Taller en Ejea
– Te está quedando muy bien.
– Me viene de familia.
– ¿Ah, sí? ¿Quién pinta: tu padre o tu madre?
– Los dos dibujan muy bien.
– Qué casualidad.
– Pintar... ¡Eso es otro mundo!
Dibujo anónimo.
– Te está quedando muy bien.
– Me viene de familia.
– ¿Ah, sí? ¿Quién pinta: tu padre o tu madre?
– Los dos dibujan muy bien.
– Qué casualidad.
– Pintar... ¡Eso es otro mundo!
Dibujo anónimo.
– Demasiado femenina mi ballena, ¿no?
Dibujo de Marta.
– A mí sólo me gusta estar en la cama.
– Pues hay que moverse un poco...
Dibujo de Ivan Danielov Todorov
Estoy intentando ilustrar un cuento de Irene Vallejo, basado en otro de Luciano de Samósata, y me estoy liando con dos conceptos tan opuestos como clasicismo y caricatura.
Tan opuestos para mí. Tuve un alumno que no tenía ningún problema al respecto; para él, caricatura y clasicismo iban indisolublemente unidos.
Algún amigo, que los conocía, me avisó de que vendría su padre con el chaval a verme. Entonces yo estaba en la Escuela de Artes, en la clase de Dibujo del Antiguo y del Natural, concretamente, donde se preparaba la gente para el examen de ingreso en Bellas Artes.
El padre de mi alumno era vendedor ambulante de ropa de señora. Su hijo, entonces, tenía 13 ó 14 años. No cumplía ningún requisito para poder matricularse en la Escuela, pero daba igual porque hacía muchos meses que se había terminado el plazo de matrícula. Tampoco parecía que el padre tuviera mucha consideración por las reglas, las normativas y las burocracias, ni mucha paciencia para admitir un no por respuesta, así que metí al crío en mi clase como a un sin papeles antes de que su padre se cabreara de verdad y me diera con la gayata en la cabeza.
El nuevo alumno, sin haber dibujado nunca en serio, se enfrentó con las estatuas de dos metros que nos servían de modelo con toda naturalidad. Me fascinaba verle dibujar al Diadumeno o a la Venus de Médicis con tanto desparpajo y tan hilarantes resultados. Cuántas veces me he acordado de esa habilidad de la que él mismo, claro, no podía ser consciente.
Pasaron seis meses en los que el crío siguió desarrollando su divertido estilico, mientras yo no sabía en qué sentido corregir tanta peculiaridad. Un día apareció su padre y me preguntó por los progresos de su hijo. Yo le dije que iba muy bien.
– Entonces, podrá colocarse ya. ¿Usted sabe de algún sitio donde pueda colocarse, le puede buscar algo?
Intenté explicarle que los avances de los que le hablaba todavía no eran suficientes, de lo que dedujo que si después de medio año aprendiendo, su hijo no podía trabajar, había perdido demasiado tiempo conmigo y mis tontadas. Muy cabreado (nunca le vi de otro modo), se llevó a su hijo a trabajar con él en el tenderete. No los volví a ver más.
"Mi tío Álvaro, que también es mi padrino, me regaló un día un cuento antiguo e ilustrado, con ese título tan repelente. Pero resultó que lo que tenía Pepito no era un sueño sino una pesadilla. El niño Pepito, a causa de una fiebre muy alta, soñaba que era un anciano que, no sé por qué, conseguía que la muerte respetara a los seres humanos. Miles de ancianos decrépitos recorrían las calles rezando el rosario y buscando al causante de su extremada longevidad. Me horrorizaba lo que podían hacerle si resulta que era inmortal… Había también un caritativo señor que cuidaba al anciano niño y sacaba sus orinales de la habitación. No sé si era el mismísimo diablo, no recuerdo… El anciano niño, arrepentido de su buena acción, llamaba a la muerte que aparecía en su trono, rodeada de esqueletos, flotando sobre los tejados al otro lado de la ventana…
Como verán, recuerdo mucho mejor las ilustraciones que el texto.
Es uno de los libros que más han influido en mi vida inconsciente. En cuanto me ponía malo y me subía la fiebre, lo que sucedía muy a menudo, me convertía en el Pepito del cuento y tenía las mismas pesadillas o peores. Era como si todo lo que nos enseñaban en el colegio sobre el infierno se juntara con todo lo que había leído sobre la enfermedad y la muerte en el dichoso cuento, para agravar mi estado de salud, física y mental.
Para superar el terror, me dediqué al estudio de la anatomía del esqueleto."
Un año después de escribir y colgar este texto, el autor del blog que lleva por título Mis adarmes, ha tenido la gentileza de regalarme, por segunda vez en mi vida, el dichoso sueño de Pepito. Confieso que aún no me he atrevido a sacarlo de su envoltorio.
El querido amigo, dice en su blog que ha tenido el libro en sus manos, pero no indica cómo se ha deshecho de él. He intentado dejarle un comentario pero, como no he podido, le he robado la foto.
Ahora, mientras estaba dibujando, me he acordado de lo que decía Tiziano a los noventa años (que lamentaba morirse cuando empezaba a saber dibujar) y de lo que me decía Elvira Fustero, una alumna muy divertida que tuve hace años:
– Sé que un día sabré dibujar. Hasta entonces, no pienso coger un lápiz.
La imagen es de Elvira Fustero (2004).
En la época de la campaña presidencial de 1984, el sonido de las grandes praderas de Copland se había convertido en algo tan universal que se utilizó una versión kitsch en los anuncios "Morning in America" de Ronald Reagan.
