Día del agua
La Sociedad Municipal Zaragoza Cultural y el Colectivo Zaragoza Rebelde te invitan a la inauguración de la exposición
ZARAGOZA REBELDE. Movimientos Sociales y Antagonismos. 1975-2000.
que tendrá lugar el próximo jueves 26 de marzo a las 20h. en el Centro de Historia.
La exposición explora la huella de los movimientos sociales en nuestra ciudad en los últimos treinta años y combina materiales gráficos producidos por estos movimientos con las obrasde una serie de artistas de la ciudad realizadaspara la ocasión.
Participan:
Jose Luis Allué, Pedro Bericat, Javier Burguete, Clemente Calvo, Juan Antonio del Campo, José Luis Cano, Estudio Camaleón, Antonio Ceruelo, Mariángeles Cuartero, Rubén Enciso, Virginia Espa, Javier Estella, José Luis Gamboa, Rebeca López, Rogelio López Cuenca, Jesús Llaría, Luis Marco, Chorche Paniello, Emilio Perdices, Paco Rallo, Helena Santolaya, Radio Topo, Charo de la Varga, Esther de la Varga.
Comisariado: Colectivo Zaragoza Rebelde.
– Es que no me come nada, estoy desesperada, ya no sé que hacer... Menos mal que dicen que luego cambian.
– ¡Yo no cambio nunca! ¡Tengo siete años y nunca he cambiado!
Acabo de recibir este correo. Al parecer, ayer inauguré exposición y yo sin enterarme.
La exposición se divide en tres partes: Documentos, audiovisuales y 16 collages míos sobre la vida de Julio Alejandro.
Estimados amigos,
os invito a visitar la exposición:
*Julio Alejandro, 100 años
una vida a chilindrones*
en la
*Biblioteca de Aragón*
C/ Doctor Cerrada nº 22, Zaragoza
La exposición se podrá visitar del 18 de marzo al 13 de abril.
Horarios: de lunes a viernes de 9:00 a 21:00 horas. Sábados de 9:00 a 13:30
horas.
Este es uno de los textos que envié para este libro. No sé si lo han publicado o no porque lo que cuenta pasó mucho antes de 1975.
La navegabilidad del Ebro.
Teníamos 16 años y practicábamos remo en el Club Náutico (recientemente desaparecido).
Un día planeamos dejar las yolas y los outrigers y subirnos a una balsa para bajar por el Ebro. Conseguimos ocho neumáticos de tractor en alguna parte y Enrique Royo, que era ebanista, preparó unos largos y gruesos listones para sujetarlos.
El sábado siguiente llegamos hasta cerca del castillo de Miranda, no recuerdo si andando o en algún otro medio de transporte. Acampamos en una vieja cantera y dormimos al raso. Por la mañana, nos dividimos en dos equipos: unos fueron a la gasolinera de Juslibol a inflar los neumáticos y otros nos quedamos cortando cañas para hacer la cubierta de la balsa.
Por motivos logísticos, decidimos hacer dos. Atamos los neumáticos a los largueros, echamos encima una capa de cañas y, sobre ésta, unas lonas. Apilamos las mochilas en el centro y nos colocamos en los laterales armados de palas de kayak y pértigas. Y comenzamos el descenso.
Al principio, por inercia o porque éramos tan jóvenes, remábamos con fuerza. Después, nos dejamos arrastrar por la corriente. Teníamos muchas horas por delante y el recorrido no era demasiado largo.
Después de comer, nos amodorramos al sol sobre las balsas. Unos macarrillas salieron de su modorra en la orilla derecha al vernos pasar y empezaron a insultarnos. Desde el centro del río fue una tentación irresistible responderles con un “maricón de playa” que les hizo pasar de las palabras a los hechos. En seguida nos dimos cuenta de que ellos disponían de todas las piedras del mundo y nosotros sólo de las que caían en la balsa. Volvimos a remar con fuerza.
Más adelante seguimos con nuestra siesta y la corriente nos empujó a un laberinto de ramajes del que procuramos salir con el menor número de arañazos. En un tramo de poca profundidad, las aguas se aceleraron y temimos que se rajaran los neumáticos.
Sobre las seis de la tarde llegamos a la altura de la vieja Pasarela (que desapareció poco después). Maniobramos para unir las dos balsas y hacer una entrada más espectacular. El numeroso público que paseaba por la ribera empezó a aplaudirnos. Nosotros respondimos saludando con la falsa modestia de los héroes de las películas.
Escribí este texto hace unos años. A un profesor de BB. AA. de Barcelona le pareció poco respetuoso y bastante gamberro.
Caixa-Forum, en la avenida del Marqués de Comillas de Barcelona. Dos exposiciones: "RODIN y la revolución de la escultura. De Camille Claudel a Giacometti" y "GIUSEPPE PENONE (Retrospectiva). El hombre frente a la naturaleza".
