Blogia
de profesión incierta

Oído en el bus

Dos señoras mayores

– ¡Ah, que va también al Inocencio Jiménez

– Sí, señora, que tengo cita...

– Que le tienen que mirar...

– Pues, sí.

– ¿Qué años tiene usted?

– Yo, ochenta.

– ¡Madre mía, ochenta! ¡Si mi madre tiene noventa y está mucho mejor que usted!

– ...

– Pero, mucho mejor, oiga.

– ...

– Madre mía, ochenta...

 

 

Dos jóvenes

– ¿Te gustan?

– Son unas botas bien chulas. ¿Cuántas tienes?

– Tengo las rosas de leopardo, otras que son negras con la goma esta de aquí rosa, también..., tengo unas convers pero con puntera...

– ¿Unas convers con puntera?

– Sí, al revés, jajaja, con puntera blanca.

– Qué raro.

– Quedan guay, ¿eh? También tengo unas negras como estas pero con la caña más alta...

 

 

Varias señoras

– Es que el dulce llama... y no hay más remedio que coger...

– Estaba todo bien bueno.

– ¿Qué llevaba la mermelada?

– ¿Sabes eso que había la otra vez, eso redondo de chorizo con galleta alrededor? Sí, así como galleta y el chorizo dentro...

– ¡Ah, sí, ya me acuerdo!

– Pues, ese choricico habían metido en la mermelada.

– Ah...

– Pero antes ponían más cosas.

– Pero, ¿sabes lo que pasa, que me lo dijo a mí la chica que lo lleva? Que la gente tiraba los huesos y todo debajo de la mesa, que aquello era una asquerosidad.

– ¡Es que eso es una marranada!

– ¡No, no, es que eso no se puede consentir porque lo que es eso es una falta de educación, eso es lo que es!

– ¿Que tal tu chico?

 

 

Un niño y su madre

– Mamá, ¿es este que viene?

– Sí, venga, sube...

– Ha sido llegar y besar el santo.

– Anda, anda...

 

 

Una señora

– Se conoce que al subir el pie, no lo levanté lo suficiente, total, que tropecé, me caí y me quedé en el suelo toda estirada. Y, encima, mi marido que me ve, me dice: "Chica, no me había fijao lo larga que eres..." ¡'Amos... ¿Tú te crees?!

 

 

Dos señoras

– Están todas gagás... Acuérdate de Feliciana.

– ¿El qué?

– Que se olvida todo, que hay que ir siempre detrás de ella, que todos los días se deja el monedero o las gafas... 

– Sí, sí...

– Y un día, la veo que se levanta y se va al baño, y al cabo de un momento vuelve a pasar y le digo: Feliciana, ¿no te has olvidado nada?, y se me enfadó y todo, dice: ¡No me olvido nada, ¿qué me voy a olvidar? Y al cabo de un momento la veo pasar otra vez hacia el baño y le digo: ¿Qué, qué te has olvidado? Y se levanta las faldas y me dice partida de risa: ¡Subirme las bragas!

– ¡Jajaja! Sí, es verdad, sí...

 

 

 

Una joven y su móvil

– Pero, ¿tú sabes qué imagen? Es que no te lo puedes ni imaginar: sentada en la plaza, en un banco que tenía lleno de bolsas, pero de plástico, tía, ni un bolso ni nada, todo bolsas de plástico... Las cogimos entre las dos como pudimos, subimos a mi casa, saqué la maleta grande y la empezamos a llenar. Y cuando ya estaba a tope, que no se podía ni cerrar, aún quedaban cinco bolsas enteras. La hijaputa dice que había cogido lo imprescindible... Falditas con cinturón y así, lo imprescindible...

– ...

– Es que ayer estuvo la policía en su casa. 

– ...

– Porque la había llamado su padre, claro. Total, que había estado en La Florida. Ha aparecido a las nueve, que dice que andaba de pajareo...

 

 

Dos señoras jóvenes

– Es que la otra tarde se puso... se puso superasí: borde, se puso borde, y luego, cuando le llamó la jefa, se echó a llorar, pero que lloraba... y yo alucinada, diciendo: ¡joder, tía, pero, ¿de qué vas, no?! Y luego llega el Chuchumeco ese y se pone... Y yo alucinada dicendo: ¡A ver si va a tener que estar aquí siempre el Chuchumeco para que esta esté de buen humor! Ya te digo...

