I trabajo: Matar al león de Nemea
Levanté un plano de mi ciudad para investirme de su dureza.
Levanté un plano de mi ciudad para investirme de su dureza.
Por más que te esfuerces, los árboles genealógicos siempre quedan incompletos.
Hace años, viajé con mi hijo hasta la Peña de Francia en busca de un lucanus cervus. Ahora mi hija vive en las regiones hiperbóreas.
Una de mis primeras relaciones con la escritura (negro sobre blanco): Cargaba pancartas de hierro esmaltado y las subía 101 escalones para que otros las rotulasen.
Toda la vida luchando contra los centauros para nada.
De barrendero en el cuartel, me dijo un comandante: Muchacho, todo lo que sea mierda es tuyo.
Algunas pesadillas no desaparecen ni con el despertador que, por otra parte, nunca uso.
Me compré una mobilette para ir al estudio. Conseguí llegar tras naufragar en un charco tan grande como el camino de Cuarte.
Mi hijo cultivaba plantas carnívoras pero se le murieron todas. Eso me tranquiliza.
En la Escuela de Artes constaté que se me daba mucho mejor el dibujo ornamental que las chicas.
Primero fui boy scout; después, remero. Entre medio probé el tiro con arco. Quizás fuera lo mío: nunca gané una regata.
Robar es un arte muy conceptual. Robando se aprende que no es oro todo lo que reluce. Ni manzana.
Durante un tiempo fui Presidente de Garajes y Trasteros.
Nací asfixiado. Es la vez que más cerca he estado del otro mundo. De momento.
A los siete años, intercambié la ropa con una niña para sorprender a nuestros respectivos padres. Ella, de la risa, se meó en mis pantalones. Nunca más.
La muerte de Heracles.
– ¡Que sí, que sí, que tienes toda la razón, toda la razón, desgraciao!!!