Lichtenberg
Enfrascado como ando en trabajos sobre Servet, leo en los aforismos de Lichtenberg:
– Libros quemados, pase, pero, ¡asados quemados!
Enfrascado como ando en trabajos sobre Servet, leo en los aforismos de Lichtenberg:
– Libros quemados, pase, pero, ¡asados quemados!
Mi nieta encuentra cosas por la calle y compone naturalezas muertas como esta.
No es digno del poeta engañar al cordero, investirse de su lana.
Este es el texto que escribió Irene Vallejo para el catálogo de mi exposición "HERACLES by cano"
HERACLES
Los héroes de la mitología antigua eran seres excepcionales que vivían en continuo combate contra monstruos y otros desafíos sobrehumanos. Como cualquiera de nosotros. José Luis Cano se ha dado cuenta y ha pintado su propia vida siguiendo los episodios de la leyenda de Heracles. La serie de cuadros que tienen delante son un juego de audacias y reflexiones sobre el mundo que habitamos. Heracles, a quien ordenaron uno tras otro doce trabajos en apariencia imposibles, ¿no es una víctima como nosotros de un mundo laboral despiadado? Podemos identificarnos con el forzudo griego y mirar nuestros instrumentos de trabajo, ya sea el móvil, el bolígrafo o el pincel, como formas más civilizadas que la porra aquella con la cual Heracles tuvo que campar por el mundo mejorando su productividad a expensas de todo tipo de bestias y obstáculos sobrenaturales.
Esta exposición nos propone aceptar una propuesta divertida, la de recorrer estas vidas paralelas que entrelazan las peripecias vitales de Heracles y de José Luis Cano (y también las nuestras, pensándolo bien). La biografía es un género fantástico que permite interesantes comentarios marginales a la realidad.
Todos los prodigios de una vida empiezan con un prodigio mayúsculo: el nacimiento. El primer cuadro lo plasma en la forma de un reloj de arena acostado. La interpretación inmediata es que al llegar a este mundo, el reloj se iza como una bandera y comienza a correr nuestro tiempo. La leyenda antigua cuenta el nacimiento de Heracles precedido por alteraciones temporales que demuestran que incluso los héroes tienen sus encontronazos con los relojes. El dios Zeus engendró a Heracles en el vientre de la reina Alcmena, tomando la apariencia de Anfitrión, el ausente marido de ella, quien en esos momentos estaba en una expedición bélica, ganándose duramente su pan monárquico. Gozó de ella en un noche de amor que, en virtud de sus poderes, hizo durar muchísimas horas. Hera, esposa de Zeus, celosa de los escarceos de su enamoradizo marido y aplicando una lógica que no se diferencia mucho de la de las personas de a pie, decidió vengarse de la parte débil, es decir, de Heracles. Lo retuvo en el vientre de su madre durante diez meses para que así naciera antes, sietemesino, su primo Euristeo, que así se convertía en el heredero del trono de Argos. Heracles vio la luz víctima de una penalización por haber sido cachazudo. Además de esta clave temporal cifrada en el primer cuadro de la serie, hay otra más personal, en elipsis, que alude al nacimiento de la vocación artística de José Luis Cano. En la infancia de nuestro pintor, el padre de José Luis, que era acuarelista, trajo un año a casa un calendario ilustrado con los Doce Trabajos de Heracles, uno por mes. Pues bien, José Luis decidió que de mayor él también pintaría las aventuras de Heracles. Así que entre aquel calendario infantil y este reloj tumbado, todo girando en torno a Heracles, hay una larga trayectoria y una promesa cumplida.
