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de profesión incierta

Oído en el bus

Dos señoras

– ¿Tú sabías que en el tranvía hay cámaras que graban todo?

– No... No sabía.

– Pues, sí, hija. Para ver quién pasa la tarjeta, se conoce.

– Estamos vigiladas por todos los lados.

– Yo, desde luego, ya lo he dicho: No me vuelvo a subir al tranvía sin maquillar. Oye, que nunca se sabe quién te puede ver.

 

Una niña, su padre y un conocido

– ¿Qué, ya has ido a ver el belén de la Plaza del Pilar?

– Ya ha ido, ya.

– ¡Vaya aburrimiento, todos los años igual!

– No, cariño...

– ¡Todos los años es lo mismo!

– Pero, cariño, siempre hay algo nuevo...

– ¿El qué?

– Pues, por ejemplo, este año había agua, que el año pasado no había.

– ¡Sí que había! ¡El año pasado también había agua!

– Pero este año hay una balsa más, hay una balsa nueva.

– ¿Y las figuras? ¡Todos los años las mismas figuras! ¡Podían comprar alguna nueva!

– Hija mía, que estamos en crisis...

– Vaya aburrimiento...

 

 

Dos señores

– Regálale unas flores.

– No me gusta regalar flores. Me parece un poco chauvinista.

– ¿Qué es eso de chauvinista?

– ¡Una gilipollada! Algo así...

 

 

No oído

Una señora va leyendo un libro titulado Serenidad mental, da unas cabezadas y se duerme. Le pasa como diez o doce veces en el trayecto de los Enlaces a la Aljafería.

 

 

Un señor y el conductor

– Perdone, para ir al Mercado, ¿en qué parada me tengo que bajar?

– En la tercera.

– O sea, en esta no, en la otra.

– No, desde aquí, le faltan tres.

– ¡Ah! O sea...

– En la tercera a partir de aquí.

– Ya, ya... En la que viene, no, en la otra, tampoco, en la otra.

– Eso es.

– Vale, gracias.

(Imaginen en qué parada se bajó el buen señor.)

 

 

 

Una anciana y otras pasajeras

– Espere un momento... No cierre... (La anciana se toma su tiempo para llegar a la salida) ¡¡¡Espere, espere!!! ¡¡¡¿No me ha oído que le he dicho que espere?!!! ¡¡¡Que casi me chafa con la puerta!!! ¡¡¡Abra la puerta, imbécil!!!

– ¡Hala...!

– ¡Encima!

– Chica, chica...

– Encima. ¡Qué barbaridad!

– Si es que se ha levantado cuando ya estaba parado el autobús. ¿Usted ha visto cuándo se ha levantado?

– Que se hubiera levantado un poquico antes...

– ¡Bien! Esperan siempre al último momento.

– Los ancianos, ya se sabe.

– Si es que van que se creen que tienen la ley bajo el brazo.

– Los ancianos, es que van llevándose todo por delante.

– ¿Y cuándo cruzan por donde les da la gana y si les pitan se ponen que pa' qué?

– Sí, señora, sí. Que cruzan por donde quieren y como les pite un coche, encima se cabrean.

– Que se creen que tienen la ley bajo el brazo, ya le digo.

– Menudo genio tienen. Cualquiera les dice nada...

– Te dan con la gayata que llevan...

– Sí, señora, sí... No sé qué prisa tienen. Cuando ya podían ir tan tranquilos, a su edad, que tienen todo el tiempo para tomárselo con calma...

– Parece que se les acaba el tiempo...

 

 

Dos señoras

– En ese pasaje le robaron a la tía Isabel.

– ¿Ahí?

– En el pasaje. Cien euros.

– ¿Cien euros?

– Cien euros. Entró, había uno a la entrada y le dijo: "Me dé todo lo que lleva". Y le dio los cien euros. Luego, a la salida, había otro que le dijo: "Me dé todo lo que lleva", y le dijo la tía: "Pídeselo al del otro lado que se lo ha quedado todo él".

