las más concurridas. Todos somos un poco snobs.
4– Los bañistas de Alhama dan de comer a los peces del lago y se bañan con ellos. Ya había descubierto yo en Jaraba lo que une la humedad.
LA MÁQUINA DEL TIEMPO

Estuve en Ansó hace treinta y cinco años y nunca había vuelto. Por eso, éste era para mí un auténtico retorno al pasado. Al encontrarme con los participantes en el Festival de Culturas Pirenáicas, pensé que me había pasado siete pueblos, incluyendo romanos y cartagineses.
Nuestras idas y venidas por los valles se correspondían con las idas y venidas de mi cabeza por el tiempo. Y éste fue el resultado.
1– Las niñas de un grupo folklórico francés parecían modelos de Millet, el pintor del conocido Angelus de Millet. Los boy scouts, en cambio, visten a la moda, lo cual me resulta muy chocante pues, nosotros, para salir de excursión, nos vestíamos de antiguos.
2– Cuando, hace treinta y cinco años, acampamos en el valle de Zuriza, sólo había un cuartel de carabineros y unos cuantos caballos. Ahora hay un silencioso camping (Dios sea loado) y todo tipo de medios de transporte.
3– Visitamos una acampada de alumnos marianistas. Me pregunto si el joven monitor que nos atiende, con pañuelo pirata en la cabeza, será seminarista.
4– Josefina se concentra en el complejo peinado de churros de Mary Carmen. Falta cubrirla de cintas, lazos, joyas, sofocantes y escapularios; pero así, sin ningún adorno y con ese aire sumiso con que se deja peinar, sobrecoge su apariencia medieval. Después, convertida en un icono, el efecto será más atemporal, no sé si por su estrecha relación con el mito o con el estereotipo.
5– El museo de escultura al aire libre de Echo, soleado y solitario, tiene algo de cementerio en el que estuviesen enterrados los sueños de una generación de artistas que pretendió cambiar el mundo con sus obras. El museo, como el Infierno, está empedrado de buenas intenciones.
VIAJE AL OTRO MUNDO

“Hay otros mundos, pero están en éste”, dijo el surrealista. “Hay otros mundos, pero son más caros”, apostilló el humorista. Nuestro viaje por el Bajo Aragón demuestra que ninguno de los dos estaba equivocado.
1– En la Torre del Visco, Jemma y Piers sirven el desayuno en la cocina. Han preparado la mesa con productos elaborados por ellos mismos: Queso fresco, requesón, mermeladas, zumos, mantequilla, bizcocho, pan tostado... Jemma propone empezar por algo fuerte: huevos con bacon o jamón, quizás. Entonces baja un huesped mallorquín con su cajita de All-Bran de Kellogg’s y Jemma y Piers, los perfectos anfitriones, con auténtica flema inglesa, sirven el café.
2– En el Molí del Hereu se come rodeado por prensas y molinos de aceite. En este museo-restaurante, la presencia del aceite es abrumadora, tanto en la decoración del local como en el conejo escabechado del menú.
3– Visitamos a Teresa Jassá en su taller de cerámica junto a la antigua balsa de Calaceite. Nos cuenta: A/ que tiene un ataque de artrosis que no se puede mover, B/ que unos franceses van a recrear en teatro la leyenda que sobre la sirena de la balsa de Calaceite escribió Javier Aguirre y C/ que esa leyenda es falsa y la inventó el propio Aguirre.
No sé, no sé...
4– En La Parada del Compte, cada habitación está decorada rememorando un lugar distinto. Ocupo la Mérida, que quizás resuma mejor que ninguna otra la personalidad del propietario, una especie de mediterraneidad exacerbada en la que se dan cita la Roma antigua y la Barcelona más lúdica y cosmopolita.
Me sumerjo en las mini-termas de mi habitación y, en lugar de tomar un baño, tomo un apunte.
ARTE Y PARTE

Empecé esta serie con un alegato antipaisajista y me encuentro con un Encuentro de Pintores de Paisaje en Albarracín.
Albarracín es una ciudad tan compleja como las formaciones geológicas que la rodean. Por el color de sus fachadas y el arremolinamiento de sus calles, alzadas sobre el verdor de la vega, se asemeja a una rosa. Solo que la rosa ha sido siempre un símbolo de la fugacidad de la belleza y Albarracín lucha por mantener su belleza inalterable. Etc.
Hay que ser un poco burro para empecinarse en dar formato de tarjeta postal a cosas así.
1– A pesar de todo, resulta conmovedor ver a los pintores afanados ante el lienzo con problemas, casi siempre, irresolubles. Por la noche, en el coloquio que azuza más que modera ese monstruo de la cultura y de la comunicación que es Antón Castro, los pintores hablan del Alma, el Espíritu, la Belleza y la Esencia. Parece que en cualquier momento van a decir “inefable”, pero no.
2– Antonio, el “Canuto”, es otro artista. Fabrica yeso rosa de forma totalmente artesana. Trabaja con energía y seguridad y cuando habla de su trabajo no divaga. Sus explicaciones técnicas tienen un sencillo aliento poético.
Antonio realiza su trabajo en condiciones extremas: produce su excelente yeso en un ribazo. A la Fundación Santa María, que tanto hace por la imagen de Albarracín, no parece importarle mucho.
3– Ramiro, el alcalde de Peracense, se reconcome hablando de la excesiva colonización valenciana del vecino pueblo de Bronchales. Mientras, los valencianos ocupan las últimas almenas de su inexpugnable castillo.
4– Nuestro amigo Luis es coleccionista de antigüedades y un guía excelente. De su museo, más o menos imaginario, destaca, entre otras piezas, el arrecife fósil de Ojos Negros y esa encina de 1.300 años.
ORDESA INVISIBLE

Hay paisajes imposibles de pintar y algunos, incluso, difíciles de ver. Como Ordesa.
1– Los excursionistas hacen cola en la parada del autobús que sale de Torla. No hay tantos como para que no nos dejen ver el bosque, pero interfieren mucho. Una vez en Ordesa, los veremos pasar y traspasar con el Parque Nacional de fondo. No sé si ellos nos ven igual a nosotros porque algunos ni saludan.
2– Al parecer, hasta hace 150 años, los viajeros evitaban la desasosegante visión de las montañas bajando las cortinillas de sus diligencias. No es extraño. En aquellas épocas se creía en el hombre como medida de todas las cosas y tanta desmesura resulta inhumana.
Desde Punta Cuta, los torbellinos que forman los estratos que nos rodean recuerdan demasiado su prehistórica eclosión. La fuerza volcánica de un genio como Van Gogh, por ejemplo, se queda en simple fogatica de aliagas frente a la fuerza volcánica que originó todo esto. No se puede mirar durante mucho tiempo sin sentir un cierto vértigo. Para combatirlo, parcelamos y acotamos el paisaje con el visor de la cámara o con los prismáticos, ponemos nombres y etiquetas a los distintos picos y buscamos florecillas entre las rocas.
3– Otra vista de las Tres Sorores. Esta vez desde la perspectiva de una vaca, otra forma de invisibilidad que puede adoptar el paisaje.
4– Los esgrafiados de la siniestra cárcel de Broto (siglo XVI) están enmarcados por gruesos trazos. Sólo un pájaro -con los dos ojos a un lado de la cabeza, como mis caricaturas- carece de marco y parece volar al aire libre.
De momento, estos dibujos tampoco pueden verse.
GEOGRAFÍA E HISTORIA

La marina es un género poco cultivado por los pintores de secano, siempre remisos a acercarse hasta sitios tan raros y lejanos como la costa. En cambio, la misma costa, en temporada alta, puede ser un auténtico paraíso para los caricaturistas.
1– A Salou le queda tan poco paisaje que, en algunos sitios, la primera línea de playa se adentra en el mar.
La playa se ocupa siguiendo la Ley de la Perpendicularidad, que dice: Cualquier bañista que se precie, se dirigirá desde su apartamento u hotel a la playa, caminando perpendicularmente hacia la línea de horizonte sin desviarse ni un milímetro. De tal forma que, donde haya mayor densidad de edificios, habrá mayor densidad de bañistas y viceversa. Una vez instalados en la playa, los bañistas podrán pasear paralelamente a la línea de horizonte por la orilla del mar.
2– Todo el paisaje que no tiene Salou lo tiene Port Aventura, pero es de mentira. Incluso la espectacular puesta de sol de Port Aventura, vista a través de los gigantescos cactus de escayola de Port Aventura, parece falsa.
¡Estampida! Empieza a llover sobre Port Aventura y los visitantes, cubiertos con los chubasqueros amarillos de Port Aventura, corremos a refugiarnos en las múltiples tiendas de Port Aventura.
3– En la playa de Calafell, la casa de Carlos Barral es como el testigo de un tiempo, no tan lejano, en el que se veraneaba civilizadamente.
4– Otro testigo histórico es el monolito del Médol, una antigua cantera romana, escondida junto a la autopista. Es un rincón muy pintoresco y natural y, naturalmente, solitario.
ESTAMPAS GOYESCAS

Goya, entre otras muchas cosas, inventó el género de viñetas, acompañadas de un breve comentario, que yo mismo estoy empleando en esta serie. Salvando las distancias, claro, que luego Joaquín Aranda me llama la atención por fatuo y sinsustancia.
Seguimos lo que las autoridades competentes han dado en llamar Ruta de Goya, y se suceden de forma sorprendente los caprichos, los disparates, incluso la tauromaquia de Ayles y los desastres de la guerra en el televisor. De entre todas las estampas que nos amenizan el viaje, selecciono las cuatro siguientes:
1– Goya pintó un cuadro en el que la aparición de un Coloso provocaba la atropellada huída del personal por unas vaguadas.
Doscientos años más tarde, hay autorretratos del Coloso esparcidos por las mismas vaguadas y ya no queda ni un alma.
2– Aun aprendo, escribió Goya en un dibujo. En pleno agosto, y aun aprenden los alumnos del curso de grabado que se está celebrando en Fuendetodos. Andan todos muy azacanados de un lado a otro y constantemente se reunen en grupitos estudiando detenidamente el resultado de su trabajo.
3– Saliéndonos de la ruta señalada por la autoridad competente, nos acercamos hasta el río en busca quizá de la maja en topless. Nos encontramos en plena solana con una escena a lo Solana (Gutiérrez). A este lugar le llaman “Playa de los ángeles”. No “kale” hacer más comentarios.
4– Hay aragoneses que han creado escuela. Goya, por ejemplo. O Miguel Pellicer, el cojo del milagro de Calanda, que pedía limosna a la entrada del Pilar. En medio de la Plaza, un epígono del calandino recibe tan escasa atención como los amputados mártires que pintó Goya en una cúpula de la Basílica.
LO BELLO Y LO BESTIA

Relatando sus excursiones por Orán, Camus nos enseñó la forma de vivir entre términos tan contrapuestos como inevitables.
La belleza de la montaña y la especulación, el encanto del paisaje y la masificación turística, la felicidad de las vacaciones y una exposición sobre la tortura, la vida bucólica y el camping de Biescas, el esplendor de la naturaleza y ese conmovedor grupo de disminuidos psíquicos en el refugio de la Sargantana...
En que berenjenales se metían los intelectuales existencialistas.
1– Jaca. No es ni Biescas ni Panticosa porque, por detrás de la abigarrada y veraniega muchedumbre, se adivina la Ciudadela. Y porque entre los veraneantes se ven muchos curas y militares.
2– En el apacible marco de la Universidad de Verano de Jaca, se habla de los problemas que asolan la enseñanza. Me pongo a dibujar mientras la profesora explica, a un grupo de estudiantes extranjeros, qué quiere decir “pasotismo”. Mi compañero de pupitre, un belga alto como un mallo, se lo pasa bomba viendo los retratos que hago de sus compañeros y, como un niño travieso, me dice por lo bajinis: “Dibuja a la profesora”.
3– Como dice Ismael, ya era raro pasar dos meses recorriendo Aragón y no encontrarnos a Labordeta.
Nos acompaña al Rapitán, a ver una exposición sobre la tortura, y se queda fuera contemplando el paisaje con su hija.
4– Si tantos sitios de los Pirineos se los han cargado haciendo cosas y casas raras, el Balneario de Panticosa se lo van a cargar sin hacer nada. Después de todo lo que hemos oído sobre la multipropiedad del Balneario, en general, y sobre los Garrigues-Walker, en particular, decido dibujarlo de culo, si vds. me permiten la expresión.
FINAL FELIZ

En realidad, este viaje fue un fracaso. No se puede ir a los sitios con ideas preconcebidas. Buscábamos a los innumerables franceses vestidos de neopreno que colapsan la circulación en los cañones de la Sierra de Guara, y no vimos ni uno. Y el caso es que, haberlos, haylos. En todos los bares de la comarca alquilan neoprenos. Por algo será.
Ismael, que no es hombre que se amilane por tan poca cosa, enseguida encontró motivos suficientes para disfrutar del que era nuestro último viaje de verano.
1– Veánlo, por ejemplo, saboreando un excelente crianza junto a Maribel, responsable de marketing de Bodegas Enate. ¿Quién se acordaba en ese momento de los barranquistas?
2– Tras una larga caminata desde Lecina, se llega a los covachos de Barfaluy, donde pueden observarse unas curiosas pinturas rupestres ayudados por una “chuleta” que proporciona el guía. Los covachos están, por cierto, en el barranco de La Choca, un espacio protegido y vedado a los barranquistas.
3– Ismael, todo profesionalidad, estaba dispuesto a encontrar barranquistas como fuera y no dudó en aventurarse intrépidamente por las pasarelas que en descenso vertiginoso bajan desde Alquézar hasta el río Vero.
4– Sin barranquistas, tuve que enfrentarme al paisaje. Leí hace poco un artículo de J.J. Millás, en el que decía que si en los viajes el vídeo ha ganado la partida al paisaje que se ve por la ventanilla, es porque los viajeros piensan que el paisaje no tiene argumento. Permítanme despedir esta serie en la que he evitado el paisaje, con uno de argumento evidente: En Alquézar, como en tantos otros sitios que hemos visitado, siguen trabajándose el turismo cultural como una clara apuesta de futuro.
Fin de semana en Madrid

Fuimos a ver “Cabaré de caricia y puntapié”, el espectáculo que sobre textos de Boris Vian, ha montado Alberto Castrillo. No se lo pierdan. Vendrá al Teatro Principal de Zaragoza.
Fuimos a ver la exposición de Bacon. Al final de la misma, proyectan una entrevista con el pintor. Me gusta más cómo habla que cómo pinta.
Fuimos a ver la exposición de la Escuela Yi en Caixa Forum. Da gusto ver pintura contemporánea de ese nivel. Luego ves los bocetos de Barceló para su cúpula y es que no hay color. A pesar de que la Escuela Yi trabaja prácticamente en blanco y negro.
Fuimos a ver “Una semana de bondad” y no era esta semana sino la próxima.
Fuimos a ver “La sombra” y no habían encendido la luz.
Fuimos a ver la Almudena, por recomendación de un amigo. Esa estética halterofílica, que diría Sánchez Ferlosio, recuerda mucho a la del Imperio romano en sus estertores. ¡Qué feo todo, por Dios!
Repeticiones

Jesús Rabadán, el hombre que me enseñó a pintar, me enseñó también un rancio librito que empezaba, más o menos, así (cito de memoria):
"Quién no tenga posibles económicos, que no siga leyendo. Este librito pretende formar artistas, no mártires".
El sábado en Babelia, citaban una frase de Juan Muñoz, el escultor español de prestigio internacional:
"Si no hablas varios idiomas y no tienes liquidez económica para viajar a donde haga falta en el momento necesario, no tienes futuro ni presente".
Como dijo Julio Iglesias, la vida sigue igual.
La muerte del arte

