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de profesión incierta

Textos

Repeticiones

Repeticiones

Jesús Rabadán, el hombre que me enseñó a pintar, me enseñó también un rancio librito que empezaba, más o menos, así (cito de memoria):

"Quién no tenga posibles económicos, que no siga leyendo. Este librito pretende formar artistas, no mártires".

El sábado en Babelia, citaban una frase de Juan Muñoz, el escultor español de prestigio internacional:

"Si no hablas varios idiomas y no tienes liquidez económica para viajar a donde haga falta en el momento necesario, no tienes futuro ni presente".

Como dijo Julio Iglesias, la vida sigue igual.

 

La muerte del arte

La muerte del arte

Ayer, en El País y con el título "El año del Juicio Final", Félix de Azúa anunciaba por enésima vez la muerte del arte. Tiene razón en casi todo lo que dice pero lleva 40 años intentando convencernos del famoso óbito. ¡Qué agonía, co! Ahora señala a 1972 como el año en que se produjo tan desgraciado acontecimiento. Pero, 200 años antes, Hegel dijo lo mismo. Igual que se equivocó Hegel, puede equivocarse Azúa.

Bueno, ahora que lo pienso, todos nos repetimos. Hasta el ajo. Como prueba, adjunto un texto que escribí después de una tarde de exposiciones por Barcelona y que no se llegó a publicar. Creo.

 

 

BUCLES

 

MACBA. Exposición antológica de la señorita Piper. Arte conceptual: textos y fotografías. Adrian Piper (Nueva York, 1948) es mulata, con perdón. Y toda su obra, un contundente alegato antirracista. Para los gringos, ya se sabe, todo es o blanco o negro.

–Excepto la señorita Piper, supongo.

–No, listillo: la Piper es negra.

De tal contexto, tal texto. Para que se hagan una idea: Cubículo negro. Interior. Vídeo: diez policías blancos apalean a un conductor negro. Sonido: discurso del Presidente sobre la Ley y el Orden.

 

–Una caña, please.

La señorita Piper y yo nacimos el mismo año. Pero, mientras yo descubría la importancia del subconsciente en los procesos artísticos, ella analizaba dichos procesos conceptual y sistemáticamente. Siempre llego tarde a todo.

Bucle melancólico de la cerveza en mi estómago. Retorno sentimental al desconcierto de mis tiempos de estudiante en Barcelona. A veces, el tiempo pasa en balde. ¡Hip!

 

No es cierto, claro. Antes de ir al Macba, vi más cosas.

A/ Galería Joan Prats. Exposición de Muntadas. Arte conceptual, ya saben: textos y fotografías. Y dibujos serigrafiados. Ahora, Muntadas calca fotografías de prensa con rotulador: la del trío de las Azores, por ejemplo.

 

B/ Galería Carles Taché. Exposición de pintura de Viaplana. De pintura. A ver como describo yo esto. Viaplana pinta intuidos rincones del inconsciente con apariencia de fotografías en blanco y negro viradas ligeramente a verde.

 

La fotografía, pues, es el eje del bucle de ambigüedades semánticas que anticipaba la reflexión que Dan Cameron se hacía, dos días más tarde en las páginas de El País, sobre “la brecha enorme que existe” entre el arte político y el arte poético. Añadía: “La complejidad de la situación política requiere también una complejidad equivalente en el tratamiento del arte”.

Hala, pues.

 

El grabado de Durero se titula Melancolía.

 

Toros

Toros

En la década de los 90, estuve dibujando toreros para los carteles de la Plaza de Toros de Zaragoza. El diseño no era mío, sólo las ilustraciones. Cuando llevábamos tres o cuatro carteles, se enteraron mis clientes de que nunca había visto una corrida de toros. Me invitaron a ver una en el callejón. Fue tremendo. El suelo temblaba, la barrera crujía, los coágulos de sangre pasaba volando sobre mi cabeza. Un toro se rompió un cuerno nada más salir... En fin.

