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de profesión incierta

Vías

Vías

 

 

Clásico y romántico

Clásico y romántico

Vicente Almazán me envía esta estupenda fotografía para contribuir al interés que demuestro últimamente por lo clásico y lo romántico.

Aprovecho para copiar este texto de Eckermann:

"Goethe era de la opinión de que esta incipiente revolución poética (el ultrarromanticismo) favorecía en alto grado a la literatura en sí, pero resultaba perjudicial para los escritores que la protagonizaban".

 

Gripe A

Gripe A

 

 

Sueldos congelados

Sueldos congelados

 

 

Escuchas telefónicas

Escuchas telefónicas

 

 

Lo peor ha pasado

Lo peor ha pasado

 

 

Biel

Biel

 

 

Clásico y romántico

Clásico y romántico

Dice Goethe:

¡A qué viene todo este jaleo en torno a lo clásico y lo romántico! Lo que importa es que una obra sea buena y eficaz desde el principio hasta el final, y mientras sea buena, también será clásica.

 

La obra es de Ian Hamilton Finlay.

 

Existencias

Existencias

 

 

Un joven con su móvil

– ¿A quién te encontraste? ¿Al más tonto de los tontos? ¡Paco, el encargao!

 

Los otros

Los otros

 

 

Una señora racista

– El otro día subió una señora mayor, le cedió el asiento un negro y dijo la señora: "Dirán lo que quieran, pero éstos son los más amables". "Amables para robarte la cartera", pensé yo.

 

Kolumba

Kolumba

 

Kolumba es un museo diocesano de vanguardia, una contradicción en sus términos. Kolumba es el museo del arzobispado de Colonia. Levantado sobre las ruinas de un antiguo convento, el edificio es obra (magnífica) de Peter Zumthor.

En el interior, el edificio establece un fluido diálogo con el yacimiento arqueológico del antiguo convento y, más arriba, en las salas del museo, las obras antiguas siguen dialogando con las contemporáneas.

Al parecer, se expone una brevísima selección de los fondos del museo que va rotando periódicamente. El montaje es magnífico y te deja con la boca abierta en un santiamén.

Una vez recuperado, adviertes que el montaje no sólo es bellísimo sino pertinente: El montaje hace decir a las obras lo que quizás nunca habrían sospechado sus autores. Algo parecido pasa con la lectura que hace San Clemente de los fragmentos de Heráclito: que ves como, arrimando el ascua a su sardina, se lleva el gato al agua del mismo río, dos veces y las que haga falta. Si la Iglesia lo hizo con los clásicos, e incluso con todas las festividades paganas, solsticios incluidos, no va a dejar de hacerlo con el arte contemporáneo por muy difícil que pueda parecer en principio.

Para que entiendan un poco mejor de qué va la cosa, les pondré algún ejemplo:

Frente a dos custodias de oro, el inmenso cuadro granate de Phil Sims se transustancia en la Sangre de Cristo inevitablemente; junto a un apostolado gótico con sus policromías y sus dorados, el perchero con gabardina y sombrero sobre enorme fondo de oro de Kounellis es la viva imagen de la presencia o la ausencia de Jesucristo; el misticismo de Chillida en sus homenajes a San Juan de la Cruz parece sobrepasar a la sencilla talla románica que los contempla...

Así, sala tras sala, pasamos del Dolor a la Trascendencia, de la Pasión a la Resurrección, de la Vida a la Muerte y de la Muerte a la Vida, saltando los siglos de seis en seis o de siete en siete, con una intensidad a la que no estamos acostumbrados. El vértigo que produce el vaivén conceptual al que se nos somete, es mucho más intenso que el llamado mal de Stendhal.

Ante tanto poderío intelectual, ante tan sutiles como arriesgadas estrategias, el visitante zaragozano no puede por menos que recordar los patéticos intentos de nuestro Cabildo Metropolitano por cubrir con Pintura alguna cúpula del Pilar.

Ahora bien, tratándose de Nuestra Santa Madre Iglesia, no se sabe qué da más miedo: si el provincianismo de los unos, el cosmopolitismo de los otros o las dos cosas juntas.

 

 

La fotografía es de Frank Peter Lohoff.

 

 

La campana de Huesca

La campana de Huesca

 

 

El trasvase

El trasvase

 

 

Antón Castro

Antón Castro

Ayer, Antón Castro cumplió cincuenta años. Aprovecho la circunstancia para colgar el texto que leí en la presentación de su libro El álbum del solitario, hace ya unos años.

