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de profesión incierta

El pintor y el emperador

El pintor y el emperador

Uno de los proyectos que llevo entre manos desde hace años, es una “Antología universal del humor aragonés” que recoja las enseñanzas de algunos sabios de la Antigüedad, como Diógenes o Zhuangzi, por ejemplo, dos auténticos somardas.

Buscando material para mi antología, estoy leyendo unos “Cuentos de los sabios taoístas”, escritos por Pascal Fauliot y publicados en Paidós Orientalia, que me están reafirmando en mi descabellada idea: Los sabios antiguos son muy aragoneses.

 

Veamos como ejemplo el cuento del pintor y el emperador. Yo conocía alguna versión anterior que les contaré después de repasar esta de Pascal Fauliot.

Un emperador quiere un fresco del mejor pintor de su Imperio y le exige representar un dragón azul y otro amarillo, “símbolos de las dos energías primordiales cuya unión engendra la armonía celeste”.

El pintor pide “tiempo, víveres y suministros ilimitados” y se retira a su cueva de la montaña.

Al cabo de un año, el Emperador, impaciente, le mete prisa. El pintor pide más tiempo, más víveres y más suministros.

A los tres años, el pintor regresa a la corte y realiza el encargo. Cuando va a verlo, el emperador descubre “estupefacto dos especies de zigzags burdamente esbozados, el uno azul y el otro amarillo”. El pintor es encarcelado.

Pero, “en lo más profundo de la noche, unos rugidos despertaron al dueño de China. Éste se giró hacia el fresco y, en la estancia totalmente iluminada por un claro de luna, creyó ver dos rayos, semejantes a dragones, el uno azul y el otro amarillo. Se enfrentaban, se entrelazaban…” Etc.

El emperador pide explicaciones al pintor y este le conduce hasta su cueva. Allí, “sobre las paredes, muy cerca de la entrada, estaban pintados unos dragones azules y amarillos como los que el emperador tanto había esperado, con los detalles más realistas, las escamas resplandecientes, las garras aceradas, los ollares humeantes… Pero a medida que la antorcha se adentraba en la oscuridad, despertaba imágenes cada vez más depuradas para convertirse en simples líneas de fuerza. Al final no quedó más que la esencia vibrante de los dragones, las energías primordiales representadas con los mismos trazos de colores que los pintados en el fresco”.

Y acaba el cuento con la emoción del emperador ante semejante anticipación picassiana.

Hasta aquí la versión afrancesada, tan rococó, tan “huy,huy, huy, ay, ay, ay, ne me quitte pas”.

 

En la versión que yo conocía, mucho más escueta, el pintor tiene que pintar un animal, quizás un cangrejo (aunque también he leído algo de un gallo). El pintor se instala en un pabellón de palacio con todas las comodidades y un servicio de veinte doncellas durante cinco años.

Cuando el emperador le reclama su pintura, el pintor pide otros cinco años y otras veinte doncellas.

A los diez años, el emperador vuelve a reclamar su pintura. El pintor dice: “¡Ah, sí, el cangrejo!”, coge papel y tinta y en un momento, con cuatro trazos, pinta un cangrejo ( o un gallo) al que sólo le falta hablar.

 

En Occidente, hay otra versión de este cuento que se atribuye a muchos pintores. Cuando algún cliente le afea al artista que cobre tanto por tan poco tiempo de trabajo, el pintor responde: “Se equivoca usted, su retrato no me ha costado dos horas de trabajo, me ha costado sesenta años”.

 

 

 

 

El dibujo es de Zhuda.

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