– Si es que ese pasaje...

– En este barrio, con la gente que vive por aquí...

– Por aquí y por todos los sitios, ¿eh?

– Pues, eso.

 

Dos señoras

– ¿Qué te crees que me pasó ayer?

– Cualquier cosa.

– Bueno, fuimos a la ortopedia a buscar apósitos para mi marido, que te acuerdas que le operaron de las dos hernias...

– Sí, sí, que me acuerdo...

– Bueno, pues estábamos mirando tamaños, que si este será muy grande, que decía mi marido, que si era muy grande... Total, que se acerca el dependiente y nos dice, "¿Les puedo ayudar en algo?", y le digo: "Que no sabemos si estos apósitos serán muy grandes..." y nos dice: "¿Para qué los quieren?", y le digo: "Es que han operado a mi marido de las hernias y..." y va y dice: "Ah, de eso sé mucho" y veo que empieza a desabrocharse el cinturón, que se baja la cremallera... ¡Oye, pues que nos enseñó las dos cicatrices que llevaba de que también le habían operado a él!

– ¡No me digas!

– Allí estábamos los dos, viendo las cicatrices del buen señor... ¿Tú crees que es normal?

– ¿Y tú marido qué hizo? No se bajaría también los pantalones para comparar...

– ¡Qué dices! Con lo pudoroso que es mi marido. Pues no decía nada, claro... Allí estábamos los dos como dos pasmarotes. Pero, vamos, que no lo veo muy normal... Oye, pues el hombre, más tranquilo que para qué, enseñándonos las ingles.

– Qué cosas...

– Desde luego, la gente te enseña las ingles con una tranquilidad que no es normal, la verdad.

 

 

Dos señoras

– Pero, ¿le pegó?

– Ya le ha pegado varias palizas.

– Pero esa noche...

– Mira, cuando Dani va medio borracho tiene mucha más fuerza que Patri y además sabe pegar mejor. Patri no sabe pegar así, es más tonto, ¿sabes? 

 

 

tres señores

– ... y les preguntaron por Servet y Ramón y Cajal y no sabían quienes eran.

– Ramón y Cajal vivió hace 500 años, ¿no?

– ¡No, hombre, Cajal es de mil ochocientos y pico! El que nació hace más fue Servet.

– Cajal es el inventor de la armónica.

– No digas tontadas... Entonces, ¿cuándo vivió Servet?

– Pues, eso, hace 500 años o más.

– Cajal es el inventor de la armónica.

– O sea, que no sabían nada.

– Nada. Ni los habían oído nombrar.

– El inventor de la armónica: Santiago Armón y Cajal.

– Jajaja. Con éste es que no se puede. Siempre te la tiene que meter.

– Doblada.

 

 

Un matrimonio y otra señora

– ¿Llevas reloj?

– ¿Reloj, yo? ¿Pa' qué voy a llevar reloj?

– ¿Pa' qué va ser?

– ¿Pa' qué voy a llevar reloj si no tengo qu'ir a trabajar? ¿Y pa' qué quieres saber si llevo reloj?

– Toma, pa' saber la hora.

– ¿No llevas tú reloj o qué?

– No, no llevo porque...

– Señora, las siete y media.

– ¡Ay, gracias! Es que como lo tengo pequeño, sabe, no lo veo. Y pa' no velo, ¿pa' qué voy a llevalo?

– Ya, ya...

– Yo, por no llevar no llevo ni el anillo de casao. Me lo pusieron en la boda y antes de salir de la iglesia, ya me lo había quitao.

– ¡Hala!

– Que todo me molesta, que no aguanto nada. Mi mujer lo lleva, como no lo llevo yo...

 

 

Una señora de aquí y otra señora de China

- ¿Qué tal?

- Bien... Jijiji...

- ¿Vienes de trabajar?

- De compral. Costilla.

- ¡Ah, costilla!

