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de profesión incierta

Cadenas públicas sin publicidad

Cadenas públicas sin publicidad

 

 

Una señorita con auriculares y cuatro o cinco pasajeros más

– ¡¡¡GOL!!!

– ¿Del Barcelona?

– ¿Cómo van?

– ¿Contra el Villarreal?

– Etc.

 

Marta Almajano en Zaragoza

Marta Almajano en Zaragoza

 

 

Mental

Mental

Fotografía de V. Almazán.

 

Huellas del presente

Huellas del presente

Fotografía de V. Almazán.

 

Bueno para el corazón

Bueno para el corazón

Fotografía de V. Almazán.

 

Biel

Biel

 

 

Más imputados

Más imputados

 

 

El Gobierno pagará a los rumanos para que se vayan

El Gobierno pagará a los rumanos para que se vayan

 

 

Dos señoras

– ¡Hola!

– ¡Hola! Pues nada, que quería comprarme unos zapatos para la falda vaquera y he dicho: "Pues me compro también la falda".

 

Los libros que más me han influido

Los libros que más me han influido

Como ya anuncié en su día, di una charla sobre este tema en la Biblioteca de Aragón. La cuelgo aquí a petición de mis sufridos espectadores. Ya digo un poco más abajo que no tengo ninguno de los libros de los que hablo y, por tanto, he tenido que ilustrarlos como he podido. Ustedes perdonen.

 

Cinco reflexiones y 27 libros.

1ª reflexión: Poco me han debido de enseñar los libros si he aceptado dar una charla como esta.

 

2ª reflexión: Hablar de los libros que han influido en mi vida es como desnudarme. Más vale que sea un desnudo retrospectivo, de cuando estaba de mejor ver. Al fin y al cabo, los libros que más inciden en la vida son los que se leen de joven.

 

3ª reflexión: Hay libros que han sido muy importantes en nuestra vida y de los que no tenemos memoria. ¿Dónde aprendí el estoicismo de los espartanos? En los libros de texto, supongo. Pero, ¿y el estoicismo de los sioux?

 

4ª reflexión: Por azares de la vida, en este momento no poseo ninguno de los libros de los que voy a hablar. Espero que sirva para que mis recuerdos no se contaminen.

 

5ª reflexión: Junto a cada título de la siguiente lista, narraré una anécdota que confirme la influencia que ha tenido el libro sobre mi vida. El que avisa no es traidor.

 

A/ Los libros de texto. Editorial Luis Vives.

Mis libros de texto eran los libros de texto del nacional-catolicismo y, contando con que yo era un niño y, encima, crédulo, supongo que influyeron en mi vida mucho más de lo deseable. No diré más.

Pasemos a cosas serias.

 

No se merecen ni ilustración.

 

 

B/ Los tres mosqueteros. Alexandre Dumas

B/ Los tres mosqueteros. Alexandre Dumas

Tampoco voy a ponerles en antecedentes de semejante clásico. Me limitaré a señalar algunas de las cosas que me enseñó:

-     a/ Se puede ser amigo de alguien tras haber reñido con él. Esto me costó entenderlo. Yo no reñía nunca con nadie porque pensaba que sería para toda la vida.

-     b/ Los cardenales pueden ser malos.

-     c/ Las mujeres, peores.

-     d/ Y mejores.

-     e/ Las cosas pueden no ser lo que parecen.

-     f/ Los fanáticos pueden ser tan corruptibles como cualquier otro. Sólo se necesita un poco más de tiempo.

-     g/ Los famosos y flamantes mosqueteros eran unos simples “mandaos”. (Muy decepcionante, claro, pero, ¿a quién le interesaba ser el rey?)

-     h/ Una consigna: “Todos para uno y uno para todos”.

Cuando yo era niño, la solidaridad era una cosa muy importante. Sobre todo si había que hacer frente a la banda del Pololo, que pululaba entre el Boterón y el Reformatorio, o a los hermanos maristas que pululaban por la clase y el recreo. Quizás hago mal en equipararlos. La banda del Pololo nunca pegaba con la saña de los maristas.