Los amigos comunes me criticaron mucho por ejercer ese aragonesismo que consiste en alabar una cosa criticando otra. Sin embargo, Antón no me retiró su amistad.

 

El álbum del solitario

 

– Hay amores que matan. El que me tiene Antón es uno de ellos. En menos de una semana, me ha hecho hablar en público ante auditorios imposibles: En Antena Aragón, ante un grupo de niñatos que me recordó los peores momentos de mis años de profesor y ahora, aquí, ante Vds., que tienen muchos más méritos y sabiduría que yo para presentar a este monstruo. Encima, en este caso, pretende que, como el libro, hable de fútbol. Lo que más le va a durar.

 

– Éste es un libro tremendo, que escarba en los recuerdos más lacerantes de cualquiera que haya sido joven. A mí, particularmente, me ha hecho sentir francamente incómodo. Leyendo los recuerdos de este púber, miedoso y embustero, recordé la terrible pregunta que se hace un personaje en Historia de dos ciudades: “¿Cómo va a gustarme este tipo si se parece tanto a mí?”

 

– Y es un libro que reivindica que el miedo y la inseguridad son consustanciales de esa edad y no fruto del nacionalcatolicismo como las gentes de mi generación hemos llegado a creer. Obviando, por otra parte, tantas lecturas anteriores.

También resulta sorprendente que ese espíritu infantil, que uno tiende a creer perdido tras su propia infancia, se mantenga intacto incluso en la era de la televisión.

 

– Este libro hace bueno el aforismo de Elias Canetti: “El pasado crece en todas direcciones cuando se describe”. El libro de Antón no es que crezca, es que se desparrama. En cuatro líneas te encuentras quince personajes fascinantes de los que nos quedamos con las ganas de saber algo más. Es una forma de contar de inequívoca raiz popular. Ejemplo: “Deseaban saber si era cierto que moceaba en Barrañán o en Loureda con una tal Nieves, bellísima, pelo negro y largo hasta el culo, esbelta, el sueño de cualquier joven” (Aquí hay también influencias de los anuncios de contactos) “el sueño final de Matías Bermús, el hijo del panadero de Santa Mariña que se murió en la mili de no se sabe qué poco después de recibir de ella una carta donde le decía que no insistiese, malpocado, que mujeres así las había a barullo y que quería a otro hombre. Me gustaba pensar que a mi hermano, tal vez.” Y remata genialmente: “Me dieron de comer dos veces: patatas fritas con tortilla francesa y pan empapado en vino por la tarde. Mis primos Breixiño y Agustín merendaron lo mismo.”

 

– El libro es como un álbum de 17 instántaneas y un epílogo imprescindible. Cada una de las instantáneas recoge un repertorio completo de excusas para el miedo: el padre, los compañeros, los muertos, las tabernas, los locos, los suicidas, los fantasmas, las chicas, la feroz melancolía... A mí, lo que más miedo me ha dado ha sido el fantasma de una niña de primera comunión, al atardecer, en la cueva de un acantilado bajo un merendero.

 

– En la página 62 aparece el verdadero álbum del solitario. Una colección de 4 fotografías hechas por el mítico Manuel Seara de Castro al protagonista, Antonio Fabeiro. Otro homenaje de Antón a la fotografía. Y van...

 

– Cada vez me gusta más como escribe Antón. He de decir que mi educación literaria es autodidacta, basada en intuiciones.

Ejemplos: Después de los clásicos juveniles, me formé como lector con Baroja.

Otro: El crítico, no recuerdo quien era, que hablando de una obra tan fantasiosa como Alfanhuí, se quedaba con la precisa descripción que hacía Sánchez Ferlosio del arreglo de una puerta. Algo parecido decía Dalí, pero esa es otra historia.

Otro: El personaje de Conrad que comienza su novela Victoria diciendo: “Los hechos, son los hechos, señores, lo único que importa”.

En definitiva, que siempre he sido proclive a la austera estética del menos es más.

 

– Dónde hace diez años escribía Antón: “Resulta casi imposible verlo en una angosta calleja de Úbeda jugueteando sobre la polvareda con una bola roja que, según él, contenía los océanos remotos, las noches agitadas de los jabalíes errantes e incluso esa serranía que se erguía ahí mismo ante sus ojos”, ahora dice: “Ni siquiera tuve ánimos para jugar a la pelota en el campo de hierba que habíamos recuperado en la falda del Pedregal, entre la huerta del médico Amenedo y la escuela de las chicas”.

