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Las pequeñas

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Esto es lo que dije ayer, más o menos, en la presentación de "Las pequeñas" de Jesús F. Arellano:

 

Un día, mi nieta tuvo que comentar mi “Paquico Goya” en un trabajo del colegio y escribió: “Me gusta porque es raro lo que dice”.

Parafraseándole: “Las pequeñas” me gusta porque es raro que diga lo que dice.

Algún director de cine español dijo que los franceses hacen unas deliciosas películas sobre la pubertad que aquí no podemos hacer porque nuestra pubertad fue horrorosa, algo que todavía nos da mucha vergüenza.

Y, sin embargo, Arellano lo hizo, escribió sobre nuestra pubertad

y, lo que es más sorprendente, a los 26 años.

Esperemos que Rubén nos explique como podía tener su padre tantas agallas y tan poca hiel.

 

El formato

Este es un libro escrito, dibujado y maquetado “a mano”.

La informática ha acabado con el formato de este libro. Ahora mis alumnos me presentan los trabajos maquetados y diseñados con una corrección muy profesional pero sus textos, en lugar de tener la originalidad y la frescura que tienen “Las Pequeñas”, son todos exactamente iguales porque se han limitado al copia y pega de Internet.

Las crónicas de mis excursiones con los Boy-scouts las hacía con el mismo formato de este libro, dejando huecos más o menos rectangulares al escribir para rellenarlos más tarde con los dibujos correspondientes. Era algo habitual en la época

Los dibujos de “Las pequeñas”, en cambio, se parecen más a los que hacía mi padre cuando intentaba ser moderno. Tienen un característico aire de época, con reminiscencias del cubismo analítico, acercamientos a la abstracción, al dadaísmo y a las viñetas de La Codorniz.

 

El contenido

Ya he dicho que hace falta mucho valor y mucha gracia para contar lo que cuenta Arellano. Las relaciones entre chicos y chicas y otras desgracias de nuestra infancia: Los campamentos de verano, las cartas con una extranjera para practicar idiomas (la mía, que era francesa, me confesó que le llamaban le Petit éléphant y, encima, fue ella la que dejó de escribirme), las excursiones del colegio, las funciones de teatro del colegio, los congregantes del colegio… Pero, también, situaciones tan exóticas como salir de paseo con una china o llevar a una chica a los toros o a ver exposiciones.

La lista de pequeñas, más o menos pequeñas, es impresionante: Mañuela, Amanda, Mari Pí, Charito, Clarita, Pili, Monserrat y Alicia, Mari Asun, Carmina y muchas más. Cada una con su pequeño desastre que no quiero ni pensar lo que sería entonces para Jesusito: el acabose.

Unos años más tarde, Jesús Arellano ya sabía lo que dice Javier Pérez Andújar en el prólogo:

Continuamente ellas, desde el primer día. Misteriosas y cercanas. Sabias, bellas, mágicas; frágiles pero amenazadoras. Son el secreto de los cuentos: el hada y la bruja. La tribu a la que nunca vamos a pertenecer. Son las mejores.

Creo que con eso está dicho todo.

Déjenme centrarme, pues, en una anécdota secundaria que me ha hecho mucha gracia porque es algo que a mí me pasó en sueños y, si me pongo a pensarlo me parece algo inconcebible pero si me pongo a recordarlo me parece perfectamente verosímil.

Dice Arellano:

Al llegar a la sala (Libros) me encontré con que, en vez de la mesita habitual con los catálogos, había una estatua policromada, muy bien hecha, que tenía los catálogos en la mano. Todo esto lo vi en un segundo… y cogí uno de los catálogos. Entonces ocurrió una cosa extrañísima: “la estatua policromada” movió los ojos y, ante mi perplejidad, cambió un poco de postura.

Era un espectador que se me quedó mirando con cara de asombro al ver que yo le había arrancado por las buenas “su” catálogo. Comprendí que tenía que hacer algo enseguida y solo se me ocurrió decirle:

–Perdone, creí que era una estatua…

No sé si recuerdan, pero así de surrealistas éramos de adolescentes. Y lo siguen siendo ahora.

 

Aquí, en Zaragoza, el libro tiene el valor añadido de las referencias locales. Así, por ejemplo, en Las cinco internas, el autor, muy pequeño, está mediopensionista en un colegio de monjas. Y dice:

Encontré un rincón muy escondido en una especie de gruta, bajo una Virgen de Lourdes.

Y más adelante:

Vi que las uvas del jardín empezaban a dorarse y alguien me dijo que era el verano que venía.”Las uvas del jardín”. Esa fue mi otra tentación. Las uvas del jardín no eran una colección de viñas. Era una simple parra con cuatro o cinco racimos que la internas cuidaban…

Reconocí ese colegio. Tengo dos tías monjas carmelitas y en verano venían de vacaciones al colegio de León XIII e íbamos a verlas de visita. Nos recibían en el recreo del colegio y, si había suerte, nos habrían la huerta para pasear por ella. Recuerdo perfectamente la cueva con la Virgen, solo que no estaba en un rincón si no presidiendo el recreo, y la parra o parras, creo que con muchísimos más racimos de los que dice Arellano. Pero habían pasado unos cuantos años…

Pero, acaba el relato:

Cuando se marchó desenterré el tesoro y fui tirando los cacharritos a la vía del tren, aquel profundo abismo que bordeaba el jardín.

Entonces, no podía ser el colegio de las carmelitas, porque ni por León XIII, ni por Madre Vedruna, ni por San Vicente mártir, ni por María Lostal ha pasado nunca el tren. ¿Entonces? ¿Es que todos los colegios de monjas son iguales? ¿O era cosa de la época?

Se lo comenté a mi madre y me dio la solución:

–¡A las vías del tren, claro, cuando el colegio de las carmelitas estaba en Sagasta! Por lo que ahora es la avenida de Goya pasaba la vía del tren descubierta.

–Eso lo recuerdo perfectamente pero, ¿cuándo cambió el colegio de sitio?

–Después de la Guerra. Eras más acogedor el colegio viejo que el de ahora. Mucho más. Lo que no recuerdo es lo de la cueva.

 

Y hablando de mi madre, en el libro hay otra frase que ella podría corroborar por experiencia propia:

El viento zaragozano, cuando es un poco fuerte, tira a las viejas por la calle.

 

En este librito también encontrarán La Nicanora, el Tubo, La sala Libros, ya lo he dicho, el Parque, la ermita de Santa Bárbara, el Rosario de Cristal…

En fin, que yo que ustedes, lo compraba ahora mismo y lo leía esta tarde. 

 

 

 

 

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gravatar.comAutor: Yazmín Jácome Iza

Que picada me ha dejado con sus comentarios sobre el libro, con ganas de tomarlo y sentarme en mi sillón a que pase el tiempo hasta terminarlo. Pero la distancia hasta el otro lado del Atlántico para ir a comprarlo, no perdona, el tiempo que toma mi café en enfriarse.

Fecha: 31/03/2015 16:10.


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