En 1956, influenciado, pese a todo, por mis profesores, yo soñaba con salvar a Hungría del comunismo, capitaneando una compañía de mosqueteros.

Años más tarde leí a Marx (tampoco mucho) y en seguida reconocí su consigna: “Mosqueteros del mundo, uníos”.

 

C/ Las aventuras de Guillermo. Richmal Crompton

C/ Las aventuras de Guillermo. Richmal Crompton

Guillermo fue el maestro. Había que vivir como Guillermo. Dentro de lo posible, porque en mi casa no había canalera por la que deslizarse hasta la calle y vivía en un quinto piso interior, en pleno casco antiguo. Para parecerme a Guillermo, además, tenía que despeinarme y desabrocharme los zapatos después de salir de casa. Buena es mi madre…

Creo que, entre Savater y los escritores que me han precedido en estas charlas, ya se habrá dicho todo sobre Guillermo. O casi.

 

Mi padre me dejó un libro de Guillermo a los diez años y a los pocos días se lo devolví aburrido.

Insistió cuando yo ya tenía doce años. Esta vez me volví loco y leí un volumen tras otro sin levantar cabeza. Pero en seguida me di cuenta de que, por más que corriera, nunca llegaría a ser como Guillermo en sus eternos once años: había perdido una oportunidad de oro por no leerlo a la primera. Es algo que no me perdoné en la vida.

De todas formas, he seguido llegando tarde a todo.

 

Mi mejor amigo se llamaba José Luis Grilló y leía a Guillermo al mismo tiempo que yo. No decíamos nada pero estoy seguro de que los dos pensábamos lo mismo. Aunque, en el fondo, yo sospechara que Guillermo era él. ¡Señor, qué sufrimientos!

Se murió antes de que pudiéramos hablarlo con la suficiente distancia.

En aquel curso, los Hubertitos del colegio preparaban una función de teatro sobre los mártires cristianos. Nuestra banda de los proscritos se dedicaba a espiar los ensayos y a provocarles con abucheos y pitidos desde el fondo oscuro de la sala, para salir después corriendo por miedo a que nos pillara el director de la obra, el hermano Bruno, e intentara enrolarnos en las misiones.

El día del estreno, durante el recreo, fui con Grilló al foso del teatro, donde guardaban el vestuario, y destrozamos todo lo que pudimos con verdadero frenesí. Parecía que nos hubiéramos vuelto locos, pero era simplemente que no teníamos casi tiempo.

Cuando se levantó el telón, el alumnado empezó a reírse de los pobres actores, de las túnicas que habían quedado como minifaldas andrajosas, de sus cascos abollados que no les entraban en la cabeza, de las espadas que sacaban amenazadores para quedarse con la empuñadura en la mano… Los maristas tuvieron que parar la representación varias veces para acallar el escándalo y, al final, suspenderla definitivamente para alivio de los pobres mártires.

Mientras tanto, Grilló había desaparecido. Volvió cuando el Hermano Director anunciaba que iban a proyectar directamente la película sobre las misiones con la que se completaba el acto. Pasó el tiempo, los alumnos, enardecidos, empezamos a patear mientras coreábamos “que empiece ya que el público se va” y al final el hermano Director, ciego de ira, nos envió a clase bajo amenaza de excomunión general si oía una sola palabra. Grilló me dijo al oído, aguantándose la risa: “He subido a la cabina y he dejado la película que no hay quien la desenrede”.

Estaba claro quién era Guillermo. Yo, a pesar de mi aspecto cetrino, tenía que conformarme con ser Pelirrojo.

 

D/ El libro de la selva. Ruyard Kipling

D/ El libro de la selva. Ruyard Kipling

Después de descubrir con Guillermo mis limitaciones para el liderazgo, entré en los boy scouts y de golpe y porrazo me nombraron guía de mi patrulla. La única forma posible de afrontar la situación era convertirme en el scout perfecto, el mejor, el más preparado, lo que quizás justificaría la insostenible situación en la que me encontraba frente a mis amigos.

Una de las cosas que tenía que hacer un buen scout era leerse “El libro de la selva”. Hay libros que influyen en la vida y hay vidas que influyen en las lecturas. Seguramente, todas.