 

– Otro ejemplo: El principio de la novela, que es prodigioso.

 

– Si la escritura de Antón cambia, la forma de hablar de sus personajes permanece en esa especie de alucinación que parece poseerlos. Parecen salidos de una película de Werner Herzog. Nadie habla como ellos, lo cual nos mantiene en inestable equilibrio entre el vértigo y la carcajada. Es como si el tono sentencioso y desmesurado estuviese continuamente fuera de lugar. Dice, por ejemplo, un niño de trece años, rematando un capítulo: “Esa mujer no es sólo una putanga, sino que tanbién es una criminal. Nunca volveré a su casa”. Otros cuentan: “El suyo fue el entierro más increíble, con más curas y mujeres casadas llorando, que ha habido nunca por aquí”. O: “Qué partidos, Cándido. Mi padre, que era albéitar y ganadero, se sentaba en el ribazo, fumaba cuarterón con placer y observaba. Por las noches, subía a mi habitación y venía a curarme la piel magullada, las sangrantes heridas. Aún recuerdo que me hacía gritar de dolor con sus ungüentos. “Hijo, estuviste en Melilla entre piojos y hambrientos, siempre estragado, y ahora padeces por puro gusto. Maldito sea el fútbol.” Cuando el tono ampuloso se corresponde con la ocasión, casi es peor. Un tal Vicente Castro resucita a un muerto al grito de: “Levántate, Servando, que yo te lo mando”.

 

– Sé que las comparaciones son odiosas pero no me queda más remedio que comparar: Este es un libro entre Mack Twain y Kafka como voy a demostrar en tres puntos:

A/ Las aventuras de Fabeiro tienen como telón de fondo el mar así como las de Huck Finn tienen el río; pero si el río era un refugio para Huck, el mar es similar al de los 400 golpes para Fabeiro: Un muro, como dice Aute.

 

B/ En el primer capítulo, Castro, como Huck Finn y Kafka, nos habla de las complejas relaciones con el padre. (En el segundo, eso sí, nos habla de fútbol.)

 

– Otro paréntesis: Sé que Antón estaba dolido por una crítica en la que se dudaba de que este libro fuera una novela, como si eso tuviera alguna importancia. De todas formas, quiero recordar el aviso con el que, ya en 1884, empezaba Mark Twain su libro. “Aviso: Las personas que intenten encontrar un motivo en esta narración serán procesadas; las personas que intenten encontrarle una moraleja serán desterradas; las que intenten descubrirle una trama serán fusiladas.” Antón podría avisarnos con la misma contundencia si no fuera por el último capítulo que paso a glosar.

 

C/ Es lógico que el libro de un gallego esté teñido de nostalgia, de morriña. Mucho más si ha sido escrito desde la distancia y mucho más si se ha escrito desde un sitio como Aragón. Y si se abandonó al mismo tiempo territorio y adolescencia. Pero es que, además, dicen que no hay peor nostalgia que la que se siente por lo que nunca has tenido. Y Fabeiro, como todos, por miedo, se ha perdido muchas cosas. En el último capítulo, creo que rememora ese cuento kafkiano que no recuerdo bien. Alguién llega a una ciudad. En la puerta de la muralla, un guardián le impide el paso. Él espera toda su vida para poder entrar. Ya agonizante pregunta: “¿Cómo es que no ha venido nadie más en tantos años?”, y el guardián le responde: “Por que esta entrada te estaba reservada a tí”.

En el último capítulo se da una vuelta de tuerca a la crueldad de la nostalgia. Osea, que no es cierto que la peor nostalgia sea la que se siente de lo que no se ha tenido. La peor nostalgia es la que se siente por lo que no has tenido sabiendo, ahora, que podía haber sido tuyo. Fabeiro encuentra a su guardián a tres mil metros de altura para que por un instante pueda tocar el cielo con los dedos, un segundo antes de darse cuenta de que ya es demasiado tarde.

 

Por cierto, creo que ya es demasiado tarde. Muchas gracias.

 

Como no tengo la caricatura que le hice cuando publicamos los Retratos Imaginarios, ilustro este texto con otra de Lee Miller, la fotógrafa que tanto le gusta.

 

 

El cuervo

El cuervo

 

 

El Teatro Fleta

El Teatro Fleta

 

 

Las cloacas

Las cloacas

 

 

El constructor y el concejal

El constructor y el concejal