Ayer, en El País y con el título "El año del Juicio Final", Félix de Azúa anunciaba por enésima vez la muerte del arte. Tiene razón en casi todo lo que dice pero lleva 40 años intentando convencernos del famoso óbito. ¡Qué agonía, co! Ahora señala a 1972 como el año en que se produjo tan desgraciado acontecimiento. Pero, 200 años antes, Hegel dijo lo mismo. Igual que se equivocó Hegel, puede equivocarse Azúa.
Bueno, ahora que lo pienso, todos nos repetimos. Hasta el ajo. Como prueba, adjunto un texto que escribí después de una tarde de exposiciones por Barcelona y que no se llegó a publicar. Creo.
BUCLES
MACBA. Exposición antológica de la señorita Piper. Arte conceptual: textos y fotografías. Adrian Piper (Nueva York, 1948) es mulata, con perdón. Y toda su obra, un contundente alegato antirracista. Para los gringos, ya se sabe, todo es o blanco o negro.
–Excepto la señorita Piper, supongo.
–No, listillo: la Piper es negra.
De tal contexto, tal texto. Para que se hagan una idea: Cubículo negro. Interior. Vídeo: diez policías blancos apalean a un conductor negro. Sonido: discurso del Presidente sobre la Ley y el Orden.
–Una caña, please.
La señorita Piper y yo nacimos el mismo año. Pero, mientras yo descubría la importancia del subconsciente en los procesos artísticos, ella analizaba dichos procesos conceptual y sistemáticamente. Siempre llego tarde a todo.
Bucle melancólico de la cerveza en mi estómago. Retorno sentimental al desconcierto de mis tiempos de estudiante en Barcelona. A veces, el tiempo pasa en balde. ¡Hip!
No es cierto, claro. Antes de ir al Macba, vi más cosas.
A/ Galería Joan Prats. Exposición de Muntadas. Arte conceptual, ya saben: textos y fotografías. Y dibujos serigrafiados. Ahora, Muntadas calca fotografías de prensa con rotulador: la del trío de las Azores, por ejemplo.
B/ Galería Carles Taché. Exposición de pintura de Viaplana. De pintura. A ver como describo yo esto. Viaplana pinta intuidos rincones del inconsciente con apariencia de fotografías en blanco y negro viradas ligeramente a verde.
La fotografía, pues, es el eje del bucle de ambigüedades semánticas que anticipaba la reflexión que Dan Cameron se hacía, dos días más tarde en las páginas de El País, sobre “la brecha enorme que existe” entre el arte político y el arte poético. Añadía: “La complejidad de la situación política requiere también una complejidad equivalente en el tratamiento del arte”.
Hala, pues.
El grabado de Durero se titula Melancolía.
Toros

En la década de los 90, estuve dibujando toreros para los carteles de la Plaza de Toros de Zaragoza. El diseño no era mío, sólo las ilustraciones. Cuando llevábamos tres o cuatro carteles, se enteraron mis clientes de que nunca había visto una corrida de toros. Me invitaron a ver una en el callejón. Fue tremendo. El suelo temblaba, la barrera crujía, los coágulos de sangre pasaba volando sobre mi cabeza. Un toro se rompió un cuerno nada más salir... En fin.
Poco después me pidieron un texto para una revista que editaba la Plaza y escribí esto. He suprimido un párrafo que coloqué al final para contemporizar.
¿Qué ver tiene?
Si, los que tenemos un oficio en el que, para bien o para mal, se emplea mucho la cabeza, nos acercamos al mundo de los toros, nuestros anfitriones, que saben lo raricos que somos, intentan vendérnoslo aludiendo a los orígenes míticos de la fiesta, perdidos en la nebulosa de oscuros ritos prehistóricos, muy probablemente dedicados a la Diosa Madre, la famosa Diosa Blanca de Graves, Diosa Triple del nacimiento, del amor y de la muerte. Osease, la Luna, cuyos cuernos en cuarto creciente encontrarían exacto reflejo en los del toro. Quienes nos ilustran, suelen citarnos el ejemplo de las ágiles y casquivanas sacerdotisas cretenses, representantes de toda una cultura mediterránea que, por razones que ahora no vienen al caso, sólo ha conseguido sobrevivir en la Península Ibérica.
Sin embargo, una vez en la plaza, uno sospecha que al verdadero aficionado no le interesan nada estos prolegómenos eruditos y que lo que disfruta o sufre es muy distinto de las especulaciones arqueológicas que puedan legitimar la fiesta y muy distinto, en todo caso, de lo que podamos ver el resto de los mortales.
Y es que en la fiesta de los toros, tal como ha llegado hasta nosotros, la estética más remota que se rememora es la dieciochesca (goyesca, que se le llama popularmente), es decir, la estética de un tiempo en el que se quiso acabar con los mitos para siempre poniendo al hombre bajo la advocación de la Diosa Razón. Paradójicamente, la misma Ilustración que pretendía liberar al hombre de un terrible pasado, en el que había vivido sojuzgado por terrores supersticiosos y sangrientos ceremoniales, dio origen a las Academias –que reglamentaron estrictamente hasta el más nimio aspecto de cualquier actividad incluyendo las corridas de toros– y a la guillotina.
Estoy hablando por hablar, o estoy escribiendo porque me han pedido muy amablemente una colaboración para esta revista. Quizá, por eso, esté desvariando un poco. Pero, lo que sí he creido entender, por todo lo visto y oído, es que el verdadero aficionado disfruta sobre todo con el estricto cumplimiento de la reglamentación académica que a cada suerte le corresponde.
Y, precisamente desde hace un siglo, los reglamentos y academicismos están muy mal vistos en el mundo del arte, aunque sólo sea de boquilla. Claro que, en el mundo del arte, ni se mata ni se muere, lo cual facilita mucho cualquier veleidad transgresora.
La imagen no corresponde a ningún cartel. Es la caricatura de Pedro Díaz Layús, el Baulero, que publique en "Zaragoza".
Cabrera

Hace dos años, hice unas aucas con 24 viñetas, por encargo del Museo de las Guerras Carlistas de Cantavieja. Estos son los ripios que me salieron.
El Tigre del Maestrazgo
1- Cabrera nace en Tortosa
de familia muy hacendosa.
2- Del seminario, el muy pillo,
se va a jugar al tresillo.
3- Rebotado va y se alista
en Morella de carlista.
4- Va consiguiendo poder,
traicionando a Carnicer.
5- Para demostrar quién manda,
fusila alcaldes en banda.
6- El enemigo, irritado,
a su madre ha fusilado.
7- Y Cabrera, tras vengarse,
va a Cantavieja a quedarse.
8- Con la expedición al Sur,
su feudo queda al albur.
9- Al retornar en su busca,
cae un rayo y le chamusca.
10- ¡Ya llegan los de don Carlos!
Cabrera corre a ayudarlos.
11- Atacan la capital
y se lo montan fatal.
12- Ya es el conde de Morella,
por apoderarse de ella.
13- Cabrera, hecho un feroche,
asesina a troche y moche.
14-Sus prisioneros hambrientos
se comen hasta a los muertos.
15- A Cabrera no le para
ni el abrazo de Vergara.
16- Aunque el glorioso Espartero
le vence como a un chusquero.
17- Cabrera, del sofocón,
se hunde en una depresión.
18- Huye a Francia hecho un guiñapo
Pero haciéndose el chulapo.
19- Se establece de tendero,
pero es muy mal vinatero.
20- Apoya a Montemolín,
¡otro fracaso, jolín!
21- Se casa en Londres Cabrera,
con una rica heredera.
22- Y la “flema” londinense
le ayuda a que se lo piense.
23- Al reinar Alfonso XII,
¡Cabrera lo reconoce!
24- Y muere como un bendito
aquel felino, aquel mito.
ocurrencio

ocurrencio

Posibilidades del anacronismo: Ver a Picasso como el primer y mítico pintor de la Humanidad que generosamente proporciona modelos a todos sus descendientes, desde los primitivos africanos a los bohemios de principio de siglo, pasando por los clásicos griegos y los pompiers decimonónicos. Pensar que la torpeza de Manet tiene su culminación en la obra de Velázquez. O que los pre-rafaelistas son anteriores e incluso posteriores a Rafael.
ocurrencio

Sólo vemos lo que se mueve. Mantenerse inmóvil es mantenerse oculto. Y la pintura se mantiene inmóvil. Es más, inmoviliza todo lo que toca.
Albarracín

Estuve en Albarracín dando unos talleres de ilustración. Antón Castro, el coordinador, nos pidió un texto sobre la experiencia. Escribí los textos que siguen pero nunca se publicaron.
Aprovecho para hacerlo aquí, ilustrados por Constanza Cano Henn.
Los niños de los Montes Universales

Los niños de los Montes Universales viven en pueblos pequeños y apartados. Para poder llegar al taller literario que les han organizado en Albarracín, han tenido que madrugar mucho y se les nota. Están dormidicos. El monitor intenta despertarles diciéndoles que vamos a cocinar un cuento. Los niños de los Montes Universales le miran como si hubiera dicho: Vamos a meter un libro en el horno y sacaremos un bizcocho. Desperezándose y bostezando, algunos niños van nombrando personajes sin saber muy bien para qué. Un tigre, una perdiz, un caracol... Ningún niño de los Montes Universales dice un pokemon ni un pikachu. Uno dice un exterminador un exterminador un exterminador un exterminador... Además de agresivo, es un niño muy pesado.
Llega la hora del almuerzo y los niños de los Montes Universales sacan unos bocadillos enormes que se comen ansiosos mientras juegan.
Los niños de los Montes Universales vuelven a clase hechos unos fieras y se comen crudos a todos los personajes que aparecían en su cuento.
Una niña

Entre los niños de los Montes Universales hay una niña pequeña y regordeta con flequillo y sin dientes, con camiseta roja y chaqueta amarilla. No sé por qué, pero todos nos fijamos en ella. Coge una barra de pegamento y el profesor le dice: “Toma ésta otra”. Ella protesta: “Sí, claro, la gastada”. El profesor le dice: “Pues devuélvemela”. “Ah, no”, dice la niña, que se llama Sofía.
Los niños del bosque encantado

Asisto a unos encuentros sobre literatura infantil y juvenil en Albarracín. Esta mañana he decidido hacer pirola e ir en busca del bosque encantado. Al llegar al sendero que conduce al bosque, veo que se me ha adelantado un colegio. ¿De dónde salen tantos niños en este pueblo? Los niños y los maestros caminan con parsimonia en una fila india interminable. Decido seguir por la carretera y dar un rodeo para adelantarles. Esta mañana he decidido hacer pirola.
El hijo de Alberto Serrano

El hijo de Alberto Serrano es igualico que su padre. Alberto Serrano es un hombre grande con gafas y barba. El hijo de Alberto Serrano no lleva gafas ni barba pero es igualico que su padre. Alberto Serrano ha venido para hablar de dragones. El hijo de Alberto Serrano ha venido para hablar de su padre. El hijo de Alberto Serrano dice: “Cuando mi padre habla por la tele se pone tan serio que parece un catedrático de universidad”. Y lo dice tan serio que parece un catedrático de instituto.
Los niños de los títeres

Esta noche hay sesión de títeres en el Molino del gato. Algunos niños ocupan las primeras filas un poco nerviosos. Un señor golpea dos maderas como si fuera el tic-tac de un reloj. Se enciende un foco y aparece un ahorcado. Una señora se tropieza con él y grita aterrorizada. Los niños se tapan los oídos aterrorizados. La señora mira atentamente al ahorcado y se enamora de la forma más tonta. Los niños no saben si reir o llorar.
Las niñas de Cálamo

Isabel y Paco Cálamo han venido a los encuentros de Albarracín con sus niñas. Son rubias y delgadas. Una es la mayor y otra, la pequeña. Mientras los mayores hablan de literatura infantil, las niñas de Cálamo dibujan sin parar. Otras veces se levantan y van y vienen no se sabe a dónde.
Cuando su madre sube al estrado de los oradores, la niña pequeña de Cálamo se sienta debajo de la mesa entre sus piernas hasta que termina.
La niña mayor de Cálamo organiza una exposición con sus dibujos. Aunque son muy bonitos, tiene que explicárselos pacientemente a los especialistas en literatura infantil que no entienden nada.
El niño que todos llevamos dentro

Durante los encuentros de literatura infantil y juvenil, hemos hecho lo posible y lo imposible para que saliera el niño que todos llevamos dentro. El mío, por cierto, se llama Pepe. Es curioso: el niño que todos llevamos dentro sólo sale cuando estamos trabajando. Habría sido bonito que hubiesen salido los niños que todos llevamos dentro y se hubiesen puesto a jugar al corro. O a médicos. Hemos hecho lo posible y lo imposible, ya digo, para que saliesen los niños que todos llevamos dentro: contar cuentos, cantar canciones, hacer novillos, gastar bromas, ver títeres... Pero, en cuanto se asomaban los niños que todos llevamos dentro, aparecía la economía de mercado, la política comercial de las grandes editoriales y las normas presuntamente obligatorias de lo políticamente correcto y no había nada que hacer.
Por fin llegó un hada buena en nuestra ayuda, pero no una cursi de esas de capirote con una varita mágica en la mano, no, un hada de pelo blanco con una muleta en una mano y un güisqui en la otra: El hada Matute, nada menos. El hada Matute dijo: “He sufrido mucho”. Y nos acongojó. Y dijo: “La patria del hombre es la cama”. Y nos encandiló. Después nos contó el sueño de los cosacos: “Yo soy un joven cosaco que cabalga el último de una larga fila de cosacos. En cabeza cabalga el patriarca de los cosacos con un gran mostacho. De pronto se para y hace un gesto así, un gesto precioso que me encanta, y nos paramos todos. Acampamos en círculo alrededor de un gran fuego apoyados en las sillas de montar. Entonces empiezan a cantar los cosacos y, señores, ¡cómo cantan los cosacos! Empiezo a entrar en el sueño con los cosacos y ¡qué maravilla, señores, entrar en el sueño con los cosacos!”
Los niños que todos llevamos dentro han empezado a salir emocionados y se dirigen trotando hacia el sueño del hada Matute. Entonces se oye una gran algarabía en la escalera y los niños que todos llevamos dentro gritan jubilosos: “¡¡Los cosacos, los cosacos!!” Pero no son los cosacos: son las niñas de primera comunión de Albarracín que vienen a que el hada Matute les firme sus cuentos. Los niños que todos llevamos dentro hacen ¡plop! muy cortados y desaparecen. El hada Matute tiene un golpe de tos y Antón Pirulero le ofrece un vaso de agua. El hada Matute se indigna: “¡¡Agua, nunca!!”
–“¿Y un poquito de güisqui?”
–“Tampoco es eso.”
Vanguardia

Dije: “Los artistas se adelantan a su tiempo. Manzoni expuso botes con “Mierda del artista”, hace treinta años, y hoy he visto por televisión el anuncio de una muñeca que caga”. El público se ofendió; no por mis ordinarieces escatológicas sino por la pretensión de que yo, como artista, fuera por delante de ellos.
Cuarte de Huerva