Así que me lo leí. Ya conocen el argumento del libro, que no se parece en nada a las películas que sobre él se han hecho: Vida de un niño criado por lobos en plena selva tropical y educado por un oso y una pantera en lugar de por el Foca y el Gotzilla, como yo. Su enemigo, en vez del Demonio, era un tigre de Bengala. Vivir en plena Naturaleza no tenía más que ventajas.

El libro era buenísimo, aunque al final, por amor, Mowgli intentara civilizarse. Yo no podía con aquello. No tenía nada contra el amor, pues a los 5 años ya estaba enamorado de una niña de párvulos y de una señorita de preu, pero me parecía una pérdida de tiempo y una tontada el hacerse mayor y civilizado. Ahí empecé a detectar en mí cierto complejo de Peter Pan, aunque entonces ignorara que era un complejo y que se llamaba así. En fin, más tarde descubriría que hasta los lobos esteparios acaban bailando charlestón.

A pesar de todo, el libro me descubrió la posibilidad de poder ser protagonista sin tener que entrar en competición con mi mejor amigo. Me parecía mucho más cómodo disputar el liderazgo a toda una manada de lobos que a Grilló. El libro me confirmó en mi vocación de “campasolo”, vocación que todavía cultivo.

Cambió, también, mi relación con los animales, a los que empecé a considerar como de la familia y con los que he llegado a tener relaciones bastante sorprendentes. Les pongo un ejemplo: En una de mis largas caminatas por los montes de Cuarte, vi venir hacia mí una especie de diablillo volador. Al principio pensé que había pillado una insolación, pero el diablillo aterrizó en una mata cercana y pude comprobar que sólo era un escarabajo longicorne. Me aproximé con mucho cuidado, extendí un dedo y se lo pasé por el lomo. El escarabajo empezó a ronronear como un gato. Se lo juro.

 

El cuadro es de mi exposición en la Lonja de Zaragoza.

 

 

 

E/ Las aventuras de Huckleberry Finn. Mark Twain

E/ Las aventuras de Huckleberry Finn. Mark Twain

Cuando me preguntan en esas encuestas tan de moda, que quién es mi héroe de ficción favorito, siempre nombro a Huckleberry Finn.

La primera vez que leí el libro lo pasé fatal. Me fascinaba el viaje en balsa por el río Mississippi, huyendo aguas abajo junto a su amigo Jim, me parecía el mejor libro que había leído en toda mi vida, pero me faltó pillarle la ironía que tenía todo aquello. Quizás porque yo era muy joven; quizás, según leí mucho más tarde, por culpa del traductor. El caso es que me parecía un libro bueno pero acongojante, no sólo por el riesgo continuo de recibir un balazo, sino también por el dilema moral que se le planteaba a Huck: ayudar a su amigo Jim era pecado mortal porque su amigo era un esclavo negro huyendo de sus amos. Y me agobiaba más porque me parecía que yo habría hecho lo mismo, aunque se fuese a hacer puñetas mi alma inmortal; aunque me dieran miedo los dos estafadores que no dejaban solos ni a sol ni a sombra a los protagonistas, aquellos estafadores que eran como el viejo que se subió a los hombros de Simbad en uno de sus viajes y que me daba más miedo que nada, cuando oía el cuento por la radio. Arriesgaría mi alma inmortal aunque me dieran miedo aquellas señoritas como arañas dibujadas por una joven romántica que daba pena; aunque me dieran miedo los muertos que bajaban por el río o los que velaban en casas desconocidas y a los que desenterraban en medio de la tormenta para recuperar el tesoro que escondían; aunque me dieran miedo los fanfarrones del Viejo Sur; aunque me diera miedo el mismo Jim con su disfraz de apestado…

En fin: que igual no era capaz de hacer lo mismo que Huck, fíjense lo que les digo. Era demasiado arriesgado. Una cosa es parecerse a Guillermo Brown y otra, a Huckleberry Finn.

Eso sí, había un aspecto del libro que me hacía feliz: Tom Sawyer, que sale al final y es el verdadero líder de su pandilla, queda como un auténtico tontolaba.

Ese libro me hizo mayor.

 

Algo más tarde, a los 16 años, practicaba remo en el Club Náutico.