Poco después me pidieron un texto para una revista que editaba la Plaza y escribí esto. He suprimido un párrafo que coloqué al final para contemporizar.

¿Qué ver tiene?

Si, los que tenemos un oficio en el que, para bien o para mal, se emplea mucho la cabeza, nos acercamos al mundo de los toros, nuestros anfitriones, que saben lo raricos que somos, intentan vendérnoslo aludiendo a los orígenes míticos de la fiesta, perdidos en la nebulosa de oscuros ritos prehistóricos, muy probablemente dedicados a la Diosa Madre, la famosa Diosa Blanca de Graves, Diosa Triple del nacimiento, del amor y de la muerte. Osease, la Luna, cuyos cuernos en cuarto creciente encontrarían exacto reflejo en los del toro. Quienes nos ilustran, suelen citarnos el ejemplo de las ágiles y casquivanas sacerdotisas cretenses, representantes de toda una cultura mediterránea que, por razones que ahora no vienen al caso, sólo ha conseguido sobrevivir en la Península Ibérica.

Sin embargo, una vez en la plaza, uno sospecha que al verdadero aficionado no le interesan nada estos prolegómenos eruditos y que lo que disfruta o sufre es muy distinto de las especulaciones arqueológicas que puedan legitimar la fiesta y muy distinto, en todo caso, de lo que podamos ver el resto de los mortales.

Y es que en la fiesta de los toros, tal como ha llegado hasta nosotros, la estética más remota que se rememora es la dieciochesca (goyesca, que se le llama popularmente), es decir, la estética de un tiempo en el que se quiso acabar con los mitos para siempre poniendo al hombre bajo la advocación de la Diosa Razón. Paradójicamente, la misma Ilustración que pretendía liberar al hombre de un terrible pasado, en el que había vivido sojuzgado por terrores supersticiosos y sangrientos ceremoniales, dio origen a las Academias –que reglamentaron estrictamente hasta el más nimio aspecto de cualquier actividad incluyendo las corridas de toros– y a la guillotina.

Estoy hablando por hablar, o estoy escribiendo porque me han pedido muy amablemente una colaboración para esta revista. Quizá, por eso, esté desvariando un poco. Pero, lo que sí he creido entender, por todo lo visto y oído, es que el verdadero aficionado disfruta sobre todo con el estricto cumplimiento de la reglamentación académica que a cada suerte le corresponde.

Y, precisamente desde hace un siglo, los reglamentos y academicismos están muy mal vistos en el mundo del arte, aunque sólo sea de boquilla. Claro que, en el mundo del arte, ni se mata ni se muere, lo cual facilita mucho cualquier veleidad transgresora.

 

La imagen no corresponde a ningún cartel. Es la caricatura de Pedro Díaz Layús, el Baulero, que publique en "Zaragoza".

Cabrera

Cabrera

Hace dos años, hice unas aucas con 24 viñetas, por encargo del Museo de las Guerras Carlistas de Cantavieja. Estos son los ripios que me salieron.

 

 

El Tigre del Maestrazgo

 

1- Cabrera nace en Tortosa

de familia muy hacendosa.

 

2- Del seminario, el muy pillo,

se va a jugar al tresillo.

 

3- Rebotado va y se alista

en Morella de carlista.

 

4- Va consiguiendo poder,

traicionando a Carnicer.

 

5- Para demostrar quién manda,

fusila alcaldes en banda.

 

6- El enemigo, irritado,

a su madre ha fusilado.

 

7- Y Cabrera, tras vengarse,

va a Cantavieja a quedarse.

 

8- Con la expedición al Sur,

su feudo queda al albur.

 

9- Al retornar en su busca,

cae un rayo y le chamusca.

 

10- ¡Ya llegan los de don Carlos!

Cabrera corre a ayudarlos.

 

11- Atacan la capital

y se lo montan fatal.

 

12- Ya es el conde de Morella,

por apoderarse de ella.

 

13- Cabrera, hecho un feroche,

asesina a troche y moche.