– Pues, tú, tía, ¿sabes lo mejor?: ¡Ver, oír y callar! ¡Y que le den pol culo a todo, ¿sabes?!

 

 

Una señora y el conductor

– Ven, ponte aquí.

– Yo, por si subía gente.

– Ponte tranquila. Deja aquí encima la bolsa.

– ¿No te impido?

– Nada, tranquila.

– Ya vengo de san Blas.

– San Blas, patrón de la garganta y para san Blas, la cigüeña verás.

– ¡Ya la he visto esta mañana! Bueno, la veo todos los días, no te creas.

– Ya llevan días, ya.

– Lo que he visto han sido unos pájaros negros que no se acababan nunca. ¡Madre si había! Pues que no acababan nunca de pasar, que se hacía eterno...

– Serían estorninos, una plaga de estorninos.

– ¡Madre...! Pero, ¿tú sabes?

– Ya, ya...

 

 

Dos señores valencianos

– Llegué, que me dijo el médico: ¿Pero, usted sabe cómo viene? Le dije que no y me preguntó: ¿Pero, le han mirado bien? Dije: No me han hecho ni una mala radiografía. Me dijo: Pues lleva la infección que está llegándole al cerebro y hay que operar en seguida. Dice: Lo malo es que yo, aún pagando, le tendría que dar hora para dentro de dos meses y medio porque estoy saturado de trabajo. Digo: ¿Y qué hago yo?, fíjese qué situación. Pero, bueno, el médico se portó muy bien porque me dijo: Mire, vamos a hacer una cosa. Como a veces me queda algún hueco entre operación y operación, usted esté siempre pendiente del teléfono y en cuanto pueda, yo le llamo. Pero usted esté bien pendiente, ¿eh? Y así lo hice. Yo estaba siempre pendiente del teléfono y un día me llama y dice: Venga usted ahora mismo que le voy a operar. Y digo: Ahora mismo voy. Mi señora se empeñó en acompañarme y, ya sabe como son las mujeres, me dijo que le esperara media hora para arreglarse. ¡Qué voy a esperar, yo! ¡Le hice caso al médico, no a ella! Así que salí corriendo y cuando llegó mi señora ya estaba en el quirófano. Bueno, ya me sacaron y me dijo el médico: Hemos tenido suerte porque se podía haber quedado usted sin habla.

– Hola.

– Sí. Es que me operaron en este sitio, ¿ve? Que tenía 26 años cuando me operaron y aún se ve la raja perfectamente. ¿La ve usted?

– No.

– Espere, mire, ¿ve? Ahí.

– ¡Ah, ahora la veo! Vaya brecha.

– Pues, sí, ya ve. Claro, como en ese sitio van los nervios como en un cable de fibra óptica, pues se conoce que es muy fácil que si se va un poco el corte te quedes sin habla o algo peor. 

– Pero tuvo suerte.

– O que era un médico muy bueno. Que eso también cuenta.

– ¡Hombre! Yo voy al Sagrado Corazón, ¿sabe usted? y allí hay un otorrino que es sensacional, es buenísimo. Yo voy a hacerme una revisión todos los años, y no es que tenga nada, pero es bueno hacerte una revisión, ¿no?... Pues, oiga, me mira los oídos, la nariz y la garganta y dice: Nada, no tiene usted nada. Todo bien. De momento, siempre está todo bien. Y, no se crea, que me mira a mí, a mi señora y a mis hijos, nos mira a todos, ¿eh? Y dice: Nada, todo bien, y nos vamos. Ya le digo, es un otorrino bueno, bueno, pero de verdad, tanto en lo profesional que como persona. Todos los años voy a que me vea.

– Sí, yo, este que le digo, me dejó fenomenal. Que he podido hacer submarinismo con escafandra y todo. Claro, hace poco en la revisión, ya me dijo: Pedro (yo me llamo Pedro) ya vamos teniendo una edad (voy a cumplir 66) y algunas cosas es mejor dejarlas. No porque pase nada, pero... Pues eso, que ya hay que cuidarse. Ahora llevo un audífono, ¿ve?, que me costó 6.000 euros.

