Johann Lorbeer
Es sorprendente como se sujeta a la pared y como rejuvenece en Zaragoza.
Es sorprendente como se sujeta a la pared y como rejuvenece en Zaragoza.
(Escucha intermitente)
– A ver si hay alguien que le diga a la Merkel: "¡Oye, maja, ya está bien, ya vale, que estás asfixiando a la humanidad, a la humanidad entera!"
– Ya le digo, en cuanto nombren al nuevo, yo, en mi casa, ya se ha visto la 1. ¿Qué necesidad tengo yo de aguantar a semejantes sinvergüenzas? ¡Nada, ni hablar, que no pienso verla, no señor!
– ¿Esa, qué? ¡Poner cuatro plantas y largarse a Madrid! Eso es todo. Y cómo nos puso luego a los aragoneses, que nos insultó todo lo que quiso. Mire, fíjese que caridad tiene esa señora, que tiene una hermana en una residencia en Cariñena y en siete años no ha ido a verla ni un día. ¡Ni un día! ¡Nada! Pues, si eso lo hace con una hermana, imagínese lo que hará con los demás. Un día la vi, que iba con los escoltas y toda la pera, y le dije: "Mire, mañana precisamente tengo que ir a la residencia en la que está su hermana... Si quiere algo para ella..." Y me dijo: "¡No, señora, no, nada!" Oiga, así me lo dijo, que digo: "Anda que, menuda humanidad tiene ésta..."
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De una de sus noticias:
Según la Organización Mundial de la Salud, cada año caen en la imbecilidad unas doce mil personas en España. “Y esos son los que están diagnosticados, porque hay otros muchos que, por ser creativos publicitarios, directores de marketing o gente de la televisión, son jaleados por su entorno y nunca llegan a integrarse en la sociedad” afirma la entrevistada.
– ¡¿Qué tal?! ¡Cuánto tiempo sin verte!
– Ya hacía tiempo, ya...
– Es que como no voy por allí...
– Ya, yo también he dejado de ir, no te creas.
– ¿Ya no vas por la estación?
– Nada. Tuve una enganchada con la... espera, ¿cómo se llama?
– ¿Quién?
– La... la... ¡La Flora! ¿La conoces?
– Un poco... Y, ¿qué pasó, pues?
– Que no me dejó jugar.
– ¡Toma! ¿Y eso?
– Yo qué sé. Llego un día, me siento a la mesa y me dice: "Tú no juegas". Y digo: "¿Por qué?" Y dice: "Porque lo digo yo. Tú no juegas".
– ¡No te fastidia! ¿Y quién es ella para decir...?
– Oye, me levanté, me fui y ya no he vuelto más.
– A mí me pasó lo mismo con la Gabriela.
– ¿Tampoco te dejó jugar?
– Bueno... más o menos...
El viernes presenté la exposición El coleccionista de secretos del colectivo La Isla en la biblioteca Cubit de Zaragoza y dije más o menos esto:
En principio, debo advertirles de que aquí hay un problema de casting. No creo ser la persona más indicada para presentar esta exposición. Primero, porque soy pintor y los artistas de “La Isla” son “conceptuales”. Segundo, porque ellos son jóvenes y yo soy viejo y no domino la jerga profesional que suelen utilizar. Aún así, haré lo que pueda.
Para situar históricamente la exposición que van ustedes a ver, me remontaré, si me lo permiten, a la Edad Media. En aquella lejana época, el arte (la pintura) servía para explicar la Biblia a los analfabetos espectadores.
Pasaron los años, llegó el Renacimiento y entre los espectadores más eruditos se puso de moda que el tema de los cuadros se propusiera como acertijo. Así, por ejemplo, “La Tempestad”, de Giorgione, en la que un señor con un callado contempla a una señora desnuda amamantando a un niño, mientras al fondo vemos unas columnas troncadas y un rayo entre nubes, representa, según los estudiosos, la caída de nuestros primeros padres.
El tiempo siguió pasando y la pintura derivó hacia otros territorios más retinianos, que diría Duchamp. Fue él, precisamente, el que renegó de ese arte dirigido al ojo y el que intentó volver a dirigirse a la mente del espectador. Sólo que, en el siglo XX, era bastante difícil retomar como tema los misterios bíblicos, pues los únicos misterios que seguían vigentes eran los del sexo. Por eso, las crípticas obras de Duchamp sólo son, en realidad, emboscados chistes verdes.
Frente a mi cama, tengo un cuadro en el que reuní dos frases. La primera, de Leonardo, dice: La pintura es cosa mental. La segunda es de Bernard Shaw y dice: Todo trabajo intelectual es humorístico.
Me parece muy recomendable mantener el carácter humorístico y juguetón que tuvo en sus inicios el arte conceptual. Lo que pasa es que, al reírse de sí mismo, el arte puede confundir al espectador y llevarle a pensar que el artista se está riendo de él. Eviten ese malentendido. Aquí nadie pretende tomarles el pelo, se lo aseguro. Las obras de estos artistas tienen mucho de juego. Nos hablan de secretos que quizás ni ellos mismos conozcan. Tómenselo como lo que es, adéntrense en sus secretos con curiosidad y sentido del humor y disfruten. Muchas gracias.