Hace unos años, en calidad de vecino de Cuarte, me pidieron redactar el pregón de las fiestas patronales. Lo publicaron en el programa de actos pero no me invitaron a leerlo. Quizás fue mejor así.
Cuando conocí Cuarte de Huerva, hace casi cuarenta años, era un pueblo viejo y silencioso, replegado sobre sí mismo en la ladera del monte, y rodeado de una fértil huerta. El destino de nuestro grupo de boy scouts –domingo tras domingo, verano tras verano– eran los frondosos sotos que se extendían por la ribera del Huerva, y a cuya sombra acampábamos, muchas veces durante todo el fin de semana. Allí nos bañábamos en las pocetas del río, en unas aguas frías y claras por las que veíamos pasar pequeños grupos de barbos, o subíamos hasta la cueva que había a la entrada del barranco y espantábamos a los cientos de murciélagos que se arracimaban en el techo. Nosotros, niños de ciudad, pudimos disfrutrar de la naturaleza más asilvestrada a una hora de marcha, tan sólo, de Zaragoza.
Ahora Cuarte es otra cosa. Es un pueblo rejuvenecido y rico que dejó de replegarse en sí mismo para abrirse al mundo con todas sus consecuencias. La industria ha vaciado sus calles de tipismo para llenarlas de sucursales bancarias, de voces con distintos acentos y pieles de distintos y exóticos tonos. La vitalidad de su recobrada juventud nos abruma un poco a los mayores. Esa mezcolanza palpitante de bloques de viviendas, naves industriales, parcelas remozadas y retazos de huerta; esas obras omnipresentes por todos lados, esas calles levantadas y vueltas a levantar incansable e incesantemente; la insólita convivencia entre el ritmo pausado de los peatones y el tráfico incesante de coches y camiones; esa proliferación de polideportivos, casas de cultura, plazas de toros; esa piscina aupada encima de un monte o ese monte desaparecido bajo las excavadoras de la fábrica de cemento; todo ese frenesí se parece mucho al frenesí de los cochecitos teledirigidos que giran y giran frente a mí terraza o al de los quinceañeros que suben y bajan a lomos de sus todoterreno.
Estoy seguro de que con tanta energía y tanta riqueza este pueblo puede llegar a ser tan bueno como el que más, a nada que se lo proponga y se sosiegue un poco. Medios no le faltan.
Pero, permítanme que yo, que desde hace doce años trabajo muy a gusto en mi taller de Cuarte, compartiendo con sus vecinos el asombro ante tanta metamorfosis y tantas expectativas, permítanme, digo, que siga cultivando la añoranza por aquel viejo Cuarte, verdadero paraíso perdido de mi perdida infancia.
Y mientras desde el monte repaso mis mejores recuerdos, diviértanse ustedes que estamos en fiestas.
Punto y aparte

A Marcel Duchamp le corresponde el mérito de haber realizado la crítica más demoledora del arte con el mínimo esfuerzo. Prescindió a la vez de la práctica y de la teoría. Su riguroso silencio aun resuena en nuestros oídos revelando lo que oculta: la risa contenida.
Hagamos una pausa en el engorroso asunto que llevamos entre manos para acercarnos a su famoso urinario (auténtico punto y aparte, a su vez, en la historia del arte), más por curiosidad intelectual que por necesidad fisiológica.
Ya es sabido: Duchamp presentó un urinario, firmado R. Mutt, a la primera exposición de la Society of Independent Artist en 1917, con el título Fontaine, y no fue admitido.
La mayoría de la crítica, al hablar de la Fontaine, se centra en el concepto ready-made obviando discretamente el chiste (de sal gruesa, se dice eufemísticamente) que propone su título. J. A. Ramírez, en su espléndido trabajo “Duchamp, el amor y la muerte, incluso”, nos informa de un texto que Duchamp incluyó en la tarjeta de su exposición en la Galería Paul Guillaume: “Prohibido orinar en la galería”, de donde deduce, lógicamente, “la imposibilidad para Duchamp de olvidar la función habitual de ese objeto cuando decidió enviarlo a la Exposición de los Independientes convertido en Fuente.”[1]
Osea que, además de exponer un urinario como obra de arte, nos recalca cual es su uso, al tiempo que nos prohibe utilizarlo. El arte no es útil.
La reacción normal de cualquier persona decente sería transgredir la prohibición del provocador: Más nos valdría no haberlo hecho. La posición del urinario, girado 90º respecto a su posición habitual, hace que “el hipotético usuario...reciba “devuelta” su propia orina, como cascada en sentido inverso, a través del agujero por donde normalmente entra el agua que limpia el urinario.”[2]
Lo cual justifica cualquier tipo de precaución crítica ante semejante artefacto. El urinario de Duchamp es una auténtica Fontaine de problemas para la crítica y el arte.
Duchamp no teoriza –recordemos su proverbial desdén por la tesis– y evita los manifiestos: “Se trataba de no hacer otro manifiesto de una nueva pintura.”[3]
La ventaja que tienen los objetos sobre las palabras es precisamente su silencio. Su poder seductor proviene de esta cualidad (“Y yo, con mi silencio, te enamoraba”, canta el Lebrijano). La mera presencia del urinario en una exposición supone una crítica radical a todos los conceptos sobre arte que existían hasta entonces. Pero, al mismo tiempo, esa presencia muda, esa impasibilidad del objeto, su absoluta falta de argumentación, nos seduce hasta tal punto que el urinario acaba convirtiéndose en un mito de la modernidad.
De ahí la generalizada opinión entre los neovanguardistas de que es preferible crear un objeto que genere ideas a tener una idea que pueda generar objetos.
Es oportuno recordarlo pues Duchamp, al vaciar de sentido la creatividad artística, al poner en evidencia tanto el concepto de “genialidad” como el de “oficio”, propicia que sean los teóricos quienes pretendan llenar ese vacío. No se dan por enterados de que la Fontaine pone en cuestión tanto la práctica como la teoría. Si la práctica artística desaparece por el sumidero del urinario, parecen pensar, será la teoría quien guíe al arte hacia el futuro.
Como denuncia Tom Wolfe –otro humorista–, serán los críticos Greenberg, Rosenberg y Steinberg quienes pasen a la historia, quedando Pollock, Newman o Johns como meros ilustradores de sus Palabras.[4] . Que los artistas intenten recuperar terreno erigiéndose en teorizadores de su propia obra sólo lleva, en la mayoría de los casos, a rebajar el nivel intelectual del debate artístico.
El urinario de Duchamp es la respuesta lógica a los problemas planteados por los filósofos sobre la subjetividad estética y artística desde que Kant dijera algo así como que “para gustos están los colores”. El urinario es su reducción al absurdo. Tiene vocación de punto final : ”El arte ha sido pensado hasta el fin y se disuelve en la nada”, explica el propio Duchamp.
¿Se puede tomar en serio a un humorista? “Yo he interpretado mi papel de bufón artístico”[5] . Sólo a los bufones se les permite decir la verdad, precisamente porque nadie les toma en serio. Aparentemente, ni siquiera el propio Duchamp se tomaba en serio. Sus veinte años trabajando clandestinamente en su “Etant donné” lo prueban. ¿O prueban todo lo contrario? Podemos pensar que suscribió el acta de defunción del arte para transgredirla o que trabajó en “Etant donné” sin ninguna pretensión artística. Ambas hipótesis resultan modélicas.
Esa capacidad del arte para estar por encima de los conceptos filosóficos le permite también, al parecer, estar por encima de los conceptos artísticos.
Por el sumidero del urinario se van todos los conceptos artísticos existentes. Podríamos decir que por ese sumidero se nos ha caído el alma a los pies. ¿Qué nos queda?
El cuerpo, nos repite insistentemente Duchamp aunque sea de esa forma suya un tanto necrófila. O Roland Barthes, tratando de hacer
un discurso que no se ennuncie en nombre de la ley y/o la violencia; cuya instancia no sea ni política, ni religiosa, ni científica; que sea de algún modo el resto y el suplemento de todos estos enunciados. ¿Cómo llamaremos ese discurso? erótico, sin duda, pues tiene que ver con el goce; o quizá también : estético, si se prevé hacer sufrir a esa vieja categoría una ligera torsión que la aleje de su fondo regresivo, idealista y la aproxime al cuerpo, a la deriva.[6]
Por eso precisamente, la Fontaine no es un punto final sino un punto y aparte : Tendremos arte mientras el cuerpo aguante.
[1]Ramírez, J. A., Duchamp, el amor y la muerte, incluso, Siruela, Madrid, 1993, p. 56
[2] Ramirez, J. A., op. cit., p. 56
[3] Cabanne, Pierre, Conversaciones con Marcel Duchamp, Anagrama, Barcelona, 1972, p. 62
[4] Wolfe, Tom, La palabra pintada, Anagrama (1º edición 1976 - 2º edición 1982), Barcelona, p. 135
[5] Cabanne, Pierre, op. cit., p.144
[6] Barthes, Roland,citado por José María Valverde en su Breve historia y antología de la estética, Ariel, Barcelona, 1990, p. 250
ocurrencio

Me consideraba un bicho raro porque me resultaba más fácil entender el Tao que el Tae pero, gracias a la crisis, veo que le puede pasar a cualquiera.
San Preciso

Considera, alma cándida, que te tienes que morir, que desde el instante mismo de tu nacimiento emprendiste el camino hacia la muerte y advierte que, algunos de quienes te precedieron en tan riguroso trance, supo hacer de la necesidad virtud quedando en la memoria de los hombres por el mero hecho de sucumbir a esta ley inexorable. Así, por ejemplo, nuestro nunca bien ponderado Juan de Lanuza. Así el santo a cuya advocación nos acogemos hoy que alcanzó, junto a la inmortalidad, la gloria de los altares sin otros méritos conocidos. Matando, podríamos decir, dos pájaros de un tiro. (O tres, si le contamos a él).
Este trabajito figuraba en el libro "Santos sin devoción" editado por el Foro de Diseño.
ocurrencio

La lectura de Baudrillard y ciertas noticias de actualidad en aquel momento, me llevaron a escribir esto, hace ya unos años:
La capacidad de simulacro de la anti-ciencia puede vencer en capacidad simuladora a la propia ciencia. Pese al dictamen de los científicos sobre la falsedad de la Sábana Santa de Turín, la reliquia se sigue adorando como verdadera. No sólo eso. Si la ciencia dictamina que la reliquia es falsa, se cuestiona a la propia ciencia otorgando poderes sobrenaturales a la reliquia: Quién la visite en determinadas fechas será perdonado del “pecado de aborto” por simple decisión del obispo de la ciudad que la custodia. Al mismo tiempo, la Iglesia no se pronuncia sobre la autenticidad o no del Sudario. Esa posibilidad de que un objeto falso, un simulacro, ostente poderes sobrenaturales con plena conciencia del juego y el artificio, excede todo cuanto pueda hacer el arte en el mismo sentido.
ocurrencio

Los herederos de las vanguardias sustituyen los signos de interjección que erizaban los viejos manifiestos, por signos de interrogación.
La obra es de Frank Stella.
"Chinoiseries"

Quizás recuerden (porque es la página más visitada) que ilustré "Churretes y viejos" con una pintura de Zhu Da. ¿A qué fin?
Bueno. El artículo hablaba de la libertad que alcanzan algunos viejos pintores. Un día leí, quizás a George Rowley, que los pintores informalistas se reclaman herederos de los pintores chinos tradicionales cuando lo que hacen es todo lo contrario: Los informalistas basan su trabajo en la gestualidad pulsional inconsciente mientras que los chinos pintaban con la espontaneidad surgida de una rigurosa disciplina. Los chinos controlan y los expresionistas se descontrolan.
Como dijo Pepe Bofarull hablando de Tápies con Vicente Villarrocha: "Sí, pero, de la misma misma China, no es".
Ahora que ando liado con mis propias chinoiseries, lo tengo muy presente.
El grabado es de Tápies.
Presentador de libros

Entre mis variadas actividades, a veces me ha tocado presentar libros o cosas así. Recuerdo que mi primera presentación fue con el gran Daniel Gil, el diseñador de las cubiertas de Alianza. Me dio un ataque de timidez e hice el ridículo más espantoso. De fracaso en fracaso llegué a ponerme de moda como presentador durante dos temporadas. La moda siempre es efímera pero creo que algo contribuí con mi particular sentido del humor.
Una vez, por ejemplo y porque no sé decir que no, presenté un librito infantil titulado “A soñar con los angelitos”, editado por La batidora de Ideas. El público no era el habitual en estos casos. Era la clase de público que esperarías encontrarte en un retiro del Opus Dei. Al empezar a leer, me sentía como Guillermo Brown en el cumpleaños de Humbertito Lane. Al acabar, mucho peor. Perpetrado el chandrío, puse pies en polvorosa con la dignidad de un proscrito.
El texto decía así:
A soñar con los angelitos es un buen libro para niños.
Casi no tendría nada más que añadir si no fuera por el subtítulo: Cuento para aprender a dormir.
¡No señor! Aquí Miguel Ángel se equivoca. O nos quiere despistar.
Los cuentos infantiles siempre son cuentos para NO dormir. Este es un buen cuento infantil porque es un cuento para no dormir como voy a demostrar ahora mismo.
Dice: Si los niños se duermen pronto… Esto ya te pone en guardia. O sea, a ningún niño le gusta dormirse pronto. Aquí ya hay un chantaje o algo. De momento, hay que estar muy despierto para ver que pasa.
Sigue: Vienen los angelitos y se los llevan. Ya está. Vienen los angelitos y se los llevan. Dios mío. Yo pasé mi infancia aterrorizado por mi ángel de la guarda. Me daba mucho miedo que alguien me siguiese. Si, además, era invisible, ni te cuento. Si era invisible, podía ser tres cosas: un fantasma, un ángel o un demonio. Decían que los fantasmas no existen pero los ángeles y los diablos, sí. Los diablos podían acercarse de vez en cuando para tentarte con polos de fresa o ganas de hacer pirola. Pero el ángel de la guarda estaba siempre detrás de ti. No había duda. Las mismas personas que te decían que los fantasmas no existen, te aseguraban que te seguía continuamente el ángel de la guarda: tu abuela, tu madre, tu monja… Había una lámina muy famosa que quizás recuerden. Un ángel de la guarda perseguía a su niño con tal determinación que el pobre corría a arrojarse por un precipicio. Parecía un invitación al suicidio infantil.
Está bien, pues “…vienen los angelitos y se los llevan”.
Pero, ojo, se los llevan volando a las nubes. Esto, para los niños que tenemos vértigo es fascinante. O sea, no se los llevan a una torre muy alta o a una montaña o a algo en lo que por lo menos puedan tener los pies apoyados en algo sólido, no: se los llevan a las nubes.
Y en las nubes, los angelitos les enseñan a saltar. Encima. Pegando saltos encima de las nubes. La lámina del precipicio es un juego de niños comparada con esto. Saltando en las nubes… ¿A qué fin? Es como cuando en las películas de terror, la protagonista sale de su cuarto a ver que pasa y baja hasta el sótano que no tiene otra salida que la trampilla que…
A ver, que me pierdo.
Y saltan tanto, que de las nubes caen gotas. Bueno, vale. Entonces, un poco más abajo, Miguel Ángel añade: Y eso es la lluvia. Ya. Y nos lo vamos a creer. Ese truco también me lo conozco. Sueñas que estás saltando encima de una nube y que llueve y lo que pasa es que te estás meando en la cama. Con el miedo que está pasando, ¿qué otra cosa puede hacer la criaturica?
Cuando llueve crecen los árboles. No sean mal pensados. Esta vez los árboles son los árboles. Lo que pasa es que cuando andas metido en estas aventuras y te pierdes por la noche en un bosque, los árboles tienen caras en el tronco, como los monstruos que descubrían los viajeros de la Edad Media, y las ramas son brazos que te quieren agarrar.
Y crece, crece y crece la hierba. Ver crecer la hierba presupone un estado de conciencia fuera de lo normal. No nos vamos a detener en esto para no liarnos. En fin, Alicia en el País de las Maravillas sabía algo al respecto.
Y la hierba se la comen las vacas. Por fin nos encontramos con un animal simpático y entrañable que parece anunciar un final feliz. Menos mal.
Pero, en la página siguiente, dice: …que se ponen muy gordas. Y pasamos página y remacha: Tan gordas, tan gordas que ya no caben en este cuento. Otra vez Alicia, otra vez esos estados alterados de conciencia. La vaca, además, tiene un aspecto de colcha que tira de espaldas. Recuerdo perfectamente mis noches infantiles con 39 de fiebre, cuando los dibujos de la colcha y la colcha entera crecían y crecían hasta hundirme en el colchón de lana y después menguaban hasta que casi no se veían y volvían a crecer y volvían a menguar… Parece muy bonito pero era terrorífico.
La vaca nos ha llevado a otro aspecto del libro que es muy interesante. El uso de textiles en las ilustraciones. Que la vaca sea una colcha y los angelitos estén bordados en la almohada refuerza la potencia de la pesadilla. Aunque el niño se despierte, seguirá inmerso en ella. Es una idea diabólica. Todo un hallazgo. Yo creo que este libro, al que auguro un gran éxito, se vendería mucho mejor acompañado de un juego de cama como el que le hizo a Daniel su abuelita, con tanto cariño. Es una idea que aporto desinteresadamente a la Batidora.
Bien, quizás haya exagerado un poco en mi propósito de defender la tesis de que este es un libro para no dormir, al contrario de lo que indica su subtítulo. Pero tengo pruebas que avalan mi teoría. Mi nieta no se ha dormida nunca con él. Se pasa horas y horas hojeándolo en busca de la vaca y no se duerme. También es verdad que no se duerme ni con este libro ni con nada.
ocurrencio

