"Reclamo el mantenimiento de los puestos de trabajo en El Periódico de Aragón y Equipo para garantizar la pluralidad informativa en Aragón".
Estuve en Albarracín dando unos talleres de ilustración. Antón Castro, el coordinador, nos pidió un texto sobre la experiencia. Escribí los textos que siguen pero nunca se publicaron.
Aprovecho para hacerlo aquí, ilustrados por Constanza Cano Henn.
Los niños de los Montes Universales viven en pueblos pequeños y apartados. Para poder llegar al taller literario que les han organizado en Albarracín, han tenido que madrugar mucho y se les nota. Están dormidicos. El monitor intenta despertarles diciéndoles que vamos a cocinar un cuento. Los niños de los Montes Universales le miran como si hubiera dicho: Vamos a meter un libro en el horno y sacaremos un bizcocho. Desperezándose y bostezando, algunos niños van nombrando personajes sin saber muy bien para qué. Un tigre, una perdiz, un caracol... Ningún niño de los Montes Universales dice un pokemon ni un pikachu. Uno dice un exterminador un exterminador un exterminador un exterminador... Además de agresivo, es un niño muy pesado.
Llega la hora del almuerzo y los niños de los Montes Universales sacan unos bocadillos enormes que se comen ansiosos mientras juegan.
Los niños de los Montes Universales vuelven a clase hechos unos fieras y se comen crudos a todos los personajes que aparecían en su cuento.
Entre los niños de los Montes Universales hay una niña pequeña y regordeta con flequillo y sin dientes, con camiseta roja y chaqueta amarilla. No sé por qué, pero todos nos fijamos en ella. Coge una barra de pegamento y el profesor le dice: “Toma ésta otra”. Ella protesta: “Sí, claro, la gastada”. El profesor le dice: “Pues devuélvemela”. “Ah, no”, dice la niña, que se llama Sofía.
El hijo de Alberto Serrano es igualico que su padre. Alberto Serrano es un hombre grande con gafas y barba. El hijo de Alberto Serrano no lleva gafas ni barba pero es igualico que su padre. Alberto Serrano ha venido para hablar de dragones. El hijo de Alberto Serrano ha venido para hablar de su padre. El hijo de Alberto Serrano dice: “Cuando mi padre habla por la tele se pone tan serio que parece un catedrático de universidad”. Y lo dice tan serio que parece un catedrático de instituto.
Asisto a unos encuentros sobre literatura infantil y juvenil en Albarracín. Esta mañana he decidido hacer pirola e ir en busca del bosque encantado. Al llegar al sendero que conduce al bosque, veo que se me ha adelantado un colegio. ¿De dónde salen tantos niños en este pueblo? Los niños y los maestros caminan con parsimonia en una fila india interminable. Decido seguir por la carretera y dar un rodeo para adelantarles. Esta mañana he decidido hacer pirola.
Esta noche hay sesión de títeres en el Molino del gato. Algunos niños ocupan las primeras filas un poco nerviosos. Un señor golpea dos maderas como si fuera el tic-tac de un reloj. Se enciende un foco y aparece un ahorcado. Una señora se tropieza con él y grita aterrorizada. Los niños se tapan los oídos aterrorizados. La señora mira atentamente al ahorcado y se enamora de la forma más tonta. Los niños no saben si reir o llorar.
Isabel y Paco Cálamo han venido a los encuentros de Albarracín con sus niñas. Son rubias y delgadas. Una es la mayor y otra, la pequeña. Mientras los mayores hablan de literatura infantil, las niñas de Cálamo dibujan sin parar. Otras veces se levantan y van y vienen no se sabe a dónde.
Cuando su madre sube al estrado de los oradores, la niña pequeña de Cálamo se sienta debajo de la mesa entre sus piernas hasta que termina.
La niña mayor de Cálamo organiza una exposición con sus dibujos. Aunque son muy bonitos, tiene que explicárselos pacientemente a los especialistas en literatura infantil que no entienden nada.