- Costilla barata. 1,30. Barata. Jijiji.

- Sí, sí, barata...

- Para tallarines. Cocida. Tallarines.

- Estará bueno.

- Lápido, ¿sabes? Ahora, tallarines. Cena, aloz. Lápido.

- Oye. ¿Tienes bolsos en tienda?

- ¿Cómo?

- ¡Bolsos! ¡Así, bolsos!

- No, ahora, no.

- ¡Ah! Antes tenías.

- Antes... Ahora, no.

- Qué tienes... Botas.

- No, no botas.

- ¿Tampoco botas? ¿Qué tienes, pues?

- Ahora ya celada. Tienda celada.

- ¿Que has cerrado?

- Solo bal malido.

- ¡Ah! Me lo dijo mi chico. ¿Sabes quién ha abierto un bar debajo de casa? La Pepa, la china. Me lo dijo así para que lo entendiera, ¿sabes?

- Ya, ya.

- Mi abuela, la madre de mi mama, vivía enfrente del bar.

- ¡Ah!

- Sí. Muchos años. Ahora, ya muerta; casa, vendida.

- ¡Ah!

- Pero, vivió muchos años. Enfrente. Mal día hoy, ¿eh?

- ¿Cómo?

- Lloviendo. Oscuro.

- En China, siemple así.

- ¿Sí, eh? ¿Y cierzo?

- ¿?

- Cierzo, viento, frío.

- Ah, sí, frío. Sí, frío.

- Mi marido... no sé si se mojará hoy o no se mojará. No sé. Bueno... no creo que se moje, hoy estará bajo tierra.

- Ah.

- Yo, mañana, en oficina, más trabajo.

- ¿Sí?

- Todo pisadas. No hay alfombras. Chabisque...

- ¡Ah, sucio! ¡Sí, sí! Jijiji.

- Ahora dejaré esto en el bar de la parada y a comprar pan. Mi marido viene a comer a las dos pero a las doce y media tengo que recoger a mi hija en el cole, ¿sabes?

 

Dos ancianas

– ¿El día que se casó la duquesa?

– ¡Sí, ese mismo día! ¿Te acuerdas que había chocolatada en el Centro?

– Chica, ya no me acuerdo...

– Bueno, que había chocolatada en el Centro. Y la Mary, que ya la conoces como es, convenció a Teresa y su marido para que se disfrazaran de novios y, cuando estábamos con el chocolate, salen del brazo con sus pelucas y todo y empieza la Mary: ¡Ya se han casao, ya se han casao...! ¡Mira, se armó una!

– ¡Qué ocurrencia, ¿no?!

– Bueno, bueno... todos allí cantando y los novios saludando... ¡qué risa!

– Os lo pasaríais...

– Pero, calla, que lo mejor fue que la Rosario, la tía de Romualdo...

– El marido de Teresa.

– Eso es, ¡el novio!, pues, como te digo, llega su tía, se le abraza llorando y dice: ¡Ay, hijo mío, nunca me habría imaginado que te casarías con una duquesa!

– Pero lo diría en broma.

– ¡Qué en broma, si lloraba de la emoción y todo!

– Ay, chica, como estamos...

– ¡Y el novio acabó llorando también!

– No me digas...

– Como una Magdalena.

– Chica, chica...

 

 

 

El revisor, el conductor, una señora y otros pasajeros

El revisor, desde la calle - ¡Tira por la Avenida Soria!

El conductor - ¡¿Por dónde?!

El revisor - ¡Por la nueva, la que va paralela a la Avenida Navarra!

El conductor - ¡Vale!

Una señora - ¡Pero, bueno! ¡¿Será posible?! ¡¿Ahora por dónde me llevan?!

El conductor - ¡Señora, que está cortado!

Otro pasajero - No se preocupe, señora, que volvemos a salir a la Avenida Madrid.

La señora - ¡Ya, ya, ¿Y a mí qué?!

Otra pasajera - ¿Dónde va usted, pues?