A los 16 años descubrí las películas japonesas en los cines de arte y ensayo. Un día, fascinado por aquella estética, llegué a casa y les dije a mis padres: “De mayor quiero ser japonés”. No me hicieron ni caso.
Ayer me vi en los espejos de la clase de Tai Chi y pensé: “Aún puede que lo consiga”.
HABLAR POR NO CALLAR

El siguiente texto lo preparé para un congreso o encuentro sobre Historia de la Ciencia que se celebró en la Universidad de Verano de Jaca. Yo iba como divulgador. Los congresistas se rieron mucho con mi intervención pero se negaron a incluirla en las Actas correspondientes. Dice así:
Si de vez en cuando hiciera caso al sensato y conocido consejo de Wittgenstein y no hablase de lo que desconozco, otro gallo callaría.
¿Qué hago yo hablando de Cajal? De Cajal o de cualquier otro tema, si a eso vamos. A nivel filosófico wittgensteriano, debería desaparecer de las páginas de opinión, ya. Me pierde que no sé decir que no.
A/ Sí sé que de joven me enseñaron a dibujar y a pintar. Y los fundamentos del sistema diédrico-ortogonal. Casi todo lo demás lo aprendí por mi cuenta. Así me ha ido. Pasé mi juventud obsesionado por estar a la vanguardia y llegando tarde a todas partes. Al estudio de la semiótica, sin ir más lejos. ¡Qué esfuerzos por descifrar la famosa estructura ausente hasta que empecé a sospechar que sólo era una magnífica colección de perogrulladas! En cualquier caso, yo también soy capaz de sacarle pelos a una calavera. Recuerdo un gráfico que me pareció muy útil para mi trabajo:
A vs. B vs. C vs. D
X vs. Y vs. Z vs. K
(Imagine el amable lector unas flechitas de la A a la X, de la B a la Y, de la C a la Z... No consigo dibujarlas aquí.)
Que, según Eco, quiere decir lo siguiente: "...las líneas horizontales constituyen los ejes semánticos y las correlaciones verticales constituyen parejas connotativas fijas... En el momento en que deseo designar la unidad cultural "A", para sorprender al oyente y obligarle a prestar atención al mensaje, puedo nombrar a /B/ en su lugar, o /K/. Esta sustitución constituye un ejemplo de metáfora."
Tan sencilla explicación hizo que recordara el gráfico ligeramente modificado. Más o menos, así:
A vs. B vs. C vs. D
X vs. Y vs. Z vs. K
(Imagine el amable lector unas flechitas de la A a la X, de la A a la Y, de la A a la Z... Sigo sin poder dibujarlas aquí.)
Y como tengo muy poca capacidad para el pensamiento abstracto, suplí el gráfico por la imagen de un indio motilón en equilibrio inestable sobre un tronco, lanzando su arpón a las procelosas aguas del Amazonas con más intuición que puntería. Digamos que, en mi particular traducción de Eco, /A/ es el indio motilón o el tronco desde el que pesca o las dos cosas a la vez (ya puestos en el salvaje Amazonas, tiremos el rigor académico por la borda); las flechitas del gráfico son sus instrumentos de caza y pesca y las letras del eje semántico inferior, las pirañas. En la elaboración de la bucólica escena he prescindido, por la propia lógica de la composición, de B, C y demás letras que componen el eje semántico superior. A estas alturas, el rigor académico debe de estar ya cerca de la desembocadura del río. Sólo falta saber para qué quiere uno la piraña y confiar en la intuición, la experiencia y la buena suerte.
B/ En otro libro, El orden oculto del arte, el profesor Anton Ehrenzweig sostiene la teoría de que los mitos fundamentales, el de la Diosa Madre y el Hijo autoinmolado, sobre todo, son elaboradas imágenes de los procesos creativos de la mente humana. No me extrañaría nada. Si yo, sin cortarme un pelo, convierto el mecanismo semántico de la metáfora en un indio motilón, del Hijo inmolado y resucitado podemos deducir el carácter maniaco-depresivo de la actividad creadora tan ricamente.
Eso sí, me da que pensar el hecho de que el autor de tan fascinante teoría no aparezca citado por nadie en ninguna parte.
C/ Cuando no hace mucho me interesé por la obra de Cajal, para hacer el librico correspondiente de la colección sobre aragoneses ilustres que llevo entre manos, descubrí con lamentable retraso su Teoría Neurotrópica y sus estudios sobre la degeneración y regeneración del sistema nervioso. Cajal afirma que todos podemos ser ESCULTORES de nuestro cerebro gracias a lo que hoy se denomina plasticidad neural. Me pareció una afirmación tan sorprendente como la teoría sobre los mitos de Ehrenzweig. Descubrí que la capacidad intelectual de nuestro cerebro está más relacionada con las sinapsis que se producen entre neuronas que con el número de éstas que lo componen; que las neuronas son capaces de desarrollar nuevas dendritas en determinadas circunstancias, lo que incrementa la posibilidad de que se produzcan más sinapsis; que los axones se desarrollan en los embriones a partir de una estructura a la que Cajal denominó "cono de crecimiento" y que explica así: "Desde el punto de vista funcional puede decirse que el cono de crecimiento es una especie de maza o ariete, dotado de una sensibilidad química extraordinaria, y de cierta fuerza de impulso que le permite desviarse o salvar los obstáculos que surgen en su trayecto hasta llegar a su destino". Al leer este párrafo reconocí, entre la maraña neuronal en la que andaba metido, al indio que llevo dentro. Mis imágenes míticas de andar por casa acababan de plasmarse en una realidad neuronal -me parece exagerado decir de carne y hueso-. Había encontrado, pues, una inesperada correspondencia entre las letras del gráfico de Eco, el indio motilón y mis propias neuronas o entre las flechitas del gráfico, las del pescador y los impulsos de axones y dendritas en busca de la sinapsis específica...
No sé si semejantes elucubraciones tienen algún sentido científico, pero a mí me sirven. No me puedo imaginar nada más subjetivo que una sinapsis. Igual me equivoco... En cualquier caso, les remito al título que encabeza estas líneas.
Otra historia real

Esta es la historia que más veces le oí contar a mi padre.
LOURDES
18 de julio de 1936. Los Exploradores de Zaragoza están acampados en Ordesa. El jefe de campamento es un holandés afincado en Zaragoza, directivo de la fábrica de Lejías Conejo, al que todos llaman Señor Tim (de Timmerman).
Tras los primeros momentos de desconcierto, se enteran de que Zaragoza es “zona nacional” y Ordesa, “zona roja”. Las autoridades republicanas deciden retener a todos hasta ver que se hace con ellos. Los milicianos montan guardia para que no se marchen. Desde ese momento, el juego favorito de los acampados consiste en burlar su vigilancia. Algunos proyectan arriesgadas fugas. La mayoría sale a robar patatas por los campos cercanos. Un día vuelve de Torla el Señor Tim: “Yo también colaboro con la causa”, dice sacando un chorizo de Pamplona de su pantalón.
Pasan las semanas, llegan los primeros fríos y la situación empieza a ser insostenible. Gracias a la intervención de la Cruz Roja, viajan de Ordesa a Barcelona. Se alojan en un convento. Durante los días que permanecen en Barcelona se encargan de realizar diversos trabajos. Mi padre, por ejemplo, con 16 años, actúa de portero en una asamblea del POUM: “Compañero, hay que dejar la pistola en esta mesa antes de entrar al salón”. Algunos se rebrincan. Al final tiene sobre la mesa un verdadero arsenal.
Viajan a Marsella en barco. Llegan de noche y se alojan en un hospital. Pasan entre las camas de los enfermos que los miran de forma inquietante. Por la mañana descubren que están en un manicomio. Uno de los internos barre incansable una única baldosa, procurando no salirse.
Los llevan a Lourdes y se alojan en un convento de monjas. Ejercen funciones de camilleros. Llevan a los enfermos a las piscinas y a las procesiones. Ave, ave, ave María….Cuando las monjas no les ven, conducen las camillas y las sillas de ruedas cono patinetes. Algunos enfermos acaban estozolados. Ayudan a entrar a los enfermos en las piscinas de agua bendita. Hay unas bolsas con dos asas para bañar a los peregrinos que no tienen brazos ni piernas.
Empiezan a sentirse vigilados cada vez que salen de paseo. Un buen día, rodean al espía republicano que les sigue con ánimo de escarmentarlo. Pero descubren que su enemigo es una buena persona y deciden dejarse espiar para que el hombre no tenga problemas con sus jefes. A veces bajan a avisarle: “Que hoy no vamos a salir”. Otras veces le engañan.
Llega el crudo invierno y con él las memorables nevadas y las batallas con bolas de nieve. Aprenden francés y se ponen motes que conservan toda la vida: “El Hanchis”, un chico de grandes caderas; “Petitón” (petit homme), otro demasiado bajito…(No sé si aprendieron francés con las francesas porque mi padre era muy reservado en esos asuntos. Sólo hablaba de las monjas).
Por fin, tras nueve meses, acaban las mejores y más largas vacaciones de su vida y vuelven a Zaragoza.
Más tarde se enteran de que han sido canjeados por una compañía de revistas ,“Las naranjas de la China”, que había visto interrumpida su gira en Zaragoza, precisamente. Al parecer, la primera vedette de la compañía era amante de un conseller de la Generalitat.
Algunos antiguos exploradores dan con ella en los 80 o los 90 y se desplazan a Madrid para conocerla. Ella les recibe abrazándoles emocionada: “¡Hijos míos!”.
Una historia real

Celedonio Cañas era un buen alfarero. Sus botijos eran famosos en toda la comarca.
Celedonio tenía una hija, la Marisica, una niña tan delgada tan delgada que parecía de mentiras. Tan delgada tan delgada era la Marisica que un día se murió.
Le pusieron el vestido de primera comunión, aunque le venía un poco corto y se le veían las garrillas, y todas sus amiguitas fueron a verla con un poco de miedo y un poco de envidia.
Tras el entierro, Celedonio, sólo y triste, siguió haciendo botijos para toda la comarca.
Un día le pareció ver a la Marisica por el pasillo de su casa. El pobre Celedonio pasó una noche fatal, con una pena muy grande en la boca del estómago, soñando con su hija. Al levantarse por la mañana, se la encontró revoloteando sobre la balsa de agua como una libélula a cámara lenta. “¡Hija mía!’, dijo Celedonio.
La Marisica no dijo nada pero, en una de las vueltas, le alargó un papelito y, a la vuelta siguiente, empezó a esfumarse hasta que desapareció.
Celedonio, emocionado, se limpiaba los mocos con el papel de Marisica.
Cuando se serenó un poco, vio que el papel estaba lleno de letras y números que no comprendía. Decidió visitar al maestro. El maestro miró el papel detenidamente, con un poco de aprensión, y dijo: “Esto debe ser una fórmula”. Le pidió a Celedonio que se lo dejara y a los dos días se presentó en el alfar anunciando: “Su hija de usted le ha proporcionado la fórmula de una piedra esméril que revolucionará el mercado”. Celedonio exclamó:”¡Hija mía de mi vida y de mi corazón!” “Necesitaremos dinero”, dijo el maestro. Celedonio se sobresaltó: “¡¿Dinero?!” “¡Dinero, dinero, alma de cántaro!”, respondió el maestro como si estuviese en clase.
Celedonio, aconsejado por el maestro y por un vecino, hipotecó el alfar y se entrampó hasta las cejas.
El maestro, además de pedir un crédito, pidió la excedencia.
Tras muchos trabajos, esfuerzos y sacrificios consiguieron fabricar la piedra esméril. “La llamaremos FERRISA”, dijo el maestro. “¡La piedra FERRISA!”, exclamaba embobado Celedonio.
Fue un fracaso.
El maestro volvió a sus clases y Celedonio, que amortizando deudas se había quedado en la calle, acabó trabajando como celador en el Hospital Provincial de Zaragoza.
ocurrencio

Hace falta cara para hacer un retrato.
Este era el retrato del fotógrafo. Se llamaba Jalón Ángel. Bueno, ese es el nombre que se puso para hacer retratos. En realidad se llamaba García.
Churretes y viejos

Mi amigo Pepe Cerdá y yo coincidimos a veces en algunas críticas desde posiciones completamente distintas. Uno de los últimos artículos de su blog me da pie para coincidir, matizar y discrepar de sus irónicos comentarios. No sabe él cómo se lo agradezco.
El artículo se desarrolla a partir de la famosa cúpula de Barceló. ¿Qué decir sin haberla visto? Que una estalactita como Dios manda, tarda miles de años en formarse. ¿Qué se puede hacer en un año? Churretes. La imitación servil de la realidad confirma que las comparaciones son odiosas.
Para Pepe, todo empezó con Pollock y puede que tenga razón. Tampoco Pollock es santo de mi devoción. Su pintura me parece un tanto impostada. Creo que quiso hacer, por otros medios (u ocurrencias, que diría Pepe), lo mismo que había hecho Monet después de pintarse un kilometraje de nenúfares. Lo que no creo es que Pollock fuera el origen del “vale salirse del dibujo”. El responsable fue el viejo Tiziano. Y el Greco, el que impostó sus hallazgos.
La verdadera tradición es la de los viejos “salidos”: Tiziano, Rembrandt, Goya, Monet, Picasso… pintores que vivieron lo suficiente para alcanzar la clarividencia. Se puede argumentar que esa pretendida clarividencia era fruto de sus achaques: vista cansada, pulso tembloroso, demencia senil…
Aquí, señoras y señores, voy a dar un salto mortal por sentirme incapaz de argumentar racionalmente lo que sigue. ¿Y si todo esto tiene algo que ver con lo que leo en la contraportada de La Vanguardia del día 12?
“… cuando en la física cuántica investigas la naturaleza de una partícula elemental, como un electrón, no la encuentras, está vacía. Es decir, que el electrón sólo existe en relación con el sistema de medición y el observador, no es posible observar un sistema sin perturbarlo”.
¿Habrá que perder los sentidos para encontrar el sentido? Continuará.
La pintura es de Zhu Da (1626-1705)
ocurrencio

