El 20 de febrero de 1885, James Whistler pronunció una conferencia en la que, entre otras muchas cosas, dijo:
Más allá de ese puñado de tecnicismos que siempre encuentra ocasión de emplear, el escritor considera la obra desde un punto de vista estrictamente literario, como no podía ser de otra manera, y le confiere, en sus textos, el mismo tratamiento que daría a una novela, un relato o una anécdota. Fracasa rotundamente, y es natural que así sea, en la tarea de apreciar sus méritos o deméritos artísticos, y con ello degrada el Arte, al tomarlo por un método para crear un clímax literario.
Entre sus oyentes se encontraba Oscar Wilde, que debió de darse por aludido y le dedicó una reseña en la Pall Mal Gazette, en la que, entre otras cosas, escribió:
Ni acepto tampoco el dictum de que sólo un pintor es juez de la pintura. Yo digo que sólo un artista es juez del Arte: la diferencia es considerable. Al pintor que es meramente pintor, no debería permitírsele hablar de nada más que de aceites y disolventes, y aun sobre estas cuestiones debería contenerse.
La pelea siguió mediante cartas públicas cada vez más encendidas y perversas. Pueden leerlas en el librito Whistler vs. Wilde editado por Trama editorial.
La pintura, como ya saben todos ustedes, es de James Whistler.
Si la enumeración de detalles constituyera la esencia de la capacidad descriptiva, los inventarios serían las obras de arte por excelencia.
Blanchard Jerrod. Londres, una peregrinación. ABADA Editores.
La ilustración de Gustave Doré pertenece al mismo libro.
–Entramos en el bar y resulta que había un grupo de fachas hablando de lo bien que estábamos con Franco, que si esto, que si lo otro, a voz en grito para que les oyésemos todos bien y le dije a este: Oye, vámonos, que esto no hay quién lo aguante, y dice él: Tienes toda la razón, vámonos, y cuando ya salíamos se vuelve y les dice: ¡Lo malo del Caudillo es que se murió demasiado joven y de repente!