Un día planeamos dejar las yolas y los outrigers y subirnos a una balsa para bajar navegando por el Ebro. Conseguimos ocho neumáticos de tractor en alguna parte y Enrique Royo, que era ebanista, preparó unos largos y gruesos listones para sujetarlos.

El sábado siguiente llegamos hasta cerca del castillo de Miranda, no recuerdo si andando o en algún otro medio de transporte. Acampamos en una vieja cantera y dormimos al raso. Por la mañana, nos dividimos en dos equipos: unos fueron a la gasolinera de Juslibol a inflar los neumáticos y otros nos quedamos cortando cañas para hacer la cubierta de la balsa.

Por motivos logísticos, decidimos hacer dos. Atamos los neumáticos a los largueros, echamos encima una capa de cañas y, sobre ésta, unas lonas. Apilamos las mochilas en el centro, nos colocamos en los laterales armados de palas de kayak y pértigas y comenzamos el descenso.

Al principio, por inercia o porque éramos tan jóvenes, remábamos con fuerza, picándonos de una balsa a la otra. Más tarde, nos dejamos arrastrar por la corriente. Teníamos muchas horas por delante y el recorrido no era demasiado largo. Después de comer, nos amodorramos al sol sobre las balsas. Unos macarrillas salieron de su modorra en la orilla derecha al vernos pasar y empezaron a insultarnos. Desde el centro del río fue una tentación irresistible responderles con un “maricón de playa” que les hizo pasar de las palabras a los hechos. En seguida nos dimos cuenta de que ellos disponían de todas las piedras del mundo y nosotros sólo de las que caían en la balsa. Volvimos a remar con fuerza.

Más adelante seguimos con nuestra siesta y la corriente nos empujó a un laberinto de ramajes del que procuramos salir con el menor número de arañazos. En un tramo de poca profundidad, las aguas se aceleraron y temimos que se rajaran los neumáticos.

Sobre las seis de la tarde llegamos a la altura de la vieja Pasarela. Maniobramos para unir las dos balsas y hacer una entrada más espectacular. El numeroso público que paseaba por la ribera empezó a aplaudirnos. Nosotros respondimos saludando con la falsa modestia de los héroes de las películas.

 

Cuando años más tarde volví a leer la novela de Mark Twain, en la edición del Barco de Papel, me pareció incluso mejor de lo que recordaba. Allí estaba de nuevo todo aquel horror, pero matizado por la más fina ironía. Bendita sea.

 

 

F/ La novela policíaca

F/ La novela policíaca

Hubo otro libro que también me hizo mayor.

Yo leía sobre todo en verano. Unos veranos me centraba en las novelas de aventuras y otros, en las novelas policíacas. De éstas, leí las de Ellery Queen, Rex Stout y, sobre todo, las de Agatha Crhistie.

Un día cogí una novela sin tapas, con las hojas roídas y amarillentas que se titulaba “El collar de jade”. No parecía muy prometedor. Pero me pasó lo mismo que con Huckleberry Finn: Tras leer aquel libro, Ágata Crhistie me pareció una maravillosa autora de literatura infantil. Aquel zarrio de novela era como un puñetazo de los que dejaban grogui al protagonista.

Algún tiempo después, mientras leía a la generación del 98, que parecía ser lo más moderno que se podía leer entonces, yo añoraba encontrar algo tan potente como lo que había leído en aquella novela.

No me alargo más: según he sabido más tarde, su título original es “Farewell, my lovely”, y está escrita por el mismísimo Raymond Chandler.

El título de la película, por si quieren situarla, era “Adiós, muñeca”.

Vuelvo a preguntarme: ¿Cómo tenía tanto olfato para la buena literatura si luego no he podido con Marcel Proust?