El arte actual vuelve al museo simulando inconformismo y radicalidad y el museo hace la vista gorda. El museo, que tenía vocación de eternidad, intenta ponerse al día. Nada es lo que era.
La imagen es de Jacques Villeglé.
A todo hay quien gana

En Zaragoza estamos muy orgullosos de que San Lamberto, tras ser decapitado en las afueras de la ciudad, recogiera su cabeza del suelo y se volviera andando con ella bajo el brazo.
Pero leo en "Iconografía de los Santos aragoneses I", de Wilfredo Rincón y Alfredo Romero, editado por Librería General, que San Félix y Santa Régula fueron decapitados, "tomaron en las manos sus cabezas y fueron a lavarlas a una balsa junto a la fuente de Torrijo y desde allí prosiguieron su camino, guiados por una vaquilla, hasta el vecino monte que servía de límite con Vijuesca, donde, tras ser sepultados, se construyó una ermita para su veneración. Sus cabezas se guardaron en urnas de plata."
Y más: San Frontonio, uno de los innumerables mártires de Zaragoza, también fue decapitado y su cabeza "subió corriente arriba las aguas de los ríos Ebro y Jalón hasta llegar al puente de Épila, y fue recogida por los sacerdotes de la villa, que la guardaron en un relicario de plata".
¿Es, pues, una costumbre aragonesa o se ha practicado en otros lugares?
Que tales cabezas se conformen con una simple urna de plata tras mostrar tanta determinación para decir la última palabra sobre su destino final, dice mucho del genuino carácter aragonés. Si es que existe semejante cosa.
Niños

Había un niño que siempre tenía que cargar con su primo pequeño. Encima, un día, tuvo que aguantar que su primo pequeño le dijera: ¡Chorrón, más que chorrón, que quieres ser el jefe!
Había un niño que se llamaba Abao. Cuando Gotzilla entraba en clase, todos los niños saludaban diciendo Abaoabaoabaoabao…, hasta que Gotzilla se cabreaba como un mono.
El niño Abao aborrecía este juego.
Aquel niño, cuando estaban en corro recitando la lección, mostraba a escondidas las yemas sangrantes de sus dedos.
Sus compañeros, horrorizados, contemplaban los cortes que se había hecho con una cuchilla de afeitar y le recomendaban acudir al botiquín.
- Ya se curarán solas, que son mayorcicas, respondía riéndose por lo bajinis con la suficiencia histérica que le caracterizaba.
El niño poeta, cuando el profesor se iba de clase, escribía en la pizarra sorprendentes versos sobre los búcaros de hiel que nos reserva el aciago destino.
El niño poeta gustaba de correr como un loco por los pasillos y estamparse contra la pared.
Aseguraba muy serio que estaba enamorado de una cabra vieja.
El niño justiciero mandaba anónimos a sus vecinos advirtiéndoles de que vigilaba su sospechoso comportamiento.
Escribía los mensajes en una cartulina con letra gótica, firmaba con una mano negra y quemaba los bordes para que pareciese pergamino antiguo.
Su padre era hincha del Arenas, club de fútbol. Los domingos que perdía su equipo, tapaba con un paño morado el escudo que presidía el comedor y no hablaba con nadie hasta el martes o el miércoles.
El niño mago se pasaba el día haciendo juegos de manos con sus barajas. Su padre trabajaba en el Casino Mercantil. El niño mago no podía extender el brazo izquierdo y lo llevaba siempre doblado. Esa circunstancia parece que hacía más meritoria su habilidad.
Había un niño que regalaba muy afectuoso las virutas que producía su sacaminas y se empeñaba en que los otros niños se las guardasen en el plumier. Nunca se supo si era un niño tonto o un cabroncete.
Era un niño tan pobre tan pobre que sus padres lo mandaron al campamento de verano con el traje de los domingos.
El niño prodigio tenía que cantar en todas las fiestas a las que estaba invitado, el muy imbécil.
Parecía un niño normal, hasta que un cura lo humilló en clase revelando a sus compañeros que usaba gafas sin necesidad, por pura coquetería.
Otro niño que parecía muy normal se metió cura. No tuvo lo que hay que tener para despedirse en persona de sus amigos y les mandó una carta que sólo consiguió emocionar a sus señoras madres.
El niño forofo, al acabar un tormentoso partido, le pegó con un palo al árbitro en la cabeza y el árbitro intentó matarlo. El niño se meó en los pantalones y no volvió a ser forofo de nada.
Era un niño raro. En su casa había una habitación llena de vitrinas. En cada vitrina se exhibía, a modo de belén, una escena completa de geypermanes con todo lujo de detalles; un safari, un campamento indio, una batalla de la II Guerra Mundial…
Sólo se podía mirar.
El jefe de la banda de los niños veraneantes preparaba los enfrentamientos con la banda de los niños del pueblo, haciéndoles formar: ¡A cubrirse!, gritaba como un militarote.
Y en perfecta formación esperaban a los niños del pueblo que no venían nunca.
Otro niño era hijo del diminuto profesor de gimnasia, que era militar y se llamaba Abundio. Aquel niño, pese a todo, no daba ninguna pena.
Había un niño muy mimado que se murió.
Los niños del colegio rodeaban a la anciana sentada en el suelo de la plaza y le insultaban a voz en grito. La anciana señora se hacía la sorda hasta que, de pronto, se cogía una flema con los dedos y la lanzaba como una centella contra ellos. La leyenda cuenta que siempre acertaba en algún ojo.
Un pobre niño vivía con su tío cura. Un día, el pobre niño fue acusado de robarle unas pesetas y los curas del colegio le pegaron una paliza en plan corporativo.
El niño cojo tenía las piernas retorcidas y caminaba apoyado en dos gayatas de madera. Como no podía jugar en el recreo, el pobre se sentaba junto a la pared y se entretenía derribando con los bastones a los niños que pasaban ante él.
Un curso coincidieron dos niños que no podían salir al recreo por motivos de salud. Solos en clase, ideaban todo tipo de torturas para sus profesores.
Una niña muy pequeña dijo un día: “Os voy a contar un cuento. Esto era una Virgen muy presumida y de plexiglás”.
ocurrencio

En estos tiempos, las provocaciones en el arte son como los trampantojos: Admira la capacidad del artista para crear una ilusión que, en realidad, no engaña a nadie.
Exiliadico I

Si es cierto, como dijo el otro, que la patria del hombre es su infancia, yo soy un exiliado sin haberme movido de la ciudad.
–“¡Mira éste, como todos!”, apostilla el agudo lector.
Cierto, cierto, pero algunos, al menos, conservan el escenario de sus juegos, el territorio patrio, las señas de identidad, algo... No es mi caso.
Fui un niño que vivía en una casa modernista, con bazar de juguetes y todo, que derribaron en cuanto me hice mayor.
Estudié en el colegio de la Consolación y en el de los Hermanos Maristas. Los curas y las monjas vendieron sus respectivos edificios. Ahora son oficinas. El arzobispo vendió o regaló al Opus la iglesia de nuestra parroquia, derribó la de San Juan y San Pedro, cuya torre mudéjar se asomaba a la ventana de mi clase, y cerró La Seo.
Pues que sus puertas me cierra, de mis pasos en la Tierra, responda el clero, no yo.
Fui un niño que jugaba en los jardines de la Plaza del Pilar y paseaba el andén central del Paseo Independencia. Que se bañaba en los tres ríos, siguiendo las doctrinas de Heráclito, que hacía excursiones al soto de Doña Sancha, justo por donde pasa la autopista de Barcelona, y a los pinares de Valdegurriana, justo por donde pasa el cuarto cinturón.
Hasta hace poco pensaba que siempre me quedaría el laberinto de las Canteras por estar ubicado en el desierto. Volvía a equivocarme: ahora es un “vertedero controlado” y ha desaparecido bajo la enrona.
Ha desaparecido también el estudio de Rabadán, donde aprendí a pintar, y a punto está de correr la misma suerte el que compartí con mi padre durante muchos años.
No soy un paranoico. Sé que los responsables de tanto progreso no tenían nada contra mí. Estaban, simplemente, ganando dinero.
–“¿Para qué querrían tanto?”
–“Pues para ponerse dos colmillos de elefante en la entrada de su dormitorio, oiga”.
Varios años después de escribir esto, sigo sumando: Ha desaparecido Ranillas, donde guisé mi primera paella; ha desaparecido el Náutico, donde fui remero de los 16 a los 21 años; la Escuela de Artes, en la que fui alumno durante 5 años y profesor otros 18, está en avanzado estado de descomposición...
(continuará)
Exiliadico II

No sé si recuerdan: la semana pasada me quedé viendo los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados por la política especulativa de nuestros próceres. Me habían dejado la ciudad pelada de referencias infantiles.
Bien, pues como por razones familiares no podía irme de la escombrera zaragozana, pensé salvarme del derribo alejándome lo más posible de aquellas ruinas, no fuera a caer algún cascote y tuviéramos un disgusto. Pegué un corte de mangas al pasado y me encaré arrogante al futuro.
Con la ingenuidad que caracterizaba a los jóvenes de antaño, decidí dedicarme a la práctica del arte moderno en lugar de comprar terrenos en Valdespartera. Y como, si te pones, te pones, me subí al tren de las Vanguardias. Al cabo de cierto tiempo me di cuenta de que era como el tren de la bruja: te molían a escobazos y dabas vueltas y vueltas sin llegar a ninguna parte. Yo estaba entusiasmado. Al fin y al cabo, era mi nueva patria.
De la que me tuve que apear porque me mareaba. Se me iba la cabeza. Y es que, en un plisplas, había experimentado con la nueva figuración, el neodadaísmo, el povera, el pop, el op, el surport-surface, el happening, el environement, el agit-prop el mail-art y el land art. Y con lo lúdico, lo lírico, lo crítico, lo críptico, lo político, lo místico, lo esquizofrénico y lo semiótico.
Mi nueva patria era demasiado rápida para un chico de provincias como yo. En fin...
Una vez en tierra de nadie, me dijeron, quizás por consolarme, que aquel enloquecido carrusel, que cada vez giraba más deprisa, era sólo un sucedáneo; que las auténticas Vanguardias habían sido derribadas, hacía muchos años, por la especulación. Vete tú a saber.
Ahora trabajo y vivo en territorios fronterizos. La sencilla pregunta “¿Profesión?” me pone en un brete. Y sólo me separa del cementerio el tercer cinturón.
(Ya no. Esto lo escribí hace un tiempo.)
ocurrencio

Ventajas del arte conceptual: Pensar mancha menos que pintar.
ocurrencias
He llegado a una edad en la que puedo permitirme no pintar lo que me da la gana.
ocurrencias

La prueba de que el arte es fiel reflejo de la sociedad que lo produce es que, cuando el arte se ríe de sí mismo, el espectador piensa que se está riendo de él.
Praxis

¿Para qué escribí esto?
¡Ah, sí...! Para uno de los Congresos sobre Literatura infantil y juvenil que organiza Rosa Tabernero en Huesca.
En estas breves líneas intentaré cercar la praxis teóricamente desde distintos puntos de vista, de un modo similar al que utiliza Adorno para cercar al Arte en su Teoría estética, si se me permite la pedantería. Me pasa con ciertos libros como a otros con Ava Gadner: que se la leían de cabo a rabo para poder contarlo.
1/ Yo soy pintor. Me formé para serlo. También sé que no he aportado nada sustancial a la pintura, no soy idiota. Cierto crítico alemán acuñó la definición de “pintor suficientemente bueno” para los pintores con interés que no hacen aportaciones decisivas. Ni a eso llego. Pero me considero un pintor aceptable. Estimación tan subjetiva, sin embargo, no ha sido corroborada por el interés de ningún crítico ilustre ni el de ninguna galería solvente. Tal desinterés, da que pensar. Sobre todo, en una forma alternativa de ganarse la vida.
2/ Elegí malos tiempos para hacerme pintor. Recientemente visité la exposición Kalos-Atenas en el Palacio de Sástago de Zaragoza y se confirmaron mis peores aprensiones sobre la época en que me tocó ser joven promesa. Confundíamos todo: la modernidad con el amaneramiento, la libertad con la teoría, el tocino con la velocidad… Qué desastre. Semejantes despropósitos, ahora, dan mucho que pensar.
3/ ¿Qué pasó? Nos hablaron de la muerte del arte pero no les creímos, teníamos veinte años, éramos eternos. Algo más tarde, algunos filósofos matizaron un poco: el arte no acababa de morirse pero se hacía soluble. La pintura, ni te cuento. Vattimo lo advirtió enumerando incluso los conceptos en los que se disuelve: utopía, kitsch y silencio. Semejante lista da tanto que pensar que escribí una tesis doctoral sobre ella.
4/ Siempre he asumido y reivindicado mi carácter esquizoide por partida doble: como artista y como aragonés. En el primer caso, hay numerosos estudios sobre el tema. El más interesante, a mi modo de ver, el de Anton Erhenzweizg, autor que nunca he visto citado en ninguna parte, lo cual también da que pensar. Así mismo, da que pensar el hecho de que los estudiosos estén abandonando el modelo de artista esquizoide por el de artista autista. En este caso, que piensen ellos. No pienso tirar por la borda la elaboración teórica de toda una vida por semejante tontería.
5/ En cuanto al esquizoidismo aragonés, también existe algún trabajo al respecto y yo mismo he perpetrado un librito que espero poder publicar algún día. Para el antropólogo Ortiz-Osés, por ejemplo, el aragonés es como una construcción mudéjar hecha de piedra y ladrillo, de dureza y fragilidad. No hay como repasar las vidas y las obras de nuestros genios más ilustres para darse cuenta de qué razón tiene. Incluso Marianico el corto participa de esa dualidad.
6/ Mi esquizoidismo de pintor aragonés se exacerba ante la disolución de la pintura. Por lo visto, según Dorfless, es porque sigue existiendo un impulso genético que nos impele a pintar con la misma fuerza que cuando empezamos a hacerlo en las cuevas de Altamira o en las páginas de los libros de texto. El problema es, ¿qué pintar cuando todo ha sido pintado?
Qué agobio, ¿no?
7/ De perdidos, al río, al río de la historia del arte, para qué te vas a andar con tonterías. Si ya no puedo ser original, quiero pintar, al mismo tiempo, como un pintor de El Fayum y un calígrafo chino, como un miniaturista medieval y Piero de la Francesca, como Tiziano y Velázquez, como Rembrandt y Vermeer, como Goya e Ingres, como Cèzanne y Van Gogh, como Picasso y Matisse, como Rothko y Jasper Jones, como Anton-i Tápies…
8/ En los estertores de las últimas vanguardias, creí que la única posibilidad de cumplir mi sueño era trabajar en la ilustración. No me había enterado aún de que existía la posmodernidad.
En algún momento, la ilustración fue el paraíso del pastiche o así me lo pareció a mí. Hace tiempo, escribí algo sobre este tema en un catálogo para nuestra amiga Ana.
9/ Coincidió que en ese momento preciso fui padre. Lo cual da que pensar que te cagas. De ahí mi relación con la literatura infantil y juvenil. Además de aprender de todos los pintores que he citado antes, aprendí de mis hijos.
10/ Con el tiempo encontré la manera más adecuada de combinar todos estos elementos: Una colección de biografías de aragoneses más o menos heterodoxos, más o menos heterodoxa. La colección me ha permitido parodiar todos los géneros y todos los estilos. Y lo que te rondaré, morena.
11/ Aunque últimamente creo percibir que la pintura ya no puede refugiarse en la ilustración, mucho más influida ahora por los hallazgos del diseño gráfico o mucho más autónoma gracias a su propio desarrollo y al desarrollo informático. Lo cual me está dando que pensar…
Memento mori