 

14-Sus prisioneros hambrientos

se comen hasta a los muertos.

 

15- A Cabrera no le para

ni el abrazo de Vergara.

 

 

16- Aunque el glorioso Espartero

le vence como a un chusquero.

                                                                   

17- Cabrera, del sofocón,

se hunde en una depresión.

 

18- Huye a Francia hecho un guiñapo

Pero haciéndose el chulapo.

 

19- Se establece de tendero,

pero es muy mal vinatero.

 

20- Apoya a Montemolín,

¡otro fracaso, jolín!

 

21- Se casa en Londres Cabrera,

con una rica heredera.

 

22- Y la “flema” londinense

le ayuda a que se lo piense.

 

23- Al reinar Alfonso XII,

¡Cabrera lo reconoce!

 

24- Y muere como un bendito

aquel felino, aquel mito.

 

 

 

ocurrencio

ocurrencio

Los teóricos se parecen a los curas (esos teóricos del Más Allá y de la familia): Les cuesta mucho reconocer errores y disculparse por ellos.
Así, por ejemplo, leí en el blog de Félix de Azúa que un día, hablando con Luis de Pablo de cual podía ser la causa de que hubiera compuesto música tan difícil, el compositor confesó que era como si una voz le dijera que eso era lo correcto. Y Azúa se preguntó: ¿Quién sería?
Me indigné tanto que ni me molesté en mandarle el siguiente comentario:
¿Quién se lo decía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Quién se lo decía? ¿Y tú me lo preguntas?
Teoría, ¡eras tú!

ocurrencio

ocurrencio

Posibilidades del anacronismo: Ver a Picasso como el primer y mítico pintor de la Humanidad que generosamente proporciona modelos a todos sus descendientes, desde los primitivos africanos a los bohemios de principio de siglo, pasando por los clásicos griegos y los pompiers decimonónicos. Pensar que la torpeza de Manet tiene su culminación en la obra de Velázquez. O que los pre-rafaelistas son anteriores e incluso posteriores a Rafael. 

 

ocurrencio

ocurrencio

Sólo vemos lo que se mueve. Mantenerse inmóvil es mantenerse oculto. Y la pintura se mantiene inmóvil. Es más, inmoviliza todo lo que toca. 

 

Albarracín

Albarracín

Estuve en Albarracín dando unos talleres de ilustración. Antón Castro, el coordinador, nos pidió un texto sobre la experiencia. Escribí los textos que siguen pero nunca se publicaron.

Aprovecho para hacerlo aquí, ilustrados por Constanza Cano Henn.

 

Los niños de los Montes Universales

Los niños de los Montes Universales

Los niños de los Montes Universales viven en pueblos pequeños y apartados. Para poder llegar al taller literario que les han organizado en Albarracín, han tenido que madrugar mucho y se les nota. Están dormidicos. El monitor intenta despertarles diciéndoles que vamos a cocinar un cuento. Los niños de los Montes Universales le miran como si hubiera dicho: Vamos a meter un libro en el horno y sacaremos un bizcocho. Desperezándose y bostezando, algunos niños van nombrando personajes sin saber muy bien para qué. Un tigre, una perdiz, un caracol... Ningún niño de los Montes Universales dice un pokemon ni un pikachu. Uno dice un exterminador un exterminador un exterminador un exterminador... Además de agresivo, es un niño muy pesado.

Llega la hora del almuerzo y los niños de los Montes Universales sacan unos bocadillos enormes que se comen ansiosos mientras juegan.

Los niños de los Montes Universales vuelven a clase hechos unos fieras y se comen crudos a todos los personajes que aparecían en su cuento. 

 

Una niña

Una niña

Entre los niños de los Montes Universales hay una niña pequeña y regordeta con flequillo y sin dientes, con camiseta roja y chaqueta amarilla. No sé por qué, pero todos nos fijamos en ella. Coge una barra de pegamento y el profesor le dice: “Toma ésta otra”. Ella protesta: “Sí, claro, la gastada”. El profesor le dice: “Pues devuélvemela”. “Ah, no”, dice la niña, que se llama Sofía. 