Es probable que a Copland no le quitaran nunca el sueño los usos y abusos de que era objeto su música, aunque posiblemente le habría encantado la ironía de que fuera un izquierdista homosexual de origen ruso-judío quien proporcionara la banda sonora para el programa del Partido Republicano.
Alex Ross. El ruido eterno.
Schoenberg envidiaba los éxitos de Berg y Berg, los fracasos de Schoenberg.
Theodor Adorno, citado por Alex Ross.
En 1937, el crítico escribió una segunda carta en la que incluía los sentimientos de nada menos que Louise Corson Downes: "Mi madre y yo hablamos a menudo de usted y ha vuelto a preguntarme por su Octava Sinfonía (...). "Dile al Sr. Sibelius que no estoy tan preocupada o inquieta por su Octava Sinfonía, que sé que él acabará a su debido tiempo, como por su Novena. Debe coronar su serie de obras en esta forma con una novena sinfonía que representará la cima y la síntesis de todos sus logros y que nos legará una obra que será digna de uno de esos pocos elegidos que son los verdaderos descendientes y herederos artísticos de Beethoven."
Como si no fuera suficiente la presión de las madres de los críticos musicales, Sibelius estaba cavilando sobre la recepción que le dispensaban en Europa.
Alex Ross. El ruido eterno.
Con su redescubrimiento de la religión, Stravinsky estaba, paradójicamente, siguiendo la moda.
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William James, en The Varieties of Religious Experience (Las variedades de la experiencia religiosa), escribió que ser víctima de una agitación mental desesperada suele ser el preludio de una renovación espiritual: "He aquí el auténtico meollo del problema religioso: ¡Ayuda! ¡Ayuda!"
Alex Ross. El ruido eterno.
Distante, intelectual, secretamente lesbiana, Singer poseía ella misma la personalidad de un artista. Se sentaba en una silla de respaldo alto delante del resto de la audiencia de modo que no pudiera ser distraída. Muchas cosas le desagradaban, nada le sorprendía. Cuando le llevaron los instrumentos para Les noces (de Stravinsky) en su casa de la avenue Henri-Martin, un mayordomo anunció, con un tono de voz horrorizado: "Madame la Princesse, han llegado cuatro pianos". A lo que ella contestó: "Que pasen".
Alex Ross. El ruido eterno.
Vean el estupendo reportaje que sobre "5º asalto" ha hecho el autor de Mis adarmes. Aquí:
http://my.opera.com/Adarmes/blog/
Sin su permiso, le cojo una foto.
"Era literalmente imposible, durante toda la interpretación, oír el sonido de la música", recordó Gertrude Stein, sin duda exagerando para llamar la atención.
Alex Ross. El ruido eterno.
1/ No se ha visto nada más satánico ni más artístico en los teatros alemanes.
Ernst Decsey
2/ Con esto va a causarse un perjuicio terrible.
Guillermo II
3/ ¡Con este perjuicio pude construirme mi villa de Garmisch!
Richard Strauss
4/ Decididamente, es más una sociedad anónima que un genio
Karl Kraus
Recopiladas de El ruido eterno de Alex Ross.
Theodor Herzl formuló por primera vez su visión de un Estado judío después de asistir a una representación de Tannhaüser.
Alex Ross. El ruido eterno.
Cuando Alejandro Magno cayó gravemente enfermo, los médicos no se atrevían a tratarlo por miedo a pagar con la cabeza la muerte del paciente. Sólo Filipo de Acarnania, médico y amigo del rey, tuvo el valor de acudir en su socorro y preparó un remedio. Y entonces Parmenio, el más fiel de los cortesanos, mandó al soberano una carta de advertencia. "Majestad –decía la carta–, el rey de Persia, Darío, ha sobornado a Filipo con promesas de matrimonio con una de sus hijas, y éste viene ahora a envenenarte". El rey no mostró la carta a nadie, pero cuando Filipo le trajo el cáliz con la medicina, se la dio a leer mientras bebía la mixtura sin miedo. Uno leía y el otro bebía, hasta que, al final, se miraron a los ojos.
Andzrej Szczeklik.
Cuando el conde Keyserling "sufría los horrores del insomnio que no le daban tregua", encargó a Johann Sebastian Bach una música... somnífera. Dicen que Bach aceptó a regañadientes este encargo impropio, que, para colmo, estipulaba que la pieza debía ser ligera y amena. Así nació un aria serena con treinta variaciones rebosantes de virtuosismo, llamadas variaciones Goldberg...
Andrzej Szczeklik. Catharsis. Acantilado, 2010.
No he leído la novela ni había visto la película hasta la otra noche, en que me quedé a verla por televisión. Me pareció una versión pretenciosamente seria de "El día de la Bestia". Como lo que hacía "Aterriza como puedas" respecto a las películas de catástrofes, pero al revés. ¿A qué fin?
Muchos siglos más tarde, Baldassare Castiglione relató el caso de un mercader italiano que organizó una expedición a Ucrania para adquirir pieles de marta. Se quedó atascado en los hielos de la orilla del Dniéper y, desde allí, intentó negociar con unos comerciantes moscovitas que habían acampado en la otra orilla. Sin embargo, los gritos del mercader no llegaban tan lejos: se congelaban por el camino y quedaban suspendidos en el aire en forma de carámbanos. Entonces, los intérpretes de éstos, que eran polacos, encendieron una hoguera en el centro del río, pero las palabras descongeladas hablaban de precios tan altos que el italiano no tardó en regresar a su soleada patria con las manos vacías.
Andrzej Szczeklik. Catarsis. Sobre el poder curativo de la naturaleza y del arte. Acantilado, 2010.
El otro día, al salir del teatro, coincidí con el Calvo y me dijo:
"Siento que tengamos que encontrarnos siempre en circunstancias tan tristes".