He encontrado esto buscando en Google.
Portrait of Groucho Marx by Richard Avedon - Exhibition of Richard Avedon
Louisiana Museum of Moderm Art - Copenhague - Denmark.
Ramon y Cajal, a spanish scientist, said that the oldness depersonalizes to you, because it does not have nothing else similar to a skull that another skull.
[Memento Mori]
JULIUS
Escribí este texto para esta foto y para una exposición.Tras leer el título de esta fotografía, lo primero que se ve es lo que falta.
Inmediatamente reconstruimos la escena: “Mister Marx, por favor, ¿puede quitarse las gafas?” Y mister Marx, junto con las gafas, se quita las cejas, la nariz y el bigote, como si se quitara el artículo de broma que todos nos hemos probado alguna vez; el mismo que utilizaban los padres de Woddy Allen, en "Toma el dinero y corre", para preservar su identidad ante las cámaras. La eficacia del disfraz ya había quedado probada en "Sopa de ganso", con Chico y Harpo convertidos en las imágenes especulares de Groucho.
La fotografía de Avedon nos revela que, tras el disfraz, se escondía, también, el propio Julius.
Decía Cajal que la vejez te despersonaliza, porque no hay nada más parecido a una calavera que otra calavera. Efectivamente: este retrato se parece más a la fotografía de la Calavera (1943) de Picasso que a Groucho Marx. Las (los) dos rebosantes de vitalidad pero sin mirada. Junto a las gafas, las cejas, la nariz y el bigote, Groucho se ha despojado de la mirada cómplice dirigida como un rayo hacia la cámara. Nos ha dejado solos. Qué solos nos quedamos los muertos…
Esta fotografía es, al fin, una "vanitas". Para ser un emblema barroco, debería ostentar el título, blanco sobre negro, de aquella sección de La Codorniz: “Tiemble después de haber reído”.
logotipos

Esta es la contraportada del libro de las Sitiadas.
Y a continuación, un artículo que escribí para la revista Trébede.
CENSOR DE LOGOTIPOS
Antiguamente, hace treinta años quiero decir, los logotipos se llamaban marcas. Las marcas solían ser comerciales: Netol, Fósforo Ferrero, Lejía Conejo… Las instituciones tenían escudos. Con la llegada de la democracia, cambiaron los escudos por logotipos.
Es muy difícil diseñar un buen logotipo. Basta con ver lo que hay por ahí.
Para hacer un buen logotipo se requieren grandes dosis de creatividad. Lo malo es que el resultado no tiene el empaque que pueda tener un retrato, por poner un ejemplo. Es muy difícil explicar que los valores plásticos de un buen logotipo pueden ser muy superiores a los de un mal retrato, al margen del parecido, claro. Es difícil de explicar, sobre todo, a quienes siguen pensando que el tamaño importa. Sin embargo, hay políticos que lo acaban entendiendo.
En cualquier caso, un buen logotipo vale lo que cuesta. Un dineral. También están muy bien pagados los plagios, pero sólo si proceden de estudios importantes. Esa es otra historia que complica todo un poco más.
Picasso podía pintar un cuadro multimillonario en un plis-plas, porque los artistas del siglo XX consiguieron convencer a sus clientes de que valorar sus obras por el tiempo invertido en la ejecución, era un criterio mercantil reñido con el arte. Pero el diseñador, cuyo producto es mercantil, debe demostrar que se ha dejado las pestañas en su diseño por muy minimalista que este sea. Para subsanar el posible escepticismo ante su trabajo y justificar su precio, el diseñador de logotipos redacta un libraco de normas de empleo, exhaustivo hasta la náusea. Aparentemente. Después resulta que dan más problemas que soluciones pero esa, así mismo, es otra historia.
Las instituciones que han aflojado la mosca, tienden a creer que sólo cumpliendo estrictamente las normas del dichoso libro justifican el precio que han pagado. De ahí a crear una comisaría que vigile el cumplimiento de la norma, no hay más que un paso. Y lo dan. Nace así lo que Boisset denomina CENSOR DE LOGOTIPOS, un cargo de confianza que se erige en intérprete privilegiado y canónico del libro de uso e impone su férrea disciplina a diestro y siniestro. Se trata de una profesión, como el mismo Boisset advierte, con mucho futuro, dado el carácter obsesivo de nuestra clase política. No se imaginan ustedes las angustias que llegan a pasar ante la posibilidad de que su logotipo no esté situado a 77 milímetros exactos del margen inferior derecho o que su tamaño no sea el adecuado (más grande) respecto a cualquier otro logotipo. El resto del trabajo les importa un pimiento (siempre que no sea de denominación de origen y tenga logotipo propio, en cuyo caso deberá alinearse con los logotipos de los patrocinadores, diferenciando claramente la línea de logotipos de estos de la línea de logotipos de los organizadores, cómo es lógico).
Así que estos representantes de la modernidad, prescindieron de los escudos por antiguos y han acabado confundiendo el diseño con la heráldica y el protocolo.
Bu-Du (Buñuel y Duchamp)

Me pidieron un artículo para el centenario de Buñuel. Escribí esto. Creo que no les gustó.
APRENDIENDO A SER MODERNO CON BUÑUEL
Los Hermanos Maristas tenían extrañas costumbres pedagógicas. Dividían cada clase en dos grupos: romanos y cartagineses. Cada romano tenía un émulo cartaginés y viceversa. Cada alumno recibía un número determinado de puntos que se perdían o se incrementaban según su comportamiento. Cada 15 días, los alumnos que tenían más puntos que su émulo, eran premiados con una excursión a lo que ahora se llama Parque del Tío Jorge.
Y siempre cruzábamos el Ebro por el Puente de Piedra y no por la pasarela, que era de pago.Así que nunca supe cuántos maristas caben en una pasarela.
Por otra parte, el padre de cierto compañero de los maristas era un wagneriano patológico. En su casa sonaba constantemente la música del teutón y su busto presidía, entre cortinajes de terciopelo rojo y una iluminación histriónica, la entradita del piso. Aquello me parecía muy ridículo pero nos puede servir como banda sonora.
A finales de los 60, liberado ya de la tutela de los maristas, yo andaba corriendo como un gamo detrás de la modernidad. Mi único equipaje para alcanzarla era una total ignorancia sobre ella y una extraña intuición sobre la necesidad de ser absolutamente moderno, consigna que no había oído nunca pero que flotaba en el ambiente.
Corriendo corriendo llegué hasta los cines de arte y ensayo de Barcelona y vi una película mejicana que al principio me recordó a las de Martín Corona que veía en el cine Fuenclara de Zaragoza. Empezábamos bien. Pero vi un cuadro de Cristo tronchándose de risa, un enano enamorado de una puta, un cura rodeado de mujeres histéricas y un charro muy macho con los labios manando sangre tras un beso. Me pregunté desconcertado qué hacía una película como esa en un cine como aquel y pensé que debía de tratarse de alguna curiosidad étnográfica.
Repulsión, de Roman Polansky, que vi en otro cine de arte y ensayo de Barcelona, fue para mí el paradigma de las películas modernas y experimentales. Puede que sea la película más buñuelesca de todas las que Buñuel no ha filmado, pero entonces no podía saberlo. Y, a simple vista (y yo era muy simple), ni Méjico era Londres, ni Marga López era Catherine Deneuve.
Poco a poco fui descubriendo quién era Buñuel, el autor de aquella película tan mejicana como desconcertante que se llamaba Nazarín, y por las diversas lecturas de Triunfo y Fotogramas obtuve un retrato que de algún modo se solapaba con el de Goya.
Poco después, vi en Madrid otra película suya: Ensayo de un crimen o la vida criminal de Archivaldo de la Cruz. Volví a quedarme descolocado. Aquella comedieta no se correspondía en absoluto con las expectativas goyescas que yo me había formado. Ahora me parece una de las obras maestras de Buñuel, pero entonces amorticé mi desconcierto catalogándola entre sus películas alimenticias, de las que ya había oído hablar. De joven se tiene respuesta para todo, aunque sea equivocada.
Por la misma época, en una visita al Museo de Arte Moderno de París, pasé por la sala de Duchamp con el mismo despiste y mayor desconcierto, si cabe, que el producido por Buñuel. Recuerdo que me agarré a la estampa de la Gioconda con bigotes como a un clavo ardiendo, en medio de aquella barahunda de cachivaches incomprensibles. Ready-made, se llamaban.
Algo más tarde, Vicente Pascual Rodrigo me regaló un libro de Octavio Paz titulado Los signos en rotación y otros ensayos, en el que aparecían sendos trabajos sobre Buñuel y Duchamp. Entendí algo de lo que decía Paz sobre el cine filosófico de Buñuel y su relación con Sade, pero no entendí nada de sus elucubraciones sobreLa novia puesta al desnudo por sus solteros, mismamente y su relación con Kali, la Asunción de la Virgen y Mallarmè.
Una vez vi a Buñuel: Estaba sentado en la terraza de la Granja Kelito, un establecimiento entre pijo y ñoño que había en el Paseo de la Independencia, vestido con un “niky” de color verde cocina. Me pareció el colmo de la independencia. Ningún moderno de la ciudad se habría atrevido a tanto.
Entre unas cosas y otras, acabé convencido de que Buñuel era uno de los paladines de la modernidad que yo andaba buscando. Era una suerte contar con el ejemplo de alguien que había empezado a quinientos metros escasos de mi casa y que se reía tan a gusto de los maristas y demás putrefactos.
En un libro, Max Aub entrevistaba a Buñuel y a 45 amigos o conocidos suyos. Cada uno contaba su historia según le había ido pero, para casi todos, incluido el propio Buñuel, el tema de la Fe, de las crisis de Fe, de la pérdida de la Fe, de la propia existencia de la Fe, parecía importantísimo.
Sin embargo, en otro libro de conversaciones, Pierre Cabanne preguntaba a Marcel Duchamp:
“P.C.– ¿Cree usted en Dios?
M.D.– No, en absoluto. ¡No diga eso! Para mí la cuestión no existe.”
De golpe, empecé a sospechar de la modernidad de Buñuel que me pareció algo castiza. Y eso, por ese sentimiento de inferioridad español, a su vez, tan castizo, me parecía un demérito.
Buñuel había demostrado que podía ser el más moderno. En el perro andaluz, sobre todo, pero también en su poesía, o en sus críticas cinematográficas, en las que la expresión de Buster Keaton es modesta como una botella y sus películas, bellas como un cuarto de baño, lo que nos conduce, mira por dónde, al urinario de Duchamp.
No sólo eso. La obra de Buñuel y la de Duchamp están relacionadas por un tema de fondo: el Deseo (o el amor y la muerte, incluso, que diría Juan Antonio Jiménez) y por un mismo talante: Los dos son unos somardas que utilizan la ironía para contar sus obsesiones al respecto y ocultar su exagerado sentido del pudor.
Pero, para Duchamp, el deseo es un problema en sí mismo y para Buñuel, en cambio, el deseo es pecado.
De ahí, quizás, ese casticismo con el que yo adjetivaba su modernidad y que unas veces me parecía bien y otras veces me parecía mal.
En cualquier caso, todas estas consideraciones me hacían dudar seriamente sobre las posibilidades de llegar a ser moderno que yo mismo tenía.
Efectivamente, no llegué a tiempo: Antes de poder alcanzarla, la modernidad se había disuelto en la postmodernidad y ésta, a su vez, en la simple actualidad.
Estando la actualidad completamente fuera de mi alcance, he de confesar que, a estas alturas de la globalización que nos embarga, con quienes me río de verdad, es con don Archivaldo de la Cruz, don Lope, Simeón el estilita o los náufragos de la calle Providencia.
A uno le gustaría que el año Buñuel sirviera para repasar esas y otras cuestiones similares que, pese a todo, parece que siguen teniendo vigencia (no hay más que ver la manera de ser moderno que tiene Almodóvar, por ejemplo), pero no caerá esa breva. La cultura no escapa a la contaminación sentimental que, desde la prensa rosa, infecta al resto del mundo. Parece que lo más importante, en este momento, es saber si Buñuel era un padre cariñoso o si se iba de putas. Pues, vale.
Cuepo de letra
Se queja un lector del cuerpo de letra del blog. Intento corregirlo. De momento, no me deja cambiarlo. Seguiré intentándolo.
Valor terapéutico del humor