 

El hijo de Alberto Serrano

El hijo de Alberto Serrano

El hijo de Alberto Serrano es igualico que su padre. Alberto Serrano es un hombre grande con gafas y barba. El hijo de Alberto Serrano no lleva gafas ni barba pero es igualico que su padre. Alberto Serrano ha venido para hablar de dragones. El hijo de Alberto Serrano ha venido para hablar de su padre. El hijo de Alberto Serrano dice: “Cuando mi padre habla por la tele se pone tan serio que parece un catedrático de universidad”. Y lo dice tan serio que parece un catedrático de instituto. 

 

Los niños del bosque encantado

Los niños del bosque encantado

Asisto a unos encuentros sobre literatura infantil y juvenil en Albarracín. Esta mañana he decidido hacer pirola e ir en busca del bosque encantado. Al llegar al sendero que conduce al bosque, veo que se me ha adelantado un colegio. ¿De dónde salen tantos niños en este pueblo? Los niños y los maestros caminan con parsimonia en una fila india interminable. Decido seguir por la carretera y dar un rodeo para adelantarles. Esta mañana he decidido hacer pirola.

 

Los niños de los títeres

Los niños de los títeres

Esta noche hay sesión de títeres en el Molino del gato. Algunos niños ocupan las primeras filas un poco nerviosos. Un señor golpea dos maderas como si fuera el tic-tac de un reloj. Se enciende un foco y aparece un ahorcado. Una señora se tropieza con él y grita aterrorizada. Los niños se tapan los oídos aterrorizados. La señora mira atentamente al ahorcado y se enamora de la forma más tonta. Los niños no saben si reir o llorar. 

 

Las niñas de Cálamo

Las niñas de Cálamo

Isabel y Paco Cálamo han venido a los encuentros de Albarracín con sus niñas. Son rubias y delgadas. Una es la mayor y otra, la pequeña. Mientras los mayores hablan de literatura infantil, las niñas de Cálamo dibujan sin parar. Otras veces se levantan y van y vienen no se sabe a dónde.

Cuando su madre sube al estrado de los oradores, la niña pequeña de Cálamo se sienta debajo de la mesa entre sus piernas hasta que termina.

La niña mayor de Cálamo organiza una exposición con sus dibujos. Aunque son muy bonitos, tiene que explicárselos pacientemente a los especialistas en literatura infantil que no entienden nada. 

 

El niño que todos llevamos dentro

El niño que todos llevamos dentro

Durante los encuentros de literatura infantil y juvenil, hemos hecho lo posible y lo imposible para que saliera el niño que todos llevamos dentro. El mío, por cierto, se llama Pepe. Es curioso: el niño que todos llevamos dentro sólo sale cuando estamos trabajando. Habría sido bonito que hubiesen salido los niños que todos llevamos dentro y se hubiesen puesto a jugar al corro. O a médicos. Hemos hecho lo posible y lo imposible, ya digo, para que saliesen los niños que todos llevamos dentro: contar cuentos, cantar canciones, hacer novillos, gastar bromas, ver títeres... Pero, en cuanto se asomaban los niños que todos llevamos dentro, aparecía la economía de mercado, la política comercial de las grandes editoriales y las normas presuntamente obligatorias de lo políticamente correcto y no había nada que hacer.

Por fin llegó un hada buena en nuestra ayuda, pero no una cursi de esas de capirote con una varita mágica en la mano, no, un hada de pelo blanco con una muleta en una mano y un güisqui en la otra: El hada Matute, nada menos. El hada Matute dijo: “He sufrido mucho”. Y nos acongojó. Y dijo: “La patria del hombre es la cama”. Y nos encandiló. Después nos contó el sueño de los cosacos: “Yo soy un joven cosaco que cabalga el último de una larga fila de cosacos. En cabeza cabalga el patriarca de los cosacos con un gran mostacho. De pronto se para y hace un gesto así, un gesto precioso que me encanta, y nos paramos todos. Acampamos en círculo alrededor de un gran fuego apoyados en las sillas de montar. Entonces empiezan a cantar los cosacos y, señores, ¡cómo cantan los cosacos! Empiezo a entrar en el sueño con los cosacos y ¡qué maravilla, señores, entrar en el sueño con los cosacos!”