Nada más entrar en el vestíbulo de la entidad por la impresionante puerta giratoria, nos recibe, a modo de portero, el mismísimo Profeta de Gargallo. En el repulido ambiente barcelonés, parece gritar como un voceras que acabara de reconocer a un paisano: ¡¿Ande vas?!
Las dos exposiciones que comentamos se encuentran frente a frente. Vayamos por orden, empecemos por Rodin. Al entrar en su sala, un extenso rótulo nos advierte de los problemas que tuvo en su época por innovador y revolucionario. No me extraña. Sus contemporáneos debían preguntarse estupefactos: ¿Escultura? ¿o es culturismo? En las figuras de Rodin, el músculo está al servicio del agobio. Sus figuras sufren y gozan con todo el cuerpo de forma animalesca. ¿Es fuerza o esfuerzo? El Pensador sueña un nuevo récord. No creo que pasara un control anti-doping.
Rodin, siendo buenísimo, abrió de par en par las puertas del Infierno. Como un titán. La maqueta grande de su Puerta del Infierno es una auténtica locura. Contagiosa, además. El número de sus epígonos es tan inconmensurable como la eternidad del fuego eterno. Los músculos se hipertrofian, las caras se desencajan, los cuerpos se descoyuntan intentando seguir al maestro.
Las figuras de Rodin llegan a fragmentarse( la magnífica Meditación sin brazo) anunciando la modernidad. Bourdelle, caricaturizando al maestro, casi la alcanza. Esta idea de la caricatura como origen de la modernidad no es ninguna broma.
Los excesos de musculación y expresividad se dan de morros, como no podía ser menos, con el rigor cubista: los cuerpos, ahora, pretenden imponerse por su propio volumen, sin aspavientos. Pero, reducidos a escueto volumen, caen por su propio peso en la geometría.
Giacometti, prescinde de los aspavientos y del volumen y, tras pensárselo dos veces, en 1959 retoma el movimiento del hombre que camina de Rodin. Sólo que, a estas alturas de la película, el andarín está ya exhausto, en los huesos.
Diez años más tarde, las cosas no han mejorado mucho. Giuseppe Penone, pretendiendo rescatar un árbol de la viga que lo contiene, consigue dejarlo en la puritita raspa. Y es una presencia contundente: del hombre apenas queda rastro.
Penone, como tantos artistas conceptuales, se tiró al monte. Ya lo he recordado otras veces: “Pa’l monte, idea”.
Con los años, como tantos artistas conceptuales, vuelve a la civilización con el nabo entre las piernas. Todos empezaron trabajando con las vitales fuerzas naturales y han acabado haciendo “naturalezas muertas”.
Veamos algún ejemplo. Penone, de joven, cuelga una jaula-trampa de un árbol y espera que el crecimiento del mismo la inutilice. Años más tarde, forra una sala con millones de hojas muertas de laurel enjauladas en tela metálica. Una monitora se esfuerza por convencer a un grupo de estudiantes de que es un espacio muy agradable. No sé; he de reconocer que no tengo olfato.
Penone, de joven, fotografía ligeros soplos de polvo deshaciéndose en la penumbra del bosque. Años más tarde, los soplos se solidifican en arcilla, con glotis y todo, y ocupan la sala completa de un museo.
En sus últimas obras, la corteza de los árboles está repujada en cuero; las raíces, talladas en mármol y las ramas, vaciadas en bronce. La representación de la naturaleza en Penone es tan incolora o monocroma como la escultura del siglo XIX. Paredes enteras forradas de espinas de acacia y ni una sola gota de sangre de los operarios.
En un rincón, sin embargo, destacan los puntos verdes de los grillos que van creciendo en un montón de patatas. Sólo las que son de bronce permanecen inalterables. Es lo que pasa por contar las mentiras del arte con patatas de verdad.
La vida es breve; el arte, largo, pero qué quieres que te diga…
Tanta tendencia a la extenuación, tanto en el arte de la naturaleza como en la naturaleza del arte, puede explicar la deriva de los artistas hacia la realidad virtual.
Si el arte es la mentira por antonomasia (como ya demostró Oscar Wilde, aunque se tienda a olvidarlo), de echarla, echarla gorda.
Yo, cuando trabajaba, no cogía el autobús ni de casualidad, siempre en taxi.
No he visto la película pero la sipnosis me resultaba conocida. Tampoco había leído el libro. Pensé en los "Cuatro corazones con freno y marcha atrás" de Jardiel Poncela. Tenía que ser algo más familiar.
Al final he caído. Es lo que aprendimos los pintores de mi generación: comenzar en la Academia y acabar en la infancia.
Es un chulo-playa. Hace culturismo pero, vamos, que yo le veo tripilla...