Manifestaciones contra los recortes en sanidad
Cuando le pregunté al señor Geist cómo se encontraba, me contestó, en tono agradable: "Creo que gozo de buena salud". Esto me recordó la manera en que Ralph Waldo Emerson, cuando padecía una grave demencia, contestaba a esas preguntas diciendo: "Bastante bien; he perdido mis facultades mentales, pero me encuentro perfectamente".
Musicofilia. Oliver Sacks. Anagrama.
En un mismo día me regalan dos libros: El diputado Pardo Bigot: La esperanza del sistema de Carmelo Romero, editado por Prames y Allegro ma non troppo de Carlo M. Cipolla, editado por Grijalbo Mondadori.
En el primero leo:
Los seres humanos componemos un amplísimo muestrario de casuísticas y variantes, pero tengo la impresión de que los porcentajes de cada una de ellas se mantienen de forma casi invariable desde el principio de los tiempos y que, además, se vienen repitiendo de manera bastante aproximada tanto si se trata de ocupantes de palacios como de suburbios, o de licenciados y doctores como de analfabetos.
En el segundo:
El hecho extraordinario acerca de la frecuencia de la estupidez es que la Naturaleza consigue actuar de tal modo que esta frecuencia sea siempre y dondequiera igual a la probabilidad E, independientemente de la dimensión del grupo, y de que se dé el mismo porcentaje de personas estúpidas, tanto si se someten a examen grupos muy amplios como grupos reducidos. Ningún otro tipo de fenómenos objeto de observación ofrece una prueba tan singular del poder de la Naturaleza.
En el artículo sobre Francesca Woodman, artista que se suicidó a los veintidós años, Muñoz Molina habla de sus padres:
Al duelo sin alivio por la muerte de una hija de veintidós años se mezcla lo que Henry James llamó the madness of art: la locura del arte, la sinrazón de dedicarse obsesivamente a él, de concederle un valor tan desmedido que acaba dañando la propia vida, las vidas cercanas.
Y más adelante, añade:
George Woodman pinta laboriosamente cuadros abstractos que probablemente no va a comprarle nadie, porque al cabo de tantos años de sacrificarlo todo a la pintura no ha logrado casi nada.
Como Van Gogh, se me ocurre pensar.
Y el escritor insiste una y otra vez como si lo que hacen los padres de Francesca Woodman fuera algo extrañísimo:
Betty y George Woodman continúan trabajando con un fanatismo de ancianos que se resisten a la jubilación a pesar de que andan ya encorvados y tienen las manos nudosas de artritis.
¡Cuánto aspaviento! A mí me parece lo más normal. Será que la locura del arte está muy extendida. He comprobado que así se comporta todo el que pinta, sea un autor consagrado, un pintor dominguero, un demente que lo hace como terapia o una niña que garabatea sin más. ¿Vidas dañadas? A saber lo que sería de esos padres si hubieran renunciado a su trabajo por no tener el talento de su hija.
Quizás en estos tiempos sea difícil de entender, pero eres pintor porque pintas cuadros, no porque los vendas. Como dice Natalio Bayo, nosotros no vendemos nuestras obras; si tenemos suerte, nos compran alguna, que no es lo mismo.
No suelo pintar un cuadro pensando en venderlo. Quizás por eso mi estudio se ha convertido en un almacén en el que no cabe nada más y ahora me veo obligado a seguir pintando en casa. No sé qué haré cuando llene la casa. Lo único que me preocupa es el marrón que dejaré a mis herederos.
El otro día, dando una charla en el IES Benjamín Jarnés, de Fuentes de Ebro, a propósito de Miguel Servet, comenté muy sinceramente que, cuando yo tenía los años de mi auditorio, la mayor información sobre Servet me salió al paso en un libro de Antonio Mingote. Historia de la gente, debía de ser.
Además, creo que en la forja de mi carácter, algo tuvo que ver la siniestra y/o romántica pareja que dibujaba Mingote en la Codorniz, aquella pareja decimonónica y atrabiliaria que vivía en un castillo medieval. Aquella pareja me fascinaba. Y su castillo, también. Al fin y al cabo, ya decía André Breton que el castillo medieval era la construcción arquitectónica más parecida al alma humana.
Y, ahora, va Mingote y se muere. Todo son recortes.
Ayer, mientras esperaba al autobús de línea en Bulbuente, vi pasar una caravana de cochazos antiguos y modernos, realmente impresionantes. Los coches eran preciosos, los conductores, no tanto. La mayoría iba dentro del coche con el sombrero tejano calado hasta las gafas de sol y haciendo sonar sirenas de coche policía. Fuera de los coches ondeaban los banderines de Estados Unidos y las banderas sudistas.
Era todo lo contrario de "Bienvenido Mister Marshall": la caravana disfrazada y charanguera, desfilando patosamente ante cuatro lugareños muy serios y dignos.
No pude fotografiarlo porque, después de una intensa mañana por el monte, me había quedado sin batería. Pero, algunos coches, eran como el de la foto.