Los niños que todos llevamos dentro han empezado a salir emocionados y se dirigen trotando hacia el sueño del hada Matute. Entonces se oye una gran algarabía en la escalera y los niños que todos llevamos dentro gritan jubilosos: “¡¡Los cosacos, los cosacos!!” Pero no son los cosacos: son las niñas de primera comunión de Albarracín que vienen a que el hada Matute les firme sus cuentos. Los niños que todos llevamos dentro hacen ¡plop! muy cortados y desaparecen. El hada Matute tiene un golpe de tos y Antón Pirulero le ofrece un vaso de agua. El hada Matute se indigna: “¡¡Agua, nunca!!”

–“¿Y un poquito de güisqui?”

–“Tampoco es eso.”

 

Vanguardia

Vanguardia

Dije: “Los artistas se adelantan a su tiempo. Manzoni expuso botes con “Mierda del artista”, hace treinta años, y hoy he visto por televisión el anuncio de una muñeca que caga”. El público se ofendió; no por mis ordinarieces escatológicas sino por la pretensión de que yo, como artista, fuera por delante de ellos. 

 

Cuarte de Huerva

Cuarte de Huerva

Hace unos años, en calidad de vecino de Cuarte, me pidieron redactar el pregón de las fiestas patronales. Lo publicaron en el programa de actos pero no me invitaron a leerlo. Quizás fue mejor así.

Cuando conocí Cuarte de Huerva, hace casi cuarenta años, era un pueblo viejo y silencioso, replegado sobre sí mismo en la ladera del monte, y rodeado de una fértil huerta. El destino de nuestro grupo de boy scouts –domingo tras domingo, verano tras verano– eran los frondosos sotos que se extendían por la ribera del Huerva, y a cuya sombra acampábamos, muchas veces durante todo el fin de semana. Allí nos bañábamos en las pocetas del río, en unas aguas frías y claras por las que veíamos pasar pequeños grupos de barbos, o subíamos hasta la cueva que había a la entrada del barranco y espantábamos a los cientos de murciélagos que se arracimaban en el techo. Nosotros, niños de ciudad, pudimos disfrutrar de la naturaleza más asilvestrada a una hora de marcha, tan sólo, de Zaragoza.

Ahora Cuarte es otra cosa. Es un pueblo rejuvenecido y rico que dejó de replegarse en sí mismo para abrirse al mundo con todas sus consecuencias. La industria ha vaciado sus calles de tipismo para llenarlas de sucursales bancarias, de voces con distintos acentos y pieles de distintos y exóticos tonos. La vitalidad de su recobrada juventud nos abruma un poco a los mayores. Esa mezcolanza palpitante de bloques de viviendas, naves industriales, parcelas remozadas y retazos de huerta; esas obras omnipresentes por todos lados, esas calles levantadas y vueltas a levantar incansable e incesantemente; la insólita convivencia entre el ritmo pausado de los peatones y el tráfico incesante de coches y camiones; esa proliferación de polideportivos, casas de cultura, plazas de toros; esa piscina aupada encima de un monte o ese monte desaparecido bajo las excavadoras de la fábrica de cemento; todo ese frenesí se parece mucho al frenesí de los cochecitos teledirigidos que giran y giran frente a mí terraza o al de los quinceañeros que suben y bajan a lomos de sus todoterreno.

Estoy seguro de que con tanta energía y tanta riqueza este pueblo puede llegar a ser tan bueno como el que más, a nada que se lo proponga y se sosiegue un poco. Medios no le faltan.

