Una quinceañera y su madre
– Yo prefiero ir al instituto Alcalá...
– Andalán.
– ... que al Luis... Pablo... Carlos...
– Pedro, Pedro de Luna.
– Yo prefiero ir al instituto Alcalá...
– Andalán.
– ... que al Luis... Pablo... Carlos...
– Pedro, Pedro de Luna.
– En lo de psiquiatría, ¿os enseñaron unas fotos raras para ver qué veíais?
– Sí.
– Eso es para saber la personalidad de cada uno, según lo que ves dicen pues es así o asá.
– Ah.
– Ahora, que a mí me las enseñan y digo: Pues no veo nada.
Isidoro parece, plata no es, el que no lo adivine, bien tonto es. ¿Cuál es el animal que es dos veces animal? ¿Y cuál es el animal que es animal-objeto?: El zoológico completo de Isidro Ferrer, señoras y señores: el Hombre Elefante, porque es hombre y elefante, sin que haga falta explicar a estas alturas de la película o de la frontera quién es quién o viceversa; el Caimán, porque es caimán y Barranquilla; el Elefante sin hombre, porque es elefante y cafetera; el Pez, porque es pez y horma y porque es pez y E y porque es pez y etc; la Araña, porque es candado y araña; Isidro, porque es ratoncito y embudo aunque se esconda del fotógrafo; el Camello, porque es camello y Pirineo; el Camello (otro), por la misma razón; el Camello (otro más), por lo mismo de antes… Así hasta completar la interminable caravana de camellos, más y más sorprendentes cada año que pasan. Isidro es el ama de llaves del Arca de Noé.
Las patatas de Isidro son títeres y sus paraguas, marionetas. La huella digital de Isidro es dos veces animal porque es Macbeth y lady Macbeth; pero su mano es dos veces animal porque es el pajarito de la paz y un señor con cuernos muy farruco. Isidro es Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como, pero también o además o a veces o al mismo tiempo, alter ego de Grassa Toro, otro que es dos veces animal: racional como grassa e irracional como toro. Lo mismo que Isidro, que también es dos veces animal: racional como juan e irracional como palomo, o racional como alter e irracional como ego, o viceversa. Por no hablar de Media vaca y el otro Ferrer, el valenciano, que por lo menos es media vez animal como su propio nombre indica.
Isidro es el Hércules Poirot de los tebeos de Andalán. Isidro es amigo de mi amigo Rabadán, el hombre que me enseñó a pintar. Isidro es Eneas en la Eneida que pinté en el Museo Gargallo aunque sólo se le reconoce cuando está desnudo; Isidro es el Ulises seductor de sirenas en su barquito de papel, el minotauro delineante que levanta el plano exacto del laberinto, el toro rojo que te da alas. Isidro es el pirata caribeño de la petite mort; el ciclista que pedalea hacia el norte con las gafas-brújula que inventó un buen día; Isidro es el profesor Franz de Copenhague de la poesía; el morenito zumbón que toca la parrilla en las fiestas de San Lorenzo; Isidro es el domador que amansa a las fieras con un lapicerín, el funámbulo de los alicates, el payaso que es dos veces animal porque es el payaso listo y el payaso tonto; Isidro es el padre Gepeto de los maderos, de los pedruscos y de los corchos; Isidro es el cocinero de la sopa de letras, el repostero del abecedario que pone la guinda sobre las íes, el Guillermo Tell de las Helvéticas. Isidro es ese sujeto al que los objetos apelan incesantemente, los muy pelmas, benditos sean. Isidro es el diablo cojuelo más bueno que existe; Isidro es el Premio Nacional de Diseño del año de la Guerra; Isidro es el que gritó NO A LA GUERRA delante de las autoridades que eran dos veces autoridad, porque eran las autoridades y sus gorilas, todos con la cara de póker de los tahúres del Missisipi; pero era también el Rey, de copas y canapés, guiñándole un ojo con disimulo. Isidro es el ácrata con bombín.
Isidro es Isidro es Isidro es… como dijo Gertrude Stein y le plagió María Ostiz. Isidro es y punto. O Isidro punto es.
La foto está tomada en la sala de exposiciones de Anciles. Posiblemente sea de Ángel Sahún.
El arte actual vuelve al museo simulando inconformismo y radicalidad y el museo hace la vista gorda. El museo, que tenía vocación de eternidad, intenta ponerse al día. Nada es lo que era.
La imagen es de Jacques Villeglé.
En Zaragoza estamos muy orgullosos de que San Lamberto, tras ser decapitado en las afueras de la ciudad, recogiera su cabeza del suelo y se volviera andando con ella bajo el brazo.
Pero leo en "Iconografía de los Santos aragoneses I", de Wilfredo Rincón y Alfredo Romero, editado por Librería General, que San Félix y Santa Régula fueron decapitados, "tomaron en las manos sus cabezas y fueron a lavarlas a una balsa junto a la fuente de Torrijo y desde allí prosiguieron su camino, guiados por una vaquilla, hasta el vecino monte que servía de límite con Vijuesca, donde, tras ser sepultados, se construyó una ermita para su veneración. Sus cabezas se guardaron en urnas de plata."
Y más: San Frontonio, uno de los innumerables mártires de Zaragoza, también fue decapitado y su cabeza "subió corriente arriba las aguas de los ríos Ebro y Jalón hasta llegar al puente de Épila, y fue recogida por los sacerdotes de la villa, que la guardaron en un relicario de plata".