Escribí esto para presentar un libro sobre el mismo tema coordinado por Carlos Alemany. Había un prólogo que les evito.
Reflexiones sobre el valor terapéutico del humor.
Precisamente, una de las cosas en las que más insiste el libro que tendría que haberles presentado hoy, es en la necesidad de que el humor, para ser terapéutico, sea “sano”. Dicho así, parece obvio. Pero luego, la detenida lectura del mismo, me ha creado mucha confusión. También me causa mucha confusión la cantidad de Rodríguez que lo firman. Incluso yo soy Rodríguez, Cano Rodríguez. Quizás esté aquí por eso.
El doctor Rodríguez, por ejemplo, hace una minuciosa descripción de la fisiología de la risa y de su beneficioso efecto sobre el organismo. Me pregunto si, a nivel fisiológico, y subrayo lo de fisiológico, reírse de algo políticamente incorrecto es menos sano que reírse con algo políticamente correcto. Veamos un ejemplo:
En una de las cenas más hilarantes que recuerdo haber tenido con mis amigos escritores, nos dedicamos a glosar la isquemia de Marichalar, el pobre, como dijo él de su hijo por parecerse a la madre. Entre otras muchas ocurrencias, cantábamos cancioncillas de María Ostiz, cambiando algunas palabras por la palabra isquemia: “Isquemia es, isquemia es, isquemia es, abrir una ventana en la mañana y respirar…” En fin, tontadas así. Sería el vino, quizás, pero el caso es que nos reímos como locos y que no siento ningún remordimiento. ¿Es patológico? ¿Fue sana tanta risa perversa? Quiero decir, ¿puede ser distinta la transmisión de acetilcolina, dopamina, serotonina y noradrenalina en el caso de la risa sana y en el otro? Por no hablar del aumento de ventilación pulmonar, de la participación de masas musculares o del incremento del ritmo cardiaco.
A nivel psíquico, en cambio, las respuestas pueden ser más sencillas o más complejas, una de dos. Una regla de oro, que señalan los autores del libro, para que el humor sea sano, es la de reírse “con” y no “de”. Pero, aunque todos seamos hijos de Dios, ¿es lo mismo reírse de Bush, como hace Wyoming, que reírse de Tamara, como hace Sardá? Más difícil todavía: ¿no es cierto que si yo me río de Aznar en una viñeta, miles de lectores se ríen “con migo”? Sin embargo, pese a que me ría de, muchos lectores me consideran terapéutico. Me lo ha confirmado incluso algún cardiólogo.
Otra duda. Si como he leído, el humor elemental es el más idóneo para las relaciones terapéuticas, ¿es más sano reírse con los programas de José Luis Moreno que con los de Faemino y Cansado? ¿Es peor reírse con las películas de Buster Keaton que con las de Paco Martínez Soria? Alguien, por cierto, que con su incontenible verborrea, era el aragonés menos somarda que conozco. Cuenta el autor de una de sus obras, que todos los diálogos los convertía en monólogos, de tal forma que él mismo se preguntaba y se respondía y se llevaba todos los aplausos. Vaya guripa.
Pero, toda esta clase de dudas, podríamos decir que son académicas.
Otras, en cambio, me afectan de forma mucho más personal. He descubierto con preocupación que, entre las estructuras de la base del cerebro en las que se generan las emociones, se encuentran las amígdalas. ¡Dios mío!, ¿Soy así porque me las extirparon? ¿O porque me las extirparon de forma traumática? ¡O sea, que aquel carnicero no sólo me destrozó la garganta; el muy canalla hizo polvo mi vida sentimental! ¿Se dan cuenta? Nunca me había sentido tan amputado. ¿Adopto, pues, como he leído en otra parte, el papel de payaso para ganarme su afecto? ¿Mis viñetas, más que un ataque son una defensa? Explíquenselo al delegado del Gobierno, por favor.
He leído, también, que el sentido del humor eleva la cantidad de inmunoglobulina A presente en la saliva. Y, la falta de inmunoglobulina A, ¿reduce el sentido del humor? Porque, nada más nacer, tuve una infección bucal que casi me mata. No lo hizo, evidentemente, pero supongo que me dejaría los niveles de inmunoglobulina A por los suelos. Entonces, ¿cómo he podido dedicarme al humor? ¿O es que me dedicó al humor para desarrollar reservas de inmunoglobulina A? ¿Me lo puede explicar alguien? ¿Hay algún médico en la sala?
Qué confusión. ¿Será que no he leído bien? Quizás. En la página 52, leo: “No se puede analizar y explicar una situación graciosa, su efecto cómico se destruiría”. Me parece que estoy de acuerdo. Pero, en la página 190, se cuenta la historia del maestro Rinzai, que se reía a carcajadas al levantarse y al acostarse sin que se supiera de qué. Y proponen trabajar en pequeños grupos sobre la pregunta; ¿De qué se reía el gran maestro Zen? ¿Qué pasa, que nos vamos a cargar ahora el eco de la risa del maestro Rinzai? ¿En qué quedamos? ¿Hemos olvidado el consejo del humorista Jiménez, Juan Ramón Jiménez? “No la toques ya más, que así es la risa”.
Del valor pedagógico del humor, no me atrevo a hablar, porque soy un desertor de la enseñanza. Pasé casi veinte años dando clases y ni lo he mencionado en el relato de mi vida. Mi sentido del humor no me salvó de la quema del día a día en el aula y a punto estuve de ser carne de terapia. Huí.
Más desazón que tan dolorosos recuerdos, me producen las alusiones artísticas de este libro. Leo en la página 51: La risa reside en el hemisferio derecho. Igual que el arte. Hasta aquí todo bien. Pero luego dice que cuando se destruye dicho centro se origina una abolición del reflejo cómico. Y añade, he creído entender, que de ahí las dificultades de los esquizofrénicos para reconocer los estímulos cómicos. Pero yo he leído a profesores como Leo Navratil o Anton Ehrenzweig, que estudian la íntima correspondencia entre arte y esquizofrenia. Para el primero, artista y esquizofrénico son lo mismo; para el segundo, el artista se salva de la esquizofrenia gracias a su trabajo, precisamente. ¿Cómo es posible que, siendo prácticamente lo mismo, un artista pueda tener tanto sentido del humor como Goya, por ejemplo, y un esquizofrénico no tenga ninguno? Supongo que habrá una explicación que se me escapa por ignorante, pero no puedo dormir dándole vueltas a la cabeza. Sobre todo, al hemisferio derecho.
Y es que, por la parte que me toca, la esquizofrenia es otro de mis temas favoritos. Tengo publicado un libro sobre la educación esquizofrénica que recibimos en los cines de nuestra infancia y llegué a escribir y dibujar otro, titulado: “Breve tratado sobre el esquizoide carácter aragonés, con ejemplos tomados de entre sus hijos más ilustres”, por encargo de Vicente Rubio, secretario de un congreso de psiquiatría que se celebró hace tres o cuatro años en Zaragoza. Como habrán adivinado por el título, el librico era una broma sobre nuestra salud mental y sobre la de nuestro nutrido panteón de ilustres, ilustrados e iluminados. La Junta directiva de la Sociedad Española de Psiquiatría lo consideró irrespetuoso y se negó a editarlo. Una de dos: o mi sentido del humor no es tan terapéutico como suponen mis lectores, o tenemos algún ilustre con el que no se puede bromear. A pesar de que yo no lo incluía en la nómina de esquizoides y de que, por aquellas fechas, ni siquiera era santo.
No fue mi primer choque con los profesionales de la mente. Cuando yo estudiaba Ingreso de bachiller, vino un gabinete de psicólogos, al colegio, para hacernos un test, toda una novedad por aquel entonces. Nos dijeron que dibujásemos un hombre y una mujer. El tema, con nueve años, me parecía bastante soso, así que decidí darle un toque personal. Dibujé un borracho agarrado a una farola, que había visto en el TBO, y una bailarina con tutú que había visto bailando sobre la grupa de un caballo, en una ilustración circense. Muchos años más tarde me enteré de que el hermano director, muy preocupado, llamó a mis padres. Al parecer, los psiquiatras le habían convencido de que si me pedían dibujar un hombre y una mujer, yo dibujaría a mi padre y a mi madre y el hermano director se haría una idea de qué tipo de familia éramos. Menos mal que mi sentido del humor lo había heredado de mis padres y no pasó nada. Ahora me parece que esa combinación absurda del borracho y la bailarina, de humor canalla y estética exquisita, es el mejor autorretrato que me he hecho nunca.
A mí, querido público, el valor terapéutico del humor me parece evidente. El libro de estos señores me ha confirmado científicamente lo que hasta ahora sólo eran intuiciones propias. Pero, dada mi experiencia con algunos gabinetes de psicólogos y con la Sociedad Española de Psiquiatría en general, comprendo que van a tener ustedes mucho trabajo para convencer a ciertos sectores, profesionales o confesionales, del simple enunciado de su título.
A mí me han convencido aunque, como me temía, su lectura me haya sumido en el caos. Ya se habrán dado cuenta. Debo advertirles que la culpa es mía y sólo mía. Del hemisferio derecho de mi cabeza, que no puede parar. Pero bueno, sea como sea, me he jugado ante ustedes mi futuro profesional. Señores, qué momentos. Desde que preparé mi intervención, no paro de hacerme ese tipo de preguntas que te impiden trabajar. Entre otras, claro, la más obvia: ¿Por qué accedí a presentar este libro? ¿Quién me manda a mí meterme en estos líos? Por cierto, ¿qué quieren decir con eso de que el humor cura el estrés? A mí, lo que más estrés me produce es tener que hacer una viñeta diaria. Y una presentación como esta.
Muchas gracias, en todo caso, por haberme aguantado.
Oveja

Veo en el Blog de Tausiet una especie de diccionario de términos ovinos. Intento mandarle esta definición que escribí para un libro de la DPZ pero el sistema no me deja. Lo cuelgo aquí, por si acaso.
OVEJA. (Del lat. ovicula.) f. Femenino* de carnero, mamífero rumiante y doméstico con cuernos arrollados en espiral y pezuña hendida, el muy cabrón.
La oveja es pequeña, peluda, suave: tan blanda por fuera, que se diría toda de algodón, que no lleva huesos… Del lobo con piel de oveja, se diría prácticamente lo mismo. Se ha llegado a decir, incluso, de algún burro, lo que no deja de ser una exageración y una cursilada.
La oveja puede ser blanca, negra o rojiza. La oveja blanca forma manadas numerosísimas. La oveja negra es aquella que, según el diccionario de la lengua española, difiere desfavorablemente de las demás. Como se usa en sentido figurado, la oveja negra puede ser blanca y viceversa. La oveja rojiza, también. De todas formas, se puede reconocer a la oveja negra por su sentido del humor negro. Abunda tan poco que no se sabe de nadie que se haya dormido contando ovejas negras. Tal escasez se debe a que las ovejas numerosísimas tienen la costumbre de fusilar a las negras para poder ejercitarse en el arte de la escultura. (Véase La Oveja negra, de A. Monterroso).
En algunos casos, la oveja blanca es propiedad del pastor. ¿Y la negra? La negra, también.
La oveja renil es la machorra o castrada. No nos extrañaría que la pobre, encima, fuese negra. Aunque la oveja negra se hace notar muchísimo y nadie parece haber oído hablar últimamente de la pobre renil. Incluso el Word me la subraya, con una línea quebrada de color rojo, cada vez que la cito.
La oveja bala. Sobre todo, perdida. Su balido cautiva a las almas sensibles que se esfuerzan por remedarlo con más voluntad que acierto: ¡Beeeeeeeeee! Otros, en cambio, opinan que como mejor está la oveja es callada: “Calladica estás más guapa”, dicen. Hay quién piensa que está mejor con patatas. Para gustos están los colores.
*En su forma irregular; la forma regular podría inducirnos a confusión con aquel Primo, campeón mundial de los pesos pesados.
Desinterés personal

Hace años escribí este artículo que sigue siendo válido.
He de reconocer que cuando el gobierno declara que el fútbol es tema de interés general se queda corto. Aunque a mí no me interese en absoluto. No me interesa el fútbol, qué le vamos a hacer. Ni me interesa ahora ni me ha interesado nunca, aunque muchas veces la presión ambiente me haya obligado a simularlo.
Recuerdo que, de niño, algunos domingos iba a jugar a casa de mi amigo Aparicio. Al atardecer, entraba su padre sin decir una palabra, y cubría con un paño morado el banderín del Arenas que presidía el comedor. Mi amigo me empujaba hasta la escalera y cerraba la puerta con un nudo en la garganta.
Recuerdo que, algunas veces, los Hermanos Maristas nos obligaban a jugar al fútbol en el recreo. Mi participación en los partidos se limitaba a buscar una estratégica posición de defensa cerca de la portería y a departir en animada charla con Peropadre y Heredero. Si la pelota pasaba cerca, intentábamos despejar provocando auténticas crisis de nervios en nuestro propio portero.
Recuerdo que la neurótica retransmisión de Carrusel Deportivo era, para mí, un sonsonete indescifrable.
Recuerdo que algunos compañeros te llamaban marica por coleccionar cromos de “Los Diez Mandamientos”, con Anne Baxter, Yvonne de Carlo y Debra Paget, mientras ellos coleccionaban cromos de futbolistas.
Recuerdo, también, mi entusiasta participación en algunos partidos que organizábamos los boy scouts en pleno monte, todos contra todos, sin reglas, ni campo, ni porterías y, a veces, sin pelota.
Tardé años en saber lo que era un corner o un fuera de juego, y eso que ponía interés y que siempre había algún amigo preocupado por mi educación. Hubo poetas líricos que intentaron iniciarme en la sutil geometría de las jugadas; anarco-sindicalistas que intentaban contagiarme su ardor por los colores del equipo; respetados intelectuales que me explicaron las bondades psíquicas, políticas y sociológicas del juego; incluso el gran Mariano Gistain, con la agudeza y el ingenio que le caracterizan, llegó a argumentarme: “El fútbol es así”. Ni por esas.
La única vez que estuve en la Romareda actuaba Tina Turner.
Mi congénita incapacidad me ha procurado todo tipo de complejos y frustraciones y, sin embargo, se me tilda constantemente de arrogante y soberbio elitista.
Pero, se acabó. Como dice Lorca, “el día en que deja uno de luchar contra sus instintos, ese día se ha aprendido a vivir”. Me niego a seguir contemporizando.
No me interesa el fútbol. No me interesa la belleza de un regate, la emoción de un gol, la alegría de la victoria. No me interesa quién gane y quién pierda, ni los campeones, ni los otros; no me interesan los millones, los meniscos, ni la gastroenteritis mental y física de algunos jugadores; ni la cantera, ni los extranjeros; no me interesan ni Clemente, ni García, ni Gil; ni la programación de televisión; no me interesa este común anhelo de las masas proletarias, ni la violencia fascista de los ultras; ni el destino incierto de los entrenadores; ni el linchamiento de los árbitros; ni los cientos de heridos de la Cibeles, ni la Cibeles. Ni la Fuente de Canaletas, ni la de la Plaza de España. No me interesa nada.
Ahora, eso sí: si vosotros quereis fútbol, que os den.
Premonición

Sueño que estoy en la plaza de los Sitios, ante la Escuela de Artes. Un tipo se me acerca vendiendo apuntes de las asignaturas de Diseño. Cuando los estoy mirando, un pájaro se me caga encima. El tipo de los apuntes saca un folio con instrucciones para limpiar manchas de cagarruta.
Al mediodía, me llama María José Moreno para decirme que la presentación del librico de las heroínas será en la Escuela de Artes.
El humor aragonés