 

G/ El sueño de Pepito

G/ El sueño de Pepito

 

Mi tío Álvaro, que también es mi padrino, me regaló un día un cuento antiguo e ilustrado, con ese título tan repelente. Pero resultó que lo que tenía Pepito no era un sueño sino una pesadilla. El niño Pepito, a causa de una fiebre muy alta, soñaba que era un anciano que, no sé por qué, conseguía que la muerte respetara a los seres humanos. Miles de ancianos decrépitos recorrían las calles rezando el rosario y buscando al causante de su extremada longevidad. Me horrorizaba lo que podían hacerle si resulta que era inmortal… Había también un caritativo señor que cuidaba al anciano niño y sacaba sus orinales de la habitación. No sé si era el mismísimo diablo, no recuerdo… El anciano niño, arrepentido de su buena acción, llamaba a la muerte que aparecía en su trono, rodeada de esqueletos, flotando sobre los tejados al otro lado de la ventana…

Como verán, recuerdo mucho mejor las ilustraciones que el texto.

Es uno de los libros que más han influido en mi vida inconsciente. En cuanto me ponía malo y me subía la fiebre, lo que sucedía muy a menudo, me convertía en el Pepito del cuento y tenía las mismas pesadillas o peores. Era como si todo lo que nos enseñaban en el colegio sobre el infierno se juntara con todo lo que había leído sobre la enfermedad y la muerte en el dichoso cuento, para agravar mi estado de salud, física y mental.

Para superar el terror, me dediqué al estudio de la anatomía del esqueleto.

 

La imagen del libro me la ha proporcionado Vicente Almazán.

 

H/ Relatos de fantasmas

H/ Relatos de fantasmas

No contento con el sueño del puñetero Pepito, me leí las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, los Cuentos de Edgar Allan Poe, el Drácula de Bram Stoker y otras muchas historias de fantasmas y similares.

Drácula lo leí también con fiebre y fue una experiencia inolvidable.

Después descubrí a Nosferatu, pero esa es otra historia. De cine.

Mis pesadillas eran prodigiosas. Una de las más repetidas era la de que entraba en un iglesia barroca que, de pronto, se convertía en un museo lleno de salas repletas de Cristos yacentes, Vírgenes embutidas en fanales, momias engalanadas y recostadas en sus urnas y otros tantos horrores de la imaginería religiosa. Siempre me perdía en aquel laberinto y nunca conseguía encontrar la salida. Me despertaba aterrorizado.

De mayor me enteré de que había tardado 40 horas en nacer y de que lo había hecho asfixiado. En plan freudianico, deduje que mis pesadillas eran un reelaborado recuerdo de mi nacimiento, influenciado por mis visitas a la iglesia de San Cayetano en Semana Santa, y me quedé tan pancho. En realidad, creo que aún lo pienso. Y pienso que quizás tendría que añadir a esta lista algún título freudiano.

Pero, volvamos a mis pesadillas: Un día, en el semanal de El País, vi un reportaje sobre el convento de las Descalzas Reales de Madrid y reconocí asombrado el escenario de mis sueños.

Pregunté a mis padres si había estado alguna vez allí, pero ni ellos lo conocían. Así que me fui a verlo y me encontré con que estaba cerrado por obras. Tuve que esperar dos años.

Por fin conseguí entrar y, de mala gana, me uní a la visita guiada pues no había otra alternativa. La guía, por la forma de expresarse, debía ser legionaria de Cristo Rey. Un señor me comunicó vehementemente lo indignado que estaba con sus comentarios. Para todo tenía pero, en aquel momento, yo iba a lo que iba.

El convento, tal como me esperaba, era el escenario de mis pesadillas. Lo recorrí sobrecogido, descubriendo los Cristos yacentes, los fanales con santa, los Niños de Pasión, los trampantojos, los recovecos, los relicarios…Al entrar en una sala, descubrí sobre un altar, una alpargata-cilicio que no había visto nunca. Mientras la contemplaba fascinado a la par que aprensivo, oí decir a la guía:

    Y aquí tienen ustedes este Niño Jesús, de Alonso Cano…

Me volví como un rayo y vi al Niño Jesús, sentado en un sillón, con la cabeza apoyada en la mano, dormidico como un tronco, que era mi vivo retrato a los tres o cuatro años.

Entonces, como Chuang Tzu, no supe si yo era un señor que había soñado que se perdía por las Descalzas Reales, o soy un sueño que tiene el niño dormidico en el convento.

 

La imagen corresponde a la escalera principal de las Descalzas Reales.