Durante los encuentros de literatura infantil y juvenil, hemos hecho lo posible y lo imposible para que saliera el niño que todos llevamos dentro. El mío, por cierto, se llama Pepe. Es curioso: el niño que todos llevamos dentro sólo sale cuando estamos trabajando. Habría sido bonito que hubiesen salido los niños que todos llevamos dentro y se hubiesen puesto a jugar al corro. O a médicos. Hemos hecho lo posible y lo imposible, ya digo, para que saliesen los niños que todos llevamos dentro: contar cuentos, cantar canciones, hacer novillos, gastar bromas, ver títeres... Pero, en cuanto se asomaban los niños que todos llevamos dentro, aparecía la economía de mercado, la política comercial de las grandes editoriales y las normas presuntamente obligatorias de lo políticamente correcto y no había nada que hacer.
Por fin llegó un hada buena en nuestra ayuda, pero no una cursi de esas de capirote con una varita mágica en la mano, no, un hada de pelo blanco con una muleta en una mano y un güisqui en la otra: El hada Matute, nada menos. El hada Matute dijo: “He sufrido mucho”. Y nos acongojó. Y dijo: “La patria del hombre es la cama”. Y nos encandiló. Después nos contó el sueño de los cosacos: “Yo soy un joven cosaco que cabalga el último de una larga fila de cosacos. En cabeza cabalga el patriarca de los cosacos con un gran mostacho. De pronto se para y hace un gesto así, un gesto precioso que me encanta, y nos paramos todos. Acampamos en círculo alrededor de un gran fuego apoyados en las sillas de montar. Entonces empiezan a cantar los cosacos y, señores, ¡cómo cantan los cosacos! Empiezo a entrar en el sueño con los cosacos y ¡qué maravilla, señores, entrar en el sueño con los cosacos!”
Los niños que todos llevamos dentro han empezado a salir emocionados y se dirigen trotando hacia el sueño del hada Matute. Entonces se oye una gran algarabía en la escalera y los niños que todos llevamos dentro gritan jubilosos: “¡¡Los cosacos, los cosacos!!” Pero no son los cosacos: son las niñas de primera comunión de Albarracín que vienen a que el hada Matute les firme sus cuentos. Los niños que todos llevamos dentro hacen ¡plop! muy cortados y desaparecen. El hada Matute tiene un golpe de tos y Antón Pirulero le ofrece un vaso de agua. El hada Matute se indigna: “¡¡Agua, nunca!!”
–“¿Y un poquito de güisqui?”
–“Tampoco es eso.”
Yo es que a los carros les tengo mucho miedo. Porque es que no miran.
Dije: “Los artistas se adelantan a su tiempo. Manzoni expuso botes con “Mierda del artista”, hace treinta años, y hoy he visto por televisión el anuncio de una muñeca que caga”. El público se ofendió; no por mis ordinarieces escatológicas sino por la pretensión de que yo, como artista, fuera por delante de ellos.
Hace unos años, en calidad de vecino de Cuarte, me pidieron redactar el pregón de las fiestas patronales. Lo publicaron en el programa de actos pero no me invitaron a leerlo. Quizás fue mejor así.
Cuando conocí Cuarte de Huerva, hace casi cuarenta años, era un pueblo viejo y silencioso, replegado sobre sí mismo en la ladera del monte, y rodeado de una fértil huerta. El destino de nuestro grupo de boy scouts –domingo tras domingo, verano tras verano– eran los frondosos sotos que se extendían por la ribera del Huerva, y a cuya sombra acampábamos, muchas veces durante todo el fin de semana. Allí nos bañábamos en las pocetas del río, en unas aguas frías y claras por las que veíamos pasar pequeños grupos de barbos, o subíamos hasta la cueva que había a la entrada del barranco y espantábamos a los cientos de murciélagos que se arracimaban en el techo. Nosotros, niños de ciudad, pudimos disfrutrar de la naturaleza más asilvestrada a una hora de marcha, tan sólo, de Zaragoza.