El humor aragonés es el humor de los sabios antiguos. Así de sencillo. Es el humor de los filósofos taoístas, de los místicos sufíes, de los cínicos griegos... Es el humor del rabino al que preguntan sus discípulos: “Maestro, ¿qué es peor, la ignorancia o la indiferencia?” Y que contesta: “Ni lo sé, ni me importa”.
¿Por qué se ha conservado tanta sabiduría aquí, precisamente, y no en otros sitios? Señoras y señores, ni lo sé, ni me importa.
El profesor Fernández Solís divide a los humoristas en pánfilos, irónicos, sarcásticos y humoristas, propiamente dichos. ¿A qué grupo pertenece el humorista aragonés? A todos y a ninguno. Bajo su apariencia pánfila, se puede esconder la genialidad del mejor humorismo o el sarcasmo de la peor especie.
El humor aragonés se llama “somarda”, expresión que, según mis escasos conocimientos, no se sabe qué significa exactamente; por más que, en otro contexto, se refiera al bochorno climatológico. ¿Tendrá efectos parecidos? No se sabe.
También se llama somarda al que lo practica y se suele decir de él que es de los que “se dejan caer”. Es la mejor definición de somarda que conozco. No es muy concreta pero, compréndalo ustedes, es bastante difícil concretar con alguien que “se deja caer”, que ni se cae ni se tira, y que lo hace, además, en el momento más inesperado. La sensación de desconcierto que produce esa extraña caída, es la misma que producen las “salidas” del somarda.
El somarda no pretende ser humorista. Mucho menos, bromista o divertido. Suele ser un tipo serio, incluso huraño y reservado, poco hablador, pero que de vez en cuando “se deja caer”. La eficacia del somarda radica en la sorpresa. De ahí que un auténtico somarda nunca sea un profesional, al que, por definición, “se ve venir”. De ahí que yo no sea un auténtico somarda.
En algunos lugares, las salidas del somarda se llaman “mazadas”, por lo breves y contundentes. Una mazada puede ser el punto final de una conversación o un simple punto y aparte. Los efectos de la mazada tienen muchos más matices de lo que su propio nombre indica.
El somarda suele ser especialista en poner a cada uno en su sitio. O, lo que es lo mismo, en descolocar a sus interlocutores. El somarda suele ser un sabio muy orgulloso. No soporta que le toquen las narices pero, al mismo tiempo, es tan discreto tan discreto, que la gente lo toma por tonto. También puede ser que el muy ladino aparente cortedad con premeditación y alevosía. Nunca se sabe. Si se hace el tonto o el loco, deja constancia, por lo menos ante sí mismo, de que no es ni lo uno ni lo otro. Eso sí, de forma que no haya por donde cogerle; dejando a su interlocutor con la duda de quién es el tonto en realidad y sin muchas ganas de averiguarlo.
El somarda sería una buena pieza de estudio para cualquier psiquiatra. Pero, lo verdaderamente digno de estudio, sería su reacción a la terapia.
Empezaré con los ejemplos, para que entiendan de qué estoy hablando.
Hace unos meses subí con unos amigos a Agüero. Me presentaron a un señor de setenta y tantos años. A los pocos minutos, el hombre había llevado la conversación hacia cuestiones teológicas. Debía de ser un somarda ateo, tipo Buñuel. En un momento de su charla dijo:
–“¿Se han fijado ustedes en la cantidad de personajes que hay en la Biblia, de los que se sabe quién era la madre, pero no quién era el padre? Jesucristo, por ejemplo, la Virgen…”
Aún sabiendo que era un somarda, fui tan incauto como para interrumpirle: –“Hombre, el padre de la Virgen era San Joaquín”.
–“Según”, dijo muy serio.
–¿Cómo que según?
–“Según San Mateo, según San Lucas… pero, seguro, seguro, no se sabe nada”.
No sé si entienden ahora un poco mejor, como funciona la cosa.
Por si no ha quedado claro, permítanme que les ponga otro ejemplo. Mi hermana pequeña trabaja en el departamento de agricultura de la D.G.A. Me cuenta, con desesperación, cosas como ésta:
–“Le dije a un agricultor: Firme aquí. Y me respondió: ¿Con mi nombre?”
Eso es un somarda.
Antecedentes históricos y postrimerías.
No me extrañaría que Huesca hubiera adoptado a San Lorenzo, como patrono de la ciudad de Huesca, debido a sus últimas palabras, traducidas, como ya sabrán ustedes, de tan popular manera:
San Lorenzo en la parrilla
Les decía a los judíos:
Dadme la vuelta, cabrones
Que tengo los huevos fríos.
El somarda sólo se pone impertinente en situaciones extremas para él. Es un tipo elegante. Quizás el Santo Patrón de Huesca no dijo nunca nada parecido. Pero, las últimas palabras del oscense Miguel Servet sí están documentadas. Servet, aparte de sostener sus convicciones teológicas en condiciones similares a las del Santo, se comportó con la misma heroicidad. Como saben, la hoguera que le había preparado Calvino era sólo un montoncillo de leña verde y húmeda. Así que, cuando el viento se llevó momentáneamente el espeso humo que le asfixiaba, Servet aprovechó para gritar a sus verdugos: “¿No teníais dinero para leña o qué, con todo lo que me habéis robado?
Hagamos un breve paréntesis en el tema del humor aragonés porque hemos llegado a otro tema apasionante. Uno sospecha que, como en todas las cosas importantes de la vida humana, al final del humor está la muerte o la conciencia de su inoportuna llegada. Parece que el humor, como todas esas cosas importantes que no enumeraré, sea una forma de mantenerla a distancia. Pero, que cuando ya te tiene agarrado por salva sea la parte, mantengas la presencia de ánimo de San Lorenzo o de San Miguel Servet para reírte en sus fosas nasales, es algo que me fascina. Me muero de envidia.
En esos orígenes tan sui generis y lejanos del humor aragonés, que he expuesto más arriba, nos encontramos con el filósofo Chuang Tzú, agonizando bajo un árbol y rodeado por sus discípulos. Uno de ellos, comenta en voz baja: “Habrá que empezar a cavar la tumba para que no se lo coman los cuervos”. Y el maestro pregunta: “¿Por qué esa discriminación entre cuervos y gusanos?”.
Ejemplar, así mismo, fue la muerte de Buster Keaton, aquel héroe del cine mudo al que siento no haber podido oír, después de saber cuales fueron sus últimas palabras. La familia, alrededor de la cama, dudaba de si había muerto ya o no. Alguien dijo: “Tocadle los pies. Dicen que es lo primero que se les enfría”, y Keaton, sin abrir los ojos, contestó: “Excepto a Juana de Arco”.
Nada me gustaría más que ser capaz de estar a la altura de semejantes circunstancias. Como aquel otro escritor que se deshizo de una visita insoportable con educación exquisita: “Con su permiso, voy a entrar en agonía”. De momento, me tengo que conformar con la presencia de ánimo que tuve el otro día. Dicho sea, salvando todas las distancias. Estaba en manos de mi querida fisioterapeuta quien, insensible a mis gritos y aspavientos, se dedicaba a retorcerme el brazo con el garbo de una organillera. Sólo se detuvo al verme perder el poco conocimiento que me queda. En la pausa, por congraciarse conmigo, dijo: “Hay que ver el dolor que puede llegar a causar un hombro”. “Un hombro y una mujer”, dije. Me di cuenta de que era un chiste muy malo porque no le hizo ninguna gracia. Pero, ahora, ante ustedes, no pretendía presumir de somarda sino de presencia de ánimo.
No volveré a citarme más, perdonen.
La brevedad.
Volvamos a los somardas autóctonos. Aragonés fue Gracián, grandísimo somarda y autor de la máxima “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. De todas formas, Gila,, que también era un somarda aunque no fuera aragonés, fue más lejos: “Lo bu si, bre, dos veces bu”.
Una característica fundamental del humor aragonés es precisamente esa brevedad gracianesca, que se corresponde, claro, con la repugnancia que nos produce la retórica. Me contaba Luis Alegre que llevó a su pueblo, Lechago, al futbolista Miguel Pardeza. Se lo presentó a un abuelo que tomaba el sol en la plaza: “Este señor es Pardeza”. El abuelo asintió educado pero indiferente. “El jugador del Real Zaragoza”, insistió Luis. El abuelo volvió a asentir. “Capitán del equipo”. “Tantas veces internacional”. “Pichichi de la temporada nosequé nosecuántos”. “Escritor”. “Intelectual”. “Colaborador del Periódico de Aragón”… Cuando Luis ya no sabía como demostrar a su vecino lo importante que era la visita, el abuelo preguntó: “¿Y pa’ qué tanto?
En una excursión con mi hijo Pablo por la sierra de Albarracín, llegamos a Bronchales. Pregunté a una abuelica, sentada a la puerta de su casa: “¿Hay algún hotel en el pueblo donde nos podamos alojar?” Sólo dijo: “Sí”. Y, además, con la cabeza.
A veces, la excepción confirma la regla y preguntas breves requieren respuestas un poco más retóricas. Un amigo de mi padre subió a su estudio acompañado de otro señor. Querían ver su trabajo. El amigo del amigo de mi padre le asaltó: “Qué acuarelas más bonitas, ¿por qué no me regala una?”, a lo que mi padre respondió: “Pues porque acabamos de ser presentados y sería de muy mal gusto por mi parte, hacerle a usted un regalo de 100.000 ptas.”
Ya digo que la retórica no suele ser la forma habitual de comunicarnos. Tenemos, incluso, fórmulas somardas ya establecidas, casi tan eficaces como las contestaciones improvisadas. Imagínense que el profesor Alemany me dice, por ejemplo: “Le voy a mostrar la escala multidimensional del sentido del humor de Thorson y Powell”. Yo tendría que responder: “¿Mande?”, que es la respuesta establecida para estos casos.
Ahora se ha puesto de moda glosar nuestra capacidad de síntesis con chistes como estos: ¿Saben ustedes cómo se dice en aragonés “Siento mucho comunicarle que no estoy de acuerdo con su forma de enfocar la cuestión que estamos tratando”?: “¡Bah!”.
Pero esta especie de animalidad primaria, que también cultivamos para vergüenza nuestra, es sólo una caricatura que no tiene nada que ver con la natural inteligencia del somarda. Lo mismo pasa con respuestas que resultan graciosas, no por la intención de quién las da, sino porque no coinciden con los códigos habituales de quién las escucha. Me contaba un amigo de Calanda que, en el Ayuntamiento, un funcionario le indicaba a una señora: “Aquí tendrá que firmar también alguien de su familia”. “¿Y quién de mi familia?” “No sé, cualquiera, su marido mismo”. “¡Uy, mi marido de la familia, si ni siquiera es del pueblo!”.
Hay una versión borde que mi madre escuchó en Zuera y Labordeta en el Maestrazgo. Las campanas de la iglesia tocan a muerto. “¿Quién se ha muerto?”, pregunta un abuelo a otro. “Nadie, era de Ejea”.
En este caso, sin embargo, podría tratarse de un somarda mala ralea, que también existen.
Ranillas

La charca vieja.
Ah! La rana salta dentro.
El sonido del agua.
Bashô
1 Los viejos maestros aconsejaban observar la naturaleza a los artistas jóvenes.
Pero, desde que Oscar Wilde advirtió que la naturaleza imita al arte, los jóvenes artistas escuchan con prevención los consejos de los viejos maestros.
2 El hombre sólo es capaz de apreciar la belleza natural (sea ésta lo que sea) cuando deja de sentirse como un campesino ante la naturaleza. Sólo una naturaleza a la que ya no se teme, puede disfrutarse como paisaje.
3 Según la leyenda, Petrarca fue el primer hombre que escaló una montaña para contemplar el paisaje. A partir de ese mismo momento, los artistas se sintieron reflejados en él. Sucede ya en el Renacimiento: de Petrarca al Greco, el paisaje pictórico experimenta casi todas las tensiones que conformarán la historia del arte.
4 A principios del siglo XIX, sin embargo, todavía se consideraba insufrible la visión del paisaje alpino. En medio siglo cambió la valoración estética de dicho paisaje y desapareció, a su vez, la posibilidad de retratarlo sin caer en la cursilería.
5 Kant amplió el concepto de lo bello con el concepto de lo sublime.
Turner recorrió los Alpes, entre el fragor de la tormenta, con medio cuerpo asomado por la ventanilla de la diligencia. A lo sublime por la velocidad.
La pintura de Turner parece ilustrar el aforismo de Valéry : “Lo bello exige quizá la imitación servil de lo indeterminable de las cosas“.
6 Monet, al final de sus días, disuelve la naturaleza en la propia pintura.
“Cuanto más estrictamente se alejan las obras de arte del naturalismo y de la imitación de la naturaleza, tanto más se aproximan a ésta las auténticas“, apostilló Adorno.
7 A medida que la Sainte Victoire desaparece en las sucesivas versiones cézannianas, la pintura va alcanzando su plena autonomía. Cézanne es la cima. Sus pinturas de la naturaleza definen la naturaleza de la pintura con tanta autoridad que el cubismo, su heredero más directo e inmediato, se centra de forma casi exclusiva en el tema de la "naturaleza muerta".
8 La naturaleza vuelve a desaparecer súbitamente en Kandinsky: la leyenda nos lo presenta deslumbrado por la aparición del arte abstracto en un paisaje boca abajo. Tan feliz y aleatoria circunstancia permitió que los árboles le dejasen ver el bosque.
9 A partir de ahí, lo pictórico asume esa cualidad de "segunda naturaleza" hasta el punto de que, cualquier pintura que no se limite al uso de los elementos básicos que la componen, es tildada de "literaria", que es tanto como decir “contaminada”.
Desde este punto de vista, la brecha de incomprensión abierta entre el arte y la sociedad, no se debería, según Adorno, a que el arte se haya alejado de la naturaleza sino al hecho de que intenta expresarse en el mismo lenguaje que ella: el silencio.
10 Magritte cuestiona el lenguaje gráfico con su pipa que no era una pipa y Foucault cuestiona a Magritte porque esta "pipa que no es una pipa, no es una pipa..." encadenando negación tras negación en perfecta simetría con las afirmaciones "a rose, is a rose, is a rose, ..." de G. Steine. Toda una corriente artística centrada en el desvelamiento de los mecanismos del lenguaje corre paralela a la que persigue el silencio natural.
11 Sometido al cerco de la duda semiótica, el lenguaje artístico tiende a refugiarse o confundirse con la realidad, en el preciso momento en que simulacro y sucedáneo se sitúan como valores superiores a la misma realidad
Los pioneros del land-art o earth-work, por ejemplo, se retiraron al desierto, llevando como único y determinante equipaje su bagaje conceptual. Ya decían en esta tierra que "pa’l monte, idea".
12 Richard Long incorpora el tiempo a su obra. Camina. De hecho, lo que conocemos de su trabajo son simples huellas. La pretendida complejidad de las relaciones Tiempo-Espacio que se establece en su obra, puede comprenderse fácilmente si recordamos que, en la montaña, las distancias se miden en horas.
Una enmienda a la totalidad: "Un buen caminante no deja huellas" (Lao Tsé).
13 Alinear piedras es un juego de niños que todos hemos practicado. Long eleva este juego infantil a la categoría de arte. Algunos artistas contemporáneos parecen practicar aquel otro juego del "mundo al revés". Al igual que tantos espectadores presuntuosos, exclaman convencidos: "esto también lo hago yo".
14 Todo jardín es imagen de la nostalgia del Paraíso e inhabitual modelo de relación respetuosa con la naturaleza.
En el jardín se cumple literalmente la doble función que se atribuye al arte: culturalizar lo natural y naturalizar lo cultural.
El paso del tiempo propicia los cambios culturales en la naturaleza: el jardín neoclásico, por ejemplo, es paradójico origen del jardín romántico. El aforismo de Wilde, "la naturaleza imita al arte", resume escuetamente la historia de la jardinería.
15 Little Sparta es el jardín “de autor” cultivado por Ian Hamilton Finlay y su esposa Susan en el sur de Escocia.
Los monumentos del jardín ponen en evidencia las raices violentas de los clásicos. El crecimiento de la naturaleza los oculta aunque, según Heráclito, es la naturaleza la que gusta de ocultarse. También es verdad: en Little Sparta se camufla de paisaje de Claude Lorrain o acuarela de Durero. En la traslación literal del aforismo de Wilde, los conceptos antagónicos de cultura y naturaleza quedan indisolublemente integrados por arte de magia del jardinero.
16 En lugar de retirarse a la naturaleza, Joseph Beuys decide traer la naturaleza a la ciudad. 7.000 Eichen es una acción ( escultura la llamó él) en la que, a lo largo de cinco años, se plantaron en Kassel siete mil robles. Junto a cada roble, se erigió un monolito de basalto como testigo de su crecimiento. A eso se le llama vocación de futuro.
Algunos robles ya han sido arrancados.
17 Michael Craig-Martin realizó una obra titulada "Un roble", que consiste básicamente en un vaso de agua.
Para muchos artistas, el arte es la forma más alta de la mentira. "Un cuadro contiene tanta bellaquería, doblez y engaño como un crimen" (Degas). "El artista debe saber cómo convencer a los demás de la veracidad de sus mentiras" (Picasso)…
Quizás "Un roble" de Craig-Martin sea más artístico que "7.000 robles" de Beuys.
18 A modo de resumen, que lo es y no lo es: Cuando alguien canta muy mal, le pedimos que se calle "para que no llueva". ¿Porqué ese tono peyorativo hacia la hipotética capacidad de hacer llover en un país azotado por la sequía? Por extraño que parezca, ese tono sólo puede estar dictado por el mundo del arte.
Efectivamente: La broma presupone la incapacidad de los artistas –Montserrat Caballé, por ejemplo– para hacer llover y la paradójica superioridad derivada de esa limitación. Muy posiblemente, el canto tuviera su origen en ceremonias de invocación a la lluvia. De hecho, las rogativas son una tradición que se resiste a desaparecer. Si, como asegura Robert Graves, las musas son una versión tardía del mito de la Diosa Madre, cuando ya el patriarcado le ha impuesto la hegemonía del hijo (Apolo), el Parnaso habría elevado el canto al servicio de la belleza, neutralizando así su primitivo poder de intermediario con las terribles fuerzas naturales.
La compulsiva búsqueda de los orígenes, emprendida por el arte del siglo XX, parece querer alcanzar, urgida por una latente amenaza, aquel mítico poder de mediación.