– ¡Hola!

– Pero es muy bueno.

– Ya puede serlo. Pues, nada, si quiere, ya le digo, el doctor Casado, en el Sagrado Corazón, buenísimo es ese hombre.

– Sí, es importante que te toque un buen médico. Mire, me hicieron unas colonoscopias, en el recto, en el colon, ¿sabe? bueno, pues me habían operado de apendicitis, fíjese que operación más tonta y más fácil, bueno, pues, al cerrarme, resulta que me cosieron el colon a la apendicitis.

– Vaya.

– Y, cuando fui a hacerme la colonoscopia, que te meten esa manguera que parece el tubo del butano, pues, al principio, sin problemas, pero llegó a un punto que me empezó a doler que aquello era horroroso. Y así, tres colonoscopias. A la cuarta, que es que ya no podía más, me dice la enfermera: ¿Se ha operado usted de algo? Digo: Sí, de apendicitis. Y dice ella: ¡Acabáramos, pues eso es lo que pasa, que le han cosido el colon con la apendicitis y no puede pasar esto! Claro, lo tenía cosido y no podía pasar. Así que, desde entonces, las colonoscopias me las hacen con anestesia general.

– Claro, así es como se hacen esas cosas, hombre. Lo que me extraña es que no se lo hicieran antes con lo que estaba usted pasando.

– Es que como no me quejaba...

– Pero, hombre...

– Oiga, aquello era espantoso, pero yo no me quejaba. Desde luego, en este mundo, lo mejor es estar bien informado. Porque lo de mi hermano...

– ¡Hombre, lo que me ha contado de su hermano, me parece un atropello! Lo que no sé es cómo se deja. Porque sacarle litro y medio de sangre cada vez...

– Litro y medio le sacan, sí señor. Y, encima, como no puede comer jamón ni nada con lo que pueda recuperarse...

– Es que su hermano no tiene un médico, tiene un carnicero. Es que lo va a dejar seco, oiga.

– Pues, oiga, por lo visto, ya tiene sus fechas, tal día a tal hora... no sé...

– Pues, si fuese yo, la primera vez me sacaría litro y medio, pero, vamos, como que me iba a dejar después de la primera...

– Claro que, mire, si mi hermano quisiera, lo podía dejar y no pasaba nada. En cambio, lo mío es ya para siempre, esto si que no tiene remedio. Yo, como la monja, jeje... "Había una monja tan enferma tan enferma que no tenía cura".

 

Un niño y su madre

– Alalalo...

– ¿?

– ¡Alalalo!

– ¿A guardarlo? Hala, pues: lo guardamos.

 

 

Dos jóvenes y un móvil

– Jo, tía, me he puesto morada de bombones.

– ¡No me hables de comida que voy a potar!

– ¿Estás muy mal?

– Estoy fatal, a ver si bajamos pronto...

– ¿Quieres que bajemos una parada antes y vamos andando para que te dé el aire?

– Y llegaremos tarde al cine.

– Ya les he dicho que estábamos en el autobús, llegando.

– Mira, ya llaman otra vez. ¿Sí? ¡¿Otro semáforo?! ¡¿Pero, cuántos putos semáforos hay en Zaragoza, colega?! Sí, sí, que estoy muy rayada, tío, es que me encuentro fatal... No sé... tres o cuatro gin tonics y lo que fui bebiendo por ahí de los vasos... Es que le echo mucha cara cuando estoy trujada y bebo de los vasos de todos. Así me luce luego, claro. ¿Bajamos aquí ya?

– Es que es nuestra parada.

– Ah.

 

 

Una joven y su móvil

– Jo, tía, he ido a ver a la Soraya y no me han dejao pasar.

– ...

– Nada, tía, llego y me dicen "No pues pasar, ya la verás cuando no esté castigada, que se ha portao muy mal", tía.

– ...

– Es que luego me he encontrao a la Susana, que iba a ver a la Soraya y le digo "No vayas que no me han dejao pasar" y coge ella y dice "A mí me dejarán" y yo "Que no, tía, que está castigada" y coge y dice "Pues, vamos a tomar una caña" y nos hemos ido. 