Ahora Cuarte es otra cosa. Es un pueblo rejuvenecido y rico que dejó de replegarse en sí mismo para abrirse al mundo con todas sus consecuencias. La industria ha vaciado sus calles de tipismo para llenarlas de sucursales bancarias, de voces con distintos acentos y pieles de distintos y exóticos tonos. La vitalidad de su recobrada juventud nos abruma un poco a los mayores. Esa mezcolanza palpitante de bloques de viviendas, naves industriales, parcelas remozadas y retazos de huerta; esas obras omnipresentes por todos lados, esas calles levantadas y vueltas a levantar incansable e incesantemente; la insólita convivencia entre el ritmo pausado de los peatones y el tráfico incesante de coches y camiones; esa proliferación de polideportivos, casas de cultura, plazas de toros; esa piscina aupada encima de un monte o ese monte desaparecido bajo las excavadoras de la fábrica de cemento; todo ese frenesí se parece mucho al frenesí de los cochecitos teledirigidos que giran y giran frente a mí terraza o al de los quinceañeros que suben y bajan a lomos de sus todoterreno.
Estoy seguro de que con tanta energía y tanta riqueza este pueblo puede llegar a ser tan bueno como el que más, a nada que se lo proponga y se sosiegue un poco. Medios no le faltan.
Pero, permítanme que yo, que desde hace doce años trabajo muy a gusto en mi taller de Cuarte, compartiendo con sus vecinos el asombro ante tanta metamorfosis y tantas expectativas, permítanme, digo, que siga cultivando la añoranza por aquel viejo Cuarte, verdadero paraíso perdido de mi perdida infancia.
Y mientras desde el monte repaso mis mejores recuerdos, diviértanse ustedes que estamos en fiestas.
En la cena con Ajubel, Gonzalo Ferreró, recién llegado de Mozambique, dijo muy serio: "Estoy leyendo una novela negra de Senegal".
Esto es más o menos lo que dije en la presentación de Ajubel.
No sé en verdad cómo hablar de él; no puedo describir sus pinturas, son demasiado vastas y hay demasiadas. Es el impulso interior de su espíritu lo que hay que describir, pues me parece que en él se descubre un estado único, la fulminante inspiración. Sin duda palabras mayores, pero que corresponden a hechos precisos de los que pueden citarse ejemplos. En ciertos momentos extremados, ante un gran peligro, en una súbita conmoción, el hombre percibe claramente, en un relampagueo, con terrible intensidad, años enteros de su vida, paisajes y escenas completas, a veces un fragmento del mundo imaginario: los recuerdos de los asfixiados, los relatos de quienes estuvieron a punto de ahogarse, las confidencias de los suicidas y de los fumadores de opio, los Puranas hindúes, todos dan fe de ello. La potencia activa del cerebro, repentinamente centuplicada, hace vivir al espíritu en ese instante abreviado más que en todo el resto de su vida. Es cierto que lo más corriente es que salga de esa alucinación sublime postrado y enfermo, pero cuando el temperamento tiene la fuerza suficiente para soportar sin desequilibrio ese choque eléctrico, el hombre, como Lutero, San Ignacio, San Pablo y todos los grandes visionarios, lleva a cabo obras que sobrepasan la capacidad humana. Así acceden a la imaginación creadora los grandes artistas…
Él no elige, su visión se le impone; una escena imaginaria le aparece como si fuera real; en un arranque, al instante, la copia con sus rarezas, sus imprevistos, su enormidad, su hormigueo; recorta un troza de la naturaleza y lo lleva a la tela, tal cual, con la imprevisión y la potencia de la creación espontánea que no sabe de combinaciones ni titubeos. Y no son dos o tres personajes lo que pinta, sino una escena, un fragmento de la vida, todo un paisaje y toda una arquitectura poblada.
Este texto es de Hippolyte Taine y está dedicado a Tintoretto
Pero lo mismo puede servir para Ajubel o Robinson.
Queda claro que lo importante es la fuerza. Lo digo porque yo nací asfixiado y ando sobrado de inspiración, pero soy de los que no superaron el choque y he acabado enfermo y postrado, siempre malico. Por eso le tengo mucha envidia a Ajubel, por la tremenda fuerza caribeña que tiene. Sólo espero que mi envidia sea sana porque, si no, ya es lo que me faltaba.