Pero, permítanme que yo, que desde hace doce años trabajo muy a gusto en mi taller de Cuarte, compartiendo con sus vecinos el asombro ante tanta metamorfosis y tantas expectativas, permítanme, digo, que siga cultivando la añoranza por aquel viejo Cuarte, verdadero paraíso perdido de mi perdida infancia.

Y mientras desde el monte repaso mis mejores recuerdos, diviértanse ustedes que estamos en fiestas.

 

Punto y aparte

Punto y aparte

A Marcel Duchamp le corresponde el mérito de haber realizado la crítica más demoledora del arte con el mínimo esfuerzo. Prescindió a la vez de la práctica y de la teoría. Su riguroso silencio aun resuena en nuestros oídos revelando lo que oculta: la risa contenida.

Hagamos una pausa en el engorroso asunto que llevamos entre manos para acercarnos a su famoso urinario (auténtico punto y aparte, a su vez, en la historia del arte), más por curiosidad intelectual que por necesidad fisiológica.

Ya es sabido: Duchamp presentó un urinario, firmado R. Mutt, a la primera exposición de la Society of Independent Artist en 1917, con el título Fontaine, y no fue admitido.

La mayoría de la crítica, al hablar de la Fontaine, se centra en el concepto ready-made obviando discretamente el chiste (de sal gruesa, se dice eufemísticamente) que propone su título. J. A. Ramírez, en su espléndido trabajo “Duchamp, el amor y la muerte, incluso”, nos informa de un texto que Duchamp incluyó en la tarjeta de su exposición en la Galería Paul Guillaume: “Prohibido orinar en la galería”, de donde deduce, lógicamente, “la imposibilidad para Duchamp de olvidar la función habitual de ese objeto cuando decidió enviarlo a la Exposición de los Independientes convertido en Fuente.”[1]

Osea que, además de exponer un urinario como obra de arte, nos recalca cual es su uso, al tiempo que nos prohibe utilizarlo. El arte no es útil.

La reacción normal de cualquier persona decente sería transgredir la prohibición del provocador: Más nos valdría no haberlo hecho. La posición del urinario, girado 90º respecto a su posición habitual, hace que “el hipotético usuario...reciba “devuelta” su propia orina, como cascada en sentido inverso, a través del agujero por donde normalmente entra el agua que limpia el urinario.”[2]

Lo cual justifica cualquier tipo de precaución crítica ante semejante artefacto. El urinario de Duchamp es una auténtica Fontaine de problemas para la crítica y el arte.

Duchamp no teoriza –recordemos su proverbial desdén por la tesis– y evita los manifiestos: “Se trataba de no hacer otro manifiesto de una nueva pintura.”[3]

La ventaja que tienen los objetos sobre las palabras es precisamente su silencio. Su poder seductor proviene de esta cualidad (“Y yo, con mi silencio, te enamoraba”, canta el Lebrijano). La mera presencia del urinario en una exposición supone una crítica radical a todos los conceptos sobre arte que existían hasta entonces. Pero, al mismo tiempo, esa presencia muda, esa impasibilidad del objeto, su absoluta falta de argumentación, nos seduce hasta tal punto que el urinario acaba convirtiéndose en un mito de la modernidad.

De ahí la generalizada opinión entre los neovanguardistas de que es preferible crear un objeto que genere ideas  a tener una idea que pueda generar objetos.

Es oportuno recordarlo pues Duchamp, al vaciar de sentido la creatividad artística, al poner en evidencia tanto el concepto de “genialidad” como el de “oficio”, propicia que sean los teóricos quienes pretendan llenar ese vacío. No se dan por enterados de que la Fontaine pone en cuestión tanto la práctica como la teoría. Si la práctica artística desaparece por el sumidero del urinario, parecen pensar, será la teoría quien guíe al arte hacia el futuro.