– ...

– Ahora ya voy pa casa.

– ...

– ¡Sí, hombre, y que te acostumbres!

– ...

– Si te tengo que llamar...

– ...

– ¿Cuándo me llamas tú?

– ...

– Pues que te den... Las ganas, digo, no me malinterpretes...

– ...

– Jajaja... Llámame cuando quieras.

 

 

Un anciano

– ...y me viene la tía y me dice "Felicidades" y le digo "¿Felicidades, por qué?" y me dice "Porque es el día de los animales" y me la quedo mirando y me dice "Racionales" y ya me cabreé y le dije "¡¿Qué es eso de racionales?!" y no sé qué me contestó.

 

 

Un jubilado

– Si vas al bar a tomarte un café y no puedes fumar, ¿pa' qué vas al bar?

 

 

Dos jóvenes

– ¿Sabes qué desayuné ayer? Cereales con Coca Cola.

– ¡Hostia, eso sí que es un desayuno fuerte!

– Y hoy, porque he desayunado en casa de mi novia, que si no...

 

Una señora, dirigiéndose a su maleta

– No estoy llorando.

 

 

Dos jubilados

– El otro día el Pipas... Me ca... Resulta que estábamos en el Hogar del Jubilado y éste otro... no me acuerdo como se llama... Bueno, es igual: que se cayó uno, se dió con el canto la mesa y se abrió la cara. Sangraba...

– ¿El Pipas?

– ¡No, hombre, no: el otro!

– Ah, ya, el que no te acuerdas como se llama.

– Ese... Pues, bueno, ahí sangrando... su mujer que lo ve, va y se desmaya. ¡Ahí va, los dos en el suelo! ¡Qué cuadro! Total, que llamamos a las chicas, que vinieron en seguida, las mozas, intentando que dejara de sangrar el uno, reanimando a la mujer que seguía desmayada... que resulta que a la Mariajo le pone mala la sangre y por poco se nos desmaya también... Chico, chico... Bueno, pues, en esas, llega el Pipas y le dice a la Carmen: ¡Oye, que la Ignacia se ha sentado en mi silla, mira a ver si la echas!

– ¡Me ca...! ¿Y qué le dijo la Carmen?

– ¡A la mierda lo mandó!

– ¡Jajaja! No me extraña.

– Estaba la moza sujetándole la cara al otro y le va con semejante chorrada. Y aún dice el otro que iba a presentar una queja ante los jefes porque lo había mandado a la mierda...

– Joder...

– ¡Ah! Y cuando se llevaban al otro en camilla, dice que ya habían pagado el chocolate, que si les devolverían el dinero... ¡Mira, tú, qué preocupación!

– Pues, no estaría tan grave...

– ¡Joder que no, si llevaba la cara rota...!

 

 

 

Una señora joven y su móvil

– A ver si quedamos y tomamos unas cañas o algo...

– ...

– Mira, yo el sábado voy a ver vestidos...

– ...

– Sí, jajaja, sí... Iré a la tienda que tienen en la calle Alfonso, esa que hace esquina, con una cristalera grande... Es que no sé a qué tienda tengo que ir. Como tienen tres... Pues iré a la de la calle Alfonso y que me digan. Pues, eso, que si quieres venir y aprovechamos...

– ...

– Luego me queda Pro-novias, pero a esa iré con mi tía, que la pobre está muy sola y así la saco un poco a que se distraiga.

– ...

– Es que mañana tengo que ir al foniatra, o sea, al logopeda y no sé si podré.

– ...

– Llevo una marcha... Entre las evaluaciones, los exámenes y la obra de teatro...

– ...

– Con los chavales, sí, sí... Lo pasamos muy bien...

– ...

– ¿A la semana blanca? Pero, ¿tú sabes esquiar?

– ...

– ¿Y cómo coño lo vas a hacer? Ya sabes que yo me di de baja porque...

– ...

– ¡Ah, ya, ya...!

 

Dos señores

– Joder... En domingo, puteaos y sin cobrar...

– Como los controladores.

– ¡Jajajajaja!