La señora - Yo, yo... ¡En la siguiente me tenía que bajar!

El conductor, parado en un semáforo - ¿Quiere bajarse aquí?

La señora - ¡Si es que... ¿Ahora dónde me bajo?!

El conductor abre la puerta - ¿Quiere bajarse aquí?

La señora - ¡Por favor, ¿me puede abrir?!

El conductor - ¿Otra vez?

Otra pasajera - ¡Señora, que tiene la puerta abierta!

La señora - ¡Ay, gracias, gracias! Perdone...

Otro pasajero - ¡Ay, señor...!

 

 

 

Un señor mayor y una señora mayor

– ¡Ah, me había parecido que era de otra cosa la bolsa!

– Mira...

– Ya, ya, que me había parecido que era otra cosa.

– Pues, no.

– ¿Sabes qué me había parecido?

– No.

– ¡Que era de la farmacia!

– No, hoy, no. ¡Jijijiji!

– ¡Mejor!

– Pues, sí, mucho mejor.

– De ese sitio, cuanto más lejos, mejor.

– Pues, sí.

– Que todo lo que te den allí, malo.

– Malo, malo.

– Pues, eso.

 

 

Un señor mayor y una joven

– Estuve un año hablándole un poco por la noche y luego, ya... Pues eso, diez años llevamos sin hablarnos.

– ¿Diez años?

– Diez años llevamos. Que digo yo... como nos descuidemos, nos pasamos cincuenta años sin hablarnos. Porque no llegaremos que si no, nos pasábamos cincuenta años sin hablarnos.

– ...

– Por eso no me gusta enfadarme, que es que a mí no me gusta enfadarme, ya te digo... por eso, porque nunca me enfado pero, cuando me enfado, es ya para toda la vida. Por eso no quiero enfadarme y si me enfado, es obligao, porque no me queda otra.

 

 

Una joven y su móvil

– Ring...

– ¿Qué fue?

– ...

– Apurando por los Enlaces.

– ...

– ¿Qué te dijeron?

– ...

– A las diez y doce, se supone.

– ...

– ...Ya me dirás... ¡Me compras la tortilla, porfa, ya, ¿vale?, ciao!

 

 

Varios viajeros

– ¡Puerta!

– ¡¿Puede abrir la puerta, por favor?!

– ¡¡¡La puerta, coño, ¿no lo has oído o qué?!!!

– Joder, ¿no veis que este hombre está muy trabajao? Que el otro, también, podía haberse preparado antes... Que este hombre está trabajando, coño, que no se está tocando los cojones, que está trabajando, a ver si os enteráis...

 

 

Una señora y un anciano en la parada

– ¡Chica...!

– Hombre, Manolo...

– ¿Ya habéis abierto eso o qué?

– Pero, Manolo, si estuviste ayer...

– Ya lo sé, maña, ya lo sé...

– Oye, que te tengo que dejar que me espera el médico.

– Escucha un momento, que a ti te espera el médico pero a mí, no.

 

 

Una señora a otra

(Escucha intermitente)

– ¡No, a mí no me interesa casarme que pierdo la pensión! No, no, no me casaré porque ya cobro poco y si encima me lo quitan... Lo que hace falta es tener trabajo y ganas de trabajar, eso es lo más importante.

– Si hubiera seguido en la marina mercante... pero como se cambió a lo otro, pues me queda esta mierda de pensión que tengo. Nunca sabes lo que puede pasar, ¿verdad? Si lo pudiéramos saber... Te haces cuentas y... 

– Cuando nos conocimos, él tenía 26 y yo 46... No, si es muy guapico de cara y muy buena persona, es majísimo... Yo, con sus tíos y eso bien, pero con su familia... Bueno, ya sabes: yo tengo mi nieta y mis dos hijas y mi madre, pues, ya está. Ya llevamos nueve años, ellos sabrán...

– No, yo sigo, que me bajo en los Enlaces. Hala, pues...