Como denuncia Tom Wolfe –otro humorista–, serán los críticos Greenberg, Rosenberg y Steinberg quienes pasen a la historia, quedando Pollock, Newman o Johns como meros ilustradores de sus Palabras.[4] . Que los artistas intenten recuperar terreno erigiéndose en teorizadores de su propia obra sólo lleva, en la mayoría de los casos, a rebajar el nivel intelectual del debate artístico.

El urinario de Duchamp es la respuesta lógica a los problemas planteados por los filósofos sobre la subjetividad estética y artística desde que Kant dijera algo así como que “para gustos están los colores”. El urinario es su reducción al absurdo. Tiene vocación de punto final : ”El arte ha sido pensado hasta el fin y se disuelve en la nada”, explica el propio Duchamp.

¿Se puede tomar en serio a un humorista? “Yo he interpretado mi papel de bufón artístico”[5] . Sólo a los bufones se les permite decir la verdad, precisamente porque nadie les toma en serio. Aparentemente, ni siquiera el propio Duchamp se tomaba en serio. Sus veinte años trabajando clandestinamente en su “Etant donné” lo prueban. ¿O prueban todo lo contrario? Podemos pensar que suscribió el acta de defunción del arte para transgredirla o que trabajó en “Etant donné” sin ninguna pretensión artística. Ambas hipótesis resultan modélicas.

Esa capacidad del arte para estar por encima de los conceptos filosóficos le permite también, al parecer, estar por encima de los conceptos artísticos.

Por el sumidero del urinario se van todos los conceptos artísticos existentes. Podríamos decir que por ese sumidero se nos ha caído el alma a los pies. ¿Qué nos queda?

El cuerpo, nos repite insistentemente Duchamp aunque sea de esa forma suya un tanto necrófila. O Roland Barthes, tratando de hacer

un discurso que no se ennuncie en nombre de la ley y/o la violencia; cuya instancia no sea ni política, ni religiosa, ni científica; que sea de algún modo el resto y el suplemento de todos estos enunciados. ¿Cómo llamaremos ese discurso? erótico, sin duda, pues tiene que ver con el goce; o quizá también : estético, si se prevé hacer sufrir a esa vieja categoría una ligera torsión que la aleje de su fondo regresivo, idealista y la aproxime al cuerpo, a la deriva.[6]

 

Por eso precisamente, la Fontaine no es un punto final sino un punto y aparte : Tendremos arte mientras el cuerpo aguante.

 



[1]Ramírez, J. A., Duchamp, el amor y la muerte, incluso, Siruela, Madrid, 1993, p. 56

[2] Ramirez, J. A., op. cit., p. 56

[3] Cabanne, Pierre, Conversaciones con Marcel Duchamp, Anagrama, Barcelona, 1972, p. 62

[4] Wolfe, Tom, La palabra pintada, Anagrama (1º edición 1976 - 2º edición 1982), Barcelona, p. 135

[5] Cabanne, Pierre, op. cit., p.144

[6] Barthes, Roland,citado por José María Valverde en su Breve historia y antología de la estética, Ariel, Barcelona, 1990, p. 250

ocurrencio

ocurrencio

Me consideraba un bicho raro porque me resultaba más fácil entender el Tao que el Tae pero, gracias a la crisis, veo que le puede pasar a cualquiera.

 

San Preciso

San Preciso

Considera, alma cándida, que te tienes que morir, que desde el instante mismo de tu nacimiento emprendiste el camino hacia la muerte y advierte que, algunos de quienes te precedieron en tan riguroso trance, supo hacer de la necesidad virtud quedando en la memoria de los hombres por el mero hecho de sucumbir a esta ley inexorable. Así, por ejemplo, nuestro nunca bien ponderado Juan de Lanuza. Así el santo a cuya advocación nos acogemos hoy que alcanzó, junto a la inmortalidad, la gloria de los altares sin otros méritos conocidos. Matando, podríamos decir, dos pájaros de un tiro. (O tres, si le contamos a él).

Este trabajito figuraba en el libro "Santos sin devoción" editado por el Foro de Diseño.