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de profesión incierta

Una historia real

Una historia real

Celedonio Cañas era un buen alfarero. Sus botijos eran famosos en toda la comarca.

Celedonio tenía una hija, la Marisica, una niña tan delgada tan delgada que parecía de mentiras. Tan  delgada tan delgada era la Marisica que un día se murió.

Le pusieron el vestido de primera comunión, aunque le venía un poco corto y se le veían las garrillas, y todas sus amiguitas fueron a verla con un poco de miedo y un poco de envidia.

Tras el entierro, Celedonio, sólo y triste, siguió haciendo botijos para toda la comarca.

Un día le pareció ver a la Marisica por el pasillo de su casa. El pobre Celedonio pasó una noche fatal, con una pena muy grande en la boca del estómago, soñando con su hija. Al levantarse por la mañana, se la encontró revoloteando sobre la balsa de agua como una libélula a cámara lenta. “¡Hija mía!’, dijo Celedonio.

La Marisica no dijo nada pero, en una de las vueltas, le alargó un papelito y, a la vuelta siguiente, empezó a esfumarse hasta que desapareció.

Celedonio, emocionado, se limpiaba los mocos con el papel de Marisica.

Cuando se serenó un poco, vio que el papel estaba lleno de letras y números que no comprendía. Decidió visitar al maestro. El maestro miró el papel detenidamente, con un poco de aprensión, y dijo: “Esto debe ser una fórmula”. Le pidió a Celedonio que se lo dejara y a los dos días se presentó en el alfar anunciando: “Su hija de usted le ha proporcionado la fórmula de una piedra esméril que revolucionará el mercado”. Celedonio exclamó:”¡Hija mía de mi vida y de mi corazón!” “Necesitaremos dinero”, dijo el maestro. Celedonio se sobresaltó: “¡¿Dinero?!” “¡Dinero, dinero, alma de cántaro!”, respondió el maestro como si estuviese en clase.

Celedonio, aconsejado por el maestro y por un vecino, hipotecó el alfar y se entrampó hasta las cejas.

El maestro, además de pedir un crédito, pidió la excedencia.

Tras muchos trabajos, esfuerzos y sacrificios consiguieron fabricar la piedra esméril. “La llamaremos FERRISA”, dijo el maestro. “¡La piedra FERRISA!”, exclamaba embobado Celedonio.

 

Fue un fracaso.

El maestro volvió a sus clases y Celedonio, que amortizando deudas se había quedado en la calle, acabó trabajando como celador en el Hospital Provincial de Zaragoza.

 

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