¿Es, pues, una costumbre aragonesa o se ha practicado en otros lugares?
Que tales cabezas se conformen con una simple urna de plata tras mostrar tanta determinación para decir la última palabra sobre su destino final, dice mucho del genuino carácter aragonés. Si es que existe semejante cosa.
Había un niño que siempre tenía que cargar con su primo pequeño. Encima, un día, tuvo que aguantar que su primo pequeño le dijera: ¡Chorrón, más que chorrón, que quieres ser el jefe!
Había un niño que se llamaba Abao. Cuando Gotzilla entraba en clase, todos los niños saludaban diciendo Abaoabaoabaoabao…, hasta que Gotzilla se cabreaba como un mono.
El niño Abao aborrecía este juego.
Aquel niño, cuando estaban en corro recitando la lección, mostraba a escondidas las yemas sangrantes de sus dedos.
Sus compañeros, horrorizados, contemplaban los cortes que se había hecho con una cuchilla de afeitar y le recomendaban acudir al botiquín.
- Ya se curarán solas, que son mayorcicas, respondía riéndose por lo bajinis con la suficiencia histérica que le caracterizaba.
El niño poeta, cuando el profesor se iba de clase, escribía en la pizarra sorprendentes versos sobre los búcaros de hiel que nos reserva el aciago destino.
El niño poeta gustaba de correr como un loco por los pasillos y estamparse contra la pared.
Aseguraba muy serio que estaba enamorado de una cabra vieja.
El niño justiciero mandaba anónimos a sus vecinos advirtiéndoles de que vigilaba su sospechoso comportamiento.
Escribía los mensajes en una cartulina con letra gótica, firmaba con una mano negra y quemaba los bordes para que pareciese pergamino antiguo.
Su padre era hincha del Arenas, club de fútbol. Los domingos que perdía su equipo, tapaba con un paño morado el escudo que presidía el comedor y no hablaba con nadie hasta el martes o el miércoles.
El niño mago se pasaba el día haciendo juegos de manos con sus barajas. Su padre trabajaba en el Casino Mercantil. El niño mago no podía extender el brazo izquierdo y lo llevaba siempre doblado. Esa circunstancia parece que hacía más meritoria su habilidad.
Había un niño que regalaba muy afectuoso las virutas que producía su sacaminas y se empeñaba en que los otros niños se las guardasen en el plumier. Nunca se supo si era un niño tonto o un cabroncete.
Era un niño tan pobre tan pobre que sus padres lo mandaron al campamento de verano con el traje de los domingos.
El niño prodigio tenía que cantar en todas las fiestas a las que estaba invitado, el muy imbécil.
Parecía un niño normal, hasta que un cura lo humilló en clase revelando a sus compañeros que usaba gafas sin necesidad, por pura coquetería.
Otro niño que parecía muy normal se metió cura. No tuvo lo que hay que tener para despedirse en persona de sus amigos y les mandó una carta que sólo consiguió emocionar a sus señoras madres.
El niño forofo, al acabar un tormentoso partido, le pegó con un palo al árbitro en la cabeza y el árbitro intentó matarlo. El niño se meó en los pantalones y no volvió a ser forofo de nada.
Era un niño raro. En su casa había una habitación llena de vitrinas. En cada vitrina se exhibía, a modo de belén, una escena completa de geypermanes con todo lujo de detalles; un safari, un campamento indio, una batalla de la II Guerra Mundial…
Sólo se podía mirar.
El jefe de la banda de los niños veraneantes preparaba los enfrentamientos con la banda de los niños del pueblo, haciéndoles formar: ¡A cubrirse!, gritaba como un militarote.
Y en perfecta formación esperaban a los niños del pueblo que no venían nunca.
Otro niño era hijo del diminuto profesor de gimnasia, que era militar y se llamaba Abundio. Aquel niño, pese a todo, no daba ninguna pena.
Había un niño muy mimado que se murió.
Los niños del colegio rodeaban a la anciana sentada en el suelo de la plaza y le insultaban a voz en grito. La anciana señora se hacía la sorda hasta que, de pronto, se cogía una flema con los dedos y la lanzaba como una centella contra ellos. La leyenda cuenta que siempre acertaba en algún ojo.
Un pobre niño vivía con su tío cura. Un día, el pobre niño fue acusado de robarle unas pesetas y los curas del colegio le pegaron una paliza en plan corporativo.
El niño cojo tenía las piernas retorcidas y caminaba apoyado en dos gayatas de madera. Como no podía jugar en el recreo, el pobre se sentaba junto a la pared y se entretenía derribando con los bastones a los niños que pasaban ante él.
Un curso coincidieron dos niños que no podían salir al recreo por motivos de salud. Solos en clase, ideaban todo tipo de torturas para sus profesores.
Una niña muy pequeña dijo un día: “Os voy a contar un cuento. Esto era una Virgen muy presumida y de plexiglás”.
– Ahora sale con una pequeña.
– Todos ustedes son pequeños.
– No crea. Aquí estamos los más feos. En mi pueblo hay chicas guapas pero se van a estudiar.
– Pero, ¡señor!
– Espere que se acomode mi señora, primero.
– Pero...
– Ahora se puede sentar usted, si quiere.
– No, no, no quiero.
– ¿Ah, no?
– Me conformo con que no me tire al suelo.