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Q/ El anticristo. Friedrich Nietzsche

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Después de sufrir las enseñanzas de los maristas, tuve el inmenso placer de encontrar en este libro lo que yo habría querido expresar si a la rabia hubiera unido la erudición que me faltaba.

Aprendí que no se critica el cristianismo oponiendo chistes fáciles a los chistes siniestros de Ratzinger, Rouco y compañía, como está de moda, sino yendo hasta el fondo del asunto sin compasión. Y el fondo del asunto no son las elucubraciones teológicas más o menos ocurrentes sino la doctrina moral de la culpa y el castigo. No entendí todo lo que decía Nietzsche y estoy seguro de que algunas cosas las entendí al revés pero, qué más da: No me voy a culpabilizar también por eso.

Lo que pasaba con Nietzsche es que se ponía tan tremendo, que acababas dándole la razón como a los locos. Bastaba con mirarse al espejo para comprender lo lejos que estaba uno de Nietzsche, aunque me ya había dejado bigote, y del superhombre.

 

No sé si recuerdan pero, el Cabildo Metropolitano, de la maneta de Heraldo de Aragón, nos convocó a principios de los ochenta a un grupo de pintores para decorar algunos espacios del Pilar. En aquella época, yo estaba leyendo a Nietzsche y debería haber renunciado al encargo. Pero me pudo la vanidad y la expectativa de ganar dinero y acepté, decidido a poner una vela a Dios y otra al Diablo, sin especificar quién era el uno y quién el otro.

El programa iconográfico del Pilar se basa en las letanías a la Virgen. Nos ofrecieron una lista para elegir y me decidí por la que dice “María, causa de nuestra alegría”, para sorpresa de quienes por mi trayectoria solidaria pensaban que me iba mejor lo de “María, Reina de los pobres”. Pero es que, como ya he dicho, entonces estaba leyendo a Nietzsche y bueno está lo bueno, pero no tanto.

Del Zaratrusta tomé las ideas para elaborar las imágenes que ilustraban la contagiosa alegría mariana. Creo que llegué a elaborar un texto teórico que respaldaba todo aquel repertorio traído por los pelos: La Virgen bailaba por encima de nuestras cabezas utilizando el sol como pandero, una paloma reposaba sobre la cabeza de un león, dos muchachas comían manzanas recién cogidas del manzano, unos gloriosos cuerpos desnudos se alzaban de la tierra bailando la jota, los cuatro elementos posaban en el horizonte mientras una barca desplegaba sus velas al viento… Todo ello con un tratamiento lo suficientemente estilizado como para evitar el riesgo de caer en la horterada más atroz. Los canónigos aprobaron mis bocetos por unanimidad sin que, hasta el día de hoy, gracias a Dios, haya llegado a pintarse nada.

 

06/05/2009 12:24 José Luis Cano #. Textos

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