De la infancia de Heracles sabemos que su enemiga Hera le propinó un susto mayúsculo. El niño, de pocos meses, dormía pacíficamente en su cuna cuando dos enormes serpientes, sicarios de la diosa, entraron en la habitación amparadas en las sombras para darle su letal mordisco. Pero Heracles se despertó, agarró a los dos reptiles y los estranguló con la fuerza de sus sólidos bracitos infantiles. ¿Quién no ha conocido algún ataque reptil durante su niñez? En el segundo cuadro de la serie, José Luis Cano recuerda su operación de amígdalas en la clínica de la Cruz Roja y la visión de dos jeringuillas que, silenciosas y serpeantes, avanzaban para clavarse en su cuello. Fue una escaramuza reñida, porque el chaval intentó zafarse de las serpientes de aguijón metálico, pero los médicos no suelen comprender ni facilitar el heroísmo de los niños, así que el futuro pintor tuvo que sobrevivir a las mordeduras de las inyecciones.
Pasados los años, la diosa volvió a ensañarse con el héroe. Esta vez atacó el punto más vulnerable del joven que todo lo derrotaba gracias a su fuerza: le envió un ataque de locura. En el cuadro de Cano, la locura irrumpe como una jauría de oscuras pinceladas en un lienzo de colores apacibles. Son esos sabuesos negros que tarde o temprano a todos nos visitan para hacernos desvariar. A diferencia de la mayoría de nosotros, que incurrimos en locuras intrascendentes, Heracles desvarió a lo grande y mató a sus hijos. Ahora bien, sabemos que muchos padres, con sus desaciertos y obcecaciones, matan a sus hijos en algún momento de la niñez. Casi todos los hijos se recuperan de esta experiencia y desde el otro mundo (que es el de la edad adulta), cometen sus propias estupideces y acaban indultando a los padres. Eso no impide que un padre recuerde con nostalgia el momento en que los hijos, todavía no lastimados por las limitaciones de sus mayores, tenían ideas conmovedoras como la de bordar un par de zapatillas en honor de la armonía hogareña o fabricar con serigrafías paternas un recogedor de papel para mantener la vida doméstica impoluta, que es lo que representa el cuarto cuadro de nuestro recorrido.
Heracles, en castigo por su locura, fue condenado a realizar diez trabajos a las órdenes su primo el rey Euristeo, que finalmente se convirtieron en doce porque se acusó al héroe de haber pedido un salario por alguno de ellos y eso dejaba sin valor sus hazañas. En el terreno de las gestas heroicas, Euristeo era partidario de que se impusiera el régimen de lo gratuito. Entra en la lógica de Euristeo, un jefe leonino para Heracles, encargarle en primer lugar matar al león de Nemea que hacía sus correrías devorando ganados y personas. Se cuenta que el animal tenía una piel tan resistente que ni el hierro ni el fuego podían rasgarla. Cuando Heracles se cobró la pieza por estrangulamiento, utilizó las propias garras de la bestia para desollarlo y vestirse con su piel. Inspirándose en esta leyenda, José Luis Cano ha pintado en su siguiente cuadro un plano de Zaragoza, que en su escudo alberga a un león rampante, extendido en el lienzo como un pellejo urbano curtido por los vientos y el calor, como la piel dura de la fiera de Nemea que a nosotros, sus ciudadanos, nos desafía y nos arropa al mismo tiempo.
El siguiente trabajo consistió en acabar con la hidra de Lerna, un monstruo al que le crecían nuevas cabezas cada vez que se le cortaba una. La imaginación del pintor se vuelve aquí hacia la diabólica tarea de dibujar árboles genealógicos, ante los que uno (y eso lo sabrán todos los que hayan intentado trazar la versión completa del suyo) siempre se siente desbordado por la multiplicación exponencial de las ramas.
Después Heracles recibió la orden de atrapar a la cierva de Cerinia, un animal enorme de cuernos de oro al que tuvo que perseguir durante un año entero. El héroe fue algo lento, pero lo compensó con una sobrehumana terquedad. Quizá en materia de tozudez genética, su patria, Argos, no se diferencia tanto de Aragón. Sea como sea, se dice que la caza llevó a Heracles hasta el país de los Hiperbóreos. El cuadro de José Luis Cano representa, sobre el fondo de un mapa de tierras septentrionales, un contorno que sugiere las formas fugitivas de la hembra del lucanus cervus.
La trayectoria laboral de un héroe que se precie exige flexibilidad y capacidad de adaptación como quedó demostrado cuando Euristeo impuso a Heracles un trabajo con condiciones especiales: debía traerle al jabalí de Erimanto y además acarrearlo vivo. Heracles tuvo que trazar una nueva estrategia para seguir adelante con versatilidad. Recurrió al poder de sus gritos y así forzó al animal a salir de su guarida. Luego lo persiguió por la nieve, consiguió que perdiera el resuello y se lo cargó sobre las espaldas. En su recreación, José Luis Cano recuerda que en su juventud transportó pancartas de hierro donde su padre, que era decorador, pintaba el texto por encargo. Esta vez José Luis rotula la pancarta imaginaria con el nombre científico del jabalí, porque el mundo está lleno de jabalíes pesados como menhires, que caen sobre nuestros hombros.
Aprovechando que Heracles no podía hacer ascos a ninguna tarea, Euristeo le mandó limpiar los establos del rey Augias, en los que los rebaños llevaban generaciones defecando sin que nadie retirase el estiércol. Heracles regateó con Augias hasta que éste le prometió una parte de su reino a cambio de la retirada de la basura. Heracles desvió dos ríos para facilitar el vertido de toda aquella porquería, pero no consiguió los soñados beneficios por su delito ecológico. Augias le negó finalmente el salario convenido y además su primo Euristeo no quiso contar el trabajo para el cómputo de Heracles, puesto que había intentado facturárselo a otro rey. A José Luis Cano todo el asunto le recuerda a sus tareas de limpieza en los cuarteles mientras hacía la mili y por eso recrea los establos bajo el aspecto de un tejido de camuflaje.
Un cuadro anterior de la exposición había dado protagonismo a los relojes de arena y a los calendarios, que son objetos mansos, corteses heraldos del tiempo. En cambio los despertadores solo pueden ser descritos como artilugios furibundos. Flotando en unas ondas grises, descubren su condición hostil desde el lienzo que aquí contemplamos. En realidad encarnan a las aves chillonas que vivían a orillas del lago Estínfalo y asolaban el territorio aledaño, una plaga devastadora a la que Heracles se enfrentó para cumplir con un nuevo trabajo.
Heracles tuvo que cruzar a la isla de Creta para capturar a un furioso toro que echaba fuego por los hocicos. El más grave problema que se le presentó fue el regreso con la bestia a la Grecia continental. Las versiones no se ponen de acuerdo, pero la leyenda parece dar a entender que el héroe, vigilando de alguna manera a su presa, tuvo que nadar de vuelta a casa, o tal vez pasó a lomos del animal. Por si la experiencia del pintor sirve para dilucidar ese punto oscuro del relato, contamos con el siguiente cuadro. La mobilette de José Luis asoma su cornamenta entre las aguas de un charco donde naufragó y dejó en la estacada a su jinete.
En su siguiente trabajo, Heracles recibió la orden de apoderarse de un botín poco apetecible: las yeguas carnívoras del rey de Tracia. Con la misma extrañeza inmortaliza José Luis las plantas carnívoras que cultivaba su hijo. La salpicadura roja que se extiende en el lienzo nos recuerda cuánta voracidad se oculta donde menos lo imaginamos.
Una hija de Euristeo se encaprichó del mítico cinturón de la reina de las Amazonas. Las sutilezas de la diplomacia o la seducción no eran el punto fuerte del héroe, por lo que el pequeño ejército que reclutó y las belicosas guerreras se enzarzaron con ferocidad. Heracles consiguió derrotar a la reina Hipólita y le quitó su cinturón por las bravas, sin miramientos. Este ejemplo de la torpeza del héroe en su trato con las mujeres sugiere al pintor sus propios apuros de juventud, durante sus años estudiantiles en la Escuela de Bellas Artes, cuando las Musas eran las féminas que más caso le hacían.
Llegó el día en el cual Heracles había adquirido tanta soltura en la eliminación de monstruos que empezaban a escasear, así que Euristeo decidió enviarlo a las brumas de occidente (es decir, a la península Ibérica) para matar al gigante Gerión y apoderarse de sus rebaños. Gerión tenía tres cabezas y un cuerpo triple hasta la cintura, que José Luis Cano ha elegido representar como una flor de lis, insignia de su infancia de boy scout. Heracles mató al coloso con sus flechas (de ahí la diana del lienzo) y luego embarcó los rebaños en la nave del Sol, poniendo proa hacia su patria.
A continuación, Heracles fue enviado a África para explotar sus recursos todavía intactos en materia de prodigios y seres fabulosos. Esta vez Euristeo le ordenó conseguir las manzanas de oro de las Hespérides, que colgaban de un árbol maravilloso en un jardín de las inmediaciones del monte Atlas, confiadas a la custodia de un dragón y de tres ninfas inmortales. Cuando Heracles se hizo con las manzanas, las ninfas se convirtieron en olmo, sauce y álamo, mientras que el dragón fue transformado en constelación, la Serpiente. En esta aventura nada es lo que parecía: las frutas eran de metal, las mujeres se vuelven árboles y los reptiles, estrellas. No es extraño que José Luis Cano convierta su cuadro en un homenaje a la célebre declaración de Magritte: “Ceci n’est pas une pipe.”
De esta misma aventura se cuenta que en las montañas del Atlas un titán sostenía el mundo con sus poderosos brazos. Él era el único que podía coger las manzanas doradas de las Hespérides, por eso Heracles tuvo que tomar su lugar y gemir bajo el peso del orbe global mientras Atlas iba al jardín a buscarle los frutos. José Luis Cano trae a colación en este punto su nombramiento como Presidente de Garages y Trasteros, cuando las tareas de su vida pasaron de ser hercúleas a ser titánicas.
El último trabajo de Heracles consistió en bajar a los Infiernos y traer a Cerbero, un terrible monstruo aduanero que impedía la huida de ilegales desde el reino de los muertos hacia el mundo de los vivientes. Heracles consiguió derrotarlo llevándolo al borde del ahogamiento. José Luis Cano evoca al hilo de este episodio su propio nacimiento, en el que casi se asfixió por retardo en el tránsito. Los muros representan a la vez la estrangulación y esos lugares fronterizos entre la vida y la muerte donde habita el oscuro can Cerbero.
Con esa visita a ultratumba terminaba Heracles su compromiso, pero la vida es una sucesión de reincidencias, así que el héroe acabó vendido como esclavo a una reina llamada Ónfale. Ónfale se vistió con la piel de león de Heracles e incluso empuñó su maza. Mientras, Heracles, vestido con un manto largo, hilaba lino a sus pies. Esta peripecia extrañísima, casi almodovariana, en la que el forzudo griego se nos presenta travestido, también encuentra eco en la biografía de José Luis Cano. El pintor tenía siete años y pretendía escandalizar a los adultos intercambiando la ropa con una niña. Pero esta nueva Ónfale se identificó con su predecesora, que era reina de Lidia, y le hizo una buena faena.
En cierta ocasión nos cuentan que Heracles, después de realizar los obligados sacrificios al dios oracular, consultó a la adivina más conocida del mundo griego, la Sibila de Delfos, y ella se negó a contestarle. Irritadísimo, el héroe amenazó con arrasar el santuario. En cambio, José Luis Cano encontró su Sibila donde menos lo esperaba, pues le conmovió escuchar en internet una canción de la francesa Barbara que contaba, con palabras que quizá podrían ser proféticas, la historia de un reencuentro fallido.
Nuestro último personaje es, claro, la muerte. Heracles fue envenenado con la sangre de un centauro. Cuando Heracles comprendió que su vida se acababa, subió al monte Eta y en la cumbre levantó una enorme pira a la que se tiró. Mientras el fuego rugía, sonó un trueno y después pudo verse al héroe cabalgando hacia el cielo a lomos de una nube. José Luis Cano, conocedor de la leyenda, ha decidido terminar su biografía paralela sencillamente con un fundido en amarillo.
Lo que viene al mundo para no perturbar nada no merece ni miramientos ni paciencia.
El genio humano, que cree haber descubierto las verdades formales, ahorma las verdades que matan como verdades que autorizan a matar.
Existe un tipo de hombre que se adelanta siempre a sus excrementos.
La otra noche me llamó mi tío para comentarme un gag de la última película de Woody Allen que le había gustado mucho. El protagonista conoce a un joven Buñuel y le ofrece una idea para una película: Un grupo de gentes se reúnen en un salón y, por más que lo intentan, no pueden salir. Buñuel pregunta: "Pero, ¿por qué no pueden salir?" Y acaba diciendo desconcertado: "No lo entiendo".
He ido a ver la película y mi tío tenía razón: es muy divertido. Y el resto de la película, también.
Sin embargo, Woody Allen no puede tener razón. Se ha polemizado mucho sobre el sentido de El ángel exterminador. Yo creo que se debe a que la película se rodó en México y eso despista bastante. En realidad, los personajes de la película son un grupo de aragoneses que se reúne a cenar y, como pasa siempre, les cuesta un poco despedirse.
Ya lo dijo Gracián: "Aquello fue más largo que despedida de aragonés".
A partir de mitad de junio, abre sus puertas Imaginañón, un espacio para el arte creado por Javier de Pedro y su hijo Ramón, "como salida tangencial al aire, con ilusión y rabia, como sueño marginal fuera de circuito y pesebres del poder, rebelde".
Imaginañón, en Añón, al pie del Moncayo y a seis kilómetros del Monasterio de Veruela, abre sus puertas con una exposición de los últimos trabajos de Javier de Pedro.
En la imagen, uno de sus grabados.
Helena Santolaya me envía dos fotos de su montaje en el escaparate de la Pantera Rossa y este diálogo oído ante él:
– ¡Huy! Mira tú qué libro, pero si es una fregona...¿será un libro de verdad?
– Que no, hombre, que es de adorno...
Y tenía razón la señora, era de Adorno.
Sin duda, ni siquiera el pintor que pintó a aquel filósofo razonó como el filósofo. Sin embargo, observó detenidamente el cielo como él, puesto que lo pintó, y esa es toda la defensa que haré de los pintores, puesto que siempre han acusado a los escritores de divagar sobre su pintura, de poner en sus cuadros cosas que ellos nunca tuvieron la intención de poner.
Chardin. Marcel Proust. Nortesur.
¡Es Francia la que ha pasado medio siglo negándose a dar el debido reconocimiento a esos artistas que nacieron en verdad de ella, sus maestros franceses, los auténticos hijos de su pensamiento y de su genio!
Y eso es lo que pasaba en Francia; mientras que, a nuestro alrededor, las naciones vecinas arropaban con su admiración ferviente, con su piadoso culto, a sus más insignificantes celebridades artísticas. ¡Mientras que en el extranjero la popularidad, la publicidad, la alabanza, la biografía, el ruido de las ventas, el dinero del gran señor y del banquero descendían hasta el menor artista, hasta los más humildes de los decadentes nacionales!
Chardin. Edmond y Jules de Goncourt. Nortesur.
Recuerde que Chardin nos contó que uno de sus colegas, cuyo hijo era tamborilero en un regimiento, respondía, cuando le preguntaban por el chico, que el joven había cambiado la pintura por la música.
Chardin. Denis Diderot. Nortesur.
Rubén Enciso vende este dibujo digital impreso en papel artesano, firmado y numerado, para recaudar fondos para el Centro Cultural de Kiabé en el Chad, al precio de 30 euros. Al parecer, con ese dinero podrán encender la luz (cinco fluorescentes).
No pierdan esta oportunidad.
"¡Te llevarás tu merecido!", parece ser que le dijeron a Guyot de Toul en las elecciones. ¿Fue, pues, la política lo que lo ahogó en el canal?
Cuatrocientos eclesiásticos recibieron en la estación de Moulins a monseñor Lobbedey, su nuevo obispo. Cinco de ellos fueron detenidos en pleno furor sagrado.
Un lavaplatos de Nancy, Vital Frérotte, que regresó de Lourdes curado para siempre de la tuberculosis, murió el domingo por error.
Novelas en tres líneas. Félix Fénéon. Impedimenta.
Una loca de Puéchabon (Hérault), la señora Bautiol, despertó a sus suegros a mazazos.
Scheid, vecino de Dunkerke, disparó por tres veces contra su mujer. Como siempre fallaba, apuntó a su suegra: el tiro acertó.
Una muchacha ha quemado con vitriolo a su amante, un ciudadano de Tolón de buena posición, que pretendía darse a la fuga después de haberla convertido en madre.
Félix Fénéon. Novelas en tres líneas. Impedimenta.
Picasso. Las señoritas de Avignó.
Por haber lapidado un poco a los gendarmes, tres piadosas damas de Herissart han sido multadas por los jueces en Doullens.
El médico encargado de la autopsia de mademoiselle Cuzin, natural de Marsella, muerta misteriosamente, ha dictaminado: suicidio por estrangulamiento.
Mediante un hábil juego de dimisiones, el alcalde y los concejales de Brive retrasan la construcción de escuelas.
Félix Fénéon. Novelas de tres líneas. Impedimenta.
Dibujo de Daumier.
especular
(de Popova a Matilde Pérez)
El jueves 12 de mayo en la Casa de la Mujer.
Como ya les anuncié, ayer presentamos el último libro de Cristina Grande, editado por Xordica.
Esto es más o menos lo que dije:
DE BISLAY
El jueves de la semana pasada, me llamó Chusé Raúl al móvil, para decirme que Cristina quería que yo presentase sus Tejidos y novedades. Como soy tan antiguo, en lugar de sentirme como un empleado del Corte Inglés, me sentí como un dependiente de La Confianza.
Raúl me explicó de qué iba la cosa y yo, que soy un fan incondicional de Cristina, le pedí que me pasara el libro para refrescarme (Este es un libro muy refrescante). Prometió traérmelo al día siguiente porque yo me iba fuera el fin de semana. Le pedí que viniera por la mañana porque por la tarde tenía que salir. Me había llamado Ana Aragüés, que me ha convencido para que dé un curso de ilustración en su pueblo, y quería verme aprovechando su paso por Zaragoza.
El viernes, por la mañana, estuve trabajando en casa y se hizo la hora de comer sin que Raúl hubiera aparecido.
Me eché la siesta, como procuro hacer todos los días, temiendo que se presentara Raúl y me despertara. No me despertó. Me desperté yo solo, acabé de recoger unas cosas y me fui a mi cita con Ana. Habíamos quedado en el Segafredo Palace. Cágate lorito. No sé por qué habíamos quedado allí, porque no es un sitio que le pegue mucho. Y a mí, menos. Habíamos quedado a las siete y media y llegué a las siete y diez.
Llamé a Raúl un par de veces, pero tenía el móvil desconectado.
A las ocho menos cuarto, Ana no había aparecido. Salí a la calle y le llamé:
– Ana…
– Hola, cano.
– ¿No habíamos quedado a las siete y media?
– Sí… ¡Huy! ¡Pero si acabo de mirar el reloj y eran las siete! Esto del ordenador es horroroso… ¿Dónde estás?
– En el Segafredo.
– Espérame que cojo un taxi y voy ahora mismo.
Vino Ana, vino también el alcalde de su pueblo y yo me tuve que ir porque me esperaba Emilia con invitaciones para ver a La Mov.
Al entrar en el teatro, apagué el móvil, echando un último vistazo por si tenía algún mensaje y no me había enterado.
El espectáculo estaba muy bien, había mucha energía sobre el escenario. Al final, una bailarina se arrodillaba en un rincón del proscenio y se comía una cebolla. A pesar de que el resto de la compañía seguía bailando, el público no podía dejar de mirarla. La pobre acabó llorando como una magdalena y su madre, en el patio de butacas, también. También lloraba una profesora de la Escuela Municipal de Danza y algunas niñas más.
Al salir, lo primero que hice fue conectar el móvil. No había ni rastro de Raúl.
Me fui de fin de semana sin libro. Raúl me llamó el domingo disculpándose y explicándome que había tenido muchos problemas y me prometió que el lunes me lo traería. Le dije que yo volvía el martes y me dijo que pasaría el martes.
El martes tuve que salir a ver a un cliente y a las doce, recibí una llamada de Raúl:
– ¿Dónde estás?
– Estoy a punto de entrar a la fisioterapia.
– Ah…
– ¿Dónde estás tú?
– En la puerta de tu casa.
– ¡Oh, lo siento!
– Nada, no te preocupes, ya te lo dejo en el bar de enfrente.
Mi fisioterapeuta me acabó de relajar.
Este cúmulo de desencuentros podía ser un cuento de Cristina pero, evidentemente, no lo es. Sólo es un pequeño homenaje que he querido hacerle.
A pesar de los desencuentros y los plantones, a pesar de los bares y los móviles, de las lloreras del teatro y de la paliza que me pegó mi fisioterapeuta, para ser un verdadero cuento de Cristina, le falta el punto de vista de Cristina. Que, como el patio de mi casa, es muy particular.
Con lo breves que son los cuentos de Cristina y la cantidad de cosas que se pueden decir de ellos. Se escribirán tesis doctorales enteras, ya lo verán. Yo sólo voy a comentar alguna cosa.
Cristina, por ejemplo, en mi cuento, habría contado que soy bastante anósmico. No anósmico total, como Suso, el personaje de Cáscara amarga, pero, vaya… Desde muy pequeño he sabido que no tengo olfato, pero he tenido que leer a Cristina para enterarme de que yo soy eso: Anósmico. Bueno, tampoco es verdad, ya lo sabía: Un día nos encontramos por la plaza de Santa Marta y me lo dijo. Ahora sólo lo he recordado y corroborado.
Porque, todo lo que cuenta Cristina escribiendo parece real y todo lo que cuenta hablando parece literatura. Es un don que tiene. Por eso, uno de sus cuentos más divertidos es el del profesor que enseña a su alumna la diferencia entre realidad y literatura y luego le llama aterrorizado porque, en su primer libro, la alumna ha contado la relación que mantuvieron…
¡La cantidad de relaciones que hay en sus cuentos! Lo que pasa es que no son relaciones más o menos laborales como las que he contado yo. Mi relato se parecería más a un cuento de Cristina si en lugar de relaciones amistoso-laborales, hubiera relaciones sexuales. Molan más las relaciones sexuales. O sentimentales. O familiares.
Si lo que les he contado fuera un cuento de Cristina, tendría que haber escrito, también, frases como estas que tanto me gustan por lo que tienen de frescas en el mejor y en el peor sentido de la palabra:
– El sexo con Marcelo era, y aún lo es, tan natural como torcerse un tobillo en el monte.
– En ese momento le habría levantado por los aires y me lo habría llevado de allí a corderetas.
– Por la mañana, me afeité el pubis.
Cristina, a veces, me desconcierta. En un momento dado, la protagonista de uno de sus cuentos recuerda lo que le dice su novio:
– Dice: “Me encanta esa braguita azul Prusia”.
Eso es muy raro que lo diga un chico. Vamos, es que no se lo he oído decir ni a los pintores. Hablando de bragas, claro.
También desconcierta esta lista en un cuento que se titula Temperaturas:
– Por ejemplo, Estambul, 34, o bien Tánger, 19. O Charleston, 26… Y también Calahorra, 21, y Elantxobe, 13… Y hay otros a los que he olvidado.
(Caramba con Estambul. En fin… caramba en general, si exceptuamos a Elantxobe.)
Otras veces, parece ser ella la desconcertada:
– Maldito cabrón, volvió a gritar entre sollozos, sin saber muy bien a quién se lo decía.
Y eso que Cristina es una persona tan meticulosa como para decir cosas como estas:
– Con la enciclopedia en la mano le había demostrado a Mario la diferencia entre insectos y arácnidos…
– Le expliqué la diferencia entre aves y pájaros.
– …le explicaba la diferencia entre el olor de las acacias en flor del olor de las higueras.
– No es lo mismo batir que revolver.
– Son boletus edulis, ¿verdad?
Siempre, claro, dirigiéndose a sus chicos.
También es muy minuciosa en las descripciones:
– Una gota de sudor cayó de mi codo a su zapato. En ese momento la nevera se puso a hacer un ruido espantoso.
– Yo pillé pulgas ese día. Luego él se reía de mis picaduras en el culo.
– Me llevé una sorpresa cuando vi la foto buena. Sus ojos se veían, efectivamente, más azules que nunca, pero también me parecieron llenos de crueldad.
Esto lo pongo porque a mí me pasó una vez algo parecido y da mucho miedo. Esa historia que digo, sí que parece un cuento de Cristina. Algún día se la contaré.
Antes he hablado de la bailarina de la cebolla y de su madre porque en los cuentos de Cristina aparecen muchas hijas y muchas madres. O aparece mucho su madre, no sé.
– Mi madre dice que no sabe de dónde he sacado esa mentalidad tan negra, que no se puede ser así de ceniza.
Ahí su madre no tiene razón. Uno de los encantos más irresistibles de Cristina es ese estilico Morticia Adams que se gasta. Y digo esto porque a Cristina le gusta mucho encontrar parecidos. Los novios de sus heroínas se parecen a Orson Welles, Julian Schnabel, Robert Reford, Russel Crowe, Micky Rooney… En fin, que no sé si creerme lo de Estambul.
En el libro salen muchas madres y sale, también mucho, su abuela monegrina. Pero, en este caso, para abuelo ya estoy yo.
Acabaré esta cosa contándoles como acaba el cuento que he empezado a contarles al principio.
La noche del miércoles me senté ante el ordenador y escribí la primera parte de este relato. Después, me levanté y fui a buscar el libro de Cristina. Fui a buscarlo al baño y no estaba. Qué raro. Lo busqué por toda la casa, que tampoco es que sea demasiado grande: no estaba ni en la mesilla del dormitorio, ni encima del bidet (ya lo he dicho), ni en las dos mesas del cuarto de estar, ni en la encimera de la cocina… Busqué encima de un tablero del estudio, porque vi otro libro que me había dejado Raúl, del que, además de editor, es autor: Escombros. Empecé a levantar papeles, libros y revistas y sorprendentemente, el libro de Cristina apareció debajo de un montón que hacía días que no tocaba. Al volver al ordenador, descubrí que había otro libro exactamente igual frente al teclado.
Como diría Cristina: Afortunadamente, mi atracción por lo tremendo solo se apodera de mí durante unos segundos.
Así como en el terreno de la izquierda darwiniana se produjo la transición de la revolución proletaria a la reforma pequeño-burguesa, en la izquierda romántica estaba produciéndose la de la Ilustración a la ilustración.
José Luis Pardo. Esto no es música